La noche en que ardió el Guernica Prólogo
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La noche en que ardió el Guernica

La noche en que ardió el Guernica

Por Abby Cabaleiro

© inepub.com

Prólogo

Alma tenía un don y un sueño.

El don: fijarse siempre en el hombre equivocado.

El sueño: encontrar a su príncipe azul.

Pero aquella tarde, al salir de casa, sintió que lo único que la separaba de lo segundo eran cuatro estaciones de metro.

—Tía, grábate esto a fuego —le había dicho Emma esa misma mañana—: cuando un tío te dice que no quiere algo serio, lo que realmente quiere decir es que no quiere algo serio contigo.

—Gracias por los ánimos, Em. —Aunque intentó disimularlo, una mueca de disgusto se dibujó en su rostro—. Teniendo en cuenta mi historial, yo diría que se reduce notablemente el porcentaje de tíos que quieren tener algo serio conmigo.

Emma soltó una sonora carcajada.

—Hay más hombres en el mundo que botellines de cerveza, amiga. Sé que puede ser una putada no encontrar al indicado, pero créeme: eso no define tu valor como persona.

Solía repetírselo una y otra vez, así como que se centrara y dejara de dar bandazos por Tinder. De modo que, en esa ocasión, Alma había decidido hacerle caso y empezar a dar bandazos por Badoo.

Y allí estaba, el día previo a San Valentín, a punto de ir a su museo favorito con alguien que, perfectamente, podría ser un psicópata. Pero, cuando lo vio llegar y le sonrió, se olvidó de los mil motivos por los que aquello era una pésima idea.

Una sola mirada bastó para que todo lo que creía saber acerca del amor se viniera abajo como un castillo de naipes.

Eric apareció con una rosa bajo el brazo, una bufanda feísima y aquella sonrisa radiante a la que Alma no tardaría en acostumbrarse.

Mientras caminaban por los interminables pasillos del Reina Sofía, hablaron de arte, de filosofía y de amor.

Eric le contó que era cáncer —como ella—, que se dedicaba a la gastronomía y que su color favorito era el verde.

Le habló también de su ex, con la que había estado tres años y quien había acabado mandándolo a paseo por su mejor amigo.

Si Alma sacó una conclusión de todo aquello fue que ambos estaban aprendiendo a no hacerse pequeños para encajar en lugares que no estaban hechos a su medida. A no aguantar. A no aceptar migajas disfrazadas de cariño.

Y así, con esa media sonrisa traicionera que se les escapaba cuando se buscaban de reojo entre silencio y silencio, algo se fue tejiendo entre ellos.

—Nosotros estamos aquí —dijo Alma, parándose frente al cartel y señalando el punto rojo—. Y tenemos que ir... aquí. Sala 205. Vamos.

La serenidad que se respiraba en la sala del Guernica era profunda, casi sagrada.

Aquella obra tenía la capacidad de robarle el aliento a cualquiera.

Y Alma fue testigo del temblor que los sacudió cuando los dedos de ambos, casi por inercia, se entrelazaron entre la multitud.

Encajaban a la perfección, como si todo el vacío que se había forjado en su interior durante años hubiera estado esperando a que lo llenaran las manos del otro.

—Es precioso, ¿verdad? —susurró ella, tratando de no molestar al resto de los presentes.

—He visto cosas más bonitas —respondió él, sin apartar la mirada de aquellos ojos azules y arrolladores.

Alma se retiró un mechón de pelo con timidez y agachó la cabeza.

Se preguntó cuántas horas serían suficientes para enamorarse y cuántas les estaban bastando a ellos. Pensó: «Ojalá pudiera capturar esto que estoy sintiendo».

Pero, por mucho que lo intentemos, hay conexiones que son difíciles de explicar. Es una certeza aquí, una sensación allá... Es reconocernos en la mirada del otro. Las almas tienen un lenguaje distinto, pero si hay algo que las diferencia de los cuerpos es que son incapaces de mentir.

Alma contuvo la respiración cuando él se inclinó con absoluta certeza, en la que era, posiblemente, la única sala vacía de todo el museo.

Cerró los ojos al sentirlo acariciando la punta de su nariz, con el aroma inconfundible del perfume de Hugo Boss subiéndole por las fosas nasales, y, finalmente, sus labios se rozaron con suavidad.

Pero, aunque ambos esperaban que el mundo se detuviera al besarse, lo cierto es que continuó girando con normalidad.

Mantenían los pies en la tierra y no sonaba de fondo la banda sonora de sus vidas.

Únicamente calma. Silencio. La sensación de que, por fin, estaban justo en el lugar en el que debían estar.

—Me das paz —murmuró Eric contra sus labios, poniendo por primera vez palabras a lo que también sentía ella.

Ese día se besaron en todos los rincones del museo: frente a los cuadros de Dalí y de Picasso, en los pasillos, en las escaleras, en los ascensores y contra los ventanales, desde donde tenían una visión panorámica perfecta del cielo nocturno de Madrid.

Pocas cosas entrañan tanto riesgo en esta vida como la sensación de mirar a un extraño y sentir que lo conoces desde siempre.

Cuando una voz anunció por megafonía que el museo estaba a punto de cerrar sus puertas, creyeron que la magia se disiparía, pero lo cierto es que no hizo más que empezar.

Alma se tropezaba a cada rato, y a él le encantaba su torpeza natural. Eric hablaba sin parar, y ella no podía evitar reírse con cada uno de sus chistes malos.

—Es increíble, ¿no? —le sonrió él, mientras se servía un trago de la botella de vino espumoso que acababan de pedir. Alma ya tenía las mejillas encendidas.

—¿El qué? —Aunque sabía perfectamente a qué se refería, le pareció divertido hacerse la tonta.

—Esto. Tú. Yo. Nosotros. Sé que es pronto y puede que me tomes por loco, pero creo que has sido diseñada para mí.

—Entonces, tal vez yo también esté un poco loca.

Pero que tire la primera piedra aquel que no haya estado, alguna vez, un poco loco por amor.

Al bajar las escaleras del metro, él le sostuvo la mano con firmeza y, de pronto, la hizo girar sobre sí misma en medio del andén.

Una vuelta. Y otra. Y otra más, como si bailaran.

A su alrededor, la gente los observaba con curiosidad, pero a ninguno de los dos pareció importarle.

Ella reía a carcajadas sin poder evitarlo, y Eric se enamoraba más cada vez que ese sonido salía de sus labios.

Ahora, si pudiera dar marcha atrás en el tiempo, seguramente le diría que se controlara, pues esa risa se estaba colando en su sistema nervioso y ya no podría olvidarla jamás.

Ella, en cambio, si pudiera retroceder, reiría con más fuerza y arañaría un poco más de tiempo con él.

Fue un momento tan tierno, tan puro, que ambos atesorarían aquel recuerdo el resto de sus vidas, incluso cuando todo acabara y llegaran los días grises.

—Feliz San Valentín —dijo Eric cuando el reloj marcó las doce, atrayéndola hacia sí con suavidad.

—Feliz San Valentín —respondió Alma con una sonrisa, antes de volver a besarlo.

Sin embargo, no se fueron. Se quedaron allí sin apartar la mirada el uno del otro, dejando pasar mil trenes y alargando el momento de decirse adiós.

Finalmente, se subieron al último, se despidieron con un beso y ambos se fueron a casa sintiendo que, por fin, habían encontrado un lugar en el que encajaban a la perfección sin necesidad de hacerse chiquititos hasta desaparecer.

Al llegar, ella sacó del bolsillo la entrada al museo, que había conservado durante toda la noche como oro en paño. La acarició con dulzura y escribió sobre ella aquella fecha, seguida de un corazón: 13 de febrero de 2023.

Y, entonces, Alma lo supo: si no era en esta vida, estaba convencida de que sería en la siguiente.