11
Alma tenía que disimular el escalofrío que recorría su cuerpo cada vez que sus manos se rozaban. Eric, por su parte, se esforzaba por mantener la mirada fija en cualquier otro punto que no fuera el diminuto lunar que tenía en el pómulo izquierdo y que siempre le había parecido irresistible.
Los recuerdos seguían vivos, intactos, mientras paseaban bajo las luces navideñas de la plaza de España, por las mismas calles que habían sido partícipes de su historia.
Cada dos pasos, Eric tenía que ayudar a Alma a mantener el equilibrio.
—Me parece que alguien ha bebido demasiado vino.
Una media sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
—Si me lo preguntas, diré que no lo suficiente.
—¿Sabes de lo que me estaba acordando? —comentó Eric al cabo de un rato.
—Sorpréndeme.
—De la primera vez que viniste a mi casa. Recuerdo que te descalzaste, te tumbaste en la cama y te pusiste a ver Hannah Montana .
Una pequeña risa brotó de la garganta de Alma. Aquel recuerdo le resultó extrañamente reconfortante. Le pareció increíble que hubiera pasado tanto tiempo.
—Había olvidado eso por completo... Aún la sigo viendo, ¿sabes? Y nadie podrá convencerme jamás de que no es la mejor serie de la historia.
—¿Y se la sigues poniendo a todos tus novios? —bromeó Eric con un tono juguetón.
—No a todos; solo unos pocos tienen ese privilegio.
De pronto, Alma se quedó en silencio, como si se hubiera roto el hechizo.
Se perdió en el recuerdo de aquel fin de semana que pasaron juntos.
Recordó las manos de Eric acariciando su cuerpo, desabrochándole la ropa, probando con los labios a qué sabía su piel desnuda...
, y recordó el final. La parte que prefería olvidar.
El sonido de su corazón al romperse. Crac . Como una nuez quebrada.
—¿En qué piensas? —quiso saber Eric, sin darse cuenta de la sombra que se cernía sobre ella.
—En nada —mintió, esforzándose por mantener la compostura.
Siguieron caminando, hablando sobre los viejos tiempos, mencionando anécdotas que habían quedado enterradas en lo más profundo de sus corazones, como si el paso del tiempo pudiera borrar aquello que, por naturaleza, es imposible olvidar.
Ingenuos.
Porque, en realidad, eso rara vez ocurre.
Esa es la maldición de los recuerdos: surgen como un huracán y, en un instante, se llevan por delante todo lo que has construido.
No entienden de relojes, ni de órdenes, ni de emociones adormecidas.
Tus certezas se tambalean, tu vida se detiene y, de pronto, todo regresa.
Pero, al mismo tiempo, ese es su milagro más grande. Son reales como la vida misma y, sin embargo, inalcanzables. Nada los puede mancillar, nadie los puede tocar ni jugar con ellos, ni moldearlos. Son lo que son y, la mayoría de las veces, con eso basta.
No puedes quedarte a vivir en un recuerdo, así como no puedes quedarte a vivir en un amor.
Pero, en ocasiones, solo en ocasiones, el tiempo se desvanece y la magia ocurre, suspendida entre lo que fue y lo que puede llegar a ser.
—Parece que no ha pasado el tiempo, ¿verdad? —susurró Eric, sacando a Alma de su ensimismamiento.
—Lo parece..., pero sí que ha pasado.
Volvieron a sumirse en varios minutos de silencio, como si él estuviera sopesando cuidadosamente lo que diría a continuación. Al final, prefirió no alargar más el momento y las palabras salieron atropelladas de sus labios, como si las hubiera estado conteniendo durante mucho tiempo.
—Yo... lo siento, Alma.
El corazón de esta pareció detenerse por un instante. Se quedó paralizada en medio de la calle, incapaz de mirarlo o de hacer siquiera un movimiento.
De todas las cosas que podría haber imaginado, esa era la más inverosímil.
Había soñado mil veces con esa disculpa, había construido escenarios en su mente donde las palabras llegaban a tiempo, donde todo se resolvía con una simple frase..., y ahora, por fin, la tenía frente a ella. Podía tocarla, acariciarla con la punta de los dedos.
Pero, en ese momento, algo se quebró en su interior. Porque se dio cuenta de que ya era tarde.
Eric ya no la quería.
Esa disculpa no cambiaba nada.
Ya no había nada que hacer. Llegaba diez años tarde.
—Da igual —murmuró—. Ha pasado mucho tiempo.
—Diez años no son suficientes para olvidar.
—¿Qué quieres decir? —exhaló ella, sin girarse.
—Que no ha habido un solo día en el que no haya pensado en ti...
, en lo que te hice. Tal vez pienses que yo lo viví de manera diferente porque fui quien tomó la decisión de alejarse.
Pero he aprendido que el dolor se manifiesta de muchas formas.
Y yo no estuve exento de él. —Respiró hondo, como si le costara encontrar el aire—.
Sé que hice lo que pude con las herramientas que tenía en ese momento, y no me arrepiento, porque, si me hubiera quedado...
, nos habríamos desgastado poco a poco, hasta desaparecer por completo.
—Se acercó más a ella, como si deseara con todas sus fuerzas tocarla—.
Pero tú... te has mantenido viva en cada uno de mis recuerdos, impidiéndome avanzar.
Quizá porque nuestra historia quedó inconclusa, y he tenido que cargar con el peso de lo que pasó como si fuera un bloque de hormigón sobre mis espaldas.
Y lo siento. Como te dije aquel día..., ojalá hubiera sabido hacer las cosas de otra manera.
Pero éramos jóvenes, y estábamos heridos, y...
—Eric —lo interrumpió ella, con la voz quebrada por una mezcla de cansancio y dolor—, te he dicho que da igual.
—No da igual. Nada de esto da igual. Ha pasado un siglo y no he podido dejar de pensar en cómo habrían sido las cosas si hubiera sido más valiente.
Si no hubiera dejado que el miedo me venciera.
Pero siempre fue más fuerte que yo. Y lo siento, Alma.
Joder. Sé que fue culpa mía, pero no sabes cuánto he lamentado, durante todo este tiempo, que nos perdiéramos.
—Te esperé, ¿sabes? —confesó ella en apenas un susurro.
Se giró para mirarlo por fin.
Fue entonces cuando, por primera vez, vio el dolor reflejado en sus ojos, como si él también estuviera lamentando todo lo que habían perdido.
—Te esperé durante años.
A Eric se le cortó el aliento. Trató de reunir toda la fuerza que pudo antes de responder.
—Lo sé. Pensé en volver muchas veces.
—¿Por qué no lo hiciste? —inquirió Alma.
Y, aunque no quería que sonara como un reproche —porque, en el fondo, lo entendía—, no pudo evitar que lo pareciera.
—Porque no quería arrastrarte conmigo al pozo sin fondo en el que me encontraba. Te lo dije aquel día: tú te merecías mucho más.
—¡Esa era mi elección! —gritó Alma, con la voz rota por los recuerdos.
—Ahí te equivocas. También era la mía.
Fue entonces cuando ella formuló la pregunta que llevaba rondando por su cabeza toda la noche:
—¿Por qué has ido a la presentación?
—Quería verte.
—¿Por qué?
Eric pareció pensarlo durante unos segundos.
—No lo sé.
Ella sonrió con amargura.
—Tú tampoco has cambiado nada. Sigues siendo el mismo egoísta que hace diez años. Siempre haciéndolo todo a tu puta manera. Jamás te detuviste a pensar en cómo me sentiría yo.
—Sí lo pensé —susurró él.
—No. No lo pensaste. Ni por un segundo.
—Te estoy pidiendo disculpas.
Alma pareció estallar de golpe, como si se hubiera estado conteniendo durante toda la vida y ya no pudiera aguantar ni un día más con todo eso dentro.
—¿Y crees que con eso basta? ¿Crees que puedes venir aquí, pedirme perdón y confiar en que todo estará como si nada?
¿Qué querías que te dijera? ¿Que sí, que te perdono?
Te perdoné hace tiempo, Eric. Por eso lo escribí.
Escribí nuestra puta historia para poder perdonarte, porque me estaba hundiendo sin ti y sentía que me ahogaría si no llegaba rápido el olvido.
No se había dado cuenta de en qué momento había comenzado a llorar.
—Qué mierda todo, ¿no? Te estaré pareciendo la persona más patética del mundo en este momento.
Eric quiso acercarse a ella, secarle las lágrimas con el dorso de la mano, acunarla entre sus brazos hasta que su tristeza se desvaneciera.
Pero, en cambio, se quedó completamente inmóvil, sin atreverse a dar un paso.
Temía que, si la tocaba, se hiciera añicos delante de sus ojos, como una muñeca de porcelana.
—No me pareces patética, Alma.
—Pues yo sí que me lo parezco. Me odio tanto como me odié aquel domingo, por romperme de nuevo delante de ti.
—Es a mí a quien deberías odiar —susurró Eric.
—Lo intenté; no creas que no. Pero yo te quería —confesó con la voz rota—.
Te quería tanto que me habría prendido fuego viva si me hubieras dicho que tenías frío.
Y tú me utilizaste, me mentiste, me sacaste del vacío en el que me encontraba solo para arrojarme de nuevo dentro con más fuerza. Y caí. Vaya si caí.
Eric no supo qué responder. Esta vez fue él quien pareció quebrarse en pedacitos muy pequeños. Un ataque de culpabilidad lo consumió al darse cuenta de que había convertido a Alma en un juguete roto. Eso era todo lo que quedaba de la mujer risueña y dulce que él había conocido. Nada más que eso.
Ella volvió a darle la espalda y, sin atreverse a mirarlo, le preguntó:
—¿Estás con alguien?
Tras unos segundos de silencio en los que Alma sintió que el mundo se encogía sobre ella hasta engullirla, Eric respondió:
—Sí.
Alma se secó una lágrima y cambió de tema. Prefirió no hacer comentarios o seguiría rompiéndose hasta que no quedara nada de ella a lo que aferrarse. Y ya se había roto suficiente delante de él.
—¿Has leído mi libro?
—Sí.
—¿Llegaste al final?
—Aún no.
—Puedes ahorrártelo. Ya sabes cómo acaba.
Dicho esto, reanudó sus pasos y se alejó de allí sin mirar atrás.