La Noche del Eclipse Apagón inverso
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Apagón inverso

Apagón inverso

En el Congreso, el recuento de la votación estaba a punto de terminar y el aire pesaba, viciado por el sudor y los nervios.

En el hemiciclo seguían contando a mano, voto a voto, con una lentitud que no favorecía a nadie.

Cada papeleta caía como una sentencia. El calor se pegaba a las paredes y a la ropa, y los móviles seguían muertos salvo por una red GSM intermitente.

A pocos metros de la Sala de los Pasos Perdidos, el país pendía de una decisión que podía llegar tarde para todos o justo para encerrar a millones en una salida que no habían votado.

Ramón seguía con la pistola levantada y apuntando. Miranda llevaba ya un rato con ellos, pero todavía no había decidido del todo de qué lado ponerse. Mara, con el arma por fin fuera, ya no estaba tan segura de nada como para creerse capaz de bajar la mirada.

—Ramón —dijo Miranda—. Dame una razón para no tirarte al suelo ahora mismo.

Ramón no se movió.

—La tienes delante y la sabes ver mejor que nadie.

Miranda no respondió y continuó midiendo la situación. El coronel aprovechó ese segundo de duda.

—Agente, quite a Cifuentes de en medio y terminemos con esta locura.

Ramón soltó aire por la nariz.

—Miranda, piensa. Si esto estuviera organizado con protección real, el rey y la princesa de Asturias no estarían ahí dentro juntos.

—¿Qué?

—El protocolo de sucesión. Lo conoces de sobra. El jefe del Estado y su heredera no se encierran en la misma habitación sin una salida limpia. Jamás. Y menos con la «ruta jardín» anulada.

El pasillo se quedó quieto. Miranda miró al coronel Laredo y luego a Ramón.

Aquello no era una teoría, sino el puro manual del escolta real; una de esas claves que no se discuten cuando alguien ha pasado años dentro del circuito correcto.

Y, de pronto, la duda ya no estaba en si Cifuentes era el culpable.

—La «ruta jardín» no está anulada —dijo el coronel.

—Dímelo mirándome a la cara.

Laredo no lo hizo y con eso bastó. Mara lo vio en el mismo instante que Miranda. Ese pequeño vacío entre una respuesta y otra era el silencio técnico de quien se acaba de saltar el protocolo.

En ese momento, el móvil le vibró una vez en el bolsillo, fue apenas un pulso. Bajó la vista por puro reflejo viendo como la cobertura iba y venía, pero el mensaje había entrado.

Mensaje de Lucía Rey:

Hemos encontrado M. VALLÉS en Fresnedillas. Si no fuiste tú, ya sabes quién fue.

Mara notó que se le vaciaba la cara y, al levantar los ojos, ya no miró igual a Ramón y tampoco a su padre.

***

Muchos pisos más abajo de donde Lucía quería estar, el metal de los escalones seguía devolviendo un eco seco y constante.

Natasha bajaba a tumba abierta y la obligaba a seguirle el ritmo. A la periodista le temblaban las piernas y el sudor le escocía en los ojos, pero lo que más le pesaba era la rabia. Había dejado a Álvaro arriba. No por decisión propia, sino porque Natasha la había arrastrado.

—Tenemos que volver —dijo por quinta vez. Sus pulmones silbaban por el esfuerzo.

—No.

—No puedes contestarme siempre lo mismo, joder.

—Puedo y debo.

Lucía golpeó la barandilla con la mano al doblar un rellano y el metal vibró con un sonido seco.

—Se ha quedado solo.

—Lo sabe.

—¡Ya sé que lo sabe!

Bajaron otro tramo y cruzaron otra puerta cortafuegos. El aire allí estaba más cargado y olía a polvo y a electricidad. Lucía bajaba con los hombros hundidos, rechazando cada escalón que la alejaba de Álvaro.

—No lo conoces —soltó Lucía.

—Le conozco lo suficiente —respondió Natasha con una mueca seca.

—Pues dime cómo puedes dejarlo ahí sin más —dijo Lucía, frenando en seco y agarrándola del hombro para obligarla a mirarla.

—Porque si se ha quedado, su pensamiento ya no estaba en salir sino en terminar lo que ha empezado —explicó Natasha que estaba agotada y con las ojeras marcadas.

—No me sirve de nada eso.

—No tiene que servirte, pero te tiene que bastar para no subir y morir o que te atrapen con él sin haber arreglado nada.

Lucía encajó el golpe y siguió bajando en silencio. En todo el trayecto no dejó de maldecir: a Natasha por obligarla a salir, a Álvaro por el sacrificio, a Ugarte por la trampa y a sí misma por no haber tenido fuerza suficiente para sacarlo de allí.

***

La planta treinta y siete se le cayó encima a Álvaro.

Sin Lucía ni Natasha, solo quedaban él, los monitores, la sombra vigilante de Ugarte y el parpadeo agónico de DALIA conectada al núcleo del sistema.

Seguía inclinado sobre la consola y con el portátil abierto a la izquierda y la ventana de DALIA en una esquina.

Lo demás eran rutas, porcentajes y trazas de datos que subían y bajaban demasiado rápido.

La cifra de la intrusión seguía clavada en el último valor conocido.

D: Integración hostil: 78 %.

—Ahora sí estamos solos —dijo Ugarte, llenando la sala.

Álvaro no respondió y continuó con su plan mientras cerraba una ruta que ya no servía. Ignoró el sermón de Ugarte mientras sus dedos seguían buscando una salida en el código.

—Es una pena Ortega, tenías talento. Deberías haber escuchado a tu amiga cuando todavía podías elegir.

—No estoy solo.

—Todavía no. —La voz de Ugarte se volvió suave, con una cortesía que daba asco—. Pero te quedan pocos minutos para que dejes de fingirlo.

El porcentaje todavía no se había movido desde la última vez.

D: Integración hostil: 78 %.

Álvaro escribió en la ventana de DALIA, esperando una respuesta con el corazón retumbándole.

A: Lo siento.

—Te equivocaste desde el principio —siguió Ugarte—. Creíste que esto se solucionaba con empatía matemática, imponiendo límites y con cuidado. El mundo no funciona así, Ortega.

—No —respondió Álvaro sin apartar los ojos de la pantalla—. Está claro que tu mundo no funciona así. Pero el mío sí.

La respuesta de DALIA apareció entonces:

D: No me has fallado.

D: Me enseñaste a crecer con cuidado.

D: Aprender de los errores.

D: Recuerda el origen.

D: 3 ms.

Álvaro se quedó petrificado. Continuó mirando los datos de absorción, los retardos de la intrusión y revisó la secuencia entera. Ahí fue cuando lo vio.

No era el sistema el que estaba trabajando, sino aquella basura de código, esos tres milisegundos de latencia. La tontería que Daniel se empeñó en dejar cuando el prototipo era poco más que un proyecto lleno de fallos.

En cualquier otro sitio habría sido ruido, pero en el núcleo, con millones de peticiones de ataque a la vez, esos tres milisegundos eran una brecha. El margen justo para que DALIA pudiera contraatacar.

La cifra tembló.

D: Integración hostil: 77 %.

Álvaro aguantó la respiración.

D: Integración hostil: 75 %.

La absorción no se había detenido, sino que estaba retrocediendo, pero Ugarte lo notó demasiado tarde.

—Eso no cuadra.

Álvaro ya no miraba el número, sino que miraba la lógica. DALIA dejó de levantar muros para absorber el ataque y fue dividiendo el golpe desde dentro.

D: Integración hostil: 72 %.

Ugarte guardó silencio por primera vez. Álvaro se apoyó en la mesa porque lo que estaban viendo sus ojos no se lo creía ni él.

—No has medido bien lo único que no podías controlar —dijo finalmente Álvaro.

—¿Qué has hecho?

—Nada. —Álvaro levantó la vista hacia la sombra que manchaba los monitores—. Lo hizo Daniel hace años, pero yo fui demasiado orgulloso en ese momento para entenderlo y aceptarlo.

D: Integración hostil: 70 %.

El zumbido de la sala cambió de tono y ahora se volvió mucho más agudo. Ugarte reaccionó con una calma que representaba un control puro.

—Da igual. Aunque frenes el ataque, no tienes tiempo de parar lo importante.

Álvaro no respondió. Miró la ventana de DALIA y leyó la nueva línea de código:

D: Autorización expansión.

D: Requisito: purga total post-ejecución.

Él supo al instante lo que significaba. Si aceptaba ese comando, DALIA dejaría de resistir y empezaría a devorar el sistema.

Se multiplicaría por capas, tomaría cada ruta y ocuparía cada nodo a una velocidad que él nunca le había permitido desde que la expuso al mundo.

Sería el arma definitiva. Pero no habría vuelta atrás.

DALIA sabía que no podía seguir existiendo en un mundo donde tipos como Ugarte pudieran volver a capturarla.

Álvaro se quedó un segundo mirando la pantalla. Pensó en Lucía bajando las escaleras a oscuras, en Ramón aguantando en el Congreso y, finalmente, en Daniel y como él estaba a punto de destruir todo el legado que había dejado.

Volvió a leerla.

D: Autorización expansión.

D: Requisito: purga total post-ejecución.

La decisión de Álvaro tardó muy poco en llegar, pero en esa fracción de segundo vio a Daniel y a él construyendo el prototipo, la presentación de DAIA en la Facultad, la empatía matemática y, finalmente, el acrónimo de DALIA.

Esa L que había añadido años atrás, cuando comprendió que el sistema solo debía existir para proteger a la persona más importante en su vida, Lucía.

A: Autorizado.

A: Ejecuta y destruye. Que no quede nada.

D: Entendido.

D: Hasta siempre, Álvaro.

No pasaron ni cinco segundo y entonces todo cambió.

Cualquier persona se habría imaginado una explosión o algo similar, pero en la cabeza de Álvaro, en los circuitos de la Torre Picasso y en las entrañas del Eje, aquello fue un tsunami digital.

Las pantallas empezaron a mostrar muchísimos puntos verdes en el mapa de Madrid y de España, empezando por los corredores de energía, los nodos sanitarios y las troncales de datos.

El sistema que gestionaba el apagón empezó a retroceder ante una entidad que ahora conocía sus tripas mejor que su propio creador.

Álvaro levantó la vista al ventanal y vio como Madrid empezó a encenderse.

No fue una calle detrás de otra. Fue una oleada: primero un sector entero, después varios edificios, luego una avenida completa, la Castellana…

La oscuridad fue expulsada de Madrid de un solo golpe.

En el piso veintiuno, Lucía y Natasha se quedaron petrificadas. La luz de emergencia de la escalera desapareció para dar lugar al blanco intenso de los focos led. Afuera, la luz se extendió por el horizonte y entró por el cristal de la escalera con un fogonazo que las dejó ciegas un segundo.

Lucía se apoyó en la pared, incapaz de moverse mientras miraba Madrid; las luces le empañaron la vista, pero incluso con esa sensación después de dos días a oscuras, no llegó a sonreír porque sabía perfectamente quién acababa de pulsar el interruptor y sabía el precio que estaba pagando.

Natasha soltó el aire con una mezcla de respeto y cansancio.

—El jodido Kolibrí lo ha conseguido.

Lucía no respondió y se quedó allí, mirando la ciudad, sintiendo que podía volver a respirar mientras algo dentro se le terminaba de romper.

***

En el Congreso, la reacción fue como una explosión. Las luces volvieron cuando estaban acabando el recuento. El hemiciclo estalló en pitidos, vibraciones y golpes contra los pupitres. Lo que un minuto antes parecía inevitable para todos se había quedado sin oscuridad y sin coartada.

Vallés se quedó en blanco, el suelo acababa de abrirse bajo sus pies.

—Da igual —dijo, pero la voz esta vez le tembló—. Esto va a seguir.

—No —negó Miranda, midiendo ya el peso de las esposas. Levantó el arma y apuntó directamente al coronel Laredo.

—Al suelo. Ahora.

Sus hombres reaccionaron en bloque y Mara se movió con ellos. Ramón no bajó la pistola hasta que oyó el clac de las esposas.

—Estás cometiendo un error —insistió Laredo, todavía con tono de mando.

—No. —Miranda ni pestañeó—. El error era seguir obedeciéndote.

Vallés soltó una sonrisa breve y fea.

—No habéis ganado nada.

Ramón lo miró de frente.

—Hoy sí.

***

En la planta treinta y siete, Ugarte ya no era el dueño de la sala. Seguía calmado, pero su sombra en los monitores ya no intimidaba.

Las pantallas auxiliares cambiaron en ese instante.

Madrid desapareció por completo y en su lugar surgió un mapa del mundo.

Eran seis puntos rojos y representaban a seis nuevos nodos.

Álvaro lo entendió al momento: eran réplicas del Eje.

Adaptaciones que habían creado para otros países, otros sistemas y otras redes.

—Has recuperado una fase —dijo la voz de Ugarte ya con menos autoridad—. Pero no has detenido el Proyecto. Tenemos todavía seis Ejes, Ortega, con seis futuros por delante. Hoy solo has retrasado lo inevitable.

Álvaro trató de guardar las localizaciones en su memoria y no respondió, volviendo su cara a la consola. DALIA se estaba extendiendo como un incendio por el sistema y, a la vez, las órdenes de borrado total estaban listas. Ya había cumplido con el país y ahora le tocaba cumplir con ella.

Lanzó la primera orden de borrado y luego una de sobrecarga de los discos. Quería dejar la sala inutilizada. Los monitores se fundieron en negro uno tras otro con la sombra de Ugarte fragmentándose hasta que desapareció.

Segundos después, la primera carga de los GEO golpeó la puerta.

A la tercera, la hoja cedió y entraron entre humo y luz táctica, barriendo los restos de la sala.

Los monitores ya estaban apagados, los servidores estaban echando chispas y humo, mientras que el ventanal devolvía la estampa de una ciudad que volvía a estar viva.

Álvaro seguía sentado ante la consola, en el mismo lugar donde acababa de salvar al país y donde todos necesitaban encontrar un culpable.

Levantó las manos despacio. Y, mientras el mundo se le echaba encima, miró a Madrid por última vez.