La noche en que ardió el Guernica 1
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Los primeros rayos de sol de la mañana se colaban a raudales por el gran ventanal de la habitación, tiñendo de dorado las sábanas desordenadas.

Laura se removía inquieta a su lado, disfrutando de los últimos minutos de sueño antes de tener que levantarse para ir a trabajar. Se cubrió el rostro con el edredón y se acurrucó contra él, en busca de calor.

Su pelo olía al champú de melocotón que solía usar. Resultaba increíble lo bonita que estaba, incluso en ese momento, con su melena rubia descansando suavemente sobre la almohada y el semblante marcado por una expresión somnolienta.

—Despierta... —susurró Eric, rodeándola con un brazo.

Los ojos grises de Laura se abrieron con lentitud y se encontraron con los de él. Lo miró con una mueca de profundo cansancio.

—¿No podemos quedarnos en la cama para siempre, como dos koalas? —bromeó.

—Podríamos, pero seríamos dos koalas en paro.

Ella dejó escapar una risa perezosa y echó la cabeza ligeramente hacia atrás, gesto que él aprovechó para besar la curva de su cuello y deslizar una mano bajo su camiseta, lo cual le provocó un gemido.

Un escalofrío le recorrió la espalda al sentir la barba incipiente de Eric rozándole la piel. Acarició su antebrazo con delicadeza, siguiendo el rastro de sus tatuajes.

—¿Ya no tienes prisa...? —preguntó, enredando los dedos en el pelo castaño y ligeramente enmarañado de su novio y tirando con suavidad, como si buscara un punto de anclaje en medio de la calma que sentía cuando estaban juntos.

—Aún hay tiempo...

Con un movimiento ágil, Eric se colocó entre sus piernas, la ayudó a deshacerse del diminuto short de pijama que llevaba puesto y descendió lentamente, dejando un reguero de besos por la cara interna de sus muslos.

Cuando sus labios alcanzaron ese punto exacto en el cuerpo de Laura, ella tembló y gimió con más intensidad.

Por un instante, creyó que iba a volverse loca.

Pero el sonido estridente del despertador rompió el hechizo.

Eric profirió un gruñido frustrado y lo apagó de un manotazo. La habitación quedó en silencio durante unos segundos, pero él no dejó que el momento se disipara y se aferró al placer de su novia.

—Amor... —musitó ella, a regañadientes—. Tenemos que levantarnos...

—Ahora soy yo quien quiere quedarse cinco minutos más.

Aunque Laura parecía encantada con la idea, sabía que no podían seguir así o acabarían llegando tarde.

—Eric...

Finalmente, suspiró con resignación, se incorporó y le dio un último beso en los labios antes de levantarse.

—¿Nos duchamos juntos? —sugirió.

—Si nos duchamos juntos, no llegaremos nunca.

Eric sacó los pies de la cama y los apoyó sobre el frío suelo de mármol. Luego se dirigió al cuarto de baño, mientras aún oía a Laura reír a sus espaldas.

El aire fresco de la mañana lo golpeó en la cara cuando Eric salía de casa y cerraba la puerta tras de sí.

El bullicio de la ciudad comenzaba a despertar, y Eric reparó en que el día era más cálido de lo habitual, algo que agradeció, a pesar de que ya se había acostumbrado al frío punzante de Alemania.

Aún no sabía si considerar un hogar a aquellas calles que lo habían acogido tanto tiempo atrás, pero, sin duda, eran lo más parecido a eso que tenía.

Al llegar al trabajo, Raúl ya estaba allí, apoyado en la puerta, con una mano en el bolsillo y el cigarro entre los labios. Exhalaba el humo con aire despreocupado.

—¿Qué tal se presenta el día? ¿Hay mucho jaleo? —quiso saber Eric al llegar a su altura.

Raúl dio una calada con tranquilidad antes de responder:

—Lo de siempre; ya sabes.

Sacó la cajetilla del bolsillo trasero de los vaqueros y la tendió hacia Eric, ofreciéndole un cigarro.

—Gracias, tío, pero ya sabes que lo he dejado.

—Ah, cierto. A mi querida primita no le gusta nada que fumes, ¿eh?

—Lo detesta —respondió Eric, sonriendo al recordar a su novia y la insistente preocupación de ella por su salud.

Raúl levantó las cejas, cambiando de tema con un tono más serio.

—Por cierto, el jefe quiere hablar contigo.

—¿Conmigo? —Eric frunció el ceño.

—Quizá vaya a ascenderte por fin.

—No lo creo.

—Vamos, curras como nadie. Eres el que más se lo merece, y lo sabes.

—¿Te ha dicho de qué se trata?

—No, pero parecía algo importante. Yo, en tu lugar, iría a averiguarlo.

Eric meditó unos segundos y, finalmente, asintió.

—Nos vemos luego.

Se despidió de Raúl dándole una palmadita en la espalda y atravesó el restaurante con paso firme.

El pasillo se volvió más silencioso y frío a medida que se acercaba al despacho de su jefe.

Se detuvo frente a la puerta unos instantes, contuvo la respiración y llamó suavemente con los nudillos, antes de que una voz grave, al otro lado, lo invitara a entrar.

Matthias ya lo esperaba.

Era un hombre de mediana edad, con el cabello salpicado de canas y unas profundas arrugas que le surcaban la frente. Sin embargo, lo que más destacaba de él no era su apariencia, sino la presencia que emanaba: un aura de autoridad implacable que cargaba el aire de tensión.

—Eric, pasa.

—¿Quería verme? —respondió él en un perfecto alemán, aunque aún le costaban algunas palabras.

—Así es; toma asiento, por favor. Tengo algo que proponerte.

Eric tragó saliva, ya que hasta ese momento no se había planteado que la posibilidad de despedirlo también pudiera entrar en la ecuación.

—Como sabrás, cada año por estas fechas, IFEMA, en Madrid, organiza su congreso anual de gastronomía: Madrid Fusión.

Es uno de los eventos más importantes a nivel mundial en el ámbito culinario.

—Hizo una pausa antes de continuar, mientras evaluaba la reacción de Eric—.

Asisten chefs de todo el mundo y muchos lo consideran un espacio esencial para compartir conocimientos, aprender de los expertos y establecer relaciones con colegas y proveedores.

—Disculpe, Matthias —lo interrumpió Eric—. No entiendo exactamente qué tiene eso que ver conmigo.

—Queremos que estés allí.

Eric sintió que se le hacía un nudo en el estómago. De pronto, la idea del despido ya no le pareció tan mala opción.

—¿Yo? ¿Por qué yo? —preguntó, torciendo el gesto.

—Eres nuestro mejor chef. Me atrevería a decir que eres el mejor chef de todo Berlín. Aquí estás desaprovechado.

—¿Y dice que es en Madrid?

—Sí. El congreso dura tres días, pero tómate unas semanas libres. Te lo has ganado. Nosotros seguiremos aquí cuando regreses siendo una estrella.

De pronto, las palabras comenzaron a llegarle distorsionadas. Sintió las palmas de las manos perladas de sudor y se las secó disimuladamente en los vaqueros.

—Matthias, discúlpeme... —empezó con voz tensa—. No quiero parecer desagradecido, pero no puedo volver a Madrid.

—Eric, me parece que no terminas de entender la magnitud de lo que te estoy proponiendo. Cualquiera de los chefs que están ahí fuera mataría por una oportunidad así. Es algo único; no puedes dejarlo pasar.

—Lo entiendo, pero...

Matthias lo interrumpió abruptamente, perdiendo la paciencia.

—Nada de peros. Hoy te tomas el día libre, vas a casa con tu novia, se lo cuentas y compras un billete de avión cuanto antes. No te preocupes: los gastos corren a cargo de la empresa. La cuestión, Eric, es que la semana que viene quiero tu culo viajando a Madrid. ¿Me has entendido?

—¿La semana que viene? —inquirió con la cara desencajada. Ni siquiera había tenido tiempo de procesarlo.

—Normalmente lo organizan en enero o febrero, pero este año lo han adelantado a diciembre; cosas de la organización... ¡Alegra esa cara, hombre! ¡Por fin podrás ver a la familia!

Eric asintió en silencio, evaluando mentalmente las posibilidades que tenía de librarse de aquello.

—Déjeme pensarlo al menos, por favor. Le daré una respuesta cuanto antes.

Matthias suspiró con pesadez, pero finalmente cedió.

—Dos días, Eric. Te doy dos días para decidirte.

Al cerrar la puerta del despacho tras de sí, se apoyó contra la madera fría y apretó los dientes hasta hacerlos rechinar, mientras se llevaba los dedos al puente de la nariz.

Pero su cuerpo no parecía dispuesto a recomponerse tan fácilmente.

Dos días.

Había pasado diez años huyendo de su pasado y ahora solo tenía dos días para decidir si volvía a enfrentarse a él.