La Noche del Eclipse Proyecto Guadiana
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Proyecto Guadiana

Proyecto Guadiana

Durante unos segundos todos callaron después de que Álvaro dijera en voz alta que quedaban veinticinco horas.

La frase se quedó suspendida en el refugio con más peso que el propio decreto.

Lucía siguió mirando la pantalla, pero ya no estaba leyendo palabras, sino haciendo sus propias cuentas: «Mañana se reunirán todas las altas instancias del país en el Congreso para decidir algo, con el país entero a oscuras y alguien empujándolo hacia una salida que parecía una trampa».

Ramón fue el primero en reaccionar.

—Vale. Ya sabemos hacia dónde quieren empujarlo todo, ahora tenemos que ver cómo se frena.

Álvaro no respondió. Tenía la vista fija en la pantalla con las dos manos a cada lado del teclado y la cabeza ya metida otra vez en el trabajo. Tecleó y en la pantalla apareció una nueva línea:

D: Correlación en curso.

D: Archivo Cronos / Herencia Daniel Cifuentes / Continuidad crítica.

Mara se acercó un poco más.

—¿Qué está haciendo?

—Ordenar el módulo —dijo Álvaro, sin levantar la vista—. Va a separar lo importante de la basura.

La periodista no apartó la mirada de la pantalla. A esas alturas ya no dudaba de que DALIA estaba trabajando a otro nivel porque ya no parecía un sistema abriendo carpetas, sino que estaba reconstruyendo una lógica que llevaba oculta ante sus ojos durante más de cinco años.

Álvaro volvió a teclear.

A: Filtrado por proyectos / Nodos / Actores / Fechas

La pantalla se llenó de capas, sellos, contratos, siglas y referencias cruzadas. Ramón apoyó las dos manos en la mesa y dijo:

—Pues que ordene rápido.

DALIA interrumpió el proceso con una alerta seca.

D: Incidencia crítica detectada.

D: Hospital Infantil Universitario Niño Jesús.

D: Fallo progresivo de generadores auxiliares.

D: Riesgo crítico de pérdida de soporte vital pediátrico.

D: Ventana estimada: 00:08:41.

Los cuatro se quedaron quietos y Mara fue la primera en hablar.

—¿Eso es real?

—Sí —contestó Álvaro mientras leía el resto de líneas y continuaba tecleando.

A: ¿Margen de intervención?

DALIA respondió con una salida nueva:

D: Capacidad de intervención parcial disponible.

D: No es posible sostener el complejo entero.

D: Puedo priorizar bloque de máximo riesgo vital.

Ramón frunció el ceño.

—En castellano.

—Puede intentar levantar una derivación mínima, lo justo para que no se caiga la parte donde el daño humano sería inmediato —explicó Álvaro.

Lucía giró la cabeza hacia él.

—¿Desde aquí?

—Eso parece.

Tecleó una nueva orden.

A: Priorizar soporte vital pediátrico.

A: Ejecutar derivación en ruta disponible.

La pantalla se modificó y sin embargo no hubo nada espectacular, solo una serie de líneas de carga, varios nodos cambiando de estado y un contador que bajó hasta casi tocar el cero antes de detenerse.

Después apareció otra salida:

D: Derivación provisional establecida.

D: UCI pediátrica estabilizada.

D: Soporte vital recuperado.

Nadie habló durante un instante, pero Lucía sintió primero alivio y luego un miedo mucho más profundo del que quería admitir, porque no había interpretado una situación ni leído un simple archivo.

Acababan de ver a DALIA hacer algo que nadie debería poder hacer desde una mesa en un búnker en el barrio de Delicias en un país apagado.

Había tocado una infraestructura real y sostenido a un grupo numeroso de vidas que estaban a punto de caerse.

Ramón fue el más directo y, precisamente por eso, sonó mejor:

—Eso no debería poder hacerlo nadie.

—No ha levantado el hospital. Ha encontrado una isla y la ha empujado donde hacía más falta —corrigió Álvaro.

—Lo cual sigue siendo una barbaridad —confrontó Mara, inmóvil.

La pantalla se llenó de una última nota de sistema:

D: Criterio de intervención aplicado.

D: Triaje / Riesgo vital inmediato / Ventana de actuación disponible.

Lucía leyó la última línea en silencio y luego miró a Álvaro.

—O sea, que sigue funcionando como la diseñasteis Daniel y tú.

—Sí, pero ahora tiene más alcance.

—Y eso da bastante miedo —se sinceró el policía.

Álvaro tecleó otra vez. La pantalla volvió al módulo de Daniel.

D: Correlación retomada.

Una carpeta padre apareció sobre todas las demás. No la había abierto hasta ese momento y fue cuando DALIA la resaltó con una línea limpia.

D: Proyecto Guadiana.

Lucía lo leyó en voz alta.

—Guadiana.

Álvaro abrió la carpeta y comenzó a revisar fechas, contratos y anexos técnicos. Todo parecía hablar sobre referencias a un respaldo de la red, sobre la continuidad energética, y mencionaba nodos estratégicos y acuerdos que venían de mucho antes del apagón.

—No puede ser reciente —dijo Mara, inclinándose hacia delante.

—No lo es. Mira esto —contestó Álvaro tras pasar varias páginas.

Señaló un sello antiguo y luego una fecha muy anterior a todo lo que ellos habían vivido.

Tenía fecha de la década de los 80, del postfranquismo, de un tiempo en el que la transición española de una dictadura a una monarquía con Constitución incluida ponía al país en una época de indecisión e inestabilidad constante.

—¿Qué demonios es? —preguntó Ramón, con los ojos entrecerrados.

Álvaro leyó por encima y fue ordenando en voz alta:

—No es un proyecto creado para este apagón, parece ser una arquitectura de continuidad y respaldo.

Sirve para el mantenimiento de los nodos esenciales y de las infraestructuras críticas.

En ese proyecto se mencionaban contratos con las compañías energéticas.

Estamos hablando de una red profunda y de capas enterradas desde hace décadas.

Lucía siguió leyendo otra parte:

—Y el nombre no está puesto al azar. Aparece cuando tiene que aparecer, hace lo que tiene que hacer y luego se hunde otra vez.

—Como el río —asintió Ramón.

DALIA abrió una segunda capa asociada al mismo proyecto.

D: Asociación recurrente detectada: el Eje.

Lucía notó que Álvaro se tensaba.

—Daniel ya lo nombró.

—Sí —dijo él.

Fue abriendo varias referencias seguidas, sin embargo, ninguna daba una definición limpia, aunque todas apuntaban en la misma dirección.

—¿Y qué es? Porque me estoy cansando de nombres importantes que no dicen nada —preguntó Ramón, impaciente.

Lucía encontró una frase operativa en un documento semiborrado y la leyó:

— « Arquitectura de continuidad, redistribución y mando».

Ramón soltó una risa seca.

—Lo que viene siendo quitarle los recursos y el Gobierno a un país con un lenguaje fino.

—Esto no puede ser una red normal como las que conocemos ni se esconde en una sala ni en un servidor, tiene que ser otra cosa. Una estructura inmensa enterrada para sostener el control cuando lo demás falla —dijo Álvaro, apoyándose en la mesa.

Mara miró una vez más el decreto abierto en una ventana secundaria.

—Entonces esto no va de arreglar el apagón.

—No, esto va de decidir qué sigue funcionando y quién lo controla —respondió la periodista sin apartar la vista de la pantalla.

—Y si mañana quieren hacer eso de verdad, no lo van a decidir en un garaje o en un zulo escondidos. Lo moverán donde se mueven las cosas gordas, en el Congreso, con Zarzuela o con quien sea necesario. No sé cómo lo vestirán, pero lo intentarán cubrir de legalidad —terminó de cerrar la idea Ramón.

Mara lo miró.

—¿Lo sabes o lo supones?

—Lo supongo. Pero lo supongo bien. He visto al país moverse en momentos jodidos donde primero aguantan, luego niegan y después llaman a todos los que tienen que sentarse en una mesa y blindan lo que vayan a hacer.

Lucía volvió a la pantalla.

—O sea que el estado de excepción digital no sería la respuesta al ataque.

—Sería la siguiente fase del ataque —completó Álvaro.

La frase dejó a los cuatro en silencio.

DALIA abrió otra capa. Esta vez ya no eran contratos ni memorandos, sino trazas de instalaciones, de rutas y de referencias históricas y puntos operativos asociados a una fase antigua del sistema. Entre todos ellos, una localización se repetía con demasiada insistencia.

D: Fresnedillas de la Oliva.

Mara reaccionó al instante.

—Eso está a tomar por culo.

—No es precisamente bajar al portal —indicó Ramón, mirando la hora de reojo.

Álvaro no apartó los ojos del nombre y DALIA añadió una nueva línea:

D: Último localización confirmada en la investigación de Daniel Cifuentes.

—¿Última localización confirmada? —preguntó Lucía.

—Sí —afirmó Álvaro mientras leía la línea otra vez.

—Entonces no es una pista cualquiera —sentenció el policía.

—No —dijo Álvaro—. Es el último lugar donde Daniel supo seguro que estaba cerca.

—¿Cerca de qué exactamente? —preguntó Mara mientras pestañeaba con rapidez.

Álvaro pasó una página más, luego otra, deteniéndose un instante en cada anotación, y después habló sin levantar el tono.

—Del Eje. O de su entrada. O de lo que se suponga que es todo esto.

La sala cambió de golpe. Ya no estaban siguiendo un rastro viejo por intuición ni por una ocurrencia, sino porque era la última verdad que Daniel había dejado.

Lucía siguió leyendo y, esta vez, sí vio algo más.

—Fresnedillas no está elegido al azar.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Ramón, detectivesco.

—Porque no es un pueblo cualquiera —respondió Álvaro antes que ella—.

Allí hubo una estación de seguimiento de la NASA.

Uno de los puntos desde los que se recibió aquí la señal del alunizaje.

Si alguien montó una capa antigua de comunicaciones, continuidad o enlace profundo, no es un sitio absurdo para esconderlo.

Está fuera del foco, pero tiene historia y tiene sentido.

Mara se quedó pensando un segundo y después afirmó:

—Tú de verdad crees que el Eje está allí.

—Creo que Daniel pensó que estaba allí. Y Daniel no iba dando palos de ciego —respondió Álvaro, sin dudar.

—Lo cual no arregla el problema del tiempo —dijo Ramón mientras se cruzaba de brazos.

La palabra tiempo volvió a caer sobre la mesa. Veinticinco horas.

Álvaro volvió la vista a la red que seguía viva en Delicias.

—Hay otra cosa.

—¿Qué? —preguntó Lucía.

—Lo del Niño Jesús confirma algo que llevaba tiempo sospechando.

Tecleó dos líneas más y abrió un esquema parcial de la red bajo el refugio.

D: Troncal anómala detectada bajo Delicias.

D: No coincide con patrón de distribución civil afectado.

—En el apagón de 2025 ya vi que aquí había algo raro —dijo—.

No sabía qué podría ser exactamente, no soy electricista y no entiendo la infraestructura que hay montada, pero este punto seguía respirando cuando los otros no.

Había luz, red y una estabilidad. Por eso monté el refugio aquí, no porque entendiera todo esto, sino porque vi una anomalía y supe que valía la pena aprovecharla.

—O sea que construiste un búnker encima de algo que no sabías lo que era —dijo Ramón, mirando a su alrededor.

—Sí —asintió Álvaro.

—Y ahora entiendes que debajo va una troncal que no se cortó como el resto —indicó Lucía.

—Sí. Tiene que ser una derivación, un borde o una capa del mismo sistema.

—Por eso DALIA ha podido tocar el hospital desde aquí —sentenció Mara, enlazando la conclusión al instante.

—Sí. Pero no puede hacer más que eso —asintió Álvaro.

DALIA lo confirmó con una nueva salida:

D: Capacidad de intervención desde Delicias: limitada a nodos periféricos.

D: Localización del origen operativo: no disponible desde esta posición.

Álvaro lo leyó en voz alta.

—DALIA puede tocar los bordes de la red, pero no el origen —continuó.

—Entonces hay que ir —dijo Ramón, soltando el aire, y nadie discutió la frase, porque ya no quedaban muchas más, así que el policía se puso a ordenar lo obvio—: Nos dividimos, Mara y yo vamos al centro.

Si mañana se mueve algo grande alrededor del Congreso o Zarzuela, necesitamos estar allí antes de que lo cierren todo.

—Mi padre puede orientarnos. Seguro que nos puede abrir alguna puerta o, como poco, decirnos dónde empieza a oler mal todo eso —asintió Mara.

—Vosotros dos, a Fresnedillas —ordenó Ramón mientras señalaba la pantalla.

Lucía miró a Álvaro. Seguían arrastrando demasiado entre los dos y el vídeo no había dejado nada limpio, pero al menos habían vuelto a funcionar y a entenderse en lo que realmente importaba.

—Vamos —dijo, y Álvaro asintió.

En ese momento ninguno de los dos hizo promesas, ni de vuelta ni de victoria, nada que no pudieran sostener sin saber dónde se iban a meter.

En la pantalla, Proyecto Guadiana seguía arriba del todo y, debajo, Fresnedillas de la Oliva parpadeaba con una insistencia que ya no dejaba espacio para ninguna otra opción.

Y aún más abajo, enterrada bajo Delicias, aquella troncal anómala seguía sosteniendo luz, red y una parte pequeña del sistema que todavía respiraba.

Por primera vez desde que había empezado el apagón, Lucía tuvo la certeza de que ya no estaban mirando solo el desastre. Estaban mirando la estructura que lo mantenía vivo.