Torre Picasso
Torre Picasso
La ventana que abrió Natasha duró lo justo para salir de allí. El primer guardia seguía en el suelo, doblado sobre sí mismo. El segundo había conseguido sacar el arma, pero no llegó a apuntar: Natasha le desvió la mano con un golpe seco y lo obligó a cubrirse.
—Vamos, Kolibrí. ¡Muévete!
Álvaro no dudó, agarró a Lucía del brazo y tiró de ella hacia una puerta de servicio medio abierta. Los tres se metieron dentro y Natasha echó el pestillo. El metal sonó demasiado fuerte en aquel silencio. Lucía se soltó de Álvaro en cuanto tuvo sitio.
—¿Quién es?
Lo preguntó mirándole directamente a él. Álvaro apoyó una mano en la pared, tomando aire con dificultad porque cada vez le costaba más ocultar que el dolor le estaba ganando la partida.
—Luego —acertó a decir.
—Luego, no. Ahora. —Lucía tenía la respiración alta y la rabia subida a la cara—. ¿Quién es y por qué te llama así?
Natasha guardó el arma en la cintura y se apartó de la puerta. Se pasó una mano por la frente, limpiándose el sudor, y los miró como si fueran un estorbo.
—Si vais a discutir, me largo.
—Tú cállate un segundo —soltó Lucía, sin apartar la vista de Álvaro.
Él se metió entre las dos, tratando de bajar la presión.
—La llamé yo. Necesitaba a alguien de fuera.
—¿Fuera de qué?
—De todo.
La respuesta no arregló nada, solo hizo el silencio más insoportable.
El cuarto era poco más que un almacén técnico: armarios de cableado, una mesa de mantenimiento y un panel de control. Solo les serviría para recuperar el aliento unos segundos. Natasha se acercó a un plano colgado en la pared.
—Esto no es la salida, es un desvío.
Álvaro se acercó a ella. Lucía tardó un segundo más; el nombre de «Kolibrí» seguía dándole vueltas y la distraía más que el miedo. En el plano estaba claro: el Eje y Torre Picasso eran dos capas de lo mismo. Una sostenía el sistema desde abajo; la otra lo controlaba desde arriba.
—Nos falta el piso —dijo Álvaro.
—Y por dónde subir —añadió Natasha.
Volvieron al pasillo, esta vez más estrecho y con menos gente.
Cruzaron dos puertas cortafuegos y una zona de máquinas donde el estruendo de los ventiladores lo ocultaba todo.
Tuvieron que esconderse un par de veces para esquivar al personal de mantenimiento.
De repente, un supervisor con una carpeta bajo el brazo apareció solo por un lateral.
Álvaro reaccionó antes que nadie. Lo agarraron y lo metieron a la fuerza en un cuarto de limpieza.
Natasha le tapó la boca, Lucía le quitó la carpeta y Álvaro cerró la puerta.
El hombre, de unos cincuenta años, tenía la camisa empapada de sudor.
Se le veía fuera de lugar entre los cubos de fregar y el olor a desinfectante.
Álvaro esperó a que el hombre dejara de forcejear.
—Solo una pregunta. ¿Dónde está la transmisión?
El hombre negó con la cabeza por puro miedo. Natasha levantó la pistola hasta que el cañón le quedó justo frente a los ojos.
—Mal comienzo.
—Treinta y siete —dijo el supervisor y tragó saliva.
Nadie se movió.
—¿Planta treinta y siete? —preguntó Lucía.
—Sí. En la Torre Picasso. El enlace superior está allí —dijo el hombre casi sin voz—. Pero no vayáis por el ascensor principal.
Álvaro abrió la carpeta y encontró los papeles enseguida: TP-37 / Enlace superior / Transmisión.
—¿Cómo subimos?
El supervisor señaló hacia el este.
—Por allí está la escalera de servicio. Pero antes hay que cruzar dos sectores y un pasillo lateral. La entrada principal está bloqueada.
—¿Quién hay arriba? —preguntó Lucía.
—No lo sé, yo no puedo entrar allí.
Natasha le quitó una de las hojas a Álvaro, la dobló y se la guardó.
—Vale.
Antes de salir, Lucía miró al hombre que seguía pegado a la pared y temblando.
—Cinco minutos quieto y nadie sabrá que estuvimos aquí.
Saber la planta fue la parte fácil. Lo peor vino después, con el laberinto de pasillos.
El primer acceso estaba bloqueado por un lector de huellas.
El segundo los llevó a una zona de máquinas donde no habrían oído a nadie llegar por la espalda.
Tuvieron que volver sobre sus pasos, cruzar un pasillo de mantenimiento y forzar una puerta con la cerradura ya castigada. Fue en ese tramo cuando Lucía habló.
—No me has respondido a lo de antes.
—Ahora no es el momento, Lucía —contestó Álvaro y siguió andando.
—Claro que lo es. Dímelo en una frase: ¿quién es, qué más me ocultas y por qué te llama Kolibrí?
Él usó la tarjeta del supervisor para abrir la última puerta y esperó a que pasaran. Al otro lado se encontraba, por fin, el hormigón frío de la escalera de servicio.
—Se llama Natasha.
Lucía lo miró fijo. Estaba agotada, pero la decepción se le notaba en la cara.
—No me tomes por tonta.
Álvaro soltó aire, derrotado.
—Trabajé con ella hace años.
—¿Y el nombre?
—De entonces.
—¿De hace cuánto, Álvaro?
—Lucía, basta.
No dijo nada más. Ese silencio posterior fue peor que la bronca. Natasha pasó entre ellos sin pedir permiso, abriéndose paso por el hueco de la escalera sin mirar atrás ni detenerse.
—La planta treinta y siete no va a bajar a buscarnos —soltó la hacker —. Aclaraos luego, cuando no tengamos a los guardias pisándonos los talones.
La escalera era puro cemento, barandilla de hierro y puertas pesadas en cada planta.
Lo que vino después no tuvo nada de heroico: fue una paliza de subida.
Los primeros tramos los hicieron por adrenalina, pero pronto el cuerpo empezó a quejarse.
Álvaro apretaba los dientes en cada rellano; el costado le dolía y cada vez le costaba más disimularlo.
Lucía tampoco iba mucho mejor: brazos de plomo y cansancio acumulado.
Natasha aguantaba más, pero subía con la boca apretada y el ritmo de quien llevaba todo el día peleando.
Subieron varios pisos sin hablar. En el primer descanso, Lucía apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos un momento. Al abrirlos, Natasha la estaba mirando de arriba abajo.
—Puedo seguir —se adelantó Lucía.
—Me da igual. Solo quiero saber si tardas un minuto o cinco.
—Qué maja.
—No me mires así. Yo no soy el problema —respondió Natasha, secándose el sudor con la manga.
—Ni siquiera sé quién eres.
Álvaro cortó la discusión antes de que fuera a más.
—Se acabó, seguimos hacia arriba.
Lucía lo miró a él porque la bronca seguía ahí, pero no era el sitio para arreglarlo.
Siguieron subiendo a base de esfuerzo. En cada planta, Lucía veía el número pintado en la pared y calculaba lo que quedaba.
Álvaro tuvo que agarrarse a la barandilla más de una vez, con los dedos blancos de apretar el metal.
Lucía comprendió que el orgullo era un lujo que ya no podía permitirse.
Natasha no se quejó ni una vez; solo empujaba el ritmo cuando veía que se hundían.
En un rellano alto se pararon frente a una ventana estrecha. Lucía se asomó primero y vio un Madrid distinto al que recordaba: completamente a oscuras y convertido en ciudad fantasma. Álvaro se puso a su lado y miró por encima de su hombro.
—En cuanto caiga el sol del todo, se va a ver el desastre de verdad.
—Ya se ve —contestó ella.
Natasha ni siquiera se acercó a mirar.
—Seguid.
En el piso treinta y siete, todo cambió. El pasillo era más limpio, más silencioso y mucho más frío. El suelo estaba cubierto por una moqueta gris, las paredes eran de cristal y allí dentro habitaba un silencio que no era normal. Álvaro pasó la tarjeta y la puerta se abrió con un clic suave.
Entraron en una sala grande, llena de servidores y pantallas. Había algunas sillas: estaba pensada para que muy poca gente pudiera manejarlo todo. Detrás del cristal se veía Madrid entero.
Lucía caminó hacia el ventanal sin darse cuenta.
Desde allí, la ciudad se veía de otra forma.
Con la luz de la tarde todavía viva, distinguía los barrios cortados y las zonas que seguían con corriente: la isla de Delicias, Castellana, Moncloa y pequeños caminos de luz resistiendo en una oscuridad que no debería estar allí a esa hora.
Álvaro se quedó quieto, mirando la ciudad y luego las pantallas.
—Es aquí.
Habían llegado al cerebro del sistema.