El Eje #2
La voz le salió plana, pero Lucía vio cómo un músculo de orgullo le saltaba en la mandíbula. Álvaro estaba suprimiendo el alivio para no perder el foco. Saber que el legado de Daniel seguía peleando a ciegas les devolvía una casilla viva en el tablero.
Abajo, en el extremo derecho, un operador se levantó de una consola secundaria con un portapapeles y enfiló hacia un pasillo lateral. Iba solo. Álvaro lo marcó de inmediato: distancia, ruta y escalera de servicio.
—Necesitamos una llave de acceso —susurró él, rozando la culata de su arma—. Y él lleva una.
Bajaron por la escalera lateral y se agazaparon junto a una puerta de mantenimiento. Cuando el técnico volvió a pasar, se lanzaron a por él. Álvaro salió de las sombras, le tapó la boca y lo arrastró al interior. Lucía cerró la puerta y le arrancó la carpeta antes de que tocara el suelo.
El hombre rondaría los treinta y largos. El sudor le empapaba las sienes bajo las gafas y el terror le había vaciado la sangre del rostro. Llevaba un polo gris con un logo corporativo discreto pero nada reconocible.
—No grites —siseó Álvaro—. Solo queremos respuestas.
El técnico asintió con espasmos. Álvaro aflojó la presión de la mano despacio.
—¿Qué controláis desde aquí abajo?
—Aquí se realiza el mantenimiento —balbuceó el hombre—. Tenemos distribución operativa de recursos por sectores, y control de mínimos... Juro que no sé quiénes sois, ni diré nada a nadie.
—Cuéntanos el esquema del sistema —cortó Lucía—. Explícame qué cerráis desde aquí.
El técnico se encogió contra la pared.
—Aquí mantenemos viva la infraestructura. Sostenemos las islas y abrimos o cerramos sectores según se nos indique, priorizando corredores críticos para que no colapse todo de golpe...
—¿Y la activación del apagón? —presionó Lucía—. ¿El cierre definitivo?
El técnico tragó saliva. El pánico en sus ojos cambió de dirección; ya no les tenía tanto miedo a ellos como al protocolo.
—Eso... eso no se lanza desde aquí abajo.
Álvaro se le echó encima. La determinación de su movimiento desbarató cualquier intento de resistencia del técnico.
—No tenemos tiempo. ¿Desde dónde consolidan la orden?
El hombre dudó mientras miraba al suelo y a la rendija debajo de la puerta.
—La capa de consolidación y enlace global va por arriba... Aquí solo somos el motor pero el volante está arriba.
—¿Dónde?
Otra pausa agónica.
—Arriba, en Torre Picasso.
La respuesta los dejó mudos. Encajaba con la estructura de poder que estaban viendo.
Álvaro abrió la carpeta y escaneó los checklists de sectorización y las referencias de red.
Ahí estaba el rastro: Torre Picasso era el nodo de coordinación y validación superior y el lugar desde el que se autorizaba cada maniobra.
De pronto, el entorno cambió. En el pasillo, un led sobre el marco de la puerta saltó de verde a ámbar y luego a rojo. Una pantalla de estado invirtió sus colores y una voz sintética murmuró un código incomprensible por la megafonía interna.
Álvaro alzó la cabeza, tenso como la cuerda de un arco.
—El sistema acaba de reaccionar. Ya saben que hay una brecha.
El técnico levantó las manos.
—Yo no he apretado nada...
—Lo sé.
Álvaro entreabrió la puerta y evaluó el exterior. Las dos rutas de escape bullían de actividad. Guardias de seguridad interna peinaban cada cruce con una sincronización letal. El acceso principal estaba sellado por una persiana metálica. Lucía leyó la expresión de Álvaro antes de que hablara.
—¿Nos están marcando?
—Sí.
—¿Es un algoritmo automático?
—No, es con personal humano.
Y eso lo volvía infinitamente más peligroso. Álvaro le devolvió la carpeta al técnico golpeándole el pecho con ella y señaló la esquina más oscura del cuarto.
—Pégate a la pared. Si asomas la cabeza antes de dos minutos, eres hombre muerto —dijo, enseñándole la pistola, y el operario se hizo un ovillo en el rincón.
Los dos salieron de nuevo al corredor, deslizándose pegados a los paneles metálicos.
El camino limpio hacia los niveles superiores se había esfumado.
Al doblar la siguiente esquina, se dieron de bruces con dos hombres de seguridad.
Eran seguridad corporativa de élite: chaquetas tácticas ligeras, auriculares individuales y armas cortas ya desenfundadas.
—Quietos —ordenó el primero.
Álvaro clavó las zapatillas en el suelo. Lucía hizo lo mismo a su espalda.
—Identificación —exigió el segundo, acortando la distancia.
Hablaban con frialdad burocrática. Lucía sintió el peso del arma bajo la ropa de Álvaro, pero supo que sacarla allí era un suicidio. Estaban rodeados de civiles, infraestructura crítica y dos hombres mejor colocados que ellos.
El primer guardia dio otro paso.
—Las manos donde pueda verlas.
Álvaro alzó la izquierda muy despacio pero la derecha se quedó flotando a medio camino de su espalda.
—Nadie quiere un baño de sangre aquí —dijo Álvaro.
—Demasiado tarde para negociar.
El segundo guardia inició un movimiento lateral para flanquearlos y bloquearles cualquier posibilidad de escapar. Entonces, una voz rasgó la tensión desde el pasillo transversal.
—Muévete, Kolibrí.
Los dos agentes giraron la cabeza. Natasha salió de las sombras con una pistola en la mano y los ojos clavados en los guardias.
El guardia más cercano intentó encararla, pero Natasha acortó la distancia de una zancada, le destrozó la muñeca con un culatazo y, mientras el arma caía, le hundió una patada detrás de la rodilla.
El hombre se desplomó y el segundo guardia intentó cubrirse por reflejo.
Ese medio segundo de duda fue todo lo que necesitaron.
—¡Ahora! —gritó ella.
Álvaro agarró a Lucía del brazo con una fuerza brutal y tiró de ella hacia el pasillo opuesto. Lucía corrió, arrastrada por la inercia, pero su mente se había quedado anclada en la fracción de segundo anterior. La violencia del rescate y los guardias caídos desaparecieron.
No tenía ni idea de quién diablos era esa mujer que sonaba rusa. Pero mientras corría por las entrañas del sistema, Lucía comprendió que el mensaje de Álvaro no había sido un impulso. Llevaba mucho tiempo preparándose en la sombra para un desastre como este. Mucho más del que le había contado.
Y en su cabeza solo sonaba el eco de una palabra.
Kolibrí .