La Noche del Eclipse La última verdad #2
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La última verdad #2

—Ya.

—Hay que inventar lo que haga falta para salir del paso —dijo Lucía, manteniendo la vista al frente—. Es lo único que he aprendido a hacer bien estos años.

—Nunca se te ha dado mal.

—Eso ha sonado a piropo y a reproche a la vez.

—Era mitad y mitad.

—Muy en tu línea —dijo Lucía y casi sonrió.

La carretera siguió devorando kilómetros. Dejaron atrás el control, el asfalto roto y los restos del tráfico pesado. La noche se cerró sobre ellos con un silencio sepulcral.

Lucía volvió a revisar el portátil. DALIA seguía escupiendo capas mínimas de código, una ruta priorizada y avisos secos, operando en el modo de pura supervivencia.

D: Ruta Frenedillas activa.

D: Verificación física requerida para siguiente capa.

La periodista levantó la vista de la pantalla.

—Daniel estaba convencido de que era allí.

—Sí.

—¿Y tú?

—Creo que llegó a lo último que conoció de verdad y no nos dejó una corazonada. Dejó unas coordenadas exactas —respondió Álvaro, sin dudar.

—Y si no es el sitio...

—Entonces descubriremos por qué no lo es.

—Suena fatal —dijo Lucía, observando la oscuridad al otro lado de la ventanilla.

—Lo sé.

Cuando alcanzaron Fresnedillas de la Oliva, el contraste con la capital fue un hachazo. El pueblo respiraba una quietud antinatural, demasiado pequeña para cargar con una conspiración de ese calibre. Apenas había movimiento: un par de ventanas con luz de velas y el ladrido lejano de un perro.

Lucía vio la antena antes de que Álvaro abriera la boca. La estructura se divisaba a lo lejos como una mole oscura, demasiado presente en mitad de la nada.

—Es ahí —sentenció él.

Aparcaron el coche en un camino de tierra, ocultos de la línea de visión del acceso principal.

Sacaron las cosas, se colgaron las mochilas y se aseguraron de coger el portátil y el equipo indispensable.

Álvaro palpó el bolsillo interior de su cortavientos, comprobando el peso de la unidad negra del núcleo de DALIA, y cerró la puerta del coche acompañándola con la mano para no hacer ruido.

La valla perimetral resultaba inquietantemente ordinaria.

Había alguna cámara antigua de seguridad, un par de focos fundidos y una puerta principal demasiado expuesta.

Si aquello era realmente un nervio central del sistema de Ugarte , la ausencia de seguridad visible ponía los pelos de punta.

Era una invitación obvia para una trampa.

—Demasiado limpio —murmuró Lucía.

—Sí.

Rodearon el complejo fundiéndose con las sombras hasta topar con un módulo lateral, bajo y aplastado contra el terreno, separado del acceso principal. Parecía un búnker militar incrustado en el hormigón: una entrada técnica blindada, diseñada para pasar desapercibida.

Lucía recorrió la estructura de arriba abajo.

—Esto no es una caseta de mantenimiento.

—Ni de broma.

La puerta ostentaba un lector industrial, un puerto de servicio incrustado en el acero y una botonera protegida por una cubierta metálica. Todo allí estaba hecho para intimidar.

Álvaro apoyó la rodilla en el suelo, soltó la mochila y extrajo un pequeño interfaz artesanal, un manojo de cables y una pieza de hardware que Lucía no supo identificar.

—¿Llevabas eso encima? —preguntó ella.

—Sí.

—¿Por juguetes como este querías entrar en el CNI?

—Nunca me interesaron las puertas, sino lo que había detrás —respondió Álvaro, y conectó el primer cable al puerto lateral sin levantar la vista.

Lucía dejó escapar un soplido, a medio camino entre la ironía y una tensión que ya le agarrotaba el estómago.

Álvaro tecleó en la interfaz. El lector de la pared respondió con un zumbido eléctrico y una luz roja.

Fue entonces cuando sacó la clave encriptada derivada del módulo de Daniel y la inyectó en el sistema.

Espero un segundo, dos, tres... El lector parpadeó de nuevo en un rojo intenso.

Un pitido grave y continuado nació en el interior del marco de la puerta. Lucía dio un paso atrás.

—Dime que no acabas de despertar a todo el complejo.

Álvaro apretó los dientes. Sus dedos volaron sobre el pequeño teclado de su dispositivo, metiendo comandos a toda velocidad.

—Están rebotando la firma... es un cortafuegos físico... espera…

Ajustó un parámetro de red, forzó un salto en el enrutamiento y lanzó la clave de Daniel por segunda vez, enmascarada.

El pitido murió de golpe y la luz roja saltó a un verde pálido.

Un segundo después, sonó un chasquido interior, denso y pesado: cilindros de acero retrayéndose. Finalmente, la puerta cedió un palmo.

Los dos se quedaron petrificados y el aire frío y procesado que escapó del interior les golpeó en la cara.

Estaba claro que ahí dentro había energía.

Una franja de luz ámbar iluminaba un pasillo corto que desembocaba en paneles de servidores zumbando al fondo.

El aire acondicionado siseaba. Fuera lo que fuera, estaba vivo.

—Joder —dijo Lucía, mirando a Álvaro.

Él no contestó, seguía escrutando el pasillo con la misma mezcla de precisión y cautela con la que había analizado el vídeo de Daniel. Cada confirmación le abría la puerta a un abismo mayor.

El portátil vibró débilmente mostrando una notificación solitaria de DALIA que parpadeaba en la pantalla:

D: Entorno activo.

D: Compatibilidad parcial confirmada.

Lucía leyó el aviso y volvió la vista al corredor. Dentro no se oía nada. No había pasos ni señales de vigilancia. Al menos, no parecía haber nadie esperándolos con un arma en la mano, y precisamente por eso entrar allí parecía un suicidio.

Álvaro recogió su mochila del suelo, se enderezó y cruzó el umbral junto a Lucía que lo siguió de cerca, tragándose el miedo.

En cuanto sus pies tocaron el suelo metálico del interior, la pesada puerta blindada se encajó sola a sus espaldas con un golpe seco.

Por primera vez desde que salieron de Madrid, los dos supieron que Daniel no se había equivocado.