La Noche del Eclipse Bajo tierra #3
84%

Bajo tierra #3

Deshicieron el camino en silencio, ascendiendo y dejando niveles subterráneos atrás tratando de buscar aire puro.

Al guardia lo encontraron tenso en el suelo, respirando a ráfagas entre la tela y la cinta americana.

Álvaro se agachó, le retiró la mordaza y sacó una navaja multiusos.

Luego hizo una muesca profunda en la brida que le apresaba las muñecas.

El vigilante tragó aire sin decir nada, mirándolo desconcertado.

—Ese corte cederá si forcejeas durante un buen rato —explicó Álvaro en un susurro grave—. Te costará un poco, pero acabarás soltándote.

El guardia seguía inmóvil. A pesar del asalto sin previo aviso, estos chicos no les parecían unos criminales.

Álvaro le dejó una botella de agua cerrada cerca para cuando lograra liberarse.

Lo recolocó contra la pared y se puso en pie.

Aquello era un trato táctico: supervivencia a cambio de unas horas de ventaja.

Alcanzaron el exterior rozando las tres de la madrugada. La temperatura en la sierra había caído en picado. El aire frío les golpeó el rostro, barriendo el calor asfixiante y el polvo del búnker.

Caminaron hasta el coche sin cruzar una palabra. Álvaro condujo los kilómetros justos para alejarse de la instalación y encontró una zona de descanso apartada, envuelta en sombras. Cortó el contacto. Solo se oía el repiqueteo del motor enfriándose y la respiración pesada de ambos.

Lucía bebió agua con ansia. Se dejó caer contra el respaldo, cerró los ojos un instante y se obligó a abrirlos para esquivar el sueño.

Álvaro mantenía el portátil sobre las rodillas, con el brillo de la pantalla al mínimo, mientras DALIA procesaba los últimos datos volcados desde el servidor remoto.

La periodista clavó la vista en la oscuridad de la sierra y pensó en su padre, en el centro de mando, en Mara y en lo que implicaba ver su firma allí. En todo lo que podía estar moviéndose en la capital mientras ellos estaban escondidos bajo el esqueleto de un sistema muerto.

Álvaro habló sin apartar los ojos de los códigos.

—Estarán aguantando el tirón.

—Eso es una suposición a ciegas —dijo Lucía, girando la cabeza hacia él.

—Tienen más recursos que nosotros ahora mismo. De eso estoy seguro —contestó y esbozó una sonrisa cansada que se borró al instante.

Lucía apoyó la sien contra el cristal y dejó escapar un suspiro.

—Tampoco es muy difícil estar mejor que nosotros ahora.

—Duerme un poco —le dijo Álvaro tras cerrar dos ventanas de comandos y, por fin, la miró de perfil.

—Tú primero.

—Yo ahora mismo no puedo desconectar.

Ella hizo el amago de discutirle, pero ya no le quedaban fuerzas. Un peso cálido le cubría los hombros. Tardó un par de latidos en reconocer el cortavientos de Álvaro. No sabía cuándo se lo había quitado para taparla. Guardó silencio, se aferró a la tela y el sueño la aplastó por puro agotamiento.

La luz de la mañana despertó a Lucía, molestándole en los ojos a través de la ventanilla.

Parpadeó un par de veces, desorientada, y entonces lo vio.

Álvaro continuaba en el asiento del conductor, vencido hacia el portátil.

Tenía el cuello torcido en un ángulo doloroso y el cuerpo replegado instintivamente sobre sí mismo, como si su subconsciente hubiera seguido protegiendo la costilla magullada durante toda la noche.

El ordenador amenazaba con resbalarse de sus piernas.

Lucía se incorporó con lentitud. Le crujió la espalda, le pesaban las piernas y le palpitaba la cabeza. Al verlo en esa postura vulnerable, sintió una mezcla rara de ternura y culpa, pero se la tragó en el acto. Le tocó el brazo con suavidad.

—Vaya guardia de élite que estás hecho.

Álvaro abrió los ojos despacio pero tardó un solo segundo en situarse y otro en atrapar el portátil antes del desastre.

—La próxima vez intentaré desmayarme con más estilo.

La voz le sonó ronca, pero conservaba un poso de ironía intacta.

—No te esfuerces —contestó Lucía, y casi sonrió.

Él miró a través del parabrisas. Ya había amanecido. Al enderezarse, hizo una mueca de dolor, y esta vez ella apreció la magnitud del daño.

—Estás hecho polvo, Álvaro.

—Tú tampoco tienes pinta de ir a un desfile.

—Yo no voy por ahí conduciendo ni noqueando a vigilantes en instalaciones secretas.

Él soltó un bufido que pretendía ser una risa. De repente, DALIA devolvió un último bloque de texto en la pantalla; un aviso seco y definitivo:

D: Fase Lima priorizada.

D: Acceso urbano: Madrid.

D: Credencial recuperada: pendiente de verificación física.

Lucía leyó el informe una y otra vez. La sensación ya era distinta: no regresaban a Madrid para comprender el desastre, sino para reventar la puerta y entrar en él.

Álvaro giró la llave y el viejo motor diésel del todoterreno despertó con una sacudida que desgarró la calma de la sierra. Ninguno cruzó una palabra mientras el coche se ponía en movimiento. La ciudad asomaba de nuevo en el horizonte, pero ya no representaba un punto ciego.

Ahora tenían un símbolo, una llave maestra y un nombre.

Lima.