La noche en que ardió el Guernica 8
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El hospital estaba más silencioso que de costumbre a esas horas de la mañana. Eric no recordaba cuándo había sido la última vez que estuvo allí.

Odiaba los hospitales: el inconfundible olor a enfermedad, esa tristeza latente que se podía palpar en cada rincón, las paredes frías y blancas que parecían reflejar la soledad de los pacientes, el constante ruido de las camillas deslizándose por los pasillos, como si la muerte y la esperanza compartieran el mismo espacio.

Pero diez años eran muchísimo tiempo.

Y, aunque le aterraba enfrentarse a aquello, tenía que hacerlo.

Se detuvo frente a la habitación 405 y respiró entrecortadamente un par de veces, buscando una calma que parecía no llegar nunca.

Finalmente, armándose de un valor que no sentía, entró sin llamar.

Encontró a su padre tendido sobre la cama, con los ojos cerrados; casi parecía no estar allí. Estaba más pálido y envejecido que la última vez que lo vio. Su rostro reflejaba un cansancio profundo, como si ya no tuviera fuerzas para aferrarse a la vida.

Grandes ojeras enmarcaban sus ojos y estaba tan demacrado que Eric sintió unas enormes ganas de llorar.

—Hola, papá —pronunció. Por un momento, temió que su voz se quebrara.

Solo entonces, Alfredo abrió los párpados por primera vez, como si le costara incluso moverlos. Pareció reparar en Eric. Aunque era evidente que había crecido, para él seguía siendo un chiquillo.

—He venido a verte. Regresé hace unos días a Madrid.

—No necesito tu compasión. —Su voz, ahora más ronca y rasgada a causa de la enfermedad, sonaba cargada de amargura.

Eric trató de hacer acopio de las pocas fuerzas que le quedaban para no dar media vuelta e irse por donde había venido.

—No es compasión lo que siento por ti. Eres mi padre. Solo quiero asegurarme de que todo marche bien.

Una sonrisa socarrona, carente de energía, se dibujó en los labios de Alfredo, quien optó por guardar silencio de nuevo, como si hablar fuese un esfuerzo innecesario.

—Sé lo que estás pensando. Siento no haber venido antes. Yo... no podía. Espero que puedas entenderlo.

El padre sonrió de nuevo, esta vez con más ironía, como si las palabras que acababa de escuchar fueran una burla a su inteligencia.

—Por esa fulana... —susurró, pero no pudo evitar decirlo lo suficientemente alto como para que Eric lo oyera.

Este apretó los puños con tal fuerza que las yemas de los dedos palidecieron, luchando por no perder la calma. Ni siquiera imaginaba que su padre recordara aquella etapa.

—Se llamaba Alma. Y, no, no era solo por ella. También era por ti. Nunca me lo pusiste fácil, ¿sabes? Podrías hacer el esfuerzo ahora. Pero ni siquiera en este estado eres capaz de comportarte como el padre que siempre deberías haber sido.

—A mí no me vengas con sermones, niño.

En mitad de la frase, Alfredo se dobló sobre sí mismo en un repentino ataque de tos, tan violento que pareció querer arrancarle el aire. Eric consideró llamar a una enfermera, pero la imagen de su padre —tan frágil, tan distante— lo detuvo. Ya no quedaba ni rastro del hombre que alguna vez fue.

Suspiró exasperado, llevándose los dedos al puente de la nariz en un gesto que reflejaba toda la frustración acumulada. Finalmente, decidió cambiar de tema, como si eso pudiera aliviar algo.

—Voy a casarme. Dentro de dos meses —espetó.

Al fin, Alfredo giró la cabeza hacia él, con una expresión de profundo desdén. Eric sabía que, si no hubiera sido porque ya no le quedaban fuerzas y seguramente tampoco ganas, se habría levantado y lo habría echado a patadas de allí.

—Solo quería decirte que, si para entonces te encuentras mejor o..., no sé, si te han dado el alta, tal vez... me gustaría que vinieras. Podemos contratar a una enfermera que te ayude. Incluso cambiar la fecha si es necesario; eso no es un problema.

Su padre lo observó como si tuviera delante a un alienígena. Tras un par de segundos en silencio que parecieron horas, Alfredo habló con un tono cargado de indiferencia:

—¿Solo eso?

—Sí. Solo eso.

—Bien. Ya puedes irte.

Eric pareció pensárselo un instante. Con sumo cuidado, depositó una de las invitaciones a su boda sobre la mesilla de noche.

Acto seguido, se dirigió hacia la puerta.

Se giró una última vez para mirar a su padre, con el corazón oprimido por la tristeza y la esperanza de que él le devolviera la mirada, pero no hizo ni el más mínimo esfuerzo. Finalmente, se marchó de allí.