5
Alma inspiró hondo varias veces antes de atreverse a llamar a la puerta, sintiendo cómo el aire frío le calaba los pulmones. Hacía años que no se enfrentaba a algo así, pero últimamente habían estado aquejándola sensaciones extrañas, sueños, como el que tuvo la noche en que todo acabó.
Odiaba llamar «premoniciones» a aquello que le sucedía, pero no era tan ingenua como para creer que se trataba de meras coincidencias. Así que hizo lo único que sabía hacer en esas ocasiones: ir en busca de respuestas.
Se armó de valor, llamó a la puerta y esperó.
Nada.
Tocó de nuevo, esta vez con más insistencia, pero al otro lado no se oyó ni un suspiro.
Cuando ya creía que nadie abriría, giró sobre sus talones dispuesta a marcharse. Pero, justo en ese instante, oyó el sonido de un cerrojo a sus espaldas y una voz que le resultaba vagamente familiar.
—¿Señorita? ¿Qué necesita?
Supuso que, de espaldas, no la había reconocido, y se volvió, preparada para reencontrarse con esos ojos, mientras se planteaba aún si no sería mejor seguir caminando sin mirar atrás y olvidarse de todo aquel asunto.
—¿Alma? Vaya, cuánto tiempo. Pasa, querida, pasa; estás en tu casa.
—Yo... estaba a punto de irme. Me parece que no ha sido una buena idea; siento haberla molestado.
—Vamos, niña..., tú mejor que nadie deberías saber que si el universo te ha traído hasta aquí es por algo.
Tras unos segundos de reflexión, Alma asintió y entró.
Todo estaba exactamente como lo recordaba. Lo primero que percibió fue el intenso olor a incienso que se colaba por sus fosas nasales. Pero en esta ocasión, a diferencia de la última vez que había estado allí, le resultó incomprensiblemente desagradable.
La luz tenue de las velas iluminaba lo bastante como para permitirle distinguir las piedras y runas amontonadas sobre los distintos altares. Algunas estatuillas que no logró reconocer la observaban, haciendo que todo su cuerpo se tensara.
Había telas de araña mirara por donde mirase, cortinas oscuras tras las que nunca se atrevió a preguntar qué se ocultaba y un silencio que asfixiaba.
Esta vez, el lugar le pareció mucho más lúgubre. Tal vez siempre había sido así, solo que ahora ella había cambiado y lo percibía con otros ojos.
Alma siguió a la mujer hasta el fondo de la estancia, donde se sentó finalmente frente a una bola de cristal y un montón de cartas esparcidas por toda la mesa.
—Por favor, toma asiento.
Alma obedeció.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó Lola observándola con curiosidad; su mirada no dejaba espacio para evasivas.
—Está volviendo a pasar.
No hizo falta decir más; su acompañante supo exactamente a qué se refería.
—¿Desde hace cuánto?
—Hará una semana.
—¿Ha sucedido algo que lo haya desencadenado? ¿Algún evento?, ¿algo fuera de lo común?
—No, que yo sepa.
—¿Es sobre alguien en particular?
Alma dudó unos segundos antes de responder. Decirlo en voz alta lo volvería irrevocablemente real.
—Sí.
—Bueno, niña, ya sabes cómo funciona esto. Tal vez la energía de esa persona esté atrayendo la tuya, como un imán.
—¿Eso es todo?
—En estas cosas, nada es tan simple como parece. Siempre hay algo más, y tú lo sabes tan bien como yo. ¿Quieres que miremos qué tienen que decirte las cartas?
Alma asintió con un nudo en el estómago y se quedó inmóvil, casi sin aliento, mientras Lola recogía el mazo y lo barajaba con maestría. Dividió las cartas en dos montones y, sin prisa, fue disponiendo algunas sobre la mesa con una calma casi perturbadora.
Alma las reconoció al instante. En realidad, podría haberlo hecho ella sola, pero nunca se le había dado bien leerse a sí misma: sentía que la objetividad se desvanecía cuando se trataba de sus propios problemas.
Lola fijó la mirada en las cartas con una concentración tan profunda que parecía estar sola en la sala.
—Interesante... —murmuró para sí.
—¿Qué ves? —la interrogó Alma, apremiante, sintiendo cómo la ansiedad se acumulaba en su pecho.
—Un reencuentro. Una conexión que trasciende el tiempo y la distancia. Algo que se rompió hace mucho, pero que nunca llegó a quebrarse del todo. El juicio es claro, pero las cartas no mienten: está regresando.
—¿Es algo bueno?
Lola tardó un instante en responder, como si no comprendiera del todo lo que estaba viendo.
—No lo sé.
Continuó sacando más cartas, sin detenerse a mirar a Alma.
—¿Qué cartas salen?
—El carro, la torre... Algo en tu vida está a punto de desmoronarse.
Esta realidad que has construido no es la que te corresponde, niña.
El universo tiene otros planes para ti. El carro te muestra una fuerza imparable, pero la torre...
La torre habla de caos, de destrucción para dar paso a algo nuevo.
Siempre anuncia una transformación abrupta: algo se derrumbará para que otra cosa pueda nacer.
Alma tragó saliva, y sintió el aire cada vez más pesado. Lola, sin prisas, sacó otra carta, como si quisiera asegurarse de no estar equivocada.
—El seis de copas... —susurró.
—¿Qué puedo hacer? —balbuceó Alma, temerosa, pues su vida estaba bien como estaba y no quería que nadie volviera a enturbiar esa paz.
Lola pareció pensarlo durante unos segundos, con los ojos fijos en la mesa, mientras intentaba sopesar la magnitud de lo que le decían las cartas.
Finalmente, habló con decisión:
—Puedes huir del pasado... o enfrentarte a él.