12
Cuando Alma llegó a casa, casi a las tres de la madrugada, entró al cuarto de baño, se dobló sobre sí misma y vomitó todo lo que tenía dentro.
No solo el alcohol. También los recuerdos, el amor que aún sentía y hasta aquella maldita noche.
Le habría gustado que todo eso desapareciera con el ruido de la cisterna. Pero no fue así.
Cuando se sintió un poco mejor, se tumbó en la cama en posición fetal, buscando algo de consuelo en su propio cuerpo, y siguió llorando, rezando para que el mundo la tragara o para que el sueño la venciera rápido. Pero no pasó ninguna de las dos cosas.
En su lugar, oyó el sonido del timbre.
Se levantó despacio, preguntándose quién sería a esas horas. Aún no se había quitado el vestido, y el maquillaje ya era solo una mancha negra que le cubría toda la cara. No quedaba nada de lo que había sido tan solo unas horas antes.
Abrió la puerta y, al otro lado, se encontró a Pedro, su coeditor.
Al verla, él frunció el ceño ligeramente.
—Pedro..., ¿qué haces aquí? —La voz le salió forzada.
—Venía a ver cómo había ido la presentación. Siento no haber podido estar. Martina me dijo que se alargó bastante y que luego te vio irte con un amigo. Pero... ¿estás bien? ¿Estabas llorando?
—No..., eh..., es alergia. Al polen —improvisó rápidamente.
—¿En diciembre? —Pedro alzó una ceja con incredulidad.
—Ya ves; qué cosas, ¿eh? —Alma forzó una sonrisa antes de cambiar de tema, intentando evitar que la conversación se volviera más incómoda—. Pasa, por favor. Ponte cómodo. Yo acabo de llegar.
Pedro asintió y, tras echar una rápida mirada al interior, se dejó caer en el sofá. Alma tomó asiento a su lado, guardando una distancia prudencial.
—Bueno, ¿y qué te trae por aquí? —se interesó, mientras intentaba ocultar la incomodidad que sentía.
—Ya te lo he dicho: quería asegurarme de que todo hubiera ido bien. Me han contado que ha sido todo un éxito...
—Sí, la verdad es que ha sido increíble. Me he sentido muy arropada por todos.
—¿Estuviste cómoda? —Pedro se acercó un poco más.
—Sí, mucho. Incluso me preguntaron si habría una segunda parte.
—¿Y la habrá?
—No lo creo. Me parece que ha llegado el momento de dar paso a otro tipo de historias. Ya sabes: dejarme de tanto amor... Tal vez podría probar con algo de miedo, cambiar un poco el rumbo.
—A la gente le gusta el amor.
—Sí, pero ya está un poco... manido. —Solo entonces, Alma se dio cuenta de que no le había ofrecido nada de beber—. Perdona, qué tonta. ¿Quieres una copa?
—Claro.
Ella se dirigió a la cocina, dejándolo a solas en el salón.
Una vez allí, se apoyó un instante en la encimera e intentó recomponerse.
No tenía ganas de seguir bebiendo; solo quería que Pedro se fuera y que esa infame noche terminara de una vez.
Sin embargo, cuando se giró con las copas y la botella de vino en las manos, se lo encontró apoyado en el quicio de la puerta.
Alma se sobresaltó, dando un pequeño respingo.
—¡Pedro! Me has dado un susto de muerte.
Hasta esa noche, nunca había reparado en él.
Pero fue al verlo allí, observándola de ese modo, cuando se fijó por primera vez en su atractivo.
Tenía un porte seductor y elegante, un aire de confianza y carisma que lo hacía parecer inaccesible.
A pesar de que le sacaba a Alma unos veinte años, desprendía un aura juvenil que contrastaba con esa madurez sobria que le mostraba al mundo.
Era guapo, pero no guapo como Eric. Más bien guapo como esos hombres con los que preferirías no tener que cruzarte.
—Venía a ver si necesitabas ayuda —dijo él.
—Ah, pues no...; todo bien. ¿Vamos?
Pero, en lugar de salir, Pedro caminó hacia ella con lentitud, acortando la distancia entre ambos hasta acorralarla contra la encimera.
—¿Qué-qué estás haciendo? —tartamudeó Alma.
—Si tú quisieras..., nadie tendría por qué enterarse... —susurró él al tiempo que llevaba un dedo hasta los labios de Alma y los acariciaba con parsimonia.
No había que ser muy perspicaz para intuir sus intenciones. En otro momento, Alma le habría dicho que se controlara, que aquello no estaba bien; lo habría apartado de un empujón y lo habría echado de su casa. Pero esa noche solo necesitaba olvidar. Y él la necesitaba a ella.
No dijeron nada más antes de besarse con un hambre voraz. Alma soltó las copas y la botella de vino y, de un impulso, se sentó sobre la encimera, apartando todo de un manotazo. Oyó el estruendo de la vajilla rompiéndose al impactar contra el suelo, pero no le importó.
Con ayuda de Alma, Pedro le subió el vestido rojo hasta la cintura y ella abrió las piernas con impaciencia, permitiéndole el acceso.
Le rodeó la cintura y gimieron al unísono.
Cuando coló las manos por debajo de su ropa interior y sintió lo húmeda que estaba, creyó volverse loco.
Alma volvió a gemir contra sus labios mientras él introducía un dedo en su interior.
Sin pensarlo, ella le desabrochó el cinturón y comenzó a bajarle los pantalones, que se interponían entre los dos.
—¿Vamos a la cama? —susurró él.
Alma lo miró a los ojos, con la respiración agitada y la mente llena de confusión y deseo.
—No..., no. Quiero que me lo hagas aquí —susurró.
Tenía la norma de no meter en su cama a ningún hombre que no quisiera de ella algo más que su cuerpo. No quería recordarlos después.
Terminaron de deshacerse de la ropa interior. Sintió a Pedro entrando en ella de una sola embestida y clavó la mirada en el techo, tratando de desconectar. Como si realmente no estuviera allí.
Fue sucio, rápido y con rabia; no hubo ni una pizca de amor. Él no quería dárselo y ella tampoco se lo pidió.
Cuando terminó, Alma no supo hasta qué punto lo había disfrutado. Le había servido para saciar las ganas, sí, pero no fue más que una forma de evadirse. De olvidar.
Y ni siquiera eso consiguió.
Porque cada segundo que había durado aquello, la imagen de Eric —su voz, su risa— volvía a ella con tal fuerza que hacía que se odiara aún más por ello.
—Esto... queda entre nosotros, ¿verdad? —A Alma no le pasó desapercibido el tono suplicante en la voz de Pedro.
Solo entonces pareció acordarse, por primera vez, de Martina, su editora. Y la persona con la que Pedro llevaba casado once años.
Un sentimiento de culpa le oprimió el pecho. Tuvo que contener las lágrimas antes de responder:
—Descuida.
—Gracias, Alma. Será mejor que me vaya.
Ella se quedó inmóvil, todavía sentada sobre la encimera, sintiéndose más frágil y vulnerable que nunca, hasta que oyó cerrarse la puerta de entrada.
Solo entonces rompió a llorar de nuevo.
Eric regresó a casa dando un largo paseo, tratando de ordenar sus pensamientos y encontrar algo de paz.
No sabía por qué había decidido ir a la presentación de Alma; estaba claro que había sido un error.
Nunca antes se había sentido tan confundido.
Había algo en ella, en su presencia, que lo desarmaba por completo y lo mantenía en un estado de vulnerabilidad que no quería reconocer.
Pero eso no era lo único que lo atormentaba.
Con un suspiro, cogió el teléfono móvil y marcó un número que conocía bien. Dio tres tonos antes de que alguien descolgara al otro lado de la línea.
—¿Eric? Cariño, ¿sabes qué hora es? —respondió Laura, con un tono de voz que indicaba que, probablemente, llevaba horas dormida.
—Sí, yo... lo siento; solo quería oírte.
Si ella notó el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo para no romperse, no lo demostró.
—¿Va todo bien? —preguntó, y solo entonces Eric se dio cuenta de que una llamada telefónica a las tres de la madrugada debía de haberla preocupado.
—Sí, sí, perdona. Salí con unos amigos y no me fijé en la hora... —mintió, con la voz quebrada—. Te echo de menos.
—Yo también a ti, mi vida. Pero mañana madrugo más de lo que me gustaría. ¿Te parece bien que hablemos en otro momento?
—Eh..., sí, claro. Lo siento. Mañana te llamo. Te quiero.
—Te quiero.
Eric permaneció con el teléfono pegado a la oreja, oyendo el tono de desconexión hasta que la llamada se cortó. Alma no era la única que se sentía culpable esa noche.
Se recostó contra el cabecero de la cama y cogió su ejemplar de Sol de medianoche , dispuesto a leer el final.