La noche en que ardió el Guernica 16
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El bar Tausend, en el centro de Berlín, no era el Palace, pero cumplía perfectamente su función como punto de encuentro para disfrutar de una copa después del trabajo.

El lugar, aunque pequeño, resultaba bastante acogedor.

Las luces suaves y la música de fondo creaban una atmósfera relajada.

No era un local para hacer grandes alardes, pero tenía suficiente encanto para desconectar y mantener una buena conversación.

Cuando Laura llegó, Sarah ya la estaba esperando.

Se encontraba en una mesa discreta al fondo.

Al verla, levantó la mano con una ligera sonrisa.

Caminó hacia ella con paso tranquilo, intentando disimular el nudo que se había formado en su estómago.

La mujer la observó en silencio, sin prisa, hasta que llegó a su altura.

—Llegas tarde —dijo, levantándose para darle un abrazo.

—Lo siento; ha sido un día movidito en la redacción —suspiró, dejando el abrigo sobre el respaldo de la silla antes de sentarse frente a ella.

El camarero se acercó y les ofreció las cartas, pero ellas ya sabían lo que iban a pedir. Lo mismo de siempre: un whisky para una y un vino para la otra.

—¿Con qué estás ahora? —se interesó Sarah cuando el camarero las dejó a solas.

—Me han pedido que cubra una noticia para un medio español. Creo que es algo sobre la chica esa, la escritora. Lo está petando con su nueva novela.

—¿Alma Ferrer?

—Esa. ¿Has leído su libro?

—El último no. Leí algo de ella cuando estaba empezando, pero después le perdí la pista. Recuerdo que era bastante buena.

—Eso parece. Todo el mundo está desesperado por averiguar quién es el chico en quien se inspiró para su última novela. Es una locura.

—¿Y te lo han pedido a ti?

—Algo así. Quieren tener la primicia. Están ofreciendo una pasta gansa para cualquiera que ofrezca algo de información.

—¿Estáis siguiendo alguna pista?

—Ninguna. Es como un callejón sin salida. —Suspiró mirando a su alrededor y luego observó a Sarah con algo más de inquietud—. ¿Y tú qué?

—Poca cosa. Ya sabes: noticias locales y todo eso. Nada apasionante.

El camarero regresó con las bebidas. Laura dio un largo trago a su whisky, buscando algo de calma. Sentía el cuerpo completamente rígido por la tensión.

—No me refiero a eso —respondió, bajando la voz.

Sarah frunció el ceño desconcertada. Sabía perfectamente a qué se refería, pero quería ponerla a prueba, hacer que fuera más específica.

—¿Y a qué te refieres?

—Bueno, no creo que me hayas traído aquí para hablar de curro, ¿no?

—Ah, sí, respecto a eso... —empezó, como si estuviera buscando las palabras correctas—. Creo que tenemos una conversación pendiente; ¿no te parece?

—¿Una conversación sobre qué?

—Ya sabes sobre qué —susurró—. Sobre lo que pasó el otro día.

—No pasó nada el otro día, Sarah —la interrumpió Laura, algo más firme—. Nada.

—¿Eso crees?

—Esa es la realidad. —Laura jugueteaba con los pliegues del mantel, con la mirada fija en su copa—. No sé qué quieres que te diga.

—¿Cuándo vuelve Eric? —indagó Sarah.

—Dentro de un par de semanas, creo.

—¿Se lo vas a contar?

—No hay nada que contar —respondió Laura con frialdad.

—No es motivo de vergüenza, Laura. ¿De qué tienes tanto miedo?

—Me caso dentro de dos meses, joder —exclamó levantando ligeramente la voz, dejando traslucir la ansiedad que sentía.

—Con más razón. No puedes ocultarle esto; forma parte de ti.

—Que quede una cosa clara, Sarah —empezó a decir, acercándose ligeramente y bajando la voz para que nadie más pudiera oírla—: entre tú y yo lo único que hay es una relación estrictamente profesional. Nada más.

Aquel comentario le sentó como si le hubieran dado una patada en el estómago. Sarah se quedó inmóvil por un momento, clavando la mirada en Laura. Luego soltó una risa amarga.

—Empieza a quedarme claro.

Con más ahínco del que pretendía, dejó un billete de veinte sobre la mesa y se levantó, alejándose hacia la salida con paso decidido.

—¡Sarah! —la llamó Laura, provocando que algunos comensales se giraran a mirarla—. ¡Sarah, joder!

Pero ella ni siquiera hizo ademán de volverse.

Laura suspiró con pesadez. La situación la estaba desbordando. Se quedó mirando la silla vacía donde había estado Sarah, con una punzada de culpa clavándose en su pecho. Tomó un último trago de whisky. La bebida le ardió en la garganta, pero no le otorgó consuelo alguno.

Cerró los ojos, deseando que al abrirlos todo fuera diferente. Pero, cuando lo hizo, la realidad seguía allí, golpeándola con la misma fuerza.