Cronos
Cronos
Nadie dijo nada después de la última frase de DALIA.
La pantalla seguía negra y el reflejo sucio de la lámpara apenas dibujaba cuatro siluetas torcidas sobre el cristal.
Lucía no apartó la vista de allí durante unos segundos, como si todavía esperara que la imagen regresara o que el chasquido hubiera sido un fallo y no el final. Pero eso no pasó.
A su derecha, Ramón permanecía sentado, inclinado hacia delante y con los codos sobre las rodillas.
Tenía la cara mojada y los hombros hundidos.
Ya no intentaba mantenerse erguido. Del otro lado de la mesa, Álvaro estaba inmóvil, con la cabeza baja y las manos apoyadas en el borde.
Mara permanecía un poco apartada, cerca de la pared, muy quieta y observando la habitación sin meterse en medio.
Lucía miraba a Álvaro y no a la pantalla. Reconoció al instante esa tensión en su postura, la de alguien desbordado por dentro pero que se niega a exteriorizarlo.
Ramón soltó el aire por la nariz y se secó la cara con el dorso de la mano.
—Joder... —murmuró, y la palabra salió rota.
Nadie respondió. El policía clavó la vista en la pantalla negra, como si Daniel siguiera hablándole a través de ella.
—Joder, Daniel... —dijo otra vez—. No dijiste ni una palabra, ni una sola. Y yo sin ver nada —añadió, muy bajo—. Yo... que tendría que haberlo visto.
Después se giró hacia Álvaro. No fue una mirada brusca, sino la de alguien que ya sabía que la respuesta iba a hacer daño.
—¿Cuánto sabías?
Álvaro tardó un segundo en responder.
—Lo suficiente para saber que era grave.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que muriera Daniel.
Ramón se quedó quieto y Lucía sintió un latigazo en el pecho; llevaba años sospechando que algo no encajaba y la verdad acababa de materializarse.
—No sabía todo —añadió Álvaro, hablando hacia la mesa o hacia sus propias manos—. Daniel no me lo contó todo, pero sí lo suficiente para entender que estaba metido en algo muy serio.
—Mírame —le exigió Lucía en voz baja, dando un paso hacia él sin pensarlo.
Él alzó la vista y le bastó verle los ojos para saber que el vídeo también lo había destrozado, pero eso solo alimentó aún más su rabia.
—Me quitaste la posibilidad de elegir qué hacía con la verdad —soltó ella, con la voz temblando de pura tensión—. Me dejaste cargar con una mentira, empujándome a pensar durante años que te habías ido porque sencillamente había dejado de importarte.
—Preferí que me odiaras a verte entrar en eso —contestó Álvaro, recibiendo el golpe sin moverse.
—Eso no te salva de nada —replicó Lucía—. Entender por qué lo hiciste no significa perdonártelo.
Ramón soltó el aire con fuerza y se incorporó un poco en la silla.
—Basta —murmuró—. Aranda ya me había contado una parte de esto. Yo ya sabía que el CNI estaba detrás, pero también me habló de ti, Álvaro.
La habitación cambió de aire en ese segundo. Lucía volvió la cabeza lentamente y Álvaro lo entendió antes de que Ramón terminara la frase.
—Me dijo que tú también estuviste a punto de entrar —continuó Ramón—, que Daniel te quiso meter en ese mundo.
Lucía sintió una sacudida interna y lo miró desde una perspectiva completamente nueva.
—¿Tú también? —preguntó. No había reproche en su voz, sino un profundo desconcierto.
—Daniel me lo planteó hace años —dijo Álvaro—. Yo entendía parte de lo que hacía y qué era lo que le importaba. Durante un tiempo pensé que quizá podría ayudarle y que tenía sentido entrar. Eso fue todo.
Lucía se quedó mirándolo. Esa respuesta no lo convertía en uno de ellos, pero tampoco lo dejaba fuera. Lo situaba en un punto intermedio. Daniel lo había elegido porque sabía que podía acercarse a ese mundo sin romperse.
—Todo el mundo sabía algo menos yo —dijo Lucía al fin—. Daniel, tú, papá... Yo era la última en llegar a todo, como siempre.
—Podría habéroslo contado. Pero entonces habría traicionado lo único que Daniel me pidió cuando ya sabía que se estaba muriendo por dentro con todo aquello.
—Vale —dijo Mara con mucho cuidado—. Ya está.
—No, no está —respondió Lucía.
—No —concedió Mara—. No está. Pero si seguís por ahí ahora mismo vais a acabar diciendo cosas de las que os vais a arrepentir.
Lucía apartó por fin la vista de Álvaro.
La intervención de Mara estuvo bien medida y bastó para frenar la escalada.
Se llevó una mano al pecho, agotada. Ya no podía mirar a Álvaro igual, porque detrás de aquel daño había miedo, lealtad y una promesa maldita.
Saberlo no borraba nada, pero le arrebataba la comodidad de odiarlo sin más.
Él seguía en el mismo sitio, con la cara cansada y la culpa entera a la vista.
—No te lo voy a perdonar —dijo Lucía sin titubear y Álvaro asintió despacio—. Pero ahora sé que no fue porque no te importara.
Álvaro no respondió. Tragó saliva y mantuvo la mirada fija en ella un segundo más. Entonces, la pantalla negra del equipo principal soltó un fogonazo pálido que les barrió las caras, rompiendo la tensión del cuarto.
D: Desencriptación de capa primaria completada.
Álvaro reaccionó al instante, dio dos zancadas hasta la mesa y se inclinó sobre el teclado. Lucía y Ramón se acercaron casi al mismo tiempo, dejando a Mara guardando la puerta.
La pantalla parpadeó, cargando la siguiente secuencia, pero Lucía no pudo apartar la cabeza de lo que acababan de ver.
Si Daniel había dejado aquel vídeo, si había escondido el módulo dentro de DALIA y si había previsto que los tres llegaran hasta allí, entonces había otra pregunta que llevaba horas esperando.
—DALIA, espera —dijo—. La foto que apareció en mi portátil, el archivo del móvil en el Café Galdós... ¿Eso también fuiste tú?
—Y mi impresora térmica. Estaba aislada del sistema y aun así ejecutó un comando —preguntó Álvaro.
—La llamada vacía... —murmuró Ramón—. Y la interferencia del walkie . La que me llevó a los toboganes de Madrid Río.
El zumbido de los servidores pareció cambiar de tono. La voz sintética de DALIA sonó analítica.
—No fui yo. Al menos, no mi núcleo operativo principal.
—¿Entonces qué fue? —preguntó Álvaro, sin pestañear.
En la pantalla secundaria se desplegó una cascada de líneas de registro, ejecutadas como código puro y duro. Lucía, Álvaro y Ramón leyeron sus propias iniciales en los comandos.
D: EX_TARGET_01 [L]: push_AHORA.jpg /loc: Café Galdós.
D: EX_TARGET_02 [A]: force_print_TRM /msg: “Cuando algo te observe… [3 ms]”.
D: EX_TARGET_03 [R]: ovr_VHF_freq /audio_ping: “DANIEL” /loc: Madrid Río /msg: “Toboganes”.
D: EX_TARGET_04 [PA]: secure_text_push /msg: “Cuando se vaya la luz, la verdad será lo único que no podrán apagar”.
—Daniel instaló un submódulo fantasma en mi código base —explicó DALIA—.
Un protocolo de contingencia fuera de mi control operativo.
Estaba diseñado para activarse si detectaba los patrones de una caída general como la que ocurrió anoche.
Se ejecutó también un envío a una cuarta persona.
Destinataria: objetivo institucional prioritario.
Los tres sintieron el golpe de la misma forma.
Daniel no solo les había dejado un mensaje póstumo; había sembrado pequeñas órdenes dentro de DALIA años antes de que todo ocurriera: empujones mínimos para sacudirlos, despertarlos y obligarlos a encontrarse.
Era un fantasma guiándolos en la oscuridad.
La pantalla principal volvió a dar un fogonazo, reclamando su atención.
D: ARCHIVO «CRONOS» ABIERTO.
No había líneas de código ni mapas encriptados, solo un texto legal oficial. A Lucía se le dilataron las pupilas porque había visto suficientes filtraciones en su carrera para reconocer ese formato.
—Eso es... ¿un borrador gubernamental? —preguntó, apoyando las manos en la mesa.
Álvaro empezó a leer en silencio. La luz de la pantalla le marcaba las sombras de la mandíbula, que se iba tensando con cada línea que bajaba.
—Es un real decreto —dijo por fin, con la voz más fría que Lucía le había oído en años—. «Estado de Excepción Digital y Traspaso de Control de Infraestructuras Críticas».
—¿Qué significa eso en cristiano? —preguntó Ramón, cruzándose de brazos a su espalda.
—Significa que hemos sido unos idiotas porque pensábamos que Ugarte había apagado España para destruirla, pero parece que la ha apagado para que se la entreguen con un lazo —contestó Álvaro con el rostro pálido y señaló un párrafo central del texto—.
Es un caballo de Troya legal. Si el país pasa un tiempo determinado en colapso energético total, el decreto autoriza al Gobierno a ceder el control absoluto de la red a un consorcio tecnológico para «restablecer el orden».
Un consorcio que, obviamente, él controlará desde la sombra.
Lucía sintió que el aire del refugio se volvía de plomo. El dolor por Daniel dejó paso a un vértigo helado. Ya no pensaba en terrorismo, sino en un golpe de Estado limpio, invisible y amparado por la ley.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó, clavando los ojos en la pantalla—. El decreto debe tener un límite o una condición de activación.
Álvaro bajó la vista hacia el final del documento. Sus dedos volaron sobre el teclado y el ratón para cruzar la cláusula del texto con los registros del apagón que DALIA tenía en memoria. El cursor parpadeó un instante antes de devolver el resultado. Cogió aire despacio y los miró.
—Si mis cálculos no fallan, nos quedan exactamente veinticuatro horas antes de que el Congreso pueda firmar el fin del país tal y como lo conocemos.