Nuestro trato #2
Álvaro reaccionó como si le hubieran dado una descarga.
Rompió la mirada fija que tenía con Lucía y se giró a la mesa.
Sin pensarlo y sin mirar a nadie más, enchufó la unidad limpia de DALIA y lanzó la secuencia de arranque.
Lucía lo vio hacerlo y por un segundo se quedó bloqueada sin poder articular palabra.
Luego la pantalla principal cambió y el código de DALIA saltó, entrando por la capa de enlace.
En ese instante no hubo explosiones ni mensajes de confirmación, solo una integración demasiado limpia.
Las líneas de código avanzaron sin resistencia, como si alguien les hubiera despejado el camino.
En un monitor lateral vieron cómo se corregía una ruta de red.
En otro, DALIA mostraba cómo había recuperado y ganado estabilidad de red en un hospital.
Por un instante, el sistema pareció ceder.
Álvaro apretó los dientes y siguió tecleando.
—Vamos.
El rostro de Natasha había borrado cualquier rastro de enfado y pasó a sentir miedo de verdad.
—La está dejando entrar, Kolibrí, la está cebando.
Ugarte no respondió ni tampoco le hizo falta porque el monitor de Álvaro ya estaba respondiendo por él.
D: Integración hostil: 18 %.
D: Integración hostil: 27 %.
D: Integración hostil: 35 %.
DALIA seguía empujando y abriendo sectores a su paso. A pesar de los datos anteriores, Lucía se aferraba a la pantalla de estado general: Madrid estaba parpadeando y ganando luz.
—Está funcionando.
Pero Natasha negó de golpe.
—No, el sistema le está dejando entrar para acabar tragándosela.
Álvaro lanzó otra secuencia y DALIA consiguió el control de dos barrios más. El mapa de Madrid transformó varios puntos rojos más en verde. Pero su pantalla seguía mostrando el avance.
D: Integración hostil: 46 %.
D: Integración hostil: 58 %.
Entonces algo cambió en la sala. El piloto de una puerta lateral pasó a rojo y otra se selló con un golpe seco. En una pantalla auxiliar saltó el aviso: equipos de intervención subiendo por la escalera principal forzando el cierre de seguridad y aislando la planta.
La única salida era el camino por el que habían entrado, y solo porque Natasha había bloqueado la puerta con un archivador.
La hacker habló claramente dando una orden mientras volvía detrás de Álvaro y revisaba su pantalla.
—Sesenta y tres por ciento, Kolibrí. Corta ya o no salimos de aquí.
Álvaro lo entendió y no necesitó que Ugarte se lo explicara porque lo vio reflejado en las pantallas: una hacker , un informático que había creado una IA fuera de control y una periodista incómoda dentro del núcleo del sistema que había apagado el país.
Eran los culpables perfectos. Y lo más sucio de todo era eso: Ugarte ni siquiera estaba allí.
Les hablaba desde algún otro punto de la Castellana, a unos pocos kilómetros, con la distancia exacta del que gobierna un desastre sin ensuciarse las manos.
Ya no importaba quién hubiera empezado el incendio, sino a quién podían señalar antes de que nadie supiera la verdad.
Álvaro sacó una mano del teclado y se la metió en el cortavientos. Natasha dejó de moverse en cuanto vio la pequeña unidad sellada y la reconoció al instante.
—Kolibrí...
El tono con el que habló Álvaro la dejó helada porque sonaba a despedida. Le puso la unidad en la palma de la mano y le cerró los dedos con fuerza sobre la funda metálica.
—Con esto cumplo mi parte. Ahora cumple tú la tuya.
Natasha bajó la vista y no necesitó preguntar. Sabía qué tenía en la mano: la copia limpia. La pieza que podía restaurar a DALIA cuando llegara el momento. Y entendió también el encargo de Álvaro. Había que sacar a Lucía de allí y terminar el trabajo después.
Lucía miró a la unidad y luego a Álvaro.
—¿Qué le has dado?
Nadie contestó. No había tiempo para explicaciones que no servían para nada. La consola principal soltó otra alerta.
D: Integración hostil: 71 %.
El equipo de seguridad e intervención seguía subiendo por la entrada principal.
Las puertas laterales ya estaban bloqueadas y la ruta de salida se estaba convirtiendo en una ratonera mientras la puerta trataba de cerrarse sobre el archivador aplastado.
Ahora mismo el edificio se clausuraba sobre ellos y cada golpe al otro lado sonaba más cerca que el anterior..
—Desconecta eso y vámonos —dijo Lucía.
Álvaro volvió al teclado.
—No.
—No puedes quedarte aquí.
—Sí puedo.
—No.
A Lucía se le quebró la voz y se acercó hacia él para frenarlo por las malas, para arrancarlo de la silla y llevarlo fuera de allí. Llegó a rozarle la piel del antebrazo con la punta de sus dedos, pero Natasha la agarró por el hombro y tiró de ella con todas sus fuerzas.
—¡No! —gritó la hacker .
Lucía intentó zafarse, pero Natasha no la soltó. Álvaro levantó la vista de la pantalla durante un breve instante, pero ese fue el momento en el que sus ojos se lo dijeron todo. No hubo tiempo para abrazos, ni besos de película, ni confesiones que obviamente llegaban tarde.
Se miraron como se mira a alguien a quien no vas a volver a ver.
Natasha abrió como pudo la puerta de emergencia, apartando el archivador con la pierna y empujó a Lucía hacia el hueco de la escalera.
—¡Muévete! —¡Álvaro!
Él no respondió porque ya estaba otra vez volcado sobre el teclado, observando a DALIA y viendo como su creación estaba siendo de nuevo consumida por la red de Ugarte mientras luchaba contra la oscuridad de Madrid. La puerta de emergencias se cerró con un golpe metálico que vibró en el suelo.
Lucía se lanzó contra la puerta de acero, buscando la manilla, golpeando el marco con el hombro y empujando con todo el cuerpo pero no logró mover nada. El clac del pestillo le sonó en la nuca como un disparo a bocajarro.
Natasha dejó que se desahogara un segundo y después la agarró del brazo y la obligó a mirarla. Lucía estaba rota, y Natasha aguantó el tipo como pudo.
—Esto lo hace por ti —le soltó—. Haz que merezca la pena.
Y la arrastró escaleras abajo.