Control de riesgos
Control de riesgos
Ugarte dejó el auricular en su base magnética.
El levísimo clic fue el único sonido orgánico en la cabecera de la sala.
Al otro lado de la línea segura, los enlaces en Moncloa y Zarzuela acababan de asimilar la nueva realidad.
Habían abandonado la fantasía de recuperar el control del país para aceptar la única contingencia viable: ceder la infraestructura crítica a un mando externo especializado.
El tablero político acababa de cerrarse.
Se giró hacia la sala de operaciones. El país entero se había reducido a bloques de datos que podían gestionarse mucho mejor desde aquel búnker climatizado que desde cualquier ministerio a oscuras.
El director de Enlace Institucional fue el primero en informar.
—Moncloa ha activado los contactos de emergencia. El presidente de la Cámara está redactando el decreto. Si mantienen el ritmo, podría estar todo listo para la cesión de competencias y la firma de mañana.
—Estará —sentenció Ugarte.
A su derecha, la directora de Sistemas detuvo su tecleo de golpe.
—Tenemos una desviación crítica.
Ugarte se acercó a su espalda. En el monitor principal, el mapa negro de Madrid mostraba una fisura. Un hilo de datos minúsculo, pero imposible de ignorar.
—Arquitectura activa detectada en el sector sur —informó la analista—. Nivel de cifrado no estándar.
—¿Origen? —preguntó Ugarte.
—Es un nodo fantasma. No está utilizando nuestra infraestructura ni las líneas redundantes europeas.
La analista amplió la traza, cruzando la firma térmica con los registros históricos.
—Está enrutando por satélite fuera del paraguas de la OTAN. Parece una pasarela rusa de nivel militar. Y lo que corre por ella... —Tragó saliva—. Es la firma original de DALIA.
El silencio cayó a plomo en la sala.
Alguien había conseguido levantar el sistema muerto y estaba sacándolo de España por la puerta de atrás.
Ugarte no parpadeó. Analizó las variables en una fracción de segundo.
Ortega no podía haber estabilizado esa estructura por sí solo en pleno apagón.
Necesitaba un hardware que él mismo ordenó extraer del ático y una conexión exógena.
Había una «fricción» imprevista: un actor externo ayudando a Álvaro.
—Están consolidando la conexión —advirtió la analista, atacando el teclado—.
Si esa pasarela sigue abierta, el sistema va a indexar de nuevo los servidores en la nube.
Extraerán todo el material residual: nombres, rutas y la arquitectura del Proyecto.
Autorice protocolo de denegación de servicio. Hay que asfixiar ese nodo ahora mismo.
—Denegado —atajó Ugarte. Su voz no subió ni medio decibelio.
La analista detuvo las manos, frunciendo el ceño.
—Señor, están descargando información clasificada del antiguo perfil de Daniel Cifuentes. Es un riesgo de seguridad de nivel 1.
—Que lo descarguen.
El director de Operaciones se separó medio paso de su consola.
—Si tiran del rastro de Cifuentes, encontrarán el mapa físico del Proyecto.
—Y eso es exactamente lo que quiero que encuentren. —Ugarte se enderezó, abotonándose la chaqueta—. Si atacamos su pasarela satelital ahora, les confirmaremos que van por el buen camino. Se desconectarán, protegerán el núcleo y los perderemos en el ruido de la ciudad.
No dio más explicaciones. Un buen director no justifica sus estrategias ante los mandos intermedios.
El mapa que Álvaro y Lucía iban a encontrar en esos archivos antiguos de Daniel los llevaría a las tripas de Madrid, al núcleo del sistema. Y allí es donde ellos jugaban con ventaja absoluta.
El técnico de Táctica Física deslizó una tablet sobre la mesa central y dijo:
—Tenemos actualización de las piezas en el tablero. —Ugarte asintió levemente—. La última visual del activo Ortega fue en Matadero. Iba acompañado de una mujer con entrenamiento policial, presumiblemente la inspectora Mara. El equipo de interceptación fracasó al generarse un tumulto civil.
—Detallen la ubicación de Lucía Rey y de Cifuentes.
—Los perdimos en el Paseo del Prado huyendo en motocicleta.
Si cruzamos los vectores de huida de Ortega y Rey en una ciudad bloqueada, el algoritmo de predicción marca el distrito de Arganzuela, concretamente el barrio de Delicias, como la zona de reagrupamiento más probable con un noventa y dos por ciento de acierto.
Ugarte observó el anillo rojo que se dibujaba sobre el sur de Madrid. Le bastaba con eso. Si el difunto Daniel Cifuentes había dejado un «testamento digital», acabarían reuniéndose para leerlo. Creerían haber recuperado la iniciativa y, solo entonces, caminarían ciegos hacia el centro del tablero.
—Mantengan vigilancia pasiva en el corredor sur. Cero presión visual —ordenó Ugarte—. Quiero saber el momento exacto en que abandonen el refugio, pero no interfieran en su ruta.
—¿Y qué hacemos con el tráfico de DALIA? —insistió la directora de Sistemas, visiblemente incómoda por dejar una fuga abierta.
Ugarte clavó la mirada en la oscilación de la señal rusa. Esa era la pieza maestra. Él poseía la infraestructura física, los servidores y el país a oscuras, pero todo eso era fuerza bruta. La «gestión» real de la crisis necesitaba la red neuronal adaptativa que Ortega había creado.
—DALIA no es un problema; es un activo en tránsito —sentenció Ugarte—. Dejen que Ortega cruce los datos de su amigo muerto. Dejen que se sienta seguro en su pequeña pasarela. Iremos a recoger ese núcleo cuando él mismo nos lo traiga a la puerta.
En la pantalla principal, el eco del latido digital seguía parpadeando. Ugarte no veía una amenaza, veía a un sistema haciéndole el trabajo de logística gratis.