La última verdad
La última verdad
Álvaro conducía en tensión. Lucía lo observaba de perfil cada vez que un semáforo inútil o un autobús cruzado les obligaba a frenar. Tenía la mirada de piedra y esa concentración absoluta que parecía borrar el resto del mundo.
La rabia seguía ahí, pero el rencor empezaba a agrietarse. Ya no podía sostener la imagen del cobarde que había borrado su rastro por frialdad. La realidad era mucho más compleja, y esa certeza, en lugar de calmarla, la descolocaba.
No tardaron en localizar el coche de Ramón, encajado en una calle estrecha del barrio de Comillas. Álvaro cortó el contacto y el motor de la moto enmudeció. Durante un segundo pesado, ninguno de los dos hizo el amago de moverse. Lucía aflojó el agarre de su cintura con lentitud.
—Te he hecho daño —murmuró ella.
—No pasa nada —dijo Álvaro, apoyando la zapatilla en el asfalto y bajándose. La respuesta sonó ronca y arrastrada por un agotamiento profundo que le pesaba en cada sílaba.
Cargaron todo en el maletero del coche y dejaron la moto arrimada a la pared.
Lucía se acomodó en el asiento del copiloto y abrió el ordenador sobre sus piernas.
DALIA subsistía ahí dentro en estado letárgico, comprimida a sus funciones más básicas y conectividad reducida.
Ahí carecía de interacciones de voz y análisis predictivos, solo operaba en un silencio estricto, limitado a la monitorización y a las alertas mínimas para no entrar completamente a ciegas en la noche.
En la pantalla del portátil, tres líneas fijas brillaban con una luz fría y estricta que reflejaba los últimos mensajes del búnker de Delicias:
D: Ruta priorizada: Fresnedillas.
D: Modo reducido: vigilancia / triaje / nodos periféricos.
D: Sin acceso al origen operativo desde posición actual.
El golpe seco del maletero al cerrarse rompió el silencio. Álvaro apoyó una mano en el techo del coche un segundo de más. Lucía vio cómo apretaba los dientes antes de enderezarse.
—¿Puedes conducir? —preguntó ella a través de la ventanilla bajada.
—Sí. —¿Seguro?
—Sí.
Él abrió la puerta del conductor y se dejó caer en el asiento con una pesadez calculada.
Después colocó su mochila a un lado y arrancó.
El coche avanzó despacio los primeros metros, tratando de sortear los restos del naufragio urbano, hasta que dejaron atrás la zona más castigada de la ciudad y el motor pudo ganar velocidad.
Durante varios kilómetros, dentro del coche no se oyó nada.
El pánico del centro se había convertido en un desorden sombrío, el de un país funcionando por pura inercia.
En los arcenes había furgonetas con las puertas abiertas, familias sentadas en sillas plegables y un camión cisterna varado a un lado.
Luego la autovía se abría en tramos completamente negros, como si atravesaran una España vaciada.
Lucía mantenía el ordenador sobre las piernas, recibiendo trazas sueltas que DALIA escupía con cuentagotas, pero apenas asimilaba nada.
Sus ojos volvían una y otra vez a las manos de Álvaro en el volante, a la tensión del cuello y a la forma en que cambiaba de postura para protegerse el costado. No aguantó más la presión del silencio.
—Tenemos mucho camino por delante —soltó de golpe.
—Sí —afirmó Álvaro con los ojos clavados en el asfalto.
—Y estamos solos.
—También.
—En este punto, no tengo claro si eso me alivia o me hunde un poco más —insistió Lucía mientras clavaba las yemas de los dedos en la carcasa del portátil.
—Últimamente, a mí tampoco me tranquiliza nada —respondió él sin parpadear.
—Genial. Al menos compartimos algo —contestó Lucía tras dejar escapar una risa amarga.
El silencio volvió a instalarse en el habitáculo. El motor rugió al ganar velocidad en un tramo despejado. A lo lejos, el horizonte escupía alguna columna de humo espeso y un puñado de luces blancas y rígidas, que bien podrían ser un control policial, una subestación o cualquier otra trampa.
—Ya que no hay nadie más, y teniendo en cuenta que no sabemos qué coño nos espera en Fresnedillas, creo que va tocando limpiar la mesa —dijo la periodista, y hundió la espalda contra el respaldo.
—Lucía...
—No me frenes con el nombre, Álvaro. No te voy a montar un drama, no me quedan fuerzas para eso. Solo necesito entender unas cuantas cosas antes de tirarnos de cabeza a otra boca del lobo.
Álvaro tragó saliva y esperó. Ella continuó, con la voz baja.
—Llevo años pensando que me borraste de tu vida por pura inercia o por cobardía o porque decidiste que yo no merecía el esfuerzo de una explicación.
Y de repente, un día, todo salta por los aires.
Resulta que estaba Daniel de por medio, que pertenecía al CNI, que había una promesa y un plan gigantesco.
Vale, te lo compro, o al menos intento asimilarlo.
Pero las piezas siguen sin encajar del todo.
—Lo sé —contestó Álvaro, sin mover la vista de la carretera.
Lucía imitó su estrategia. Evitar sus ojos le dio el impulso para soltarlo todo:
—Si de verdad sentías todo eso... si de verdad era por protegerme... entonces por qué aquellas palabras. Por qué hacerme creer que para ti no era más que la hermana de Daniel. Por qué me dejaste cargar con esa mierda durante años.
Álvaro apretó los dedos sobre el volante y no abrió la boca. Lucía giró la cabeza hacia él de golpe.
—¿Lo ves? Eso es lo que me vuelve loca: siempre te callas cuando llegamos a algo importante.
Álvaro dejó que los segundos cayeran. Lucía sintió cómo le subía otra vez el nervio y una necesidad visceral de romper a martillazos la pared que los separaba desde hacía media vida.
—¿Fue verdad? —insistió ella—. ¿Lo sentías de verdad o dijiste lo que más daño me iba a hacer para que me apartara?
El coche se tragó otros cien metros de asfalto oscuro antes de que él contestara.
—No lo sentía así.
Lucía guardó silencio y esperó.
—Lo dije porque sabía que si te daba otra versión, no te ibas a ir —añadió él—. Si me quedaba a medias, ibas a seguir tirando del hilo. Necesitaba que me odiaras y que me cerraras la puerta en la cara.
—Qué detalle —dijo Lucía con ironía mientras le miraba con una mezcla de rabia y cansancio.
—Ya sé que no fue limpio.
—No, Álvaro, no fue limpio, fue una barbaridad.
—Sí.
—Lo que me fastidia es que ahora entiendo una parte. Y casi me enfada más entenderla.
—Lo sé.
—No. No lo sabes del todo.
Álvaro dudó un instante.
—Seguramente no.
Esa sinceridad desnuda fue lo que frenó el ataque de Lucía. Aún estaba a años luz de perdonarle aquello, pero, por primera vez en mucho tiempo, sentía que él había dejado de esquivar los golpes.
—Pensaba que te había dado igual —admitió al final.
—No me dio igual nada —sentenció Álvaro tras un momento de duda—. Y si hay algo que puedo decirte sin adornarlo es esto: no sé si hice bien todo lo que hice, pero sí sé que, teniéndote fuera, te mantuve viva. Y con eso he aguantado todos estos años.
La frase se quedó ahí, entre los dos. Lucía bajó la mirada hacia sus propias manos. Luego asintió muy despacio. Era una pieza nueva dentro de un rencor que, hasta esa tarde, había estado perfectamente ordenado.
De repente, la burbuja estalló. Delante de ellos, unas luces mal colocadas empezaron a crecer en mitad de la negrura de la carretera. Álvaro pisó el freno.
—Control.
Lucía se incorporó de golpe, regresando al presente.
La escena apestaba a improvisación. El vehículo que bloqueaba el asfalto estaba mal cruzado y los hombres que cortaban el paso no tenían disciplina oficial. Llevaban chalecos tácticos y armas largas, pero la forma de sostenerlas los delataba.
Álvaro redujo la marcha. Lucía vio de reojo cómo la mano derecha de Álvaro abandonaba el volante y se deslizaba hacia el hueco de la puerta, donde Ramón guardaba la pistola.
Uno de los hombres levantó la palma de la mano. Álvaro detuvo el coche y bajó la ventanilla lo justo. El haz de luz de la linterna barrió el interior, cegándolos durante un instante que se hizo desesperado.
—Documentación.
Álvaro le tendió los DNI sin hacer movimientos bruscos. El tipo, que apestaba a tabaco, escrutó el interior bajo la luz blanca y apoyó el antebrazo en el marco de la ventanilla, invadiendo el espacio de Álvaro.
—¿A dónde van con la que está cayendo?
Lucía se inclinó desde el asiento del copiloto, forzando una expresión de puro agotamiento civil. Intervino antes de que el silencio de Álvaro los delatara.
—A una cabaña, pasado Aldea del Fresno —mintió, manteniendo la voz firme pero cansada—. Huimos del centro porque nos han reventado el portal esta tarde por dos garrafas de agua y queríamos salir de Madrid antes de que sea peor.
El hombre paseó la linterna por los asientos traseros vacíos y luego la clavó directamente en el rostro de Lucía.
—¿De escapada rural en medio del fin del mundo?
Lucía tragó saliva, aguantando el deslumbramiento.
Deslizó su mano y la apoyó sobre la de Álvaro, que seguía aferrado al volante y que apretó sus nudillos en el momento del contacto.
Una maniobra que simulaba vulnerabilidad para el mercenario, pero que era una orden silenciosa para que Álvaro no sacara el arma.
—Es nuestro aniversario —dijo ella, bajando el tono—. Queríamos ver las estrellas y nos han dicho que allí arriba la casa tiene pozo propio.
La mención al agua potable pareció encajar en la lógica de supervivencia del tipo del chaleco.
Evaluó la situación un segundo más, pero a sus ojos solo eran dos urbanitas desesperados huyendo de un avispero.
Les tiró los carnets sobre el regazo de Álvaro y golpeó la chapa del techo con los nudillos.
—No se desvíen de la carretera principal. Todo esto es zona restringida.
—Entendido —respondió Álvaro con voz de hielo.
Subió el cristal y el coche reanudó la marcha sin prisa, ganando metros hasta que los focos del control se difuminaron en el retrovisor.
Álvaro soltó despacio el aire que llevaba reteniendo en los pulmones y separó la mano derecha del panel de la puerta para devolverla al volante.
—Ver las estrellas.
Lucía retiró la mano. Aún le latía el pulso en la garganta.
—Ha funcionado.