La Noche del Eclipse Perímetro
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El furgón frenó ante el primer control. Cuando se abrieron las puertas, una bofetada de calor inundó el interior.

En la Carrera de San Jerónimo, la multitud llevaba horas concentrándose.

Era una masa caótica, empujada por el cansancio y el cabreo; flotaba la certeza de que dentro del Congreso estaban a punto de aprobar algo turbio.

Se veían pancartas improvisadas, cartones con rotulador grueso, radios a todo volumen, periodistas entrevistando a manifestantes y policías aguantando las vallas con el miedo en el cuerpo.

Ramón leyó dos carteles antes de poner un pie en el asfalto.

NO AL ESTADO DE EXCEPCIÓN DIGITAL

NO EN NUESTRO NOMbrE

Más allá, una mujer se dejaba la garganta gritando que el Gobierno quería aprovechar el apagón para tomar el control. Un anciano se agitaba frente a un agente, señalando los leones del Congreso como si aquello aún fuera un debate político normal. Pero esa ficción se había roto, y todos lo sabían.

Aún faltaban diputados para la votación y Ramón se aferraba a ese cálculo porque era la única grieta posible de la tarde: sin el número suficiente, todavía quedaba margen.

Mara cerró la puerta de un portazo y escaneó el perímetro con una sola mirada.

—Han reforzado esto más de lo que esperaba.

—Y lo que queda —respondió Ángel Vallés, acomodándose la carpeta bajo el brazo y dando un paso al frente.

Su voz sonó plana, como si pasear por zonas de máxima tensión fuera su rutina habitual. Esa calma gélida resultaba útil, aunque a Ramón empezaba a sacarle de quicio.

En el primer filtro, la burocracia los frenó en seco.

Un inspector de seguridad revisó los pases, hizo una llamada y volvió a comprobar los nombres torciendo el gesto.

Vallés tomó el mando sin levantar la voz.

Habló de coordinación reforzada y deslizó que una sesión de aquel calibre no admitía fisuras en el dispositivo.

Mantuvo ese tono bajo y firme, con las palabras exactas para abrirles paso hasta el siguiente control.

Ramón lo observó de reojo y constató algo claro: sin Ángel seguirían en la calle. Depender de aquel compañero trajeado le revolvía el estómago, pero resultaba dolorosamente práctico.

Al cruzar el patio interior, una radio de servicio escupió la voz acelerada de un periodista que mezclaba titulares y bloques de relleno en bucle con la cantinela habitual de las coberturas ininterrumpidas:

«... fuentes parlamentarias insisten en que aún faltan escaños para garantizar la votación definitiva, aunque el goteo de diputados procedentes de distintas comunidades no cesa...».

Ramón captó el mensaje sin aminorar el paso y cruzó una mirada fugaz con Mara.

—Siguen sin números —murmuró ella.

—De momento —concedió él.

Accedieron por un lateral a las tripas del edificio.

El calor interior era distinto al del asfalto, cargado con el aliento de demasiada gente encerrada.

Los pasillos parecían haber encogido. Hasta el aire parecía atascarse entre las paredes.

Los ordenanzas iban con el cuello de la camisa desabrochado, los asesores corrían abrazando carpetas contra el pecho y los diputados formaban corrillos hablando en voz baja.

Los funcionarios se aferraban a botellas de agua tibia, desbordados.

El protocolo y la costumbre mantenían aquello en pie, aunque por dentro las costuras ya crujían.

El avance se convirtió en un laberinto. De una sala de espera improvisada pasaron a otro control policial.

Mara se movía con soltura y leía bien el ambiente.

A su espalda, Ramón medía distancias, agentes apostados y vías de escape.

Vallés, por su parte, abría puertas con un chasquido de dedos y unos galones que en otras circunstancias habrían dado paz mental, pero que hoy solo generaban más desconfianza.

A media tarde, el Congreso entero latía al compás de dos relojes: el de dentro y el de fuera.

Una pantalla del pasillo devolvió la imagen de la calle.

Las vallas amenazaban con ceder ante la presión de la marea humana y el bosque de pancartas.

El presentador de turno hablaba de una fractura social, del rechazo ciudadano al estado de excepción propuesto y de un país arrinconado por la desconfianza constitucional.

Mara clavó los ojos en un plano de evacuación apoyado sobre una mesa auxiliar y trazó una línea imaginaria entre dos corredores ciegos.

—Nos están paseando y enseñando exactamente lo que quieren que veamos. Por aquí jamás llegaremos a la zona caliente.

—Ya lo sé —dijo por lo bajo Ramón.

El tono de Mara arrastraba un cansancio profundo, y eso resultaba mil veces peor que cualquier brusquedad.

—Todavía nos están tratando como un equipo de apoyo y en cuanto intentemos cruzar un nivel más, nos van a frenar.

—Entonces habrá que dejar de ir como un equipo de apoyo.

—Eso cuando toque —cortó Vallés.

Ramón giró la cabeza hacia él y Ángel ni se inmutó.

—Si fuerzas demasiado pronto, te pueden sacar del circuito y te quedas fuera para siempre. Aquí dentro no gana quien corre más, sino quien llega a la puerta correcta sin que lo aparten antes.

Lo frustrante era que el trajeado tenía razón.

La tarde se desmoronó a trompicones: más esperas, nuevas órdenes y llamadas de Vallés que taladraban el silencio entre ellos.

Mara revisaba el flujo de agentes en el exterior y Ramón se pegaba a una radio cada vez que podía.

Las puertas se abrían y cerraban dando paso a más diputados; los ordenanzas confirmaban que la Cámara seguía reunida, y los agentes murmuraban sobre movimientos erráticos en la Casa Real.

A las cinco, el aire dentro del edificio se volvió espeso.

A las cinco y veinte, el locutor de la radio cambió la cadencia.

«... según fuentes presentes en la Cámara, el número de diputados ya habría superado el mínimo necesario para la votación. Algunas estimaciones internas sitúan la cifra cerca de los doscientos asistentes...».

Ramón clavó los pies en el suelo y Mara lo detectó al instante.

—Ya están.

Él asintió. La pequeña grieta que le quedaba a la tarde acababa de cerrarse.

La atmósfera del Congreso ganó en densidad de golpe. Ya se palpaba en la urgencia contenida de los asesores y en los desplazamientos tácticos de la policía. Ya no olía solo a una sesión extraordinaria complicada.

A las cinco y media llegó el mazazo definitivo en una noticia que se filtró como un virus por las radios y en la pantalla del pasillo medio segundo antes de que alguien cambiara el canal.

«... se confirma además la presencia en el Congreso del presidente en funciones y, de manera excepcional, la llegada del rey y de la princesa de Asturias, subrayando la gravedad institucional del momento...».

Ramón dejó de respirar un segundo. El rey y la princesa ya estaban dentro y caminaban directos al colapso. Mara se lo leyó en la cara.

—Ramón.

Él no respondió y volvió a evaluar el corredor que tenían delante, el comportamiento de Vallés y, finalmente, fijó la vista en el acceso que les habían bloqueado ya dos veces.

Vallés se adelantó a sus intenciones.

—Ahora menos que nunca conviene precipitarse, porque si ya están todos dentro, el edificio va a blindarse y tenemos que hacerlo bien.

—No —negó Ramón con la cabeza, sin ni siquiera parpadear ante el sermón.

—Ramón —dijo Ángel con la frente arrugada.

—No. —Esta vez sí lo miró de frente y su voz sonó baja pero cargada de plomo. La decisión ya estaba tomada—. Hasta aquí.

Mara captó la transformación al vuelo. Vio cómo se ajustaba la placa, recolocaba el arma en la funda y borraba de su postura la sumisión del que entra de prestado.

Ramón dio un paso firme hacia el acceso restringido.

—Se acabó esperar.

Y echó a andar sin mirar atrás.