9
Con los nervios a flor de piel.
El gran día había llegado. Aunque no era la primera vez que hacía una presentación, sí era la primera en la que sentía tanta ansiedad.
Aquel libro era diferente de todo lo que había escrito antes.
Era especial. Y quería que su historia recibiera la acogida que merecía.
A pesar de que le habría encantado poder cambiar el final.
Al llegar a la librería, la escena que se presentó ante sus ojos le pareció casi surrealista.
Apenas cabía un alfiler. Le resultaba increíble pensar que toda esa multitud estuviera allí esperando por ella.
Se abrió paso entre el gentío como pudo, deteniéndose a cada rato para hacerse alguna fotografía cuando se la pedían y entablando breves conversaciones con los asistentes que compartían con ella lo que Sol de medianoche les había hecho sentir.
Se mostró amable y profundamente agradecida en todo momento.
Finalmente, llegó a la parte delantera de la librería y tomó asiento. Era un lugar pequeño pero acogedor. No necesitaba más.
Su mejor amiga, Emma, estaba sentada en la primera fila, cámara en mano. Le dirigió una sonrisa cómplice y levantó el pulgar en señal de «todo saldrá bien». Alma respiró hondo y se secó con disimulo el sudor de las manos.
Tras las presentaciones de rigor, a cargo del moderador y de su editora, Martina, le pasaron un micrófono y empezó a hablar de su novela.
—En primer lugar, gracias a todos por venir —dijo, tratando de controlar el temblor en su voz—.
Es todo un honor para mí estar hoy aquí y, más aún, presentar un proyecto tan especial y en el que he trabajado tanto como Sol de medianoche .
Gracias. Jamás pensé que tendría tanta acogida. Es un sueño hecho realidad.
El silencio en la sala era palpable; casi podía cortarse con un cuchillo. Todos esperaban expectantes para escuchar lo que Alma Ferrer —la nueva revelación de la literatura— tuviera que decir.
Continuó hablando, cada vez con más aplomo y seguridad en sí misma.
— Sol de medianoche es un proyecto que surgió hace muchísimos años, una noche de insomnio. Pero, hasta ahora, no había podido ver la luz. Lo he tenido todo este tiempo guardado en un cajón, esperando a que encontrara su momento. Y ahora, gracias a todos vosotros, puedo estar aquí hablándoos de él.
Se tomó unos segundos para respirar hondo antes de proseguir.
—Diría que este es mi proyecto más personal. Sé que no ha pasado inadvertido para nadie que la protagonista se llame como yo.
Tras esas palabras, se produjo un murmullo sutil entre los presentes, seguido de algunas risas tímidas. Incluso la propia Alma sonrió para sí, recordando la persona que había sido diez años antes y en la que se había convertido.
—La verdad es que dudé mucho sobre si cambiarle el nombre, pero finalmente pensé: «¿Para qué?
». Los nombres también cuentan historias, y yo quería contar la mía.
Hablar del amor desde una perspectiva de profunda decepción no siempre es fácil, pero es necesario.
Porque no todas las historias de amor terminan bien.
De hecho, las más grandes han fracasado y, si no, mirad Romeo y Julieta , o Los amantes de Teruel .
Se detuvo un momento, recorrió con la mirada a los presentes y dejó que la reflexión calara en ellos.
—Pero... ¿acaso la decepción, lo no vivido, hace que esas historias sean menos reales?
Yo creo que no. Son esos pequeños pero dolorosos detalles (los finales abruptos, los sueños rotos, las despedidas) los que las hacen más humanas.
Por eso me gusta escribir sobre ello, sobre la otra cara de la moneda, sobre lo que nadie cuenta: que las relaciones terminan, pero el amor no.
Porque el amor es energía, y la energía se transforma.
Hizo una breve pausa para darles tiempo a digerir el mensaje y continuó.
—Eso me lo enseñó una vieja amiga. Solía decir que hay energía en todo, y que las almas tienen un lenguaje distinto. Tardé tiempo en entender a qué se refería. Ahora ya lo sé.
Fue en ese momento, al fijar la mirada en los asistentes del fondo de la librería, cuando lo vio.
Al principio, pensó que eran imaginaciones suyas, un espejismo, quizá una mala pasada de su cabeza.
Parpadeó varias veces para enfocar la vista.
Y ahí estaba. No era fruto de su imaginación.
Se encontraba a escasos metros de ella. Tan real como la última vez que lo había visto.
Notó que las piernas le flaqueaban y que perdía las fuerzas.
El micrófono se le escurrió de las manos y cayó al suelo con un estruendo que hizo que varias personas se sobresaltaran.
Alma ofreció una disculpa apresurada mientras se agachaba a recogerlo, intentando serenarse.
Pero ya no fue capaz de apartar los ojos de él.
Porque, cuando sus miradas se encontraron entre la gente, fue como si el tiempo no hubiera pasado.
Los sentimientos que creían haber enterrado regresaron con una fuerza arrolladora, arrasando todo a su paso.
Ese amor que una vez fingieron no sentir —para sobrellevar mejor aquel final— volvía ahora con más intensidad que nunca.
La conexión que un día los había unido seguía ahí, latente, como si por fin hubiera despertado después de siglos dormida.
No sabía cuánto tiempo llevaba en silencio, inmersa en su propio mundo, hasta que oyó a su editora carraspear a su lado. Fue Martina quien tomó la palabra.
—Bueno, será mejor que demos paso a la ronda de preguntas.
Varias manos se alzaron al instante. Alma trató de aterrizar en el planeta Tierra, anclar los pies al suelo y tomar aire. Señaló a una chica de la tercera fila, que la miraba con una mezcla de timidez y admiración.
—¿Qué pasó con Eric? ¿Volviste a saber de él? —preguntó con inocencia. Ni la propia Alma tenía una respuesta clara para eso.
—Pasó que... se fue. Siguió con su vida, yo seguí con la mía y nunca nos volvimos a ver.
Otra mano se alzó desde la última fila. Alma le dio la palabra con un gesto.
—¿Lo echas de menos?
Al oír eso, se tomó unos segundos para pensar. ¿Lo echaba de menos? En el fondo, sabía que nunca dejaría de hacerlo. Eric siempre sería un fantasma que la acompañaría donde fuera.
Finalmente, optó por la sinceridad. Al menos, en parte:
—Lo eché de menos un tiempo. Pero, al final, los años pasaron y tuve que dejar de esperar. Esperar que volviera, esperar una disculpa..., esperar un final que nunca llegaría.
La chica insistió.
—¿Qué harías si volvieras a verlo?
«Desmayarme», habría contestado Alma en cualquier otra ocasión. Pero lo cierto era que lo tenía frente a ella y seguía en pie contra todo pronóstico. Así que esa respuesta carecía de sentido.
Se fijó en que Eric se erguía y la miraba con intensidad, esperando una respuesta.
—No lo sé. No me lo he planteado. Hace mucho que perdí la esperanza en eso.
Podría decirse que esa era una verdad a medias, como casi todas las que había dado esa noche. Pero no estaba dispuesta a mostrar sus cartas tan pronto.
Se sucedieron otras preguntas y la presentación continuó con aparente normalidad. De vez en cuando, su mirada volvía a buscar la de él, perdiéndose una vez más en ese sentimiento nuevo que había despertado en su pecho. Imaginaba, casi sin querer, que la vida les ofrecía una segunda oportunidad.
Pero la vida rara vez da segundas oportunidades.
—¿Habrá segunda parte? —fue la última pregunta.
—No lo creo. Hay historias que es mejor que sean autoconclusivas.
La presentación terminó y Alma se quedó un rato hablando con algunos fans. Siempre sonriente, como si su mundo no se hubiera desmoronado frente a todos hacía apenas unos instantes.
Él la observaba desde su lugar al fondo de la librería, sin atreverse a desviar la mirada, como si con solo pestañear ella fuera a desaparecer.
De vez en cuando, Alma le devolvía la mirada.
Sabía que él la estaba esperando, pero no se sentía preparada para enfrentarse a aquello.
Pensó que la vida debería venir con un manual de instrucciones, uno que la hubiera avisado de aquello a lo que se enfrentaría en el día más importante de su carrera.
—¡Tía, has estado cojonuda! —exclamó Emma justo cuando algunas personas empezaron a dispersarse—. Oye, me encantaría quedarme un rato más, pero tengo una cita. —Un brillo de picardía tiñó sus ojos castaños—. ¿Te importa si nos vemos en otro momento?
Alma quiso gritarle que, por lo que más quisiera, no la dejara sola.
Sabía que habría cancelado cualquier cita si ella se lo hubiera pedido, pero no conseguía que las palabras salieran de su boca.
Y mucho menos se veía capaz de contarle lo que estaba pasando.
Así que simplemente asintió, forzando una pequeña sonrisa; se despidieron con un abrazo y Emma se fue.
Cuando los demás asistentes también comenzaron a marcharse y la librería quedó finalmente vacía, Alma salió al exterior y se apoyó en la pared de ladrillo, tratando de calmarse. Ni siquiera se molestó en coger el abrigo. Dejó que el frío nocturno le calara los huesos.
No tardó en oír una voz masculina a sus espaldas.
Hacía una década que no la oía, pero la habría reconocido entre un millón, en cualquier parte del mundo.
—Te vas a enfriar.
Alma se giró lentamente.
—¿Eso es lo primero que se te ocurre decirme después de diez años?
Su respiración se entrecortó al contemplarlo de cerca. Estaba cambiado. Se le notaba el tiempo que había transcurrido: tenía la mirada cansada y la expresión serena, pero también más triste. Y por fin le había salido algo más de barba.
Ese detalle le hizo gracia y sonrió para sí. Él siempre se quejaba de aquello.
Pero, a pesar de todo, seguía siendo él.
Alma se ruborizó igual que la primera vez que lo vio.
—Esperaba un poco más de originalidad por tu parte —añadió, haciendo un esfuerzo sobrehumano por controlar los nervios.
—La verdad es que he estado pensando en un sinfín de cosas que podría decirte cuando llegara este momento... —comenzó Eric—. Pero ninguna me parecía lo suficientemente buena, así que he optado por improvisar.
De nuevo, Alma notó que las piernas le temblaban.
Se juró a sí misma no flaquear. No delante de él. Ya habría tiempo para eso después.
Así que se irguió con determinación, queriendo estar a su altura. Casi se le había olvidado lo alto que era. Su metro noventa y tres resultaba ahora mucho más imponente.
Sobre los tacones de aguja, intentó mantener el equilibrio. No apartó la mirada. No le tembló la voz. No dudó.
—Siempre fuiste bueno haciendo las cosas a tu manera. —Ahí estaba: el primer dardo.
Como única respuesta, Eric se quitó el abrigo y se lo colocó sobre los hombros, dejando que sus dedos descansaran unos instantes sobre la piel desnuda de los brazos de ella.
Y Alma flaqueó.
Olvidó toda la seguridad de la que había hecho acopio unos segundos antes y las rodillas le fallaron.
Justo cuando creyó que se desplomaría, Eric la sostuvo con firmeza entre sus brazos, agarrándola de la cintura y quedando a escasos centímetros de ella.
Si se hubiera acercado tan solo un poco más, casi podría haber rozado sus labios.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Sus corazones latían descontrolados. Ella podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, y esa cercanía la dejó sin aliento.
Fue Eric quien rompió el silencio.
—¿Quieres que vayamos a tomar algo?
Alma había imaginado muchas veces lo que haría si ese momento llegaba.
Había pensado en gritarle, empujarlo, decirle que no se acercara a ella, que ya le había arruinado la vida una vez y que no lo haría de nuevo.
Imaginó tantas cosas... pero, cuando el momento llegó, no fue capaz de hacer nada de eso.
Solo fue capaz de ceder a lo que le gritaba su parte más irracional.
Por un instante —solo un instante—, pensó en decirle que no, que no iría a ninguna parte con él. Pero, una vez más, no fue capaz.
Así que se recompuso y, con un hilo casi imperceptible de voz, respondió:
—Vale.