Las islas
Las islas
En Moncloa, la palabra «apagón» se había quedado corta. Una caída de red convencional podía remontarse con tiempo. Lo que tenían delante latía con un criterio propio: zonas enteras del país muertas mientras puntos muy concretos seguían respirando con una limpieza antinatural.
Llerena apoyó las manos sobre la mesa y clavó la vista en un mosaico caótico de hojas impresas. Las pantallas parpadeaban a tirones, alimentadas por los generadores, y la sala ya olía a cable recalentado y a demasiada gente encerrada.
—Repítelo —pidió, sin levantar la voz.
La técnica de infraestructuras revisó sus notas.
—Hospitales privados de Madrid, Barcelona y Pamplona operan por encima de su autonomía prevista. El Banco de España mantiene casi todos sus nodos activos. Y dos centros de compensación financiera siguen sosteniendo tramos de la red administrativa.
Los datos hundieron la sala en silencio. Uno de los secretarios de Estado se quitó las gafas y se frotó el entrecejo.
—Al menos lo importante aguanta.
—Eso es justo lo que me aterra —contestó Iván Llerena sin parpadear.
Ante la mirada confusa del secretario, se inclinó sobre la mesa y marcó tres puntos con el reverso del bolígrafo—.
Sabíamos que la caída era irregular, pero esto es pura cirugía.
Alguien ha elegido a dedo qué tiene que seguir vivo.
La afirmación cayó a plomo. Entonces una puerta chirrió y un ayudante entró a paso rápido con una carpeta bajo el brazo.
—Zarzuela exige un nuevo estado de la situación. Quieren una actualización inmediata de la continuidad institucional y de las infraestructuras seguras.
El asesor leyó las dos primeras líneas del documento al vuelo y levantó la vista.
—Pásamelos por la línea segura.
A varios kilómetros, el coronel Laredo se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre el respaldo de una silla.
Zarzuela mantenía sus sistemas de soporte, pero el ambiente estaba sepultado bajo un calor estanco.
Las pantallas mostraban un perímetro intacto y relevos de seguridad rutinarios; sobre la mesa, en cambio, se amontonaban los partes de una crisis invisible.
—Los accesos están controlados, señor —murmuró uno de sus hombres tras revisar el último informe—. Las comunicaciones internas son estables y el exterior sigue irregular. Mantenemos la orden de mínimo movimiento.
—Sí —asintió el coronel sin apartar los ojos del plano, aguardando el enlace de Presidencia.
El teléfono de la línea reservada, supuestamente hermética, vibró sobre la mesa. Lo descolgó al instante. Esperaba la voz tensa de Moncloa, pero del auricular surgió una respiración suave y un tono sereno, sin urgencia.
—Coronel.
Supo de dónde venía esa llamada en cuanto detectó aquella escalofriante falta de prisa.
—No tenía esta línea para usted —respondió el coronel, mientras su memoria militar le devolvía un nombre que creía enterrado.
—La tiene para quien sea necesario cuando la situación lo exige.
—Usted no debería tener acceso a nada aquí. Hable ya —exigió el militar, sin variar un milímetro su postura.
—Lo esencial sigue en pie —continuó la voz, inalterable—. Solo ha caído lo que debía caer para no comprometer la continuidad del Estado.
El coronel Laredo miró de reojo las pantallas del perímetro y se le heló la sangre. La infiltración era total.
—¿Qué pretende con esta llamada? —soltó, apretando el auricular.
—Informarle de que un país no necesita estar encendido por completo para seguir siendo gobernable —replicó la voz, con una frialdad absoluta. Aquel tono ya no sonaba a advertencia técnica, sino a una doctrina ensayada.
—Si pretende darme lecciones de soberanía, se equivoca de momento.
—No le estoy dando lecciones, le comunico que su margen operativo se agota. —La voz se volvió más afilada—. La solución no pasa por restaurar el pasado, sino por aislar el ruido y sostener lo imprescindible. Van a necesitar una célula de continuidad: un núcleo reducido de decisión y control.
—Eso tiene otro nombre —mascó Laredo.
—Todavía no.
—¿Y usted habla en nombre de quién? —preguntó el militar, apretando el auricular entre sus manos.
La pausa al otro lado duró apenas un segundo.
—No todos los perfiles necesarios aceptaron integrarse cuando aún estaban a tiempo. Ustedes se quedaron con los visibles y otros trabajamos con lo que de verdad importa.
Aquella frase se quedó flotando en la línea. El coronel sabía que no estaba lidiando con un agitador, sino con alguien que movía hilos desde la cúpula del tablero.
—Se está equivocando de interlocutor —sentenció.
—No. Me estoy adelantando al letargo habitual del Estado.
El clic seco marcó el fin de la llamada. El coronel dejó el aparato boca abajo sobre la mesa, congelado durante un instante antes de volverse hacia su subordinado.
—Pásame con Moncloa. Ya.
La conexión tardó menos de un minuto. Esta vez respondió Iván Llerena, con la voz tensa y un murmullo de órdenes cruzadas al fondo. Ninguno de los dos perdió tiempo con saludos.
—Tenemos el mismo problema —arrancó el coronel—. Las islas... y algo más. Esto ya no es una caída del sistema y ha pasado a ser una reordenación forzada.
En Moncloa, el asesor observó el mapa de la pared y comprendió que aquellas palabras confirmaban sus peores sospechas.
—Estamos valorando un marco extraordinario de continuidad digital.
—Ya no es una valoración, es la única forma de que alguien recupere
—Si damos ese paso, el país va a cambiar de fase.
—El país ya ha cambiado de fase.
La réplica del coronel Laredo sonó como un latigazo. Al fondo de la sala, alguien levantó la vista de sus papeles y el asesor hundió los dedos en el borde de la mesa.
—Si activamos eso, hay que mover al Congreso y a la Presidencia de la Cámara. Implica localizar a medio país esta noche para convocarlo mañana, y no podemos venderlo a la opinión pública como una medida más.
—Es que no lo es.
El asesor cerró los ojos, agotado. Ya no se trataba solo de devolver la luz o garantizar el orden público.
La nueva realidad exigía concentrar el control: decidir qué reconectar, qué aislar y qué sacrificar.
Y justo ahí cristalizó la sospecha que llevaba media hora rondándole la cabeza: aquella solución no nacía para combatir el ataque, sino que era lo que el enemigo esperaba que hicieran.
—Un ataque generalizado, nodos preservados y con el caos suficiente para impedir la vuelta a la normalidad —razonó el asesor, bajando la voz—.
Y entonces nosotros les hacemos el trabajo sucio concentrando el control en un núcleo reducido...
¿Y si eso es precisamente lo que buscan? Dígame que ve el problema.
Al otro lado, el coronel respiró hondo, arrinconado por la lógica de la trampa.
—Lo veo, pero ahora mismo el problema no cambia nuestra necesidad.
Una secretaria se acercó en ese instante, tendiéndole un papel impreso de urgencia. El asesor lo leyó por encima sin apartarse el teléfono del oído.
—Presidencia ya está activando contactos y quieren localizar a los portavoces esta noche. Si esto sube un escalón, mañana hay que sentar al Congreso, aunque haya que sacar a los diputados de sus casas de verano a rastras.
—¿Nombre operativo?
El asesor bajó la vista hacia la última línea del documento. Tragó saliva antes de pronunciarlo.
—Estado de excepción digital.
El nombre resonó en la línea, de forma técnica y monstruosa a partes iguales. En Zarzuela, el coronel Laredo dejó que la magnitud legal e histórica de aquellas palabras se asentara.
—¿Ventana de tiempo?
En Moncloa, el asesor miró la pantalla de su reloj, haciendo la cuenta mental de las horas consumidas.
—Cuarenta y ocho horas desde el inicio del apagón.
Levantó la vista hacia el mosaico de cables, mapas y rostros desencajados por la falta de sueño.
—Nos queda poco más de un día.