Dos frentes
Dos frentes
Hasta ese momento todo había sucedido alrededor de una mesa y varias pantallas: nombres, contratos viejos, una derivación imposible hacia el Niño Jesús y la certeza creciente de que el país se estaba metiendo en otra cosa. Ahora ya no quedaba tiempo para seguir mirando. Había que moverse.
Ramón fue el primero en apartarse de la mesa. Miró una vez más el nombre de Fresnedillas en la pantalla y después el decreto abierto en la otra ventana. Congreso, activación, traspaso de control. Bastaba con esas palabras para entender que no podían seguir como un solo bloque.
—Vale —dijo—. Nos dividimos aquí.
Mara fue directa a una estantería del fondo y abrió un armario alto: mochilas, linternas, pilas, agua, radios, walkies , un botiquín y ropa doblada en cajas de plástico. Cogió una mochila mediana, una radio, una linterna, dos botellas de agua y empezó a sacar camisetas y pantalones ligeros.
Lucía siguió el movimiento con la vista y después se giró hacia Álvaro. Él seguía delante del equipo principal, cerrando paquetes de información y preparando a DALIA para trabajar en segundo plano. Tenía la camiseta pegada al cuerpo, la ceja abierta y el costado marcado en cada gesto.
—Antes de salir, cámbiate.
—No hace falta —respondió Álvaro sin girarse.
—Sí hace falta. Vas dando pena.
—Hazle caso. Así por la calle vas a llamar demasiado la atención —le pidió Ramón.
—No estoy para perder tiempo —dijo Álvaro, tras resoplar.
—No vas a perder nada. Además, hay ropa para todos —dijo Mara, dejando una camiseta limpia sobre la mesa.
—¿Para todos? —preguntó Lucía.
—Preparé material para todos —dijo, apartándose del equipo, con la voz algo más ronca—. Para Ramón, para mí… y para ti.
Lucía se quedó con la camiseta en la mano. No era solo la ropa; era lo que significaba que aquel refugio también estuviera pensado para ella.
—Menos mal que alguien pensó en algo más que latas de comida —rompió la tensión el policía, mirando su camisa, todavía manchada con la sangre de Aranda.
—Sudaderas, con este calor, ni de coña. Camisetas finas y algo para la moto —dijo Mara mientras repartía la ropa.
—Pues yo no me voy a poner delicado a estas alturas —respondió Ramón.
Mara y Lucía se vistieron deprisa en el baño del fondo. Cuando volvieron, Ramón ya estaba listo y Álvaro seguía a medio cambiar, con el gesto torcido por el costado. Lucía se detuvo.
—¿Estás bien?
—Sí. —Ya…
Álvaro terminó despacio. La ceja seguía fea y el costado no tenía mejor pinta, pero al menos ya no llevaba la camiseta húmeda pegada al cuerpo.
—Para la moto —dijo Mara, lanzándole un cortavientos.
—No hace falta.
—Cógelo, cabezota.
El refugio ya tenía pinta de punto de salida.
Álvaro volvió al equipo principal y tecleó varias órdenes rápidas. En la pantalla aparecieron líneas limpias, secas, sin explicación.
D: Modo de vigilancia local.
D: Priorización: troncal Delicias / alertas críticas / nodos periféricos.
D: Subproceso autónomo de triaje activado.
—¿Qué le estás dejando exactamente? —preguntó Lucía, tras leer por encima.
—Lo mínimo útil: vigilancia, monitorización y triaje. Si algo crítico cae y puede tocarlo sin delatarse, lo hará.
—¿Y lo demás? —preguntó Ramón.
Álvaro tiró de una palanca en el servidor central. Sonó un chasquido metálico pesado y extrajo un bloque negro, sólido, del tamaño de un libro pequeño. Las luces del rack principal se apagaron al instante. Se guardó el núcleo en el bolsillo interior de la mochila, pegado al pecho.
—El núcleo viene con nosotros.
—¿Todo? —preguntó Mara.
—Lo importante.
Lucía lo entendió enseguida. En Delicias dejaban una sombra funcional de DALIA; lo importante, la parte capaz de conectar con el Eje y pelear por algo más grande, se lo llevaban.
—Entonces aquí se queda respirando —dijo.
—Sí —asintió Álvaro—. Pero si vamos al corazón de todo esto, hay que moverla.
—Repasamos una vez y nos vamos —dijo Ramón, apoyando las dos manos en la mesa—. Mara y yo al centro. Si mañana se mueve algo alrededor del Congreso o de Zarzuela, tenemos que estar allí antes de que aprueben el decreto.
—No podemos quedarnos esperando. Si intentan vestir esto de medida excepcional, hay que verlo de cerca —confirmó Mara mientras se colgaba la mochila al hombro.
—Y nosotros a Fresnedillas —dijo Lucía, mirando a Álvaro.
Él asintió y ese gesto mínimo bastó para que Lucía se sintiera, por primera vez en años, algo más segura a su lado.
Ramón señaló la pantalla, donde seguía fija la última referencia operativa de Daniel.
—Vosotros vais a la última verdad que dejó Daniel. Nosotros, a donde van a intentar bendecir todo esto. —Luego miró a Álvaro, al corte de la ceja y a la forma en que respiraba, protegiéndose las costillas—. ¿Cómo pensáis ir hasta la sierra? ¿En la moto?
—Es lo más rápido para cruzar Madrid ahora mismo.
—Y un suicidio en cuanto salgáis a la M-503 a oscuras —cortó Ramón—.
Si te da un tirón con ese costado, os matáis los dos.
Vais en mi coche. —Le lanzó unas llaves a Álvaro, que las cazó al vuelo—.
Es el todoterreno negro. Está a dos manzanas de mi casa, en la calle Condes de Barcelona.
La moto os sirve hasta allí, pero a Fresnedillas vais en coche.
Álvaro miró las llaves y asintió. No discutió la lógica del policía.
Mara fue hacia la puerta, pero se detuvo antes de abrir. Miró a Lucía y, por primera vez desde que había empezado todo, se permitió una sombra de sonrisa.
—Cuando volvamos, las cervezas las pagas tú.
Lucía la miró un segundo, sorprendida.
—En mi azotea.
—En tu azotea —confirmó Mara.
No hizo falta añadir nada más. Precisamente por eso la promesa ganó peso.
—No hagas tonterías —le dijo Ramón a su hija, antes de salir. Lucía casi sonrió.
—Tú tampoco.
Ramón le apretó el hombro una sola vez. Después se dirigió a Álvaro con firmeza:
—Si no fuera por ti, por tu obsesión y por todo lo que llevas montando desde hace años, ahora mismo no estaríamos vivos. Y, aunque lo estuviéramos, no tendríamos ni una sola opción. —Álvaro no esperaba esa frase—. Así que no me hagas arrepentirme de estar diciéndotelo.
—No —respondió Álvaro y tragó saliva.
Ramón asintió, como si eso bastara. Luego añadió lo otro:
—Tráela de vuelta.
—Sí —contestó Álvaro, sin defenderse ni intentar suavizar nada.
La palabra salió seca y firme, mucho más útil que cualquier promesa larga. Ramón abrió por fin la puerta. Mara salió primero y él la siguió sin ceremonia. Cuando la puerta se cerró, el refugio cambió de tamaño.
A Lucía se le taponaron los oídos ante la densidad del nuevo silencio.
Hasta entonces siempre había habido algo entre ellos y el resto del mundo: Ramón, Mara, la discusión, el vídeo, la violencia de la tarde.
Ahora solo estaban ellos dos, el zumbido del sistema, DALIA en una capa reducida y una carretera fuera de Madrid.
Álvaro recogió los mapas impresos, la linterna pequeña, la navaja multiusos y comprobó por última vez la unidad de datos. Movimientos limpios, rápidos, sin perder un segundo.
Lucía lo observó un instante más de lo que quería. Él lo notó.
—¿Qué? —Nada.
—Entonces vámonos —dijo Álvaro y se colgó la mochila.
Lucía se puso la suya y, antes de salir, echó un último vistazo al refugio: las estanterías, el agua, la comida, la ropa, los mapas. El pequeño búnker que Álvaro había levantado alrededor de una anomalía que ahora empezaba a entender.
—Llevabas mucho tiempo preparándote para esto —dijo.
—Llevaba mucho tiempo preparándome para algo —contestó Álvaro tras apagar una luz auxiliar.
—No es lo mismo.
—No.
Subieron la escalera y abrieron la puerta. La noche de Madrid les golpeó en la cara. No había farolas ni neones, solo una oscuridad densa y el estruendo de una ciudad apagada. La moto esperaba donde la habían dejado. Lucía miró hacia el sur, luego a Álvaro.
—Primero vamos a por el coche de mi padre y luego la sierra. Esto va a ser visto y no visto.
—Más nos vale —respondió él y le tendió el casco.
Lucía se lo ajustó sin responder. Se subió detrás y, al arrancar, se agarró a su cintura. El dolor cruzó el costado de Álvaro y lo notó entero a través del cortavientos. No dijo nada, ni siquiera soltó el aire.
El faro de la moto rasgó la oscuridad de la avenida. Salieron de Delicias buscando huecos entre coches abandonados, taxis muertos y calles tomadas por sombras. Lucía no aflojó el brazo. El contacto era firme e inevitable, la única cosa real en medio de la ciudad fantasma.
En pocas calles dejaron atrás el refugio. Detrás quedaban la luz anómala, la troncal que seguía latiendo bajo sus pies y todo lo que aún no podían resolver desde allí. Delante, la noche negra y, oculta en algún lugar de la sierra, en Fresnedillas de la Oliva.
La última verdad que Daniel había dejado en pie.