13
El último fin de semana que se vieron lo pasaron en casa de Eric, haciéndose arrumacos bajo las sábanas o compartiendo el silencio en la terraza, abriéndose el uno al otro, conociendo cada secreto y cada pena, y llegando a rincones a los que pocas personas habían llegado antes.
Tenían tanto en común y, sobre todo, tantas heridas que el final habría sido predecible para cualquiera...
, pero no para ellos, inmersos como estaban en su pequeña burbuja.
—Te quiero.
Así, sin más. Ya habían saltado en caída libre. Y Alma, que no recordaba cuándo había sido la última vez que le habían dicho algo así, encontró en aquellas palabras un paraíso. Así que no pudo más que refugiarse en la curva de su cuello y susurrar con timidez:
—Yo también te quiero.
Pero todos los sueños, antes o después, llegan a su fin; sobre todo, aquellos que empiezan demasiado rápido. Y el suyo se tornó en pesadilla aquel domingo, de modo que terminó tan pronto como había empezado, justo cuando apenas estaban comenzando a amarse.
—Ven, hablemos —dijo Eric de pronto.
—¿Qué pasa? —indagó ella, que empezó a presentirlo mucho antes de que él pronunciara aquellas palabras.
—Lo siento..., no puedo...
—¿Qué es lo que no puedes?
—Estar contigo. Siento que... me viene demasiado grande. No estoy bien.
—Eric, por favor, no hagas esto...
Alma ni siquiera intentó contener las lágrimas.
Sabía que era el fin; lo había sabido desde que se levantó aquella mañana, con Eric durmiendo a su lado.
Y simplemente se dejó llevar, permitió que de sus lagrimales brotaran ríos enteros y lloró sin parar.
No le importó mostrarse vulnerable ni que él pensara que era débil. Al fin y al cabo, solo era humana.
—Amor, por favor..., no llores —susurró Eric con un hilo de voz, pues le partía el alma ver cómo estaba rompiendo en pedacitos muy pequeños a la única persona que no merecía sufrir así.
—Dime, ¿qué te pasa? Háblalo conmigo; aún podemos arreglarlo.
¿Acaso he hecho algo? —suplicó ella, en un intento desesperado por tratar de retenerlo, pasando las manos por detrás de su cuello y apoyando su frente contra la de él.
Pero la decisión ya estaba tomada, y no había fuerza humana capaz de impedirlo.
—No. Claro que no. Tú no has hecho nada, y no quiero que lo digas ni lo pienses.
Soy yo, ¿entiendes? El problema siempre he sido yo.
Creía que estaba bien, que había superado el daño que otras me habían causado y que podríamos ser felices...
Quería ser feliz contigo, Alma, de verdad que sí.
Pero en estos días me he dado cuenta de que tengo tanto por sanar que no puedo hacerlo a tu lado.
Y no quiero arrastrarte conmigo. Tú te mereces mucho más de lo que yo puedo ofrecerte en estos momentos.
Huía.
Del mismo modo que hacían todos cuando la conocían.
Como si ella no fuera suficiente, como si no valiera la pena quedarse a su lado.
—Pero aún podemos ser felices —imploró, sintiendo que se desgarraba. No creía ser capaz de aguantar otra vez la misma historia.
—Pero ¿y si no? ¿Y si no funciona? Creía que tú estabas llenando ese vacío inmenso que sentía en el pecho, pero ese es un trabajo que únicamente me corresponde a mí..., ¿lo entiendes? Por favor, Alma, dime que lo entiendes.
—Yo también estoy herida, ¿sabes? Pero estaba dispuesta a arriesgarme. Por ti. Por nosotros. Porque pensé que merecía la pena. Y creía que tú también lo pensabas.
—Lo sé, pero yo no soy tan valiente como tú.
—¿Y ya está? ¿Lo tiramos todo por la borda?
Silencio.
—Eres un egoísta.
—Lo sé..., y lo siento. Ojalá pudiera ser bueno para ti. Ojalá pudiera ofrecerte algo mejor. Pero debo sanar. Y tú también. Y no podemos hacerlo juntos o nos destrozaremos. Tengo que ser egoísta.
—¿Y no podrías haberte dado cuenta de eso hace dos putas semanas? ¡Tú ya me has destrozado! ¡Igual que todos! —estalló de pronto—. Porque así es siempre. Soy la mujer del proceso, pero nunca la mujer con la que se quedan.
Tras un breve silencio, Eric añadió cabizbajo:
—Me recuerdas a ella.
Alma trató de enfocar la vista, creyendo que había oído mal.
—¿Cómo?
—Me recuerdas a mi ex. Sé que es una tontería, y que no tiene sentido...
—Pues no, Eric. No tiene puto sentido —lo interrumpió.
Él apenas se atrevía a mirarla a la cara.
—¿Has estado conmigo por mí o porque te recordaba al fantasma de otra? —La voz le salió temblorosa, como si temiera escuchar la respuesta.
—No lo sé... —susurró—. Tengo la sensación de que solo hay un amor bueno y que, después de ella, todo lo que venga solo serán cosas que se le parezcan. Pero nada igual.
Lo dijo con tal frialdad que Alma se quebró por completo.
Le costaba respirar.
La vida podría haberse desintegrado en ese mismo momento y no habría sido más doloroso que lo que estaba sintiendo.
—Dijiste que me querías...
Más silencio.
Y el corazón se le terminó de romper.
—No puedo creer que estés haciéndome esto...
—Hemos ido muy rápido...
—¡Te lo dije! ¡Sabía que esto pasaría! ¡Y te dio igual! ¡Te odio ahora mismo; te odio! ¡Todo ha sido una mentira desde el principio! —En ese momento, Alma creyó que, si seguía llorando así, terminaría por desbordarse. Y no le importó.
—No ha sido mentira, Alma. Nada de lo que hemos vivido ha sido una mentira.
Ha sido la historia de amor más bonita de mi vida.
Me has hecho sentir lo que nadie había logrado jamás.
Nuestra conexión, tú..., todo ha sido increíble.
Y estoy muy agradecido a la vida por mostrarme que sí, que existen personas como tú.
Y ojalá algún día encuentre a alguien con tu dulzura, con todo el amor que tú tienes para dar, con tu romanticismo desmedido.
—Pero ya no seré yo.
—No. Pero tú también encontrarás a alguien. A alguien que te querrá como yo no he sabido. Y tú lo querrás del mismo modo. Y tendrás tu cuento de hadas. Te lo prometo, Alma.
—Mi cuento de hadas eras tú.
—Te juro que habría dado mi vida por que todo saliera bien..., pero supongo que este no era nuestro momento. —Hizo una pausa antes de añadir—: Siento no haber sabido hacer esto de otro modo...
Alma jamás lo reconocería, pero Eric tenía parte de razón.
Al fin y al cabo, solo eran dos personas rotas que se habían encontrado y, por un momento, habían creído que podían reparar los pedazos del otro. Pero, aunque detengas una hemorragia, la herida no deja de sangrar.
—Me voy —dijo Alma—. No hace falta que me acompañes. Conozco el camino a la estación.
Pero, aunque su cuerpo se fuera, una parte de su alma se quedaría para siempre entre aquellas cuatro paredes. Ella le pidió un beso de despedida, y él no pudo negarse. Pero, cuando salió por aquella puerta, no miró atrás.
Quería que ambos se quedaran con aquella historia que, por muy breve que hubiera sido, los había hecho sentir vivos.
Quería que cada uno se llevara su parte y que nada ni nadie pudiera enturbiarla jamás.
Siempre les pertenecería. Siempre estarían juntos en algún lugar al que nunca podrían volver a llegar.
Alma había experimentado el desamor muchas veces, la tristeza, la más honda de las penas.
Pero esa noche sintió que se desintegraba.
Cayó de rodillas sobre el suelo y lloró hasta creer que el cielo se partiría en dos.
Profirió gritos tan desgarradores que el universo entero tembló.
No era capaz de hacer que sus piernas respondieran y respirar se convirtió en un suplicio.
Era como si llevara constantemente una nube encapotada sobre la cabeza y lloviera sobre ella sin parar.
Era un alma en pena. Y creía que moriría si no llegaba rápido el olvido.
Pero a veces no llega.
A veces solo te acostumbras a vivir con la ausencia.
Se preguntaba constantemente cómo algo tan fugaz podía doler tantísimo.
Y jamás encontró respuestas. Ni tampoco consuelo.
Se refugió en sí misma; de vez en cuando se preguntaba cómo estaría él, soñaba con una realidad alternativa cada noche, y, todos y cada uno de los días, su única esperanza al levantarse era pensar: «Hoy no ha podido ser, pero tal vez la vida nos vuelva a juntar mañana».
Alma jamás volvió a aquel museo. Ahora sentía que todos los cuadros lloraban.
Oía el eco de su risa en las paredes, la sombra de cada obra inerte, de los pintores muertos, de un beso que supo a leche y miel.
Su recuerdo se quedó atrapado allí, y los pasillos, las esculturas, las pinturas, el Guernica , Picasso, Dalí, su alma, el alma de su amor perdido...
, todos le suplicaban al infame destino que le concediera un poco más de tiempo con él.