La Noche del Eclipse 45 minutos
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45 minutos

A esa hora ya no se podía ir con cuidado. Solo importaba llegar antes de que lo cerraran todo.

En el Congreso, el ambiente estaba más quieto que al mediodía.

Ramón lo notó al pasar el último control: se habían acabado los asesores con papeles y los ordenanzas corriendo por los pasillos.

Ahora solo había puertas cerradas, escoltas con cara de pocos amigos y un silencio que decía que algo iba mal.

Mara caminaba a su lado apretando los dientes. Vallés, en cambio, se movía con la misma calma de toda la tarde, como si aquel sitio fuera suyo.

Al fondo, por una puerta entreabierta, Ramón vio al rey de perfil.

Estaba de pie, apoyado en una mesa, con la cara desencajada y aspecto de no haber dormido en dos días.

La princesa hablaba con él en voz baja, pero firme.

A unos pasos de ellos se mantenía el jefe de la unidad de la UIP, flanqueado por dos hombres de seguridad y su ayudante principal, el inspector jefe Miranda.

Con su envergadura imponía el respeto físico de un antidisturbios, pero a diferencia de los escoltas, que escaneaban las posibles amenazas, los ojos de Miranda parecían estar leyendo la tensión invisible de la sala.

Un tipo que hablaba poco pero que lo registraba todo.

El coronel Laredo estaba en el centro de la sala, demasiado tranquilo. No oyó la conversación entera, pero sí un trozo importante.

—... si esto ha sido provocado, firmar no sirve de nada —dijo la princesa.

El rey tardó en responder.

—Lo sé.

—Entonces no es una salida limpia para Madrid ni para España.

—Es la única opción que hay.

La frase sonó seca y pesada. Entonces intervino Laredo.

—Majestad, la zona es segura. En cuanto el Congreso cierre el proceso, nos podremos mover con más tranquilidad y todo se habrá solucionado.

Aquella calma era lo que menos le encajaba a Ramón. De sus años en la seguridad de la Casa Real sabía una cosa: con una amenaza así, nadie metía al jefe del Estado y a su sucesora en el mismo avispero solo para aparentar control.

Laredo inclinó la cabeza y salió al pasillo exterior. Fue entonces cuando se cruzó con ellos. Miró primero a Vallés, después a Ramón y por último a Mara.

—Hombre, Ángel Manuel —saludó el coronel.

El eco de ese nombre rebotó en la galería y no hizo falta nada más.

Ramón no movió un músculo, pero todas las piezas encajaron con la violencia de un accidente: la llamada de Lucía, la firma «M.

Vallés» en Fresnedillas, el ascenso meteórico de Ángel en Jefatura.

Ahora lo tenía delante y mirándolo a la cara. Ramón no sacó el arma.

—Así que eras tú —dijo.

—No sé de qué me hablas, Ramón —contestó Vallés sin pestañear y dio un paso al frente mientras Mara lo miraba de reojo, sin entender nada.

—Sí que lo sabes... Sé lo de Fresnedillas y sé lo del Eje.

El coronel cambió el peso de un pie al otro, con un movimiento mínimo, pero suficiente para dar la sensación de que la tranquilidad de la que presumía ya no era igual de grande.

—Y sé que estuviste allí —siguió Ramón.

Vallés soltó un bufido, como rindiéndose ante una conversación inútil.

—Ramón, baja el tono.

—Daniel te encontró. Y casualmente luego murió.

Mara giró la cabeza hacia él con el rostro desencajado.

—¿De qué coño estás hablando?

Ramón no la miró porque seguía con la vista clavada en Vallés.

—No tenía todas las piezas, pero tu amigo, el coronel Laredo, me ha dado la que me faltaba.

Vallés tardó un segundo en hablar y eligió el tono de quien ve a un amigo volverse loco.

—Ramón, las piezas de las que hablas están basadas en tus obsesiones. Sé que llevas demasiado tiempo mezclando el trabajo con tus propios fantasmas, pero no eres el único aquí con muertos encima.

Mara ya no miraba al coronel ni a Ramón, solo miraba a su padre.

—Papá.

Vallés apartó los ojos de Ramón y fue hacia ella.

—El problema no soy yo —dijo mirándola a los ojos—. Pregúntale por qué lo echaron de la Casa Real o qué hizo para quedarse fuera.

Ramón sintió que perdía el control. Durante un segundo, la duda pasó al bando de Vallés. Mara parpadeó, el coronel Laredo ganó aire, y eso bastó.

***

En la planta treinta y siete, Madrid llenaba los ventanales y el sistema ocupaba decenas de monitores.

A Lucía todavía le costaba mirar por el cristal.

La oscuridad de la ciudad le daba más vértigo que la altura.

A esa hora Madrid ya no tenía el sol para disimular.

El día se iba y los barrios sin luz se veían demasiado claros.

Había islas encendidas donde no debería haber nada y un inmenso mar de zonas negras.

Álvaro llevaba varios minutos inclinado sobre la consola principal, revisando estados, rutas y cargas de datos de las últimas cuarenta y ocho horas como si buscara un fallo que no terminaba de aparecer.

Natasha se movía a su alrededor, atenta a cada parpadeo de la pantalla, mientras Lucía vigilaba la puerta y el reloj.

—No me gusta —rompió el silencio la hacker .

—Ya —contestó Álvaro sin levantar la vista.

—No. No estamos ante una clave difícil. Esto es otra cosa.

—Lo sé —dijo mientras seguía leyendo.

Natasha se acercó al panel y señaló una línea de datos que se duplicaba antes de salir del servidor.

—Mira esto.

Álvaro miró el punto que señalaba Natasha y Lucía se aproximó justo detrás de ella para verlo, aunque tardó más en entenderlo.

—Tiene demasiada capacidad de entrada —dijo Natasha—. Es todo demasiado limpio.

Álvaro se quedó quieto un segundo.

—Tienes razón.

—No lo conectes todavía —le advirtió ella.

—¿Conectar qué? —preguntó Lucía.

Álvaro se incorporó despacio; tenía la cara mucho más pálida y cerrada que hace una hora.

—A DALIA.

Lucía tardó en reaccionar pero, en su cabeza, aquello parecía una locura.

—¿Aquí? —Sí.

—¿Para qué?

Él señaló las pantallas y la ciudad al fondo.

—Para meterla en el sistema y recuperar el control —dijo él, señalando las consolas—. Abajo solo vimos el motor, pero el volante de todo está aquí. Si entramos, DALIA podría reabrir los flujos y devolver la luz al país.

Natasha negó con la cabeza.

—No va a llegar tan lejos. Te la van a destrozar.

—Es la única opción —insistió Álvaro.

—No, es la única que te gusta a ti —replicó Natasha, alzando la voz.

Lucía dio un paso hacia ellos. Entendió que la rusa no estaba intentando traicionarlos; estaba intentando evitar que Álvaro tirara a DALIA por un precipicio.

—¿Qué estás diciendo?

Natasha no apartó la vista de Álvaro.

—Que esto está diseñado para tragársela. Si la conectas aquí, no va a arreglar nada y entra donde quieren que entre.

—¿Puede hacerlo? —preguntó Lucía con un nudo en el estómago. Nadie contestó—. Álvaro, ¿de verdad puede quedársela? —insistió ella—. ¿O puede destruirla?

—Sí. —Álvaro tardó demasiado en responder y la palabra sonó seca.

—¿Y usarla? —preguntó Lucía.

—También.

Parecía que se acababa el aire en la sala.

—Ya la cazaron ayer y si la metes en este sistema, te la van a reventar otra vez. No vas a restaurar nada y vas a perderla —dijo Natasha, pasándose la mano por la frente y apartándose el sudor.

Lucía se quedó con esa última frase porque aquello ya no era un programa; era el último rastro de Daniel.

—Entonces no —dijo Lucía, girándose hacia Álvaro—. Entonces no la conectas.

Él no respondió pero Lucía lo entendió al verlo pegado a la consola, sin intención de apartarse.

—Álvaro.

—Si no lo hago, perdemos.

—Y si lo haces, la pierdes a ella.

—Puede.

—No « puede». Me acabas de decir que sí.

Natasha dio un paso atrás para dejarles espacio.

—Si yo fuera Ugarte —dijo mirando las pantallas—, esto sería exactamente lo que querría que hicieras.

Álvaro cerró los ojos un segundo. ***

Ramón seguía sin sacar la pistola, pero aquello ya no era hablar por hablar. Mara se acercó a su padre.

—¿De qué está hablando?

Vallés no miró a Ramón. En ese momento solo tenía ojos para su hija.

—De fantasmas suyos, Mara, y de cosas que no supo cerrar a tiempo y por eso acabó como acabó.

—Claro, eso es —dijo Ramón tras una carcajada amarga.

—¿Te crees que esto va de ti? —le soltó Vallés—. ¿De tu medalla? ¿De que te echaran de la Casa Real?

El coronel Laredo no decía nada, pero Mara miró a Ramón, con el gesto contrariado.

—Dime qué está pasando.

Ramón la miró a los ojos: tenía mil cosas que decirle, pero no había tiempo.

—Tu padre está metido en esto.

Ramón estaba convencido, después de atar cabos y del detonante de «Ángel Manuel», ya no había duda.

—¿En qué?

—En todo, Mara.

Vallés negó con la cabeza con el gesto demasiado tranquilo y esa calma fue lo que hizo dudar a Mara.

—Es lo que te digo, hija. Él ve lo que quiere ver para no aceptar que perdió su sitio hace años. Si quieres pregúntale quién dejó de ser de fiar primero o por qué quiso salir de la seguridad de la Casa Real.

Mara intentó decir algo, pero las palabras de su padre la confundieron aún más. Siempre había pensado que a Ramón lo echaron de su antiguo trabajo. Ni siquiera sabía que hubiera trabajado para la Casa Real. Oír que «quiso salir» la descolocó. Verla dudar fue lo que terminó de romper a Ramón.

Sacó la pistola en un movimiento rápido.

—Se acabó.

Fue entonces cuando el coronel Laredo sí se puso rígido y Vallés se calló de golpe. Mara miró el arma de Ramón, luego a su padre y, por puro instinto, se llevó la mano a la funda de su propia pistola. No sabía a quién iba a tener que apuntar, pero el cuerpo se le adelantó a la cabeza.

El pasillo se quedó mudo y nadie disparó.

***

En Torre Picasso, los monitores cambiaron de golpe. Álvaro ni siquiera había tocado el sistema cuando las pantallas se quedaron en negro un segundo y luego empezaron a mostrar imágenes. Eran datos de hacía un año.

En la primera pantalla aparecieron los mapas del apagón de 2025: fecha exacta, horarios, barrios afectados y respuesta de la red. Ninguno necesitó explicación. El apagón del año anterior había sido un ensayo y no el accidente que les habían vendido el Gobierno y las autoridades.

En la segunda se veía la Bolsa, funcionando a medio gas, pero sin caerse, aguantando lo justo para no quebrar.

En la tercera pantalla, aparecían varios de los hospitales privados más importantes del país y algunos centros médicos de referencia, que seguían con luz propia sin necesidad de energía de respaldo.

En la cuarta, se veía el Banco de España, símbolo de la economía española, como una bombilla en mitad de la nada.

En la quinta pantalla, vieron el Faro de Moncloa, brillando en mitad de la ciudad a oscuras como si se estuviera riendo de todos.

En la sexta pantalla, el mapa de Madrid dividido en islas de luz, comprobando el resultado final del triaje.

Lucía se acercó al cristal casi sin querer, como si estar más cerca la ayudara a entenderlo.

El plan no consistía en romper el país, sino en decidir quién recibía electricidad y quién no.

En los hospitales, aquello significaba algo mucho peor: a quién salvaban y a quién dejaban morir.

Aquello distaba mucho de ser caos; era el control absoluto.

Álvaro lo leyó antes que nadie. Natasha se quedó helada. Los dos llegaron a la misma conclusión.

—Lo de 2025 fue una prueba —dijo Lucía en voz baja. Nadie dijo nada—. Y lo de ahora es la ejecución definitiva —añadió.

Los seis monitores volvieron a cambiar al mismo tiempo y todos se juntaron para mostrar una sola imagen. A pesar de que la señal llegaba con ruido, se podía intuir una figura oscura recortada contra la luz. Entonces se oyó una voz por los altavoces de la sala que penetró el oído de los presentes.

—Ya era hora, Ortega. Te estaba esperando.