10
Se acomodaron junto a la ventana en un bar de copas de la calle Pez. Él, con una cerveza en la mano. Alma, en cambio, optó por pedir una copa de vino.
Eric la observaba como si intentara descifrarla.
Ella procuraba no apartar la vista de su bebida, evitando a toda costa encontrarse con sus ojos.
Ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio, ni a oír de nuevo la voz del otro.
No podía decirse que la situación fuera exactamente incómoda, pero sin duda era extraña. Sentían que les faltaba el aire.
Eric fue el primero en hablar.
—Veo que te ha ido bastante bien.
—Sí. No puedo quejarme. Supongo que he tenido suerte.
Él asintió con la cabeza mientras la observaba darle un sorbo a su bebida. Acto seguido, se dibujó en el rostro de Alma una expresión de profundo desagrado que intentó disimular, sin éxito.
Eric no pudo evitar reírse.
—El vino... está muy fuerte —se excusó.
—¿Quieres pedir otra cosa? Yo invito.
—No, esto está bien. Me acostumbraré.
Él volvió a reír; no supo si por cortesía o por nerviosismo. Alma, en ese instante, se dio cuenta de cuánto había echado de menos su risa.
—No has cambiado nada —observó Eric, llevándose la cerveza a los labios.
—¿A qué te refieres?
—No sé... Perdona; estoy un poco nervioso. —Jugueteó con su jarra en un acto inconsciente, como si buscara las palabras adecuadas—. Quiero decir que... sigues siendo tú.
—¿Porque pongo caras de asco al probar una bebida alcohólica?
—Supongo que son los pequeños detalles los que marcan la diferencia.
Alma sintió que estaban llegando a un callejón sin salida, así que optó por cambiar de tema.
—¿Y tú qué? A ti tampoco te ha ido mal, por lo que he visto, ¿no?
—No, la verdad es que hemos tenido suerte los dos. Ahora vivo en Alemania; ¿lo sabías? Trabajo como chef en un restaurante de allí. No pagan mucho, pero lo suficiente como para abrirme hueco e ir tirando.
Lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Se había pasado años siguiéndole la pista en redes sociales. Hasta que, un día, simplemente, dejó de hacerlo.
—¿Y qué es lo que te trae de vuelta por España? —indagó ella, mordiéndose los labios por pura ansiedad.
—Un congreso de gastronomía.
—Suena interesante.
—Sí, bueno..., era eso o el despido, así que... —masculló con una sonrisa.
Alma no se había dado cuenta de lo nerviosa que estaba hasta que se percató de su copa vacía.
—¿Quieres otra? —preguntó Eric al tiempo que levantaba una ceja.
—Sí, claro. —Y, en un susurro, añadió—: Me va a hacer falta.
Eric llamó al camarero con un gesto de la mano mientras Alma miraba a su alrededor como un animalillo recién nacido que no sabe dónde esconderse.
Se fijó, entonces, en los tatuajes de él. Ya los conocía, claro. Recordaba perfectamente aquellas flores rojizas trepando por su brazo, entre sombras grises y líneas curvas.
Agradeció no tener que ser ella quien prosiguiera con la conversación.
—Para mí, una caña, y para la señorita, ¿tal vez otro vino? —inquirió él cuando el camarero llegó hasta su mesa.
—¿Eh? Sí..., claro. Aunque mejor... la botella. Traiga la botella y, ya pues..., eso, me sirvo yo lo que quiera... —respondió con nerviosismo.
Una expresión de perplejidad se dibujó en el rostro de Eric, que volvió a reír.
—Veo que al final sí te ha gustado.
—Ya te lo he dicho: te terminas habituando.
Cuando el camarero volvió con la cerveza de Eric y la botella de vino para Alma, ella prácticamente se la arrebató de las manos, se llenó la copa hasta el borde y se la bebió de un trago.
—¿Qué tal está tu padre? —se atrevió a preguntar cuando sintió que el alcohol empezaba a hacerle efecto.
—Bueno..., ya sabes, como siempre. Fui ayer a verlo, y me gustaría poder echarle la culpa a su enfermedad, pero la verdad es que siempre ha sido así.
A Alfredo le habían diagnosticado quince años atrás la enfermedad de Huntington, un trastorno degenerativo que comprometía progresivamente el sistema nervioso y que provocaba pérdidas de memoria y movimientos involuntarios, pero que, sobre todo, afectaba su estabilidad emocional.
Cualquiera podría pensar que su actitud era comprensible, dadas las circunstancias. Pero solo Eric sabía que su padre ya era así mucho antes de que llegara el diagnóstico. Cuando este último llegó, todo empeoró, simplemente, pero su padre no cambió.
—Vaya..., lo siento —comentó Alma.
—Da igual; ya estoy familiarizado con la situación —dijo, intentando restarle importancia al asunto.
Pero Alma lo conocía lo suficiente como para saber que todavía le costaba hablar de ese tema—.
No sabía que te gustara escribir. Al menos, no tanto.
Siempre estabas con la poesía, pero nunca me mencionaste que te hiciera ilusión escribir una novela.
—Supongo que es algo que surgió por el camino —respondió ella, llenándose otra copa de vino.
—¿Y qué pasó con tu sueño de ser actriz? —quiso saber él—. Era lo que más deseabas en el mundo.
—Oh, respecto a eso..., no lo abandoné. El sueño, quiero decir. Hice un par de cursos de teatro, me presenté a unos cuantos castings... Supongo que descubrí, más pronto que tarde, que era un mundo demasiado complicado. Y muy competitivo para mí.
—¿Y entonces te pusiste a escribir?
—Sí, eso llegó después. Un día, simplemente..., surgió. No sé muy bien cómo. Me puse delante del ordenador y las palabras fluyeron sin parar.
—Tenías talento. Escribiendo, actuando...; el arte siempre fue lo tuyo.
—Tú también. Cocinando, digo. Cocinabas... bien.
A Eric le entró la risa floja. Para entonces, Alma ya se había bebido la botella entera, y no supo si era impresión suya o si se le había subido el vino a la cabeza.
Tenía los ojos chispeantes, refulgían llenos de vida.
La tensión que se percibía entre ambos tan solo unos minutos antes había desaparecido.
—Tu hermana ya debe de estar hecha toda una mujer...
—Así es. Vive en Irlanda; es abogada. No la veo mucho. El trabajo ocupa casi todo su tiempo.
—Veo que yo he sido la única que se ha quedado anclada en España.
—Tú no tenías motivos para marcharte. Nosotros, en cambio...
—No hace falta que sigas. Me lo puedo imaginar.
Eric le agradeció con la mirada que no lo dejara continuar. No sabía si podría haberse explicado sin que se le quebrara la voz.
—¿No quieres otra cerveza? Yo creo que voy a pedirme otra botella de estas. Oye, qué rico está este vino; ¿lo has probado? —dijo Alma al tiempo que levantaba la mano para llamar de nuevo al camarero.
A esas alturas, a Eric le resultaba casi imposible borrar la sonrisa de su cara.
—Está bien, fiera, creo que una botella de vino ya es suficiente por hoy. Vámonos.
Estaban tan inmersos el uno en el otro que ni siquiera se dieron cuenta de que ya eran los únicos en el bar y que estaban cerrando.
Eric dejó dos billetes de cincuenta sobre la mesa y ayudó a Alma a mantenerse en pie al ver que se tambaleaba. Seguramente se habría caído de bruces si no hubiera sido porque, una vez más, la sostuvo entre sus brazos.
Alma rio tontamente al sentir el calor de su cercanía y le apartó un mechón de pelo de la frente.
Esta vez fue Eric quien tembló al sentir las manos de ella.
Seguía siendo tan guapo como siempre. Los años no habían hecho mella en su atractivo; al contrario, le daban un aire interesante que le sentaba incluso mejor.
Cualquier mujer habría dado lo que fuera por tener a un hombre como él a su lado. Alma era plenamente consciente de ello.
—Venga, te acompaño a casa.
Dicho esto, la ayudó a ponerse el abrigo y, juntos —más juntos de lo que cabría esperar entre dos personas que se han reencontrado tras una década de silencio—, salieron del bar.