Bajo tierra #2
Fue Lucía quien encontró el segundo nombre. Se quedó paralizada, con la vista anclada en la esquina inferior derecha de un documento de traslado. Él notó el cambio brusco en su respiración.
—¿Qué pasa?
Ella le tendió el papel con mano temblorosa. Abajo del todo, bajo una línea de aprobación técnica y otra de supervisión, destacaba una firma en tinta azul: M. Vallés. Álvaro la leyó dos veces.
—Me cago en la puta... —murmuró.
Lucía sintió un pitido en los oídos. El rostro de Mara le cruzó la mente con la fuerza de un golpe físico. Quiso rechazar la idea por instinto, pero el vértigo casi la tira al suelo.
—Tiene que ser una coincidencia —soltó ella, con la voz rota—. Un homónimo. Vallés es un apellido muy común.
Álvaro la miró a los ojos. En otra situación, quizá la habría abrazado para consolarla, pero allí abajo no había tiempo para hundirse.
—Guarda ese papel —ordenó él, con voz firme, cortando el pánico de raíz—. Vamos a centrarnos, Lucía. Guárdalo y luego nos volvemos locos, pero ahora hay que seguir tirando del hilo.
Ella tragó saliva, dobló el documento con rabia y lo metió en su mochila. La sospecha de la traición le revolvía las tripas, pero la apartó a base de pura voluntad porque era cierto que tenían que seguir.
Cuanto más leían y más avanzaba la noche, peor encajaba el rompecabezas.
Fresnedillas había sido un gigante. Si alguna vez el Eje tuvo corazón bajo tierra, latió allí con fuerza: en el volumen de la instalación, en las redundancias de los servidores y en el peso de los contratos.
Pero los indicios de abandono funcional eran innegables.
Aquello llevaba años operando como cementerio de datos y nodo histórico.
Álvaro desenterró una carpeta sellada con el logotipo geométrico y una fecha: 2021. Al abrirla, Lucía se acercó. Desde el portátil, DALIA empezó a procesar los metadatos con una lentitud exasperante.
D: Correlación relevante detectada.
D: 24/05/2021.
D: Actualización / Transferencia / Integración de fase.
Esa fecha les pegó de lleno porque era el año y el mes de la muerte de Daniel. La portada de la carpeta exhibía una única palabra estampada en negro: LIMA. Lucía la leyó en voz alta, frunciendo el ceño.
—¿Lima?
A Álvaro se le escapaba la tensión por la boca.
—Joder.
Revisaron la documentación y comprobaron que LIMA figuraba como una designación operativa pero vacía de referencias geográficas.
No fueron capaces de encontrar ni el país ni coordenadas por ningún sitio.
El término inundaba las órdenes de traslado, las actualizaciones de componentes y los refuerzos de acceso a una nueva fase.
La periodista intentó buscarle la lógica.
—¿Quizás fuera el nombre en clave de la operación? Porque, ¿quién querría llevarse esta mole a Perú? Es absurdo.
Álvaro ignoró la pregunta, inmerso en su escrutinio de las páginas. Lo que tenía entre manos ahora eran los memorándums de la obra y datos sobre la fase de reubicación. DALIA arrojó una nueva línea tras varios segundos de análisis puro:
D: Ventana logística compatible:
D: Pandemia COVID-19 / Obras civiles / Movimiento masivo de materiales.
Álvaro soltó los papeles sobre la mesa metálica y su mirada se perdió en la pared del fondo atando cabos en silencio.
—Olvida la ciudad —sentenció.
Lucía contuvo la respiración.
—Es la designación de una zona. Tiene que ser un nombre en clave interno asignado a una fase urbana del proyecto.
Las piezas encajaron al momento: la fecha de la migración, las obras faraónicas del Santiago Bernabéu y cientos de camiones moviendo tierra, vigas y hormigón en plena pandemia, con la ciudad encerrada y las calles desiertas. Era la tapadera perfecta, ejecutada a la vista de todo el país.
—Lima —repitió Álvaro—. La vieja parada de metro y la plaza frente al estadio, en la Castellana, todo cuadra.
Lucía se quedó helada.
—Lo trasladaron al puto centro de Madrid.
—Sí —asintió Álvaro, despacio.
DALIA escupió la sentencia final en la pantalla:
D: Nodo Fresnedillas: inactivo como núcleo principal.
D: Fase Lima: sucesora compatible.
D: Transferencia posterior a última actividad de D. Cifuentes.
Nadie dijo nada en el despacho porque la conclusión brillaba en la pantalla de manera clara y directa. Daniel tenía razón y había llegado a la puerta del Eje. El problema era que la inmensa red que él había pisado había cambiado de guarida.
Lucía se dejó caer en la silla de oficina y se frotó la cara con las manos.
—O sea que era esto.
—Y ahora el Eje es otra cosa —completó Álvaro, sombrío.
Ella abrió los ojos y contempló la sala: archivadores de acero, planos amarillentos, cableado muerto. Incluso inactiva, aquella infraestructura seguía siendo gigantesca.
—Y si este descarte era así de grande... —dejó la frase flotando en el aire.
—... la nueva fase va a ser una puñetera bestia —remató Álvaro con frialdad.
Siguieron rebuscando un rato más, ya vencidos por la noche y el cansancio.
Necesitaban salir de allí con algo más que fotos y rabia acumulada.
El premio aguardaba en el fondo de una caja de componentes: una tarjeta magnética grabada con el símbolo del Eje, asociada a la fase LIMA y al acceso técnico urbano.
Ignoraban si el código seguiría vigente, pero una llave de ese calibre siempre tiene una cerradura esperando en alguna parte.
Álvaro se la guardó en el bolsillo interior del cortavientos.
Cuando por fin emprendieron la salida el agotamiento les aplastaba los músculos y les cerraba los ojos.
Lucía cargó con el portátil mientras que Álvaro aseguró la credencial, la unidad de datos y un mapa parcial plagado de referencias útiles.
Antes de abandonar el despacho, clavaron la vista una última vez en las firmas conjuntas de Daniel y M.
Vallés sobre la mesa. El peso de esa revelación viajaría con ellos para siempre.