3
No volver a pisar Madrid.
Nunca.
Bajo ninguna circunstancia.
Al menos, esa era la teoría. Pero la práctica... se le estaba empezando a complicar un poco.
Eric había abandonado España una calurosa tarde de agosto cuando sonó el teléfono y le ofrecieron una propuesta laboral que no pudo rechazar.
Después de pensárselo mucho, llegó a la conclusión de que ya no había nada que lo atara a ese lugar, así que se subió al primer avión que salió del aeropuerto de Barajas, con apenas dos prendas de ropa en la maleta y la promesa tácita de no mirar atrás.
Por eso no comprendía cómo había acabado arrastrando una maleta de diez kilos por los interminables pasillos de la terminal 4.
Bueno, sí que lo sabía: una moneda al aire había sido la encargada de decidir su destino.
Pero ahora, sintiendo los músculos entumecidos conforme se acercaba a la salida, ya no le parecía tan buena idea.
El corazón le daba tumbos en el pecho. Nunca había experimentado un ataque de pánico, pero estaba convencido de que debía de parecerse mucho a eso.
Se llevó una mano al cuello de la camisa y se aflojó un par de botones en busca de oxígeno.
La ansiedad se intensificó al cruzar las puertas correderas y toparse con una marea de gente.
Recorrió rápidamente el entorno con la mirada en busca de una cara conocida. Había hablado con Mario la noche anterior y este le había prometido que iría a buscarlo. Pero si algo no había cambiado en su amigo durante esa década era su habilidad para llegar siempre tarde.
Pese a todo, no tardó en vislumbrarlo a lo lejos, con esa sonrisa inconfundible que lo caracterizaba. Se dirigió hacia él con pasos decididos y se fundieron en un fuerte abrazo. Era el único de su antiguo grupo de amigos con el que aún mantenía el contacto.
—¡Tío! ¡Estás igual que siempre! —exclamó Mario, dándole unas palmaditas en la espalda—. Pero ¿qué ven mis ojos? ¿Es eso barba? Al fin te ha crecido un poco.
Eric forzó una sonrisa antes de responder, intentando disimular el estupor que le causaba estar de vuelta.
—Te recuerdo que yo ya tenía barba antes de marcharme.
—Cuatro pelos no cuentan —replicó su amigo con una sonrisa—. ¿Qué tal te va por el país de las salchichas? ¿Te trata bien la vida?
—Si te soy sincero, hace un frío de cojones. Ya había olvidado lo que era el sol de Madrid. Pero, por lo demás, bien. ¿Y tú qué? ¿Sigues en el bar?
—Sí, tío. No me he movido del barrio. Pero no me quejo. Estamos pensando en abrir una nueva franquicia; creemos que podría funcionar —argumentó, encogiéndose de hombros—. Oye, me alegro un montón de verte. Venga, vamos, tengo el coche fuera.
Mario conducía con una mano apoyada en la ventanilla y la otra en el volante, de forma desenfadada. Hablaba sin parar, enlazando anécdotas, mientras que Eric apenas respondía. Estaba demasiado concentrado en la ciudad que se extendía frente a él a través del cristal.
Aparcaron en la calle Rosales al cabo de veinte minutos.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Eric desconcertado.
—Ahora que estás de vuelta tendremos que ponernos al día, ¿no? Y ni se te ocurra replicar o te pegaré una patada en ese culo esmirriado que se te ha quedado.
Eric sonrió para sí. Sabía que Mario no aceptaba un no por respuesta, así que renunció a intentarlo y salió del coche.
Subieron dando un paseo hasta la plaza de España, atravesando el Templo de Debod.
Madrid estaba más bonita que nunca. Las luces de Navidad colgaban sobre las calles, repletas de gente.
Sin embargo, Eric miraba todo a su alrededor como un espectador que observa la vida desde las gradas, sintiendo que el mundo era una gran fiesta a la que no lo habían invitado.
Subieron a la azotea del hotel RIU y se acomodaron en un par de taburetes, desde donde se veía toda la Gran Vía. A continuación, pidieron un cóctel cada uno.
—¿Qué tal está Laura? —se interesó Mario cuando el camarero los dejó a solas.
—Genial. —Eric pareció dudar un poco—. No ha podido venir. Tiene mucho lío en la oficina.
—¿Está ahora con algún reportaje importante? —inquirió, dándole un sorbo a su bebida.
—Si te digo la verdad, no lo sé. Lo cierto es que no solemos hablar mucho de trabajo.
—¿Te vas a casar con ella y no habláis de trabajo? —Mario levantó tanto las cejas que creyó que le llegarían al techo.
—Precisamente por eso. Entre los preparativos de la boda y el trabajo, apenas nos queda tiempo para hablar de otra cosa.
Su amigo lo observó con suspicacia durante unos segundos.
—¿Os va bien?
—Ya sabes que sí.
Eric desvió la mirada y la fijó en el horizonte. Pero sabía que a Mario no se le podía ocultar nada.
—Venga, dispara —lo apremió él.
—No sé... Es extraño. Llevamos mucho tiempo juntos. Ya sabes lo que dicen, eso de que el enamoramiento solo dura tres años. Si, después de eso, la relación sobrevive, a lo que queda se lo llama amor.
—¿Y la vuestra ha sobrevivido?
—Cuando llevas tanto tiempo con alguien, es difícil saber si es amor o rutina.
Mario le dio un segundo trago a su bebida sin dejar de mirar a Eric, que todavía no había tocado su dry martini.
—Supongo que no soy el más indicado para hablar, porque no he estado enamorado en mi puta vida, pero no creo que el amor sea algo difícil de identificar en absoluto.
—Es que...
—Ahí está. Sabía que había algo más.
Eric reprimió una sonrisa.
—Llevamos juntos seis años, y aun así siento que no la conozco del todo. Sé lo esencial: que es guapa, divertida e inteligente, que se muerde las uñas y que odia vestir de negro. Gilipolleces. Pero tengo el presentimiento constante de que algo no encaja. Y no sé qué es.
—Quizá solo sean imaginaciones tuyas.
—Quizá.
—¿Cuándo os casáis? —indagó Mario, cambiando de tema.
—Dentro de un par de meses.
—Joder, cómo pasa el tiempo. Nunca creí que te casarías antes que yo.
Eric rompió a reír.
—Por Dios, Mario. Cualquiera se casaría antes que tú. Solo de pensar en ello te sale un sarpullido.
Mario se llevó una mano al pecho dramáticamente, haciéndose el ofendido.
Siempre había sido el alma del grupo, el que, con una sonrisa y un par de bromas, conquistaba a todos.
—Oye, que conste que yo también tengo mi lado sensible. Y espero, por tu propio bien, que me invites a la boda.
—Serás el padrino —murmuró Eric, guiñándole un ojo.
Una sonrisa repleta de sinceridad se formó en el rostro de ambos.
—Guapa, inteligente, divertida... —repitió Mario—. Creo que eso ya lo había oído antes. Así que, si es tan buena como dices..., no la cagues esta vez.
Y, aunque fue un golpe bajo,
Eric supo perfectamente a qué se refería.
Al cabo de unas horas, cuando se acabó el alcohol bueno y empezaron a servir garrafón, Mario lo acercó hasta su casa, se despidió de él prometiéndole que lo llamaría pronto y arrancó.
Eric se dio la vuelta y observó la fachada del edificio con detenimiento.
No había cambiado nada desde la última vez que la vio.
Sacó las llaves del bolsillo y subió sin llamar.
Al llegar al umbral, se detuvo unos instantes frente a la puerta, el tiempo justo para intentar reconciliarse con los fantasmas del pasado antes de que lo golpearan sin avisar.
No lo consiguió.
Respiró hondo y metió la llave en la cerradura. Al entrar, no oyó ni una mosca. Todo estaba en tinieblas.
Pegado a la televisión, un pósit con la inconfundible letra de su madre llamó su atención:
Volveré enseguida, cariño.
Siéntete cómodo, y recuerda que esta también es tu casa.
Te quiero.
Eric suspiró. No le hacía falta más información para saber por qué no había nadie en casa a su llegada.
Arrastró la maleta por el pasillo y se dirigió a su antigua habitación.
Ya dentro, la recorrió con la mirada, intentando averiguar si algo había cambiado en su ausencia, y pudo comprobar que todo estaba exactamente igual que como lo había dejado.
Sin embargo, a su vez, todo era diferente: una lamparita con forma de luna que ya ni recordaba, los libros acumulando polvo sobre las estanterías, una tele que ahora le resultaba soberanamente antigua...
Las fotografías seguían en el mismo lugar.
Las observó con detenimiento. Él con unos amigos de la universidad, riendo mientras bebían cerveza y miraban a la cámara con un brillo de picardía en los ojos.
Él graduándose. Él con su hermana en brazos, cuando aún era un bebé.
Él con Mario, pasándole una mano por los hombros y mirándolo con esa devoción adolescente con la que solo se observa a las personas a las que admiras.
Él con su padre: serios, sin rozarse, como si entre ellos se extendiera un abismo.
La persona que había dejado en Madrid estaba muy lejos de la que era ahora. Y no supo diferenciar si eso era una victoria o un fracaso.
Se acostó en la cama y cogió de su mesilla de noche el libro que había dejado a medias antes de marcharse a Alemania.
Lolita , de Vladimir Nabokov.
Lo abrió por la primera página y comenzó a leer:
Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes.
Esas letras, que tantos sentimientos le habían despertado antaño, ahora se le antojaban extrañas.
—Joder, ¿quién puede escribir así? —murmuró para sí—. Parece sánscrito.
Cerró el libro y volvió a dejarlo en su lugar.
Había sido un día largo. Aún ni siquiera había podido pasar tiempo a solas, y eso, precisamente, era lo que más falta le hacía. Así que se cambió de ropa, cogió las llaves y volvió a salir.
No sabía muy bien adónde ir, por lo que se limitó a callejear sin rumbo fijo con los recuerdos cayendo sobre él, aplastándolo sin remordimientos.
El eco de una risa que había dejado atrás se clavó en cada rincón de su cuerpo.
Recordó aquella película de Kate Winslet en la que los protagonistas se sometían a una intervención para olvidarse el uno del otro.
De haber podido, él también se habría borrado la memoria.
De pronto, algo en el escaparate de una librería llamó su atención y se detuvo en seco.
El mundo entero también pareció detenerse, como si todos los relojes se hubieran parado de golpe. Y la vida comenzó a diluirse a su alrededor. Quiso seguir avanzando, pero su cuerpo se negó a obedecer.
Por un instante, el ruido de la ciudad se convirtió en un murmullo lejano, y solo quedó el latido desenfrenado de su corazón, golpeando en sus oídos con una fuerza ensordecedora.
Acompáñanos a la presentación de la nueva obra literaria de Alma Ferrer, Sol de medianoche , una historia sobre el perdón y las segundas oportunidades, que tendrá lugar el próximo 11 de diciembre a las 19.00 horas en esta librería.
La crítica ha dicho: «Una nueva voz en la literatura contemporánea que no puedes perderte. Ferrer va a revolucionar el mundo».
¡Te esperamos!
Eric sintió que le faltaba el aire y tuvo que apoyarse en el cristal para no caerse.
En aquel cartel había enmarcada una foto en la que se la veía radiante, feliz, preciosa. También ella había cambiado. El paso de los años se reflejaba en sus ojos; un ligero toque de tristeza enmascaraba su sonrisa. Y había algo más: una madurez que antes no estaba allí.
Intentó recomponerse como pudo y entró. Era una de las pocas librerías que permanecía abierta a esas horas.
Paseó entre las estanterías buscando Sol de medianoche . No tardó en encontrarlo. El libro de Alma llevaba un mes entre los más vendidos.
Lo sostuvo entre las manos, sintiendo todo su peso. Leyó la sinopsis con la vista ligeramente borrosa y hojeó cada página.
Acto seguido, sin pensarlo demasiado, se dirigió a la caja.
—La señorita Ferrer estará aquí el próximo sábado firmando ejemplares —dijo la dependienta—. No se lo puede perder.
Eric sonrió por compromiso y pagó.