La noche en que ardió el Guernica 7
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Alma se despertó sobresaltada aquella mañana. Gotas de sudor frío le caían por la frente. Trató de serenarse al girarse en la cama y contemplar a Eric durmiendo plácidamente a su lado.

Solo había sido una pesadilla.

Pero, cuando Eric abrió los ojos, Alma lo supo. Lo supo en cada fibra de su ser, en cada partícula de su cuerpo. Algo en su mirada había cambiado: ya no era su Eric.

De repente, todo se volvió extraño, como si estuviera compartiendo cama con un desconocido.

Y algo se removió en su interior, algo profundo que no había sentido antes.

Porque, cuando dos almas tan idénticas se unen, es imposible no percibir ese tipo de detalles.

Sabes distinguir el brillo diferente en la mirada, las mil preguntas que antes no estaban ahí, una tristeza sutil pero irreversible con sabor a despedida.

Un corazón que ya no late al mismo ritmo que el tuyo.

Pero solo había sido una pesadilla.

Todo estaba bien, ¿verdad?

Alma jamás le habló a Eric de aquel sueño en el que él le rompía el corazón. Prefirió convencerse de que solo había sido una coincidencia, una manifestación de las inseguridades que otros le habían provocado. Era más fácil así que enfrentarse a la idea de que, quizá, ella podría haberlo evitado.

Pero ¿cómo iba a saberlo? Solo había sido un mal sueño, como tantos otros.

—Buenos días —murmuró ella cuando Eric despertó y la miró.

Él la observó como quien mira a un extraño. Pero no la vio.

—Buenos días.

Y fue en ese instante, justo en ese instante, cuando algo se rompió dentro de Alma. Solo un poquito. Pero suficiente como para empezar a sentir miedo. Porque algo en su tono de voz había cambiado también.

Si alguien hubiera grabado aquel instante a cámara lenta, habría captado el segundo exacto en que el corazón de Alma se partía en dos.

Por suerte, no había nadie cerca para inmortalizar su tristeza.

Desde pequeños, nos cuentan muchas historias sobre la magia: nos hablan de brujas y ogros malvados, de varitas mágicas y hechiceros capaces de convertir a un niño en un ratón. Nos relatan cuentos sobre hadas y dragones, historias llenas de maravillas y aventuras.

Pero nadie nos habla de ese momento en que el amor que sientes por otra persona es tan grande que puedes predecir el final antes de que llegue.

Y eso fue lo que le sucedió a Alma.

No fue un mal sueño ni una simple coincidencia, ni siquiera un miedo irracional. Fue una certeza, un mensaje silencioso. Fue la forma que tienen las almas de despedirse antes de que lo hagan los cuerpos.

Y la de Alma se despidió mucho antes de que Eric tuviera la oportunidad de pronunciar el último adiós.