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Aquella mañana de diciembre, en el Auditorio Nacional, la orquesta interpretaba la Quinta sinfonía de Beethoven, sumiendo la sala en un silencio sepulcral que se extendía desde el primero hasta el último asiento del patio de butacas, hasta que todo se transformó en un mar de aplausos.
Una joven aguardaba, con los ojos azules empañados de lágrimas, en una de las últimas filas, incapaz de apartar la mirada del escenario. Su alma vibraba con cada nota, y no podía evitar pensar en lo mucho que le habría gustado aprender a tocar, al menos, uno de aquellos instrumentos.
Permaneció inmóvil mientras los músicos recogían sus partituras y el director saludaba por última vez, antes de perderse entre bastidores. No era muy amiga de las multitudes, así que solo se permitió moverse cuando comprobó que la salida estaba totalmente despejada.
Alma salió al intenso frío de Madrid y respiró profundamente, como si fuera la primera vez que lo hacía. Se sintió completa tras el maravilloso espectáculo que acababa de presenciar.
—¿Le ha gustado, querida? —la sacó de su ensimismamiento una señora a su lado.
—Ha sido mágico.
—El arte siempre lo es; ¿no cree?
—Sin duda.
Se abotonó bien el abrigo, se enrolló la bufanda y obligó a sus pies a moverse rumbo al diminuto piso donde había logrado mudarse tres años atrás. No era gran cosa, pero era suyo. Y es que, efectivamente, el arte es mágico, pero no da mucho dinero.
Decidió tomarse el paseo con calma, disfrutando de su soledad y del espíritu navideño que ya comenzaba a respirarse en Madrid. El aroma a castañas asadas inundaba el aire, mezclándose con las felices carcajadas de los niños y las prisas por conseguir los últimos regalos de Papá Noel.
Por el camino frenó sus pasos al observar a una pareja de ancianos que paseaban con las manos entrelazadas. Sonrió para sí y se preguntó cuántos obstáculos habrían tenido que sortear para llegar hasta donde estaban ahora.
Alma era así. Le gustaba imaginar historias: dónde se habrían conocido, en qué lugar se habrían enamorado, cuándo se habrían dado cuenta de que era amor...
Porque el acto de enamorarse, en sí, no siempre coincide con el momento en que te das cuenta de que amas.
Hay amores que se cuecen despacio, a fuego lento, y, cuando quieres darte cuenta, ya estás metido hasta el cuello.
La vida es una jodida ruleta rusa.
Suspiró hondo, intentando desterrar de su cabeza todos los recuerdos de la última vez que se había sentido así, y siguió caminando.
Cuando por fin llegó a casa, el calor de su hogar la acogió con dulzura, y su gato Simba corrió a recibirla. Ella le acarició con ternura el pelaje y la zona detrás de las orejas. Un animal solitario era la perfecta compañía para un alma solitaria.
Se sentó frente al ordenador con la inquietud paseándose por todo su cuerpo. Abrió su correo electrónico con dedos temblorosos y ahí estaba: el e-mail que había estado esperando.
Asunto: ¡Lo logramos! Presentación confirmada para tu libro.
Querida Alma:
¡Espero que estés bien!
Quiero empezar dándote una excelente noticia: ¡hemos conseguido una presentación para tu libro!
Tras varias gestiones y algunas conversaciones con la editorial, finalmente hemos cerrado una fecha para la presentación oficial.
Será el sábado 11 de diciembre a las 19.
00 horas, en la librería El Espejo, en el centro de Madrid.
Será un evento pequeño pero muy especial, con un público selecto de críticos literarios, lectores y, por supuesto, algunos de tus seguidores más fieles. Es la oportunidad perfecta para dar a conocer tu obra de forma más cercana, hablar sobre el proceso creativo y, cómo no, firmar libros.
Si tienes alguna idea que quieras ajustar al evento, házmelo saber y nos ponemos manos a la obra.
Estoy muy emocionada con todo lo que está por venir. Sé que este es solo el principio, pero no puedo dejar de pensar en lo lejos que has llegado. Tu libro merece este momento y muchos más.
Quedo a la espera de tu confirmación para comenzar a hacer los arreglos finales.
Un abrazo fuerte y, si tienes cualquier duda, ya sabes que aquí estoy para lo que necesites.
Con cariño,
Martina Editorial Mariposa
Alma leyó el e-mail una, dos, tres veces, sintiendo cómo su corazón latía desbocado. Pensó y repensó la respuesta y, finalmente, escribió en el cuerpo del mensaje: «Es perfecto. Cuenta conmigo».
Y pulsó «Enviar».
Sin embargo, al hacerlo, algo se activó dentro de ella: una sensación dormida que no había sentido en años y que ahora, de pronto, se había escapado del olvido sin previo aviso.
Respiró hondo, intentando recordar dónde estaba y quién era, se levantó de la incómoda silla y pulsó play en el radiocasete que aún conservaba desde sus años adolescentes, sin detenerse a mirar qué cinta había dejado a medias esa vez.
Cuando «All I Want for Christmas Is You», de Mariah Carey, empezó a sonar por los altavoces, comenzó a bailar.