Delicias II - Tensión
Delicias II - Tensión
Unos minutos antes de que se abriera la puerta, Álvaro y Mara seguían en la calle.
Habían dejado atrás el golpe y el ruido lo bastante lejos como para no tener a nadie encima, aunque eso no significaba que estuvieran seguros.
Desde Matadero, Álvaro no había dejado de mirar reflejos, cruces y ventanas.
No había visto nada definitivo y, precisamente, por eso no se fiaba.
Cubrieron el tramo hasta Delicias a paso rápido, pero sin correr para no llamar la atención.
Álvaro llevaba la gorra bajada hasta casi tocarle la ceja, más por tapar la sangre que por otra cosa.
La herida de la frente seguía sangrando y el costado le dolía al respirar.
La mochila seguía cruzada al pecho, protegida con el brazo izquierdo cada vez que alguien pasaba demasiado cerca.
Mara ya no insistía preguntándole si estaba bien, así que lo que hizo fue frenarlo justo antes de doblar la última esquina.
—No aguantarás mucho más así.
—Aguantaré hasta que lleguemos —dijo Álvaro mientras seguía caminando.
—¿Hasta que lleguemos a dónde exactamente?
—Confía en mí, estamos cerca.
Mara torció el gesto. Aquella forma de hablar empezaba a sacarla de quicio. Álvaro llevaba rato aguantando por pura tensión y se negaba a admitirlo.
Cuando por fin reconoció la calle, se detuvo un poco antes de llegar a la puerta. Miró a ambos lados y, tras asegurarse, se volvió hacia Mara. Metió la mano en el bolsillo interior de la mochila de donde sacó una llave y se la dejó en la palma. Mara tardó un segundo en reaccionar.
—¿Qué haces?
—Vas a entrar tú.
—¿Qué?
—La puerta está al fondo, tiene una flor junto a la cerradura. Entras, cierras y no vuelves a abrir.
—No digas tonterías —le contestó Mara, sin cerrar la mano.
—No es una tontería.
—Vamos juntos.
—No.
—¿Por qué?
Él miró la calle otra vez antes de responder.
—Porque si nos han localizado, no pienso llevar el rastro hasta la puerta principal. Me buscan a mí.
—¿Y tú qué piensas hacer? —preguntó Mara, con la llave todavía en la mano.
—Entrar.
—Pues entonces entramos juntos.
—No.
Esta vez hubo algo en el tono que la hizo dudar.
—Álvaro...
—Escúchame bien —le dijo tajantemente—. Entras, cierras y no abres a nadie. Da igual quién llame, incluso si oyes mi voz, no abras.
Aquello sonaba demasiado mal, así que Mara dio un paso hacia él, le puso una mano en el hombro y trató de convencerle.
—No voy a dejarte fuera jugando a ser un héroe.
—No me estoy sacrificando —dijo Álvaro, y esbozó una sonrisa seca.
—Pues lo parece.
—No me da tiempo a explicártelo. —Le cerró los dedos sobre la llave—. Confía en mí.
—Me estás pidiendo mucho.
—Lo sé. —El silencio entre los dos duró apenas un segundo. Después Álvaro dio un paso atrás y continuó—. Nos vemos dentro.
Pero Mara no se movió.
—Vamos, Mara.
Esta vez obedeció, caminando hacia la puerta. Al llegar se dio la vuelta, pero Álvaro ya se había ido. La calle parecía habérselo tragado. Durante un instante estuvo a punto de llamarlo, pero se contuvo. La llave giró sin problemas. Entró y cerró tras echar un último vistazo a la calle.
Bajó la escalera deprisa, casi esperando encontrar a Álvaro allí, como si todo aquello fuera otra de sus tácticas incomprensibles.
Pero al llegar al final del tramo, las dos figuras que se levantaron de golpe no eran él.
Ramón primero y Lucía después. Los dos la miraron con tensión y extrañeza.
Mara lo entendió enseguida: no esperaban verla a ella.
—¿Y Álvaro? —preguntó Lucía.
Mara volvió la cabeza hacia la escalera por acto reflejo mirando la puerta que seguía cerrada.
—No ha querido entrar conmigo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Ramón, dando un paso hacia ella.
—Nos encontraron cerca de Matadero —respondió la policía, aún con la llave en la mano—. Conseguimos salir, pero Álvaro se llevó un buen golpe. Hemos llegado juntos, pero a unos cincuenta metros de la puerta se detuvo y me obligó a entrar sola.
—¿Sola? —interrogó Lucía, con los ojos entrecerrados.
—Me dio la llave, me dijo que cerrara y que no abriera a nadie.
Ramón clavó la vista en la puerta y su cuerpo reaccionó solo: dio un paso hacia el inicio de la escalera, llevándose la mano al arma.
—Joder.
Mara ya venía nerviosa, pero la ausencia de Álvaro cambió el aire del refugio. Lucía apretó los dedos contra el borde de la mesa.
—¿Cómo que se quedó fuera?
—No se iba a quedar fuera —dijo Mara, demasiado rápido, como si necesitara oírlo ella misma—. Dijo que entraría.
—Pues no está aquí —soltó Lucía.
Ramón escuchaba con toda su atención, pero arriba no sonaba absolutamente nada: ni golpes, ni pasos, ni la cerradura.
Mara empezó a moverse por la sala, con el cuerpo todavía acelerado y la cabeza repasando el trayecto de los últimos minutos como si pudiera encontrar ahí la pieza que le faltaba y se giró de nuevo a mirar hacia la escalera.
—Le dije que no lo hiciera así y que no debíamos separarnos, pero él quería evitar traer a alguien a la puerta si le seguían.
—¿Y qué pensaba hacer? Eso no tiene sentido —espetó Lucía, golpeando la mesa.
—Para él sí lo tenía.
Nadie pareció creérselo del todo. La periodista fue la que peor lo llevó, pero no dijo nada. Se quedó quieta junto a una mesa, con la rodilla vendada a medias y la cabeza demasiado llena. El nombre de Álvaro llevaba horas pesando allí dentro.
Ramón, que seguía mirando la escalera, concluyó:
—No me gusta esto.
—A mí tampoco —dijo Mara.
—Voy a salir a buscarle.
Entonces sonó un clic leve de metal contra metal al fondo de la sala.
Una puerta interior, oculta tras las estanterías, empezó a abrirse donde Lucía habría jurado que solo había pared y cajas.
Los tres se giraron a la vez. La hoja se abrió apenas lo suficiente para dejar pasar una sombra y, luego, un cuerpo.
Álvaro entró sin hacer ruido, cerró a su espalda y se quedó quieto un segundo tratando de recuperar el aire.
Seguía con la gorra puesta, pero ya no ocultaba nada.
La sangre le bajaba desde la ceja hasta la mejilla y el costado le estaba ganando la partida.
Aun así, lo primero que hizo fue mirar la mochila.
Mara fue la primera en moverse hacia él.
—¿Estás loco?
Álvaro alzó una mano para pedir dos segundos de tregua.
Dio tres pasos más hacia el centro de la sala y ya no pudo sostenerse de pie.
Se dejó caer en la primera silla que encontró, abatido.
Al quitarse la gorra y dejarla sobre la mesa, dejó a la vista un rostro que la sangre, el sudor y el cansancio habían cambiado por completo.
—¿Te han seguido? —preguntó Ramón, mientras se acercaba a él. Álvaro respiró una vez, mal, y negó.
Lucía no se había movido todavía. Lo miraba como si llevara media mañana preparándose para volver a verlo y, aun así, la imagen real le hubiera pillado a contrapié. Estaba herido, pálido y más cansado de lo que ella recordaba haberlo visto nunca.
Álvaro la buscó con la mirada desde la silla y, al encontrarla, se quedó quieto una fracción de segundo. No llegó a sonreír, pero verla allí le había quitado de golpe un peso que llevaba aplastándole desde hacía horas.
—Joder, Álvaro... —le censuró Mara—. ¿Qué era eso?
—La salida de emergencia —contestó él.
—Pues haber empezado por ahí.
—Si entrábamos los dos por ella, habríamos tenido el mismo problema. Si alguien nos estaba siguiendo, lo mejor era dividir el rastro.
Ramón, que había abierto el botiquín de la mesa, se acercó con unas gasas para presionarle la frente sin contemplaciones y dijo:
—Te estás poniendo perdido.
—No es grave —dijo, mirando la sangre que empezaba a manchar los dedos del policía.
—Eso lo decido yo.
Sin fuerzas para discutir, Álvaro se inclinó un poco hacia delante, apoyó los antebrazos en las piernas y cerró los ojos un instante. Mara fue a decir algo más, pero él habló antes.
—Luego.
—¿Luego qué? —saltó ella.
—Luego me gritas.
Ramón le pasó una gasa por la ceja sin ninguna delicadeza y Álvaro apretó los dientes. Lucía seguía quieta en un rincón. Le alivió verlo entrar pero le enfadó mucho más que la única preocupación de Álvaro se dirigiera hacia la mochila. El policía dejó la gasa ensangrentada sobre la mesa.
—¿Qué cojones ha pasado ahí fuera?
Álvaro se pasó una mano por el costado y respiró antes de contestar.
—Llegamos por el sitio equivocado, justo donde había gente esperándonos. Y este es el resultado. Si no hubiera sido por Mara, estaríamos peor.
Álvaro levantó la cabeza y comprobó que el equipo seguía dispuesto tal y como lo había dejado.
Ahora, además, tenía en la mochila el módulo cifrado de Daniel y la caja gris de Natasha.
Por suerte la electricidad allí abajo seguía funcionando.
Se obligó a incorporarse, había algo infinitamente más urgente.
—Basta. —No levantó la voz, ni tampoco le hizo falta. Los tres lo miraron—. Dejemos las curas, los reproches y todo lo demás para luego. —Abrió la mochila con cuidado, sacó primero la caja gris y la dejó sobre la mesa. Después fue a por el resto—. Ahora enchufamos a DALIA.