La noche en que ardió el Guernica 15
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Alma aún temblaba cuando se sentaron en el parque de la Vaguada. A pesar del intenso frío, apenas lo notaba. Eric la abrazaba con ternura, intentando calmarla.

—Sé que igual no debería preguntarte esto, pero... ¿quieres que vayamos a denunciar? Puedo acompañarte.

—¿De qué serviría? A las mujeres nunca nos hacen caso cuando vamos a denunciar este tipo de cosas. Por eso muchas prefieren no hacerlo.

—Pero tú me tienes a mí como testigo. Eso debería valer, ¿no?

—No me ha tocado, Eric. ¿Qué crees que harán? Ya te lo digo yo: nada. Una bofetada y un par de caricias bruscas no les parecerán suficientes para llevárselo por delante. Mi carrera ahora está en manos de ese cabronazo. ¿Lo entiendes?

—No creo que sea capaz de cumplir su amenaza; no le conviene.

—Los hombres como él no le temen a nada. Por eso actúan como actúan. Saben que son intocables; se creen dioses.

—¿Te duele? —se interesó Eric, tocando el hematoma que comenzaba a formarse en su pómulo.

—¡Ay! —protestó ella.

—Interpretaré eso como un sí. —Le sonrió, acercándose un poco más. Por primera vez en la noche, ambos se sintieron algo más tranquilos—. Deberías ponerte hielo.

—Con este frío, si estuviéramos en el Retiro, podría intentar coger un poco de escarcha del estanque de las barquitas, pero me parece que nos pilla un poco lejos. —Ambos rieron ante la ocurrencia—. Yo me preocuparía más por tus nudillos.

Alma le acarició las manos, allí donde aún destacaba la sangre reseca de Pedro.

Él la miraba con devoción. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo bonita que estaba.

Llevaba un vestido negro con una abertura que le llegaba casi hasta la ingle, dejando su pierna al descubierto.

Siempre le habían encantado sus piernas.

Las medias transparentes y los tacones, que realzaban su figura, solo las hacían más atractivas.

El abrigo de pelito le confería un aire dulce a la vez que elegante.

Y los labios, enmarcados por un pintalabios rojo pasión, contrastaban con el tono pálido de su piel.

Estaba preciosa.

Aunque a Eric no le sorprendió darse cuenta de ello. Alma siempre le había parecido una de las mujeres más hermosas que había conocido.

—¿Te confieso algo? —balbuceó ella, rompiendo la quietud.

—Lo que sea.

—Me muero de hambre. Esa ensalada estaba espantosa.

Eric rio con fuerza y la tomó de la mano, levantándose con rapidez.

—Vamos; conozco un sitio.

Después de una larga caminata, por fin llegaron a un restaurante adornado con un cartel luminoso al estilo americano donde se leía THE DOG HOUSE .

—Te presento el mejor lugar de perritos calientes de todo Madrid. El local es de un buen amigo mío y, créeme, no es porque me ciegue el amor por ese tío, pero tienes que probarlos. Te encantarán.

—¿No está demasiado lleno?

—Lo pediremos para llevar.

—¿Con este frío?

—Vaya, ¿un par de graditos bajo cero y ya te escondes en tu caparazón? La Alma que yo conocía no era así, ¿eh? —bromeó Eric—. Espérame aquí.

Alma se quedó rezagada en un rincón, esperando a que él regresara. Al cabo de un rato, reapareció con un chico al que ella no conocía, aunque su rostro le resultaba vagamente familiar. Quizá lo hubiera visto en alguna fotografía.

—Alma, te presento a Mario. Seguramente te hablé de él en su momento, aunque dudo que te acuerdes.

—Conque tú eres Alma —exclamó, estampándole un beso en cada mejilla.

—Encantada —respondió ella con una sonrisa, alzando la voz para hacerse oír entre el bullicio.

—Ese pómulo tiene mala pinta —murmuró Mario, fijándose en su rostro—. Venid conmigo.

Eric y Alma lo siguieron entre el gentío, sorteando mesas y pasillos, hasta llegar a lo que parecía un despacho. Mario les pidió que se quedaran allí y desapareció en otra habitación. Regresó al poco tiempo con un trozo de hielo en las manos.

Fue Eric quien se lo colocó a Alma en la mejilla, movido por un instinto protector. Esta se quejó al sentir el frío, pero se relajó en cuanto los ojos de ambos se encontraron. Estaba tan cerca, y a la vez tan distante, que casi dolía. El golpe le pareció lo de menos.

—Una noche movidita, ¿no? —observó Mario.

—Yo diría más bien una noche de mierda. Pero sí —respondió Eric.

—Bueno, pues vamos a ver si mejora. ¿Qué queréis tomar?

—¿Cómo? ¿No hay que hacer cola? —señaló Alma, arqueando una ceja.

Mario y Eric se echaron a reír.

—Este canalla no ha hecho cola aquí en su vida. No va a empezar ahora que trae compañía.

—A mí ponme uno de esos perritos deluxe . ¿Los seguís haciendo tan buenos como la última vez?

—Los hacemos incluso mejores. Hemos mejorado la receta.

Cuando Alma comenzó a sentirse mejor del golpe, Eric aprovechó el mismo trozo de hielo para calmar el dolor en sus nudillos.

—¿Y la señorita qué desea? —preguntó Mario, dirigiéndose a ella.

—Yo..., hum...; ¿tenéis perritos veganos?

—Nena, aquí tenemos de todo —confirmó él, guiñándole un ojo—. Puedes pedirlo con aguacate, cebolla, mayonesa vegana...

—Con kétchup está bien. Soy una chica muy tradicional.

—¡Marchando! —Y, dicho esto, Mario salió de la habitación, dejándolos a solas de nuevo.

—¿Te encuentras mejor? —indagó Eric en un susurro.

—Sí..., eso creo. Gracias.

Al cabo de unos minutos, regresó Mario con un perrito deluxe para Eric y otro vegano para Alma.

—¿Cuánto te debo? —preguntó Eric.

—Invita la casa.

—Gracias, tío. Nos lo comeremos por el camino. Nos vendrá bien un poco de aire fresco.

Se despidió de Mario con un abrazo antes de volver a dirigirse con Alma a la salida del restaurante. Cuando Alma probó el perrito caliente, no pudo evitar abrir los ojos como platos en un gesto que a Eric le resultó de lo más tierno.

—Vale, tenías razón: es el mejor sitio de perritos calientes de todo Madrid. ¡Esto está buenísimo! —exclamó mientras se limpiaba una gotita de kétchup que le caía por la comisura de los labios.

—Te lo he dicho. The Dog House nunca decepciona.

—Mucho mejor que ese hotel de estirados.

Eric no pudo evitar soltar una carcajada.

—Al menos te has librado de pagar la cuenta —dijo sin dejar de sonreír.

—Ni me lo menciones. Ya estaba viendo que iba a tener que endeudarme. El sueldo de escritora no da para tanto —bromeó Alma.

Y, por un momento, volvieron a ser los mismos que fueron una vez: aquellos veinteañeros enamorados que estaban aprendiendo a vivir y le temían tanto al amor que se perdieron a sí mismos por el camino, dejando que cada uno tomara el suyo, con la esperanza de volver a encontrarse al final.

—Eric, ¿puedo preguntarte algo? —dijo Alma al cabo de un rato.

—Claro.

—¿Crees que... fue amor? Ya sabes: tú y yo...

Él pareció pensarlo durante unos segundos.

—No lo sé... Supongo que depende de a quién se lo preguntes. Hay quienes dicen que el amor lo mide el tiempo. Así que... muchos opinarán que no lo fue.

—¿Y qué opinas tú?

—Para mí, el tiempo no tiene nada que ver aquí. Lo que vivimos duró menos que un suspiro, pero fue auténtico. Nadie puede arrebatarnos eso. Hace mucho que dejé de intentar etiquetarlo.

—¿Conseguiste sanar? ¿Pudiste empezar de cero, tal y como querías? —indagó Alma.

—Bueno, supongo que el tiempo cura todas las heridas...

Yo en ese momento acababa de salir de una relación que me dejó...

devastado. No podía meterme en otra. Creía que después de ella nada volvería a ser igual, que no volvería a amar del mismo modo...

Pero, entonces, apareciste tú. No quería que fueras la mujer del proceso; no te lo merecías.

Odiaba que pudieras estar perdiéndote la oportunidad de salir con alguien que te lo diera todo de sí mismo, mientras que yo no iba a ser capaz de darte ni una cuarta parte de mí.

No habría sido justo para ninguno de los dos.

Así que..., no sé. No sé si fue amor, pero me da igual.

Me hiciste sentir vivo, Alma. Ya te lo dije después de aquella primera cita en el museo; ¿recuerdas?

Tú me devolviste ese romanticismo tan bonito, esa magia que yo creía que no existía o que no estaba hecha para mí.

Siempre me sentí en deuda contigo por eso.

Y, aunque no lo creas, el otro día fui sincero.

Lamenté profundamente nuestro final. Quizá, en otro tiempo, con heridas menos profundas o sin ellas, quién sabe...

, tal vez habría funcionado. Pero supongo que ese no era nuestro momento.

Es difícil amar a alguien cuando estás roto, pero es aún más complicado cuando ambos lo estamos. Nos íbamos a terminar cortando.

Ella necesitó tomarse unos segundos para digerir tanta información de golpe. Ese encuentro había desestabilizado su vida entera.

Caminaron unos minutos en silencio, sin rumbo fijo, mientras disfrutaban de esa cena de lo más sofisticada. Porque ¿acaso hay algo mejor que un perrito caliente con bastante kétchup?

Hasta que Alma rompió el hechizo.

—Háblame de ella.

Laura. El nombre resonó en los pensamientos de Eric.

Casi había olvidado que Alma era consciente de la existencia de otra mujer en su vida.

—La conocí en Alemania. Es la prima de un buen amigo que hice allí. Él me la presentó.

—¿La quieres?

—Sí. La quiero muchísimo.

Ni siquiera dudó y, aunque lo lógico habría sido sentirse decepcionada, una sonrisa iluminó el rostro de Alma. No pudo evitar alegrarse por él, porque la vida lo hubiera tratado como siempre había merecido.

Eric, sin embargo, decidió omitir el dato más relevante: que no era solo su novia. También era su prometida.

Desvió la mirada para que ella no se diera cuenta de que no estaba siendo completamente sincero.

—¿Te confieso algo? —murmuró Alma, dirigiendo la mirada hacia la luna.

—Dime.

—Cuando lo nuestro acabó, yo..., bueno..., aprendí a leer el tarot —pronunció las palabras despacio, con la cabeza gacha.

—¡No jodas! ¿Estoy paseando por Madrid con una pequeña bruja? —bromeó Eric.

—Bueno, no diría tanto. Pero... sí. Estaba tan...

destrozada y triste, y me sentía tan perdida sin ti...

, que predecir el futuro fue la única forma que encontré de intentar cambiarlo.

Creía que, de alguna manera, eso te traería de vuelta.

Igual que cuando escribí nuestra historia...

, era mi manera de retener aunque fuera un poquito de ti.

Pensaba que, quizá, eso te haría regresar.

—Bueno, de algún modo así ha sido, ¿no?

—La verdad es que, si alguien me hubiese dicho hace una semana que hoy estaría contigo comiéndome un perrito caliente por el centro de Madrid, me habría echado a reír.

—Las vueltas de la vida, pequeña. —El tono de Eric era de burla, pero a Alma se le erizó la piel al oír el apelativo.

—Me refugié mucho en todo eso, ¿sabes? Tarot, regresiones de vidas pasadas, llamas gemelas... Te parecerá una estupidez.

—No me parece una estupidez. Recuerdo que, en una ocasión, una tarotista le dijo a mi madre que encontraría al amor de mi vida a los veinticinco. Y a los veinticinco te conocí. Siempre he creído que aquellas cartas hablaban de ti.

—Pero lo nuestro no salió bien.

—Bueno, siempre he creído también que somos los dueños de nuestro propio destino. Puede que fueras tú, pero, al tomar otro rumbo, cambié la predicción. Al fin y al cabo, nada está escrito.

—Supongo que tienes razón... Si algo he aprendido en este tiempo es que el tarot predice, pero no sentencia.

—¿Me leerás las cartas algún día? —inquirió Eric con una sonrisa.

—Será un placer.

—Oye, no me harás un amarre ni nada así, ¿no? —bromeó.

El aire se llenó de la risa contagiosa de Alma.

—Mi amiga Lola dice siempre una frase que me encanta.

—¿Cuál?

—«Nos enseñaron a tenerles miedo a las brujas, pero no a la Iglesia, que las quemaba vivas».

Siguieron caminando durante largo rato, hasta que llegaron a la boca de metro. Eric se ofreció a acompañar a Alma a casa, pero ella se negó. Si pasaba un minuto más a solas con él, creía que saltaría a sus brazos de un momento a otro. Quería conservar la poca dignidad que le quedaba.

—Me lo he pasado muy bien hoy, Eric. Gracias. Por todo. Por la cena, por salvarme la vida... y por hacer de esta noche algo un poquito más especial.

—Yo también me lo he pasado bien... Gracias por abrirte conmigo. No sabía cuánto necesitaba esta charla... —Hizo una pausa antes de continuar—. ¿Quieres... que nos veamos otro día?

Alma mentiría si dijera que no se volvía loca por seguir compartiendo momentos como los de esa noche con él, entrelazando sus vidas sin miedo y conociendo ahora al Eric adulto, tal como había conocido al Eric veinteañero.

Pero optó por ser, al menos por esta vez, la racional de los dos, la que tomara la decisión madura, aunque no fuera la que realmente quería tomar.

—No creo que sea buena idea...

—Ya..., perdona, no quería...

—No, no es eso —lo interrumpió Alma—. Es que..., bueno..., las cosas son diferentes ahora; tú tienes pareja, y me parece que hay barreras que no deben traspasarse. Y que hay cosas que...

—¿Qué? —la apremió Eric, dando un paso hacia ella.

—Que nunca se superan del todo.

Él asintió con la cabeza, comprendiendo. Sin darse dos besos, ni un abrazo de despedida, Alma se dispuso a bajar las escaleras del metro y Eric dio media vuelta.

—¡Eric! —lo llamó en la distancia.

Él se giró, esperando a que ella dijera lo que tuviera que decir. Finalmente, Alma habló con decisión.

—Yo sí creo que lo nuestro fue amor.

Y, dicho esto, continuó descendiendo, dejándolo con la palabra en la boca y una sensación agridulce. Al fin y al cabo, Alma tenía razón: hay cosas que nunca se superan del todo.

Y amores en los que te quedarías a vivir.