Lima
Lima
Lucía llevaba un buen rato sin mirar la hora.
El reloj ya daba igual. El paso del tiempo se notaba en el calor pegajoso del parabrisas, en los coches tirados sobre arcenes y medianas, y en un tráfico convertido en una trampa de bloqueos y rodeos absurdos.
Y también en la cara de Álvaro. Conducía rígido, como si la única forma de soportar la paliza que llevaba encima —la sutura, el costado reventado, la noche en vela— fuera tragar saliva y no pensar.
Lo de Fresnedillas les había dejado una certeza: la instalación de la sierra era real, inmensa y la prueba física de que aquel plan llevaba décadas en marcha. Pero el núcleo operativo ya no estaba allí. El nodo que controlaba el país estaba bajo el asfalto de Madrid.
A la altura del hospital La Paz, el colapso se hizo absoluto.
Las ambulancias estaban atascadas y las urgencias habían salido a la acera.
Decenas de pacientes se amontonaban bajo lonas mal tensadas, tumbados donde podían, mientras los sanitarios saltaban de uno a otro sin dar abasto.
Un generador diésel rugía pegado a la fachada, soltando un humo negro que se quedaba flotando y haciendo el aire todavía más caliente.
Lucía se giró en el asiento, incapaz de apartar la vista mientras avanzaban a menos de diez por hora. Un enfermero empujaba una camilla a pulso entre coches muertos mientras un médico hablaba por un walkie-talkie con la mirada perdida y esperando instrucciones.
Álvaro redujo la marcha casi a cero y volvió a pisar el acelerador en cuanto vio un hueco libre.
—Joder —murmuró Lucía.
La ciudad llevaba horas rota, pero el hospital era la prueba definitiva: el apagón había dejado de ser un problema técnico, para pasar a ser una trampa. La red que debía mantenerlos con vida había dejado de existir.
Dejaron atrás La Paz y enfilaron hacia el Paseo de la Castellana. En el salpicadero, la radio dejó de escupir estática y enganchó una señal inusualmente limpia comparada con las de las últimas cuarenta y ocho horas. Una locutora irrumpió con un tono neutro:
«... se confirma la convocatoria extraordinaria del Congreso de los Diputados para esta tarde.
El Ejecutivo defenderá la necesidad de aprobar un Estado de Excepción Digital con el fin de garantizar la continuidad institucional, la seguridad nacional y la operatividad mínima de las infraestructuras críticas... ».
Lucía alargó la mano y subió un poco el volumen.
«... fuentes gubernamentales admiten además la recuperación parcial y prioritaria de determinados servicios de voz sobre red GSM para facilitar la coordinación de emergencias, los desplazamientos institucionales y las comunicaciones urgentes...».
Álvaro tenía su confirmación.
—Ahí lo tienes.
—Lo han abierto ellos —murmuró Lucía.
—Lo justo para mover a quien necesitan mover.
La locutora seguía repitiendo palabras como «estabilidad», «responsabilidad» y «continuidad del Estado»: el lenguaje exacto para legitimar un golpe de Estado y venderlo como la única salida.
Lucía sacó el móvil del bolsillo y en la esquina superior de la pantalla aparecían dos rayas débiles que desaparecían y luego aparecían de nuevo.
—Está volviendo la cobertura.
Álvaro asintió sin apartar la vista del asfalto.
—Solo la voz —añadió ella.
—Les vale de sobra.
Lucía miró de nuevo la cobertura inestable.
—Sí.
Pero a ellos en ese momento también les valía.
La Castellana estaba irreconocible. En algunos tramos, la gente caminaba por el centro de la calle, arrastrando los pies por puro cansancio. Pasaron junto a edificios con las persianas bajadas a cal y canto y portales abiertos buscando corriente. Lucía clavó la vista en las dos rayas de cobertura.
—Voy a llamar a mi padre.
—Hazlo ahora —urgió Álvaro.
Marcó y la red tardó casi un minuto en dar tono. Cuando la voz de Ramón por fin contestó, traía un eco de fondo con el rebote acústico de un edificio inmenso y de techos muy altos.
—¿Sí?
—Papá, escúchame. Tenemos red, pero no sé cuánto va a durar.
—Lucía... habla más alto.
Ella se enderezó en el asiento, tapándose el otro oído para tratar de escuchar algo.
—Hemos encontrado algo en Fresnedillas. Había firmas y validaciones de traslados... Una de ellas es M. Vallés.
Hubo un silencio largo al otro lado.
—¿Qué me estás diciendo?
—M. Vallés. Lo hemos visto en los papeles junto a la firma de Daniel.
La línea crujió.
—¿Seguro?
—Sí. Y escucha... —Lucía tragó saliva—. Puede tener que ver con Mara.
Álvaro la miró de reojo un segundo, pero mantuvo la boca cerrada.
—¿Mara? —La voz de Ramón sonó como si le hubieran sacado el aire.
—Vallés, papá. Mara Vallés. Daniel siempre la llamaba por el apellido. —Lucía unía las piezas a trompicones—. Además, ella y Dani fueron de la misma promoción. Si esa firma salió de alguien cercano, no podemos descartarla.
Ramón tardó demasiado en contestar. Cuando lo hizo, su tono se volvió frío.
—¿Dónde estáis?
—En la zona del Bernabéu. Creemos que el verdadero acceso al Eje está aquí. Vamos a bajar.
—Lucía, espera. No des eso por seguro tan deprisa. Yo...
La advertencia de Ramón se cortó por una ráfaga de estática.
—Papá, no te oigo.
—... repíteme... ¿M. Vallés?...
—¡Sí, M. Vallés! Y te digo que puede ser Mara. Si está contigo o si...
La cobertura colapsó en un chirrido metálico y la llamada se cortó. Lucía apartó el teléfono de la oreja y miró la pantalla negra durante un segundo inútil. No sabía cuánto le había llegado a su padre y si había entendido la urgencia.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Álvaro.
—No lo sé exactamente. —Lucía negó con la cabeza—. Pero al menos ya tiene la información.
Álvaro volvió a fijar la vista al frente y enfiló hacia la zona del Bernabéu, donde se divisaban las obras del Metro.
Al fondo apareció la mole metálica y oscura del estadio, haciendo que todo a su alrededor pareciera aún más pequeño y sucio.
Lo miró un segundo de más, pero lo suficiente para que Lucía lo cazara al vuelo.
—¿Qué pasa, Álvaro?
—La primera vez que fui a vuestra casa, después del accidente —respondió tras tragar saliva—, tu hermano me soltó nada más entrar: « Esta es tu casa para siempre, pero recuerda: aquí somos del Atleti».
—Eso es muy de Daniel —dijo ella, esbozando una sonrisa sincera.
—Sí.
El recuerdo pesó un instante en el coche, lo justo para recordarles por qué estaban allí.
Álvaro metió el todoterreno en un callejón lateral donde las obras del metro habían devorado parte de la acera.
Las vallas metálicas y los pasos provisionales convertían el entorno en un laberinto.
Sin electricidad, no había maquinaria ni obreros a la vista; solo el esqueleto de una obra interrumpida, cintas de señalización cruzadas y andamios paralizados.
Cortó el motor del todoterreno y lo dejó abandonado en una calle sin salida.
Lucía sacó de la mochila el plano antiguo rescatado en Fresnedillas y él desplegó sobre el capó todavía caliente del coche la versión más reciente del trazado de Metro y los accesos de servicio.
Parecía que alguien había manipulado el mapa nuevo a propósito.
Álvaro apoyó el índice sobre una línea sepultada bajo varias capas de reforma sin control de cambios.
—Esta vía seguro que sigue existiendo aunque la han querido esconder de la vista de todos.
—Y lo han hecho perfecto —dijo Lucía, siguiendo el recorrido con la yema de los dedos. Se inclinó más sobre el capó—. Mira cómo rehacen el perímetro: si fuese una galería subterránea anulada, aquí quedaría un hueco estructural muerto, pero lo han absorbido en los planos para que no se note.
—Vamos —apremió Álvaro, levantando la vista hacia el laberinto de cerramientos.
Se colaron por una brecha entre dos paneles de chapa.
El asfalto aún irradiaba el calor del día, pero bajo la sombra de los andamios el aire se volvió denso y asfixiante.
Álvaro iba delante, moviéndose con esa rigidez de quien obliga a sus músculos a no ceder al dolor.
Lucía le seguía de cerca, con la mochila cruzada al pecho y una pequeña linterna apagada en la mano.
La primera vuelta no los llevó a ninguna parte y la segunda terminó frente a un cierre soldado a conciencia. En la tercera vuelta acabaron entrando en un pasillo de servicio más bajo y medio camuflado detrás de unos paneles que, desde la calle, solo parecían escombros mal apilados.
Lucía se detuvo de golpe y se agachó.
—Espera.
A ras del suelo había una tapa metálica cuadrada.
A simple vista parecía un sumidero más, pero el polvo del borde estaba removido y una esquina mostraba el arañazo reciente de una palanca.
Álvaro se arrodilló despacio, conteniendo la respiración por el dolor en las costillas, y pasó los dedos por el contorno.
—La han abierto hace poco.
—Mira aquí —dijo Lucía mientras enfocaba un lateral con la linterna.
Tras una rejilla mugrienta se colaba una salida de ventilación. Acercaron la cabeza y desde el interior les llegaba una vibración sorda y constante, como el latido de una maquinaria demasiado estable para pertenecer a una obra ahora mismo parada.
—Hay ventilación —afirmó Álvaro, levantando la cara.
—Entonces estamos en el sitio correcto.
Se incorporó disimulando una mueca de dolor y evaluó el cerramiento lateral. La chapa encajada en el muro simulaba un panel de instalaciones clausuradas: anodina para engañar a cualquiera, pero demasiado gruesa y reforzada para estar ahí por casualidad.
El móvil de Lucía vibró en su bolsillo, enganchando cobertura GSM a tirones, y lo sacó por puro reflejo para comprobar que todo seguía igual que antes: una raya, luego dos y vuelta a una. A su lado, Álvaro extrajo su viejo Nokia.
—¿Estás mandando un mensaje? —preguntó Lucía, arqueando las cejas.
Él la ignoró mientras sus pulgares volaron sobre el teclado alfanumérico con una precisión ensayada durante años. Sobre la pequeña pantalla monocroma, el texto se cerró rápido:
Mensaje privado:
PELIGRO_DALIA / BERNABÉU_METRO / IZQ / NIVEL_3 / LATERAL
Lucía dio un paso hacia él invadiendo su espacio para tratar de ver el mensaje o el destinatario.
—¿A quién le escribes?
Álvaro pulsó la tecla de envío y hundió el aparato en el bolsillo.
—Por si esto se tuerce.
Lucía sintió un pinchazo en el estómago porque Álvaro había tecleado con demasiada naturalidad.
—¿Qué significa «por si esto se tuerce»?
—Significa que no pienso meterme ahí abajo sin dejar una puerta trasera abierta.
—¿Abierta para quién?
Álvaro dudó un segundo. Ese puñetero segundo de retraso le bastó a Lucía para cabrearse por dentro porque volvía de nuevo el Álvaro de los secretos. Él apartó la vista hacia la chapa y cortó la conversación de raíz:
—Ahora no.
El tono sonó demasiado calculado y Lucía apartó la mirada, mordiéndose la lengua. El reloj corría y no iba a montar una escena a pie de calle, pero la desconfianza volvía a estar ahí.
Álvaro cogió una pequeña barra metálica y atacó el punto más vulnerable del marco.
La chapa crujió cediendo un par de milímetros.
Volvió a forzar haciendo palanca y aunque les llevó más tiempo del previsto lograron su objetivo.
Cuando la hoja cedió lo suficiente para permitir el paso, apareció una escalera estrecha e industrial.
Delante de ellos se mostraba una hilera de luces de emergencia amarillentas y alimentadas por algún circuito independiente.
Los peldaños descendían en tramos cortos y rectos hacia las entrañas de Madrid.
Desde abajo subía una corriente de aire frío que ya no olía a asfalto ni a ciudad muerta.
Lucía encendió su linterna, enfocando la oscuridad del primer descansillo.
—¿Estás seguro?
—No —contestó Álvaro, mirándola un instante antes de comenzar a bajar.
Al descender, el olor fue cambiando. Primero polvo y metal recalentado.
Después, aire denso de ventilación forzada.
En el tercer nivel, el tufo a calle desapareció y lo sustituyó el olor aséptico de una instalación viva: cableado nuevo, motores en marcha y un zumbido demasiado estable para venir de un túnel vacío del metro.
Aquello era el latido de un búnker de dimensiones inimaginables.
Lucía comprobó la pantalla del móvil por puro reflejo y solo vio una raya. En el rellano siguiente, la señal murió definitivamente.
—Se ha ido —murmuró ella.
—Ya estamos dentro —dijo Álvaro, sin ni siquiera girarse.
Siguieron bajando. Los dos primeros tramos conservaban el esqueleto de una obra reaprovechada: barandillas oxidadas, paredes desconchadas y canalizaciones muertas.
Unos metros más abajo, el hormigón viejo daba paso a material nuevo: bandejas de cables impolutas, puertas técnicas recién instaladas y señalización limpia.
Alguien había montado una instalación de última generación sobre aquellas ruinas y la había sellado a cal y canto.
A Lucía se le aceleró el pulso porque sabía perfectamente lo que estaba viendo.
Alcanzaron un rellano mucho más ancho. A la derecha, una pequeña puerta de mantenimiento daba a una galería sumida en tinieblas y a la izquierda, una hoja de acero macizo bloqueaba el paso a un corredor bañado en luz blanca.
El marco estaba impecable y olía a pintura fresca y el suelo de resina que recorría todo el pasillo parecía recién barrido.
Estaba claro que allí acababa la zona de obras.
Álvaro levantó la linterna y clavó el haz de luz en el centro exacto del metal.
Lucía dio un paso al frente y contuvo el aliento.
La puerta no tenía letreros oficiales ni placas identificativas.
Solo un símbolo grabado directamente sobre el acero, oscuro sobre gris.
Una geometría inequívoca, demasiado conocida para ellos dos: el mismo símbolo que llenaba cada estancia y cada documento en Fresnedillas.
—Álvaro...
Él se tomó su tiempo mirando la puerta blindada en silencio, asimilando que por fin la había encontrado.
—Sí —confirmó al fin, con la voz ronca.
Habían encontrado Lima y habían llegado al corazón del Eje.