14
El sonido estridente del teléfono móvil atravesó el silencio de la habitación, despertando a Alma de golpe.
Un latigazo de dolor recorrió su cabeza, y cada rincón de su cuerpo reaccionó como si aún estuviera luchando contra los efectos del alcohol de la noche anterior.
Desde luego, ya no tenía veinte años. Si así iban a ser todas sus resacas de ahora en adelante, se prometió no volver a probar ni una sola gota de alcohol.
Dejó escapar un insulto y maldijo en voz baja, sin ganas siquiera de mirar quién llamaba. Cogió el teléfono con un gesto torpe y respondió de mala gana.
—¿Alma? ¿Se puede saber dónde coño te has metido? Te he llamado ocho veces. —La voz de Martina al otro lado de la línea sonaba notablemente alterada.
—Eh..., sí, perdona, llegué un poco tarde anoche.
De pronto, los recuerdos del día anterior regresaron a ella con la fuerza de un tsunami.
Todo lo que quería en ese momento era mandar a Martina a la mierda y seguir durmiendo hasta que la resaca se esfumara.
Pero, sabiendo que su futuro como escritora publicada dependía de mantener una buena relación con ella, aguantó el chaparrón y continuó al teléfono.
—¿Estabas durmiendo? ¿Tienes idea de qué hora es?
Alma se apartó el teléfono de la oreja para comprobar la hora y vio que ya eran las dos de la tarde. De todos modos, tampoco tenía nada más interesante que hacer. Pasar el resto del día hundiéndose en su propia miseria no le parecía tan mala idea.
—Bueno, sal de la cama y ve pensando qué te pondrás esta noche.
—¿Esta noche? —Alma frunció el ceño sin tener la menor idea de a qué se refería.
—Claro. La cena. ¿Lo has olvidado o qué?
Por supuesto que lo había olvidado. Trató de forzar una sonrisa y disimular lo mejor que pudo.
—Eh..., no, claro..., lo recuerdo... La cena, sí..., ¿cómo se me iba a olvidar?
—Maldita sea, Alma. La cena de Navidad que organizamos todos los años: editores, maquetadores, traductores, autores...; ya sabes, toda esa gente del mundillo.
Joder. Pues claro. ¿Cómo había podido olvidarse de la puta cena que organizaba todas las Navidades su editorial y que odiaba a más no poder?
Sentarse a la mesa con un montón de desconocidos, en un restaurante de pijos, y tener que fingir durante dos horas que le gustaba el marisco, que no detestaba el champán y que toda esa gente era encantadora, cuando lo único que quería era llegar a casa, ponerse el pijama y atiborrarse de polvorones mientras veía Gossip Girl .
—¡La cena! Claro. Sí. Allí estaré.
—Si ni siquiera te he dicho aún dónde se hará este año.
—Pues... será mejor que lo hagas, si quieres que vaya. —Intentó resultar graciosa, pero la sonrisa se le esfumó rápidamente al oír a Martina suspirar al otro lado de la línea. Era evidente que no estaba de buen humor esa mañana.
—En el hotel Orfila. A las ocho.
—Vale. En el hotel Orfila a las ocho. Estupendo —repitió Alma.
—Sé puntual. Y... date un baño de agua fría. Te vendrá bien para la resaca.
Sin darle siquiera la oportunidad de responder, colgó el teléfono. Alma permaneció unos segundos más con el móvil aún pegado a la oreja. Con un suspiro derrotado, se dejó caer de nuevo sobre la cama.
De pronto, una idea aterradora la atravesó.
Pedro.
En esa cena estaría Pedro, el marido de su editora, el mismo con el que se había acostado la noche anterior.
¿Cómo había podido ser tan estúpida?
De todos los hombres que había en el mundo, ¿justo tenía que ir a meterse en la cama con Pedro? Aunque, claro, lo de la cama ni siquiera era de forma literal.
Y lo que realmente la destrozaba no era el acto en sí. No. Lo que más le pesaba era haberse acostado con el marido de otra. Haberse convertido, sin querer, en parte del dolor de otra mujer.
Se llevó las manos a la cabeza en un gesto de profunda desesperación, sintiéndose la peor persona del mundo. Como si todo lo que le quedara por hacer fuera desmoronarse bajo el peso de su propia culpa.
Simba se subió a la cama de un salto y se recostó sobre el regazo de Alma.
—Qué suerte tienes de ser un gato —murmuró, esperando que él contestara.
Pero lo único que recibió por respuesta fue un ronroneo.
Intentó serenarse, respirar hondo y encontrar un resquicio de calma en medio de todo aquel caos. Se repitió, como un mantra, que es humano cometer errores.
Y, egoístamente, rezó con todas sus fuerzas para que Martina nunca lo supiera.
El hotel Orfila era un refugio de elegancia en pleno corazón de Madrid.
Desprendía prestigio y lujo, y Alma no pudo evitar sentirse algo fuera de lugar.
Su fachada, discreta pero majestuosa, reflejaba la esencia de un edificio histórico, con ventanas enmarcadas por balcones de hierro forjado.
El interior emanaba glamur y grandiosidad en cada rincón.
El vestíbulo, con techos altos y molduras doradas, estaba adornado con imponentes columnas de mármol y bañado con una iluminación suave que resaltaba el tono cálido de los muebles antiguos.
A Alma se le cortó la respiración al salir a la terraza del restaurante y contemplar aquella joya escondida. Estaba adornada con jardineras repletas de plantas frondosas que aportaban frescura y una sensación acogedora. Cada rincón invitaba al descanso y la tranquilidad.
El equipo se acomodó en una de las mesas de la esquina, lo más alejada posible del resto de los comensales.
El grupo estaba compuesto por diez personas: dos autores de la editorial, el corrector, el diseñador gráfico, un par de asistentes, la gestora y, por supuesto, Pedro y Martina.
Alma conocía a algunos de vista; a otros era la primera vez que los veía.
Se preguntó dónde estaría el resto del equipo.
En comparación con otros años, eran muy pocos los invitados a aquella cena.
Imaginó que los demás habrían tenido más suerte, tal vez una buena excusa para librarse de aquello.
Martina se sentó en el centro, presidiendo la mesa, mientras Pedro se acomodaba junto a Alma. Ella tragó saliva, rezando por que la cena llegara a su fin cuanto antes. Tal vez aún podría decir que se sentía indispuesta y marcharse a casa.
Esa idea cobró aún más fuerza al ver el menú: risotto de setas, carpaccio de atún, arroz meloso... No veía la hora de salir de allí y devorar una hamburguesa con patatas.
—¿Sabes ya qué pedirás, Alma? —le preguntó Martina. No se había dado cuenta de que los demás ya se habían decidido y ella era la única que quedaba.
—Eh..., sí, creo que me decantaré por... la ensalada de verduras asadas —dudó, forzando una sonrisa mientras devolvía la carta al camarero—. Gracias.
—¡Propongo un brindis! —exclamó Pedro, levantando su copa de vino—. ¡Por Alma! ¡Que ayer lo petó en la presentación!
Ella creyó que moriría si volvía a probar una sola gota de vino, pero supuso que brindar con agua no sería muy buena idea (era bastante supersticiosa). Así que entrechocó su copa con las del resto y dio un sorbo pequeño, lo justo para mojarse los labios.
—¡Eso! ¿Qué tal te fue? ¿Algún consejo que puedas darle a un joven principiante? —preguntó uno de los autores. Luis, creía que se llamaba.
—No te dejes intimidar. Y disfruta. Al fin y al cabo, la experiencia es lo único que nos llevamos. No te conviertas en un amasijo de nervios y vívela.
«Y, si después te encuentras con el chico que te rompió el corazón hace diez años y te ofrece ir a tomar algo, dile que no», estuvo tentada de decir, pero se contuvo.
No tardaron en servirles la comida. Alma tuvo que disimular la mueca de desagrado que se le escapó al ver su plato. Pedro la miró de reojo, sonriendo; ella esquivó su mirada y prefirió centrarse en lo que tenía delante.
—Cuéntanos: ¿ya tienes algo en mente para tu próxima novela? —inquirió otro—. El público te adora.
Alma hizo un esfuerzo por recordar su nombre o en qué eventos habían coincidido antes, pero desistió.
—Pues he pensado en algo de misterio, tal vez un thriller que combine elementos históricos con una buena trama de acción, algo del estilo de El código Da Vinci .
—Vaya, eso sí que es salir de tu zona de confort —comentó Martina mientras le daba un bocado a su lubina.
—Llevo años publicando novelas románticas. Si no innovo en busca de buenas historias, nunca sabré de qué soy capaz realmente.
—¿No te da miedo perder lectores? —indagó un tercero.
—Me da más miedo perderme a mí misma. El arte es un oficio ingrato; son ese tipo de cosas para las que tienes que estar preparada.
El resto de la velada transcurrió hablando de cosas que Alma ni entendía ni encontraba interesantes. Pero agradeció que, por fin, dejaran de enfocarse en ella. No le gustaba ser el centro de atención.
Estaban a punto de pasar a los postres cuando sintió el calor de una mano en el muslo.
Todo su cuerpo se tensó. Intentó disimular la incomodidad que le produjo, irguiendo la espalda y cruzando las piernas.
Pedro la miraba de hito en hito, con un brillo de picardía en los ojos y una sonrisa ladeada, mientras comenzaba a subir la mano.
Alma dio tal brinco que se levantó de golpe de la silla. Todos la miraron atónitos.
—Disculpad...; tengo que ir al servicio —se excusó, saliendo rápidamente.
La mirada acusadora de Martina le quemaba la espalda mientras se alejaba, y Alma deseó que la tierra la tragara. Su editora estaba mucho más hostil que de costumbre; era evidente que sospechaba algo.
Iba tan inmersa en sus pensamientos, con la vista clavada en las baldosas del suelo, que apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de chocar contra alguien. Él la sostuvo, ayudándola a mantener el equilibrio.
—Perdona, no te he... —No le dio tiempo a terminar la frase. Cuando levantó la cabeza, se encontró de nuevo con esa mirada.
—Veo que sigues siendo igual de torpe que hace una década —bromeó él, con una sonrisa tierna en el rostro.
—¿Qué haces aquí? ¿Me estás siguiendo? —espetó.
Eric rompió a reír casi sin poder evitarlo.
—Ya te gustaría, pero lamento decirte que estoy trabajando.
—¿Trabajando? —Alma arqueó una ceja.
—Sí, bueno, en realidad ya trabajaba aquí antes de marcharme a Alemania. Se les ha caído un cocinero y digamos que es mala época para perder personal... Así que, al enterarse de que estaba en Madrid, me llamaron para ver si podía cubrir un par de noches antes del congreso. Y... aquí estoy.
—Enhorabuena. Si no te importa, tengo prisa.
No le dio tiempo ni a dar dos pasos antes de que Eric la retuviera, sosteniéndola delicadamente por el brazo.
—Espera. Salgo dentro de una hora. Si no tienes nada que hacer, tal vez podríamos..., no sé, ir a cenar o hacer lo que te apetezca.
—Ya estoy cenando.
Eric soltó una risa suave.
—Te conozco. Este sitio no es lo tuyo. Y no me vas a convencer de que, en cuanto salgas de aquí, no irás corriendo a pedir una pizza familiar. Pues... podríamos compartirla, hablar de lo que pasó ayer, ya sabes, más relajados... La comida siempre es buena compañía, más que el alcohol.
Alma miró las manos de Eric, que aún la sostenían del brazo. Sentía que le quemaba la piel allí donde él la tocaba. Al darse cuenta, la soltó.
—No puedo. Tengo cosas que hacer.
Sin mediar más palabras, reanudó sus pasos y esta vez él no la detuvo.
Al llegar al cuarto de baño, se apoyó con ambas manos sobre el frío mármol del lavabo y se refrescó la frente.
Suspiró una, dos y hasta tres veces. Necesitaba relajarse.
Saldría de allí, regresaría al restaurante, ofrecería una disculpa y, a continuación, se marcharía a casa, con su gato, a dormir hasta que se le pasara la resaca del día anterior.
Oyó el sonido de la puerta abriéndose a sus espaldas y se giró rápidamente.
—Eric, ya te he dicho que...
Dejó la frase a medias cuando vio que quien estaba apoyado en la pared y la miraba con aires de suficiencia no era Eric.
—Pedro, ¿qué haces aquí? Este es el servicio de mujeres.
—Venía a ver cómo estabas. Me ha dado la impresión de que ahí fuera te has puesto un poco nerviosa...
—No creo que «nerviosa» sea la palabra. Simplemente, no me parece que intentar meterme mano delante de todos y, más concretamente, delante de tu mujer sea una gran idea.
—Bueno, aquí no hay nadie... —susurró, acercándose a ella.
—Me largo, Pedro.
Cuando intentó dirigirse hacia la puerta, él la sostuvo del brazo de una manera parecida a como Eric lo había hecho momentos antes, pero no igual. No había ni una pizca de ternura o cariño en ese gesto; solo posesión, rabia contenida.
—Me haces daño. Suéltame.
—Me lo pasé muy bien anoche, ¿sabes? —Se acercó un poco más, arrinconándola contra el lavabo.
Aunque el miedo se apoderó de Alma, no se dejó intimidar. Alzó la cabeza con firmeza, enfrentando la situación.
—Pedro, si no me sueltas ahora, te juro por Dios que esto será lo último que hagas en tu vida.
—¡Vamos, Alma! Solo quiero repetir —pronunció mientras comenzaba a subirle el vestido negro y a besarle el cuello.
Ella intentó zafarse, pero él era demasiado fuerte. Las manos de Pedro sobre su cuerpo le produjeron arcadas y, por un instante, el miedo estuvo a punto de paralizarla.
—¡Te he dicho que me sueltes! —bramó, propinándole un empujón.
La mejilla le ardió cuando él le dio una sonora bofetada. Se tambaleó y, si no hubiera estado apoyada en el lavabo, seguramente habría caído al suelo.
—¡Zorra! —escupió, antes de lanzarse de nuevo a por ella, con más fuerza.
Alma no supo exactamente cómo ocurrió. En un momento tenía a Pedro encima y, al siguiente, este yacía tirado en el suelo, con el labio partido. Eric respiraba agitadamente sobre el cuerpo del coeditor, con un hilo de sangre emanando de sus nudillos.
—¡¿Estás sordo?! ¡Te ha dicho que no la toques! —gritó, con los puños apretados por la rabia.
Pero no tuvo tiempo para recrearse en la escena. Se centró en Alma, que los observaba aterrada y aliviada a partes iguales. Se acercó a ella, tomó su rostro entre las manos y la examinó con rapidez, buscando cualquier daño mayor.
—¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo? —balbuceó preocupado.
—Sácame de aquí, por favor...
Con un gesto protector, la abrazó y la sacó del baño. A lo lejos, aún podían oír los gritos de Pedro, maldiciéndolos.
—¡Hija de puta! Mientras yo viva, te juro que no volverás a publicar ni un maldito libro más en este país. ¡Tu mediocre carrera ha acabado, Alma! ¡Espero que hayas disfrutado de tu momento de gloria!