La Noche del Eclipse El Eje
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El Eje

El Eje

Después de usar el pase encontrado en Fresnedillas, la puerta cedió lo justo para dejarles entrar y volvió a cerrarse detrás de ellos con un golpe seco.

Lucía esperó unos segundos a que sus ojos se acostumbraran a la luz.

Había bajado preparada para encontrarse más escaleras, más hormigón viejo y una versión mejor cuidada de Fresnedillas, pero lo que vio fue otra cosa.

El pasillo era ancho, limpio y demasiado ordenado.

El suelo parecía recién fregado y las paredes estaban paneladas con placas lisas, sin desconchones ni tuberías a la vista.

La luz blanca del techo no temblaba y allí abajo no olía a polvo ni a encierro.

A ambos lados se sucedían puertas técnicas numeradas.

Al fondo, un zumbido constante y estable dejaba claro que aquello no era una obra abandonada.

Álvaro avanzó despacio, una mano rozando la pared y la otra cerca del arma que llevaba a la espalda. La perfección del pasillo parecía irritarle.

—¿Qué pasa? —susurró Lucía.

Él no respondió enseguida. Se agachó junto a una puerta, miró el lector y después la cámara encajada en la esquina del techo.

—Han cambiado el recorrido.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé porque esto está pensado para mover gente sin que se cruce. —Se incorporó y miró más allá del giro del pasillo—. Y creo que ahora mismo no quieren que nadie pase por aquí.

Lucía siguió su mirada. Al fondo, a unos veinte metros, se encontraba una compuerta de sectorización que estaba completamente cerrada. A su lado, una luz ámbar acababa de encenderse sobre un panel empotrado.

—¿Nos han visto?

—Aún no, pero creo que el sistema acaba de reaccionar a algo.

El peso de esa frase cayó sobre ambos. Ugarte, o quien estuviese a los mandos, empezaba a mover piezas.

A su derecha, una rejilla de ventilación inusualmente grande rompía la simetría del pasillo.

Debajo, un pequeño display escupía datos de temperatura, flujo y presión de aire.

Álvaro se plantó frente a la pantalla. Evaluó la compuerta bloqueada al fondo y luego la caja de control.

Del bolsillo sacó una brida negra, la misma que llevaba desde Fresnedillas.

—¿Qué haces? —preguntó Lucía escéptica.

—Trato de forzar una puerta trasera.

Hizo palanca con la navaja y la tapa cedió, dejando al descubierto una maraña de conectores, placas y sensores. Lucía se giró para cubrir el pasillo con el arma en la mano. El zumbido eléctrico cobró otro sentido: cientos de servidores trabajando al unísono detrás de los muros.

—Date prisa —urgió ella.

—Sí.

Álvaro trabajó en silencio. Sus dedos se movían rápido mientras evaluaban el circuito.

Desconectó la sonda térmica, intercambió dos cables y apretó la brida alrededor de un contacto, estrangulándolo para forzar una lectura crítica.

Luego encajó la tapa de mala manera y dio un paso atrás.

No ocurrió nada y el pasillo seguía inerte pero Lucía empezó a ponerse nerviosa.

—Álvaro... —Espera.

El display parpadeó. La temperatura saltó 5 ° y un pitido agudo salió del panel. Un segundo después, sonó un chasquido metálico sobre sus cabezas. La rejilla vibró, se deslizó por un riel interno y dejó abierta una boca de oscuridad lo bastante ancha para una persona.

Lucía miró la abertura, a casi dos metros del suelo, y resopló. El cansancio de las últimas horas le pesaba en los hombros como el plomo.

—Está muy alto —murmuró.

Álvaro no contestó. Se colocó debajo del hueco, con la espalda contra la pared y una mano apretada contra las costillas. Tragó saliva, entrelazó los dedos a modo de apoyo y la miró.

—Sube.

Lucía no lo dudó. Apoyó la zapatilla en sus manos e intentó impulsarse, pero las piernas le temblaron y resbaló a medio camino. Álvaro encajó su peso de golpe y el dolor le cruzó el costado y le cortó la respiración, pero aun así no aflojó.

—Otra vez —siseó él, con los dientes apretados—. ¡Ya!

Ella apretó la mandíbula y empujó hacia arriba con todo lo que le quedaba.

Álvaro tiró de riñones, ignorando el fuego que le subía por el torso, y la levantó a pulso.

Cuando ella logró asomar los hombros en el marco de chapa, él soltó el agarre inferior y estiró el brazo para sujetarla.

Fue un movimiento brusco y desesperado, pero justo lo que necesitaba.

El borde metálico arañó la piel de Lucía, pero logró arrastrarse hacia adentro y se hizo a un lado, jadeando en la penumbra para dejarle sitio a Álvaro.

Luego le tocó a él. Saltó lo justo para agarrarse al borde, aunque el dolor casi le nubló la vista. Subir a pulso con el costado reventado fue una tortura. Lucía le agarró por la correa de la mochila y tiró hasta ayudarle a encajar el cuerpo en el conducto.

Al retorcerse en la chapa fría, un quejido ronco se le escapó de la garganta.

Un segundo después, la compuerta mecánica se empezó a cerrar a sus espaldas sepultándolos en la oscuridad.

Álvaro colocó estratégicamente un destornillador metálico de su mochila para evitar el cierre total de la trampilla.

El conducto de acero era estrecho y opresivo. Estaban tan juntos que casi podían oírse respirar. Avanzaron a gatas, golpeados por ráfagas de aire que cambiaban de temperatura en cada tramo. Lucía le seguía de cerca, procurando que la mochila no rozara el techo.

—Dime que sabes adónde lleva esto —susurró ella, con la voz seca.

—Al centro de todo este ruido.

Ella resopló en la penumbra. Estaba demasiado agotada para réplicas ingeniosas y seguir la silueta de Álvaro en la oscuridad era lo único que la mantenía en movimiento.

Tardaron varios minutos en superar el tramo principal.

Allí arriba, el aire se volvía más pesado a cada metro.

En dos ocasiones se quedaron congelados al escuchar voces debajo; a través de las rendijas vieron a un par de técnicos charlando en voz baja, con carpetas bajo el brazo, como si estuvieran en una vulgar oficina.

Más adelante el conducto se bifurcaba. Álvaro dudó una fracción de segundo y tomó la izquierda mientras seguía arrastrándose.

El tubo desembocó en una rejilla vertical. La desenganchó con cuidado y salieron a una pasarela metálica de servicio, en penumbra, muy por encima del nivel principal. Lucía se asomó a la barandilla y se quedó clavada.

La sala era inmensa y estaba bañada en una luz blanca, funcional.

Parecía el centro de control de tráfico aéreo de un aeropuerto de primer nivel.

Había filas de consolas, operadores con cascos tecleando sin pausa y técnicos moviéndose con tablets o piezas de recambio.

Varias pantallas murales convivían con monitores menores que escupían cascadas de datos e indicadores.

Todo estaba ordenado, vivo, latiendo con la eficiencia de una multinacional a pleno rendimiento.

Aquello era una oficina gestionando el fin de un país.

Álvaro se dejó caer junto a la rejilla abierta, agotado, y apoyó una mano en el frío metal de la barandilla. Desde su posición abarcaban la mitad del muro de monitores principales.

Lucía tardó unos segundos en procesar la magnitud de la interfaz. Lo primero que asimiló fue el mapa de España: una cartografía desnuda, reducida a una malla palpitante de líneas, nodos y rutas. Sobre ella se superponían capas de energía, gas, fibra óptica, enlaces troncales y antenas de radio.

Los monitores mostraban también las zonas con la red GSM reactivada a voluntad, los corredores prioritarios parpadeando con los sectores aislados y sumidos en la oscuridad digital frente a otros sostenidos artificialmente. Todo el país respiraba al dictado de aquella sala.

Entonces vieron los puntos críticos: el Bernabéu, Delicias, el Banco de España, el Faro de Moncloa.

Ramales subterráneos y líneas de suministro dibujaban la ciudad por su esqueleto nervioso, no por sus calles.

Eran islas de servicio mantenidas a conciencia, con prioridades marcadas en un código de colores implacable.

Se trataban de flujos de energía redirigidos por arterias que nadie en la superficie sospechaba que existían.

Lucía sintió que el estómago se le convertía en una piedra.

—Joder.

La maldición se le escapó entre los dientes. Era el vértigo físico de haber llegado, por fin, a las entrañas del monstruo que llevaba horas asfixiando al país. Álvaro mantenía la vista clavada en los monitores principales.

—DALIA lo estaba viendo.

—¿De qué hablas?

—En Delicias. El mapa que nos dibujó en el servidor. Estaba leyendo la estructura real de esta red desde el principio.

Lucía volvió a asomarse a la barandilla y lo vio claro.

En la zona de Delicias, un pequeño punto brillaba como una isla operativa, conectado al sistema central por un entramado finísimo.

Alguien había decidido mantener esa zona con energía por pura utilidad táctica, y Álvaro había sabido aprovecharlo.

A la derecha del panel central, un monitor enorme mostraba una cuenta atrás. Bajo los números rojos, tres términos marcaban el objetivo de la maquinaria: «Sincronización. Validación institucional. Ventana de activación».

Lucía señaló el cristal.

—Están esperando una orden externa.

Álvaro rastreó el flujo de datos desde el reloj hasta una columna lateral llena de protocolos en suspenso.

—La firma.

La palabra le cayó a Lucía encima como una losa. Todo se centraba ahora en el Congreso y el Estado de Excepción Digital. Arriba votarían la legitimidad, mientras abajo, el sistema absorbería la orden y ejecutaría el cierre definitivo.

Se obligó a concentrarse en el mapa para buscar otra grieta.

Al escanear el nudo de Delicias, detectó una anomalía: una actividad minúscula, casi oculta en el flujo principal.

Pequeñas correcciones autónomas y microdesvíos de energía que rompían el patrón milimétrico de Ugarte.

Álvaro lo detectó una fracción de segundo después.

—Sigue ahí.

—¿DALIA?

—Sigue actuando desde Delicias. Manteniendo su propia microisla y haciendo triaje al margen del sistema.