Jefatura
Jefatura
La Comisaría Central era una de las pocas cosas en Madrid que aún daban sensación de estar en pie.
No funcionaba con normalidad, porque a estas alturas ya nada lo hacía , pero conservaba un orden que en la calle se había perdido.
Las puertas automáticas se abrían a trompicones con la energía de respaldo, las emisoras escupían ruido desde primera hora y por los pasillos circulaba gente con ojeras de no haber parado en toda la noche.
Todo olía a pintura plástica y a nuevo: demasiado limpio para una mañana como aquella.
Ramón notó el contraste con su antigua comisaría de Carabanchel en cuanto cruzó el vestíbulo. Suelo claro, paneles de cristal, mostradores bien iluminados. Todo parecía correcto si uno ignoraba el ruido de fondo y las caras de urgencia.
Mara avanzaba por delante con soltura. Saludó a un agente, pidió que despejaran un pasillo y siguió sin perder un segundo. Se notaba que estaba en su terreno.
Ángel Vallés salió de un pasillo con el móvil en la oreja y la chaqueta del traje abierta y en cuanto los vio cortó la llamada y se acercó a paso rápido.
—Ramón.
Ramón le dio un apretón fuerte en el brazo, en lo que parecía un saludo de veteranos. —Ángel.
—Me alegro de verte entero.
—Entero no es la palabra.
Vallés sonrió apenas, sin dejar de mirar a Ramón.
—Bueno, lo suficiente para seguir molestando, que en días como hoy ya es bastante.
Mara los dejó un instante para cruzarse con una subinspectora que venía de frente cargada con dos carpetas y un walkie-talkie .
Ángel miró a Ramón, bajando la voz.
—¿Qué ha averiguado tu hija? Tienes mala cara.
Ramón dudó un segundo, pero los galones y los años pesaron más que la sospecha. Si Mara estaba implicada, Ángel tenía que saberlo para poder contenerla.
—Han encontrado firmas de validación en la infraestructura de la sierra. Y ha dado con el nodo central.
—¿Dónde?
—En la Castellana, parece que está en la zona del Santiago Bernabéu. Lucía y Álvaro iban a bajar a los túneles.
Ángel asintió, asimilando la información al momento.
—Mantenlo en secreto —murmuró—. Deja que yo gestione los recursos.
Mara volvió con ellos antes de que Ramón pudiera añadir nada más.
—Tenemos una sala al final del ala nueva —dijo ella, mirándolos con el ceño fruncido al notar el silencio repentino—. Ahí no nos molestarán.
Ramón asintió y no dijo más.
Siguieron a Mara por un pasillo acristalado que conectaba la parte antigua con la zona rehabilitada.
Allí el olor a nuevo era más intenso: pintura fresca, metal y madera recién barnizada.
La sala era pequeña: una mesa alargada, seis sillas, una pantalla en la pared y una ventana a un patio interior donde el sol pegaba de lleno.
Mara cerró la puerta y el ruido del pasillo desapareció.
—Vale —dijo ella—. Ahora sí. ¿Qué tenemos?
Ramón dejó la gorra sobre la mesa y se quedó de pie unos segundos antes de sentarse. La pierna y el hombro le daban punzadas que prefirió ignorar.
—Lo de Fresnedillas era real —dijo—. Álvaro y Lucía han encontrado trazas de una operación antigua: firmas, autorizaciones y registros de gente entrando y saliendo de allí hace años. Era una instalación operativa y parte de un engranaje mucho más grande.
Ángel se apoyó en el borde de la mesa.
—Eso ya lo intuíamos.
—Ahora está confirmado —cortó Ramón.
—¿Y ahora qué? ¿Dónde está el nodo central? —dijo Mara tras sacar una libreta de un cajón y sentarse frente a él.
—No lo sabemos. Lucía cree que está en Madrid capital, pero aún están buscando el punto de acceso.
Mara alzó la vista, deteniendo el bolígrafo en el aire. Miró a Ramón y luego, de reojo, a su padre. Sabía que le faltaba información.
—¿Están dando vueltas por Madrid a ciegas? —preguntó ella, tensa.
—Tienen una pista. Confío en ellos —mintió Ramón.
Mara resopló y bajó la vista a la libreta. Hizo una pequeña marca con el boli, apretando demasiado.
—Muy bien, pues estamos justo donde no queríamos estar, a ciegas.
Ángel cogió una botella de agua de una mesa auxiliar, la abrió y le dio un trago corto.
—No eran tantas las opciones.
—Hay otra cosa —dijo Ramón—. La radio ha confirmado la sesión extraordinaria del Congreso de hoy y esta tarde van a votar el Estado de Excepción Digital.
—Entonces no van a entrar para arreglar esto, sino que van a blindarlo —dijo Mara, apoyando el codo en la mesa.
—Sí —contestó el inspector.
Ella asintió aséptica, y justo por eso a Ramón le pareció un gesto de una frialdad demasiado calculada.
—Vale —dijo ella—. Entonces nuestra ventana es antes de que la votación se cierre. Si llegamos tarde, ya no iremos a frenar una decisión, sino a discutirle el relato al Estado con el país entregado. Y ese debate no lo ganamos.
—Por eso he pedido que nos preparen apoyo —interrumpió Ángel, dejando la botella en la mesa.
—¿Qué apoyo? —preguntó Ramón.
—Lo justo. Si entramos como un equipo de asalto, nos frenarán en el primer filtro. Necesitamos una tapadera institucional.
Mara asintió antes de que Ramón preguntara.
—Una unidad de apoyo para coordinar seguridad en una sesión extraordinaria. Eso puede colar.
—Explícamelo —le pidió Ramón.
Mara abrió por fin la libreta y dibujó un cuadrado rápido, luego otro más pequeño dentro.
—Hoy el Congreso tendrá varias capas: perímetro exterior con Policía Nacional, control de accesos, seguridad propia de la Cámara y, si hay presencia institucional, enlaces de Interior y Casa Real.
Si entramos a la fuerza, no llegamos ni a la segunda puerta, pero si lo hacemos como apoyo de coordinación, podemos pasar bastante más adentro.
—«Bastante más adentro» no me vale como plan —dijo Ramón.
—Es lo mejor que vas a conseguir en menos de dos horas —replicó Mara sin alterarse—. A menos que quieras presentarte tú solo con la placa y tu mala hostia.
—Tiene razón —intervino un Ángel demasiado tranquilo—. Ahora mismo no necesitamos fuerza, sino que necesitamos acceso.
Ramón se quedó mirándolo. Se movía con una seguridad que no le gustaba porque tenía siempre la solución perfecta demasiado a mano. Ángel se apartó hacia la ventana, sacando el móvil.
—Voy a pedir apoyo mientras siga entrando algo de señal. Y pondré un par de patrullas de paisano a peinar el centro, por si ven a tu hija.
Ramón asintió, agradecido y Mara se giró hacia su padre.
—¿A quién vas a llamar exactamente?
—A quien haga falta. Un par de comisarías y un enlace en Interior.
Ángel salió de la sala y dejó la puerta mal cerrada permitiendo que desde fuera llegara el murmullo del pasillo. Hablaba bajo e iba dando unas coordenadas precisas. Ramón no llegó a escucharlas. Mara bajó la vista a la libreta y empezó a escribir de verdad.
—Ahora lo que necesitamos son dos cosas. Primero, saber por qué puerta vamos a entrar y, segundo, tenemos que ver quién nos cubre por dentro.
—¿Qué opciones hay? —preguntó Ramón.
—Opciones buenas hay muy pocas, pero malas todas. Si vamos por el acceso principal con coche rotulado, nos tendrán media hora esperando. Si entramos como refuerzo técnico en un furgón, tendremos más recorrido. Lo importante es no parecer que llegamos a mandar.
—No vamos a mandar —dijo Ramón, inclinándose hacia delante.
—No, pero tú tienes cara de entrar mandando. Entramos, evaluamos y buscamos dónde se ha montado de verdad la cadena de decisión y, si hace falta, subimos. Pero lo primero es estar dentro.
Ramón apoyó los codos en la mesa y entrelazó las manos. El apellido «Vallés» le quemaba en la lengua y sopesó soltarlo allí mismo, solo para ver cómo reaccionaba Mara, pero al final apretó la mandíbula y se lo tragó. Todavía no era el momento.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, sin levantar la vista de la libreta.
—Nada.
—No. —Ahora sí levantó la cara—. Llevas demasiado callado desde que entramos. Y tú nunca te callas cuando tienes un plan. Así que, o no sabes qué hacer, o estás pensando en otra cosa.
—Estoy pensando en que mi hija y Álvaro están dando palos de ciego a oscuras por Madrid, y nosotros seguimos aquí sentados, debatiendo cómo llamar a una puerta.
—Pues piensa también en que, si entramos mal en el Congreso, no les serviremos de una mierda.
La respuesta de Mara fue directa y Ramón no replicó. Ángel volvió a entrar guardándose el móvil.
—Tenemos un furgón y un coche de apoyo en la puerta en diez minutos, pero nada más.
—Perfecto —asintió Mara complacida.
—¿Tan rápido? —le interrogó Ramón, volviéndose hacia él.
—Hoy todo el mundo corre —replicó Ángel—. Al menos hoy eso nos viene bien.
—¿Con qué excusa? —preguntó Mara.
—Seremos un refuerzo por coordinación de seguridad en la sesión extraordinaria. —Ángel se sentó—. No es lo más elegante, pero colará, y si preguntan demasiado, ya contestaré yo.
Ramón volvió a mirarlo con la misma sensación: Ángel siempre tenía una solución demasiado a mano y una explicación preparada antes de que nadie preguntara. Mara pasó una hoja de la libreta.
—El perímetro exterior estará medio montado. Dentro habrá UIP, seguridad de la Cámara y enlaces de Interior. Si la Casa Real está implicada, se notará en cuanto accedamos.
—¿Tú qué harías? —preguntó Ramón.
—Buscar el cruce entre seguridad política y seguridad real. Donde estén protegiendo a quien de verdad no quieren que veamos.
—Exacto —dijo Ángel, señalándola con el dedo.
Ramón se echó hacia atrás. El cansancio le pasaba factura y la sospecha no le dejaba tranquilo. Miró a Mara y luego a Ángel: le pesaba la sensación de que estar sentado en esa mesa con ellos era peligroso.
La televisión de la pared seguía encendida sin sonido. El rótulo anunciaba la convocatoria extraordinaria del Congreso y, detrás del presentador, las imágenes mostraban coches oficiales entrando y saliendo de la Carrera de San Jerónimo. Mara cerró la libreta de golpe.
—Entonces ya está, entramos como apoyo. Vamos a mirar y a avanzar hasta donde nos dejen, y si llega el caso una vez dentro, tendremos que empujar más.
—Eso es, si toca empujar, empujamos —dijo Ramón.
—Si toca —concedió ella—. Pero no antes.
—Voy a ver si ya nos han preparado el pase —dijo Ángel, levantándose—. Tomad agua que afuera aprieta mucho el calor. Cogió dos botellas, se las dejó sobre la mesa y salió. Ramón esperó a oír el clic de la puerta al cerrarse. Mara abrió la suya y le dio un trago.
—¿Qué te pasa conmigo?
—¿Por qué dices eso?
—Porque te conozco Ramón. —Dejó la botella—. Y porque llevas desde que hemos entrado midiéndome cada palabra.
—Lucía encontró cosas en Fresnedillas —dijo al fin, midiendo hasta dónde soltar cuerda— y estoy intentando encajar las piezas.
—Eso no responde a lo que te he preguntado.
—Ahora mismo no tengo respuestas para casi nada, Mara.
No era toda la verdad, pero en ese momento valía. Mara lo estudió un momento y asintió, aparcando el tema por el momento porque había cosas más urgentes.
—Vale. —Se levantó y se ajustó la placa—. Vamos a buscar respuestas afuera.
Ángel entró en ese momento con una carpeta bajo el brazo.
—Nos movemos.
Salieron hacia una puerta secundaria de la comisaría. Afuera, el sol ya pegaba en el asfalto. Un furgón gris esperaba junto a la salida lateral con cuatro agentes de uniforme sudados y cara de llevar demasiadas horas de turno.
Mara fue hacia ellos y les dio un par de instrucciones rápidas. Ángel subió al furgón con una calma que no gustaba nada a Ramón y este fue el último en moverse. Miró a los Vallés y los dos hacían exactamente lo que se esperaba de ellos.
Ramón subió al furgón con el cuerpo hasta arriba de tensión. Mara cerró la puerta desde dentro con un estruendo metálico que rebotó en el callejón. El vehículo arrancó, girando hacia la Gran Vía en dirección al Congreso.
A menos de dos kilómetros, en un coche aparcado a la sombra de los árboles de la Plaza de Lima, un hombre con pinganillo vio encenderse la pantalla de su terminal.
En el mapa parpadeaba un punto rojo exacto sobre las obras del metro del Bernabéu.
Debajo, un mensaje corto y una orden de prioridad alta.
El hombre guardó el dispositivo y apagó el motor.
—Objetivos localizados —murmuró por la radio—. Bajamos.