La Noche del Eclipse Nuestro trato
95%

Nuestro trato

Nuestro trato

—¿Qué coño pasa aquí?

El grito de Miranda hizo que todos se tensaran.

Llegó rápido, con dos agentes detrás, y se frenó en seco al ver lo que tenía delante: Ramón Cifuentes apuntando al comisario jefe Vallés listo para saltar, el coronel Laredo rígido a un lado y Mara atrapada en medio, con la mano todavía en la funda.

Miranda sostuvo la mirada al inspector un segundo de más.

—Ramón.

No dijo « Cifuentes». El coronel apretó los dientes al oírlo, pero Ramón no bajó la pistola ni un milímetro.

—No te metas.

Miranda levantó una mano, interponiéndose entre ellos y tratando de frenar el desastre.

—Necesito que me digas qué está pasando.

—Pasa que todo esto es una trampa —soltó Ramón sin dejar de apuntar—. Y si no lo has visto ya, es que vas tarde.

Miranda miró al coronel Laredo, luego a Vallés y volvió a fijarse en Ramón.

—Estás apuntando a un superior que trabaja directamente para el rey, así que necesito que me des algo más que eso.

Miranda no estaba hablando según el protocolo, porque en cualquier otra situación él mismo le habría disparado sin preguntar, pero Ramón lo conocía bien y notó la duda en sus palabras, aunque intentara esconderla manteniendo el tono firme de siempre.

—Mírame a la cara, Miranda —dijo Ramón—. ¿Crees que yo haría una locura como esta porque sí?

Miranda no respondió y en la tensa espera Ramón apretó la pistola con la mano hasta que le dolió.

—No hay tiempo para explicarlo todo, así que escúchame una vez y decide: hay cuatro tíos jugando con el interruptor de este país y la votación de hoy es una farsa para darles las llaves de todo.

Y esto... —movió apenas la pistola señalando el pasillo— esto no es seguridad.

Los están secuestrando a todos aquí dentro, joder.

Miranda no era un hombre que dudara fácilmente. Había pasado años en dispositivos de la Casa Real y conocía demasiado bien esa clase de tensión, pero ahora estaba atrapado entre los galones y el instinto.

—Fuiste mi mentor en Zarzuela cuando llegué —dijo en voz baja—.

Vi cómo te movías cuando las cosas se ponían feas y eras el ejemplo a seguir para mí.

Pero llegó un día en que te esfumaste sin avisar.

Nadie dijo nada, ni nos dieron explicaciones, solo que el jefe de seguridad ya no estaba.

La verdad es que siempre me olió a mierda todo eso.

—Entonces no me obligues a explicarte lo que ya intuyes.

—Agente, reduzcan a Cifuentes y resolvamos este asunto de una vez por todas —pidió Vallés con un tono gélido.

Miranda ni lo miró porque seguía clavado en los ojos de Ramón.

—Dime una cosa, Ramón, solo una. —La voz le salió apretada—. Si te dejo seguir, ¿estoy salvando el país o ayudando a romperlo?

—Si me frenas, ayudas a los que lo han apagado para cerrarlo para siempre —respondió Ramón, sin dudar.

Nadie se atrevió a romper el silencio en ese momento. Mara miró a su padre, luego a Ramón y por último a Miranda. En ese instante, el orden del pasillo saltó por los aires, aunque nadie se hubiera movido todavía.

***

En la planta treinta y siete de Torre Picasso solo se oía el zumbido constante de los servidores. Los monitores seguían ocupados por las ventanas que Ugarte les había plantado delante.

Fuera, Madrid se iba quedando a oscuras. Aún no era de noche del todo, pero ya se distinguían los barrios muertos y las pocas islas que seguían respirando con una luz demasiado blanca.

Álvaro no había vuelto a mirar a la calle.

Seguía con los ojos clavados en la consola principal mientras Natasha trabajaba en una pantalla secundaria, intentando buscar y colarse por algún hueco del sistema sin tener que usar a DALIA como llave maestra.

Llevaba rato peleando contra bloqueos que aparecían antes de que ella terminara de teclear.

Lucía estaba de pie entre los dos, con la sensación de que aquel sitio era una trampa diseñada para que cualquier decisión fuera la equivocada. Cada pantalla parecía confirmar que Ugarte había previsto incluso su llegada.

La voz volvió a sonar por los altavoces y, aunque el volumen fue el mismo, esta vez sonó mucho más cerca.

—Aún puedes dejar de empeorar las cosas, Ortega.

Álvaro no levantó la cabeza.

—Curioso que lo digas tú.

La sombra cambió en uno de los monitores, aunque seguía sin mostrar ninguna cara. El tipo que hablaba no necesitaba estar presente en la sala para que se notara quién tenía el control.

—No entiendes lo que ves —dijo Ugarte—. Pero es normal porque has llegado tarde.

Lucía notó que esa frase le dolió a Álvaro más que cualquier insulto porque sabía que Ugarte tenía razón.

—Lo que veo es que habéis convertido el país en un matadero —soltó Lucía.

La sombra no le contestó y, en su lugar, las pantallas volvieron a mostrar los datos de las últimas horas.

Empezaron a aparecer gráficos de consumo, de las reservas de energía y los datos de quién recibía luz y quién no.

Luego pasó lo mismo con la Bolsa y el Banco de España donde se mostraba que la economía del país no solo no se había resentido, sino que había seguido funcionando con normalidad, tanto internamente como con los operadores en el extranjero.

Todo estaba demasiado bien encajado y el sistema estaba limpiando y filtrando los recursos del país.

—Lo que ves —dijo la voz— es lo que nadie se atrevió a hacer: poner los recursos donde sirven y salvar lo que realmente importa. El país lleva años hundiéndose porque todos tenían miedo de elegir.

—Y decidisteis elegir vosotros —dijo Natasha tras soltar una risa seca.

—Alguien tenía que hacerlo.

La sombra no se movió en los monitores, pero la voz bajó un grado, casi satisfecha.

—Y no os engañéis con la pureza de vuestros bandos porque nunca la hubo, desde la Casa Real, pasando por el Congreso e incluso en los altos mandos de la Policía… siempre hubo alguien dentro.

A Lucía se le heló el estómago porque esta vez recibió el mensaje como una pieza encajando de golpe. Fresnedillas y la firma. M. Vallés.

Bajó la vista al móvil por puro reflejo. Una raya miserable de GSM aparecía y desaparecía en la esquina de la pantalla, así que escribió a toda velocidad:

Mensaje para Mara Vallés:

Hemos encontrado M. VALLÉS en Fresnedillas. Si no fuiste tú, ya sabes quién fue.

Lo envió a Mara y la cobertura murió justo después, así que se quedó sin saber si el mensaje le llegaría a tiempo. Durante un segundo miró la pantalla, esperando una confirmación que no llegó.

Lo que sí hizo que Álvaro levantara la cabeza fue el mensaje de Ugarte resonando todavía en la sala.

—¿Así? ¿A oscuras? ¿Matando a gente?

—La oscuridad es una herramienta pero la muerte es una consecuencia inevitable, no es lo mismo —respondió Ugarte.

—DALIA puede pararlo todo.

—No —negó Natasha, apunto de explotar.

—Sí.

—Aquí dentro no, Kolibrí, ya lo hemos hablado.

Él apoyó las manos a ambos lados del teclado, inclinándose sobre la consola, con los hombros rígidos.

—Si entra en el núcleo, puede cambiar las prioridades, quitarles el control y devolverle la luz a todo. —Señaló los monitores y la silueta de Ugarte. Natasha negó despacio con la cabeza.

—No va a llegar tan lejos.

—Es nuestra única oportunidad.

—No. —Se acercó a él, muy seria—. Es la única opción que te queda para creer que todavía pintamos algo aquí.

Lucía los miró a los dos porque sabía que ahora mismo no estaban hablando de informática; estaban decidiendo si lo rompían todo definitivamente. Natasha continuó, sin apartar la vista de la consola.

—Está esperando algo como ella, algo que aprenda solo y no necesite órdenes, y si la metes ahí, no va a arreglar nada. Se la van a merendar antes de que te des cuenta.

—Se puede hacer —insistió Álvaro.

—Te la van a reventar igual que ayer —sentenció Natasha.

Se hizo un silencio pesado. Lucía miró a Álvaro a los ojos.

—No la conectes, Álvaro —dijo.

Pero este giró la cara sobre el teclado.

—Si no lo hago, vamos a perder el país.

—No lo vas a salvar así, Álvaro. Vámonos y salgamos vivos de aquí.

—No servirá de nada salir si les dejamos el mando de todo.

La voz de Ugarte volvió a entrar de una manera todavía más suave.

—Tu problema, Ortega, es que crees que esto que vas a hacer puede detener algo y la realidad es que no puedes parar nada. El sistema ya ha sido probado, aceptado y ya has visto que funciona.

Los monitores cambiaron otra vez mostrando de nuevo el resultado actual y el de 2025. Los flujos de capital se movían sin problema y las zonas elegidas junto con el Faro de Moncloa seguían brillando en mitad de la oscuridad como si estuvieran escupiendo a la cara de todos.

—Estos dos días han bastado —siguió la voz—. Hemos demostrado que se puede manejar un país a medida y eso era lo importante.

Lucía se acercó más a Álvaro.

—No le des lo que quiere.

Él seguía sin mirarla, manteniendo los dedos sobre las teclas.

—No quiero dárselo.

—Entonces para ya.

—No puedo.

—Sí puedes.

Ahí sí se volvió hacia ella y la vio, y aunque no estaba llorando, tenía la cara de quien sabe que está a punto de perderlo todo por segunda vez.

—No puedes volver a hacerle esto —dijo ella en voz baja—. Por favor, otra vez no.

Se quedaron mirándose, a menos de un metro. Afuera, la ciudad estaba a oscuras y en uno de los monitores continuaba la cuenta atrás en rojo. Álvaro bajó la guardia y por un segundo se expuso del todo, con el dolor y el cansancio que le pesaba demasiado.

—Vámonos —suplicó Lucía y se le quebró la voz al decirlo—. Si sales ahora conmigo, todavía queda algo que salvar, aunque no sea el mundo entero o el país.

Álvaro abrió la boca para responder, pero tardó demasiado. Durante ese segundo de duda, la idea de salir de allí juntos dejó de parecerle una locura. Se quedaron mirándose, sin fuerzas para seguir mintiéndose.

La alerta del portátil cortó el momento antes de que pasara nada más. Natasha giró la cabeza hacia su pantalla.

D: T-15 min para firma del Estado de Excepción Digital.