El cortafuegos
El cortafuegos
Álvaro estaba en la cocina, apoyado contra la encimera con los hombros hundidos y mirando las grietas que el café seco había dibujado en el fondo de la taza. Llevaba la misma ropa del día anterior y tenía las uñas mordidas hasta el límite.
La puerta se abrió, pero no se giró para mirar. Lucía entró dejando que el frío de la calle se colara con ella. Se detuvo en el pasillo, observando las nuevas cámaras y el lector biométrico. Nada de eso le importaba ya, pero sí el silencio que habitaba en el centro de la casa.
En una consola baja del salón, junto al paso hacia la cocina, seguía el marco de fotos de siempre: la presentación de DAIA, Daniel y Álvaro sobre el escenario y, en el centro, una imagen de los cuatro que Lucía conocía de memoria.
—Llevas tres días sin contestar al teléfono —dijo ella. Su voz indicaba puro cansancio.
—Estoy ocupado —dijo Álvaro, levantando la cabeza despacio.
—No es verdad, te estás escondiendo.
Lucía avanzó hasta la cocina y se quedó al otro lado de la isla.
Había un metro de granito frío y tres días de silencio entre los dos.
Ella lo miró, buscando algún rastro del chico que había pasado media vida viviendo en su casa, pero en su lugar solo encontró a un hombre pálido, ojeroso y que parecía estar ejecutando un programa de supervivencia.
Se había subido la manga del abrigo al entrar y el reloj de Daniel asomaba en la muñeca izquierda, demasiado familiar como para que Álvaro no lo viera. Aunque no lo miró directamente, le bastó el destello del metal para reconocerlo.
—Mi padre pregunta por ti —dijo Lucía—. Está preocupado, aunque finge que no.
—Dile que estoy bien.
—Mientes.
Álvaro soltó la taza en el fregadero y el ruido de la cerámica chocando fue demasiado fuerte.
—Lucía, por favor, no tengo energía para esto, vete a casa.
Ella hizo lo contrario. Rodeó la isla y se plantó junto a él en su espacio personal. Álvaro se tensó, pero estaba acorralado contra los armarios y no pudo retroceder.
—No me voy a ir —susurró ella. Y entonces, sin darle tiempo a calcular una defensa, lo abrazó.
Lucía chocó contra él, aferrándolo con una fuerza desesperada y enterrando la cara en su hombro, buscando allí el único punto fijo que le quedaba en el mundo tras la muerte de Daniel. Al levantar los brazos, el reloj le rozó la muñeca a Álvaro con un contacto mínimo pero suficiente.
—Te estás rompiendo, Álvaro —dijo ella contra su ropa—. Y yo no puedo perderte a ti también, no puedo quedarme sola.
Álvaro cerró los ojos sintiendo su calor, el olor familiar de su pelo, y por un segundo terrible, sus brazos empezaron a levantarse para rodearla. Su cuerpo quería rendirse y quería decirle la verdad, que estaba aterrorizado y que todo lo que hacía era para que ella estuviera a salvo.
Pero si la abrazaba, ella se quedaría, y si se quedaba, alguien acabaría localizándola. La decisión fue física y, como un resorte, la apartó, agarrándola por los hombros con una frialdad mecánica y poniendo medio metro de aire helado entre los dos.
Lucía se tambaleó, mirándolo con los ojos muy abiertos, sin entender nada.
—¿Qué haces? —preguntó, con la voz rota.
Álvaro cambió el gesto y apagó cualquier brillo en su mirada. Tenía que decir algo que no pudiera repararse con una disculpa al día siguiente.
—No hagas eso —dijo él, con tono de fastidio—. No confundas las cosas.
—¿Confundir? —Lucía parpadeó, herida—. Álvaro, somos nosotros. Somos tú y yo. Hemos pasado por todo juntos.
—Exacto —cortó él—. Hemos pasado por todo porque me crie en tu casa y porque no teníamos otra opción, pero eso es todo lo que hay.
—¿De qué hablas? —preguntó Lucía y, según terminaba la frase, se le cortó la respiración.
—Hablo de esto. —Señaló el espacio entre los dos—. De tu dependencia, de que vienes aquí buscando un sustituto para Daniel. Ahora necesitas un hermano, o un padre o un salvador y proyectas cosas que no existen.
—Yo no proyecto nada. —La voz de Lucía empezó a temblar, pero de rabia—. Yo siento lo que hay y sé que tú también. Hubo momentos... momentos en los que éramos algo más que familia.
Ahí llegó la confesión. Álvaro sabía que esa frase era la verdad más pura que existía en esa habitación y por eso tenía que destruirla. La miró con una indiferencia que tuvo que ensayar mentalmente antes de decir:
—Te equivocas, Lucía.
—No me mientas.
—No te miento, te lo aclaro. —Álvaro dio un paso invasivo hacia ella—. Para mí siempre has sido la hermana pequeña de Daniel, una hermana de pega, pero nada más.
Lucía palideció y vio cómo se le apagaba la luz de los ojos en tiempo real.
—¿Una hermana de pega? —repitió ella en un susurro.
—Sí, alguien a quien tengo cariño por costumbre, pero nada más.
—Álvaro clavó sus ojos en los de ella, sosteniéndole la mirada sin parpadear, sintiendo cómo el sudor frío le bajaba por la espalda—.
Todo lo demás... esa tensión, esa « conexión» que tú crees ver...
te la has inventado tú para llenar el vacío.
Era mentira, Álvaro estaba contando la mayor mentira de su vida y sabía que si dudaba un segundo, ella se daría cuenta, pero aguantó y funcionó.
Lucía retrocedió mientras la humillación le subía por el cuello.
Se sintió estúpida, pequeña y expuesta. Asintió despacio, tragándose las lágrimas porque después de eso no podía y no iba a llorar delante de él.
—Vale, entendido. Perdona la confusión… —La voz le salió estrangulada—. No volverá a pasar.
Comenzó a marcharse, pero al pasar junto al salón se quedó clavada.
Sus ojos fueron al marco de la consola. La foto de la presentación de DAIA con Daniel sonriendo, Ramón tieso y orgulloso y ella apoyada en el hombro de Álvaro, como si aquel sitio todavía existiera.
Lo cogió con una mano y lo sostuvo apenas un segundo.
—Qué mentira… —murmuró.
Y lo dejó caer con rabia contra el suelo. El cristal no estalló, pero una grieta le cruzó una esquina. Álvaro hizo un amago involuntario, mínimo, y se obligó a no moverse.
Entonces sí, Lucía enfiló hacia la puerta.
—Qué suerte tienes, Álvaro —dijo ella con una sonrisa triste y afilada—. Qué suerte tienes de no sentir nada, debe ser muy cómodo vivir así.
El portazo retumbó en el ático. Álvaro esperó inmóvil, contando involuntariamente diez segundos y luego hasta veinte.
Cuando estuvo seguro de que Lucía ya no iba a volver sobre sus pasos, cruzó el salón, se agachó junto al marco y lo levantó con cuidado.
Comprobó que el cristal solo tenía una grieta en la esquina.
Nada grave. Lo justo para que la sonrisa congelada de aquella foto ya no pareciera la misma.
Pasó el pulgar por el borde roto y cerró los ojos un segundo.
Sin querer, le volvió otra imagen absurda en medio de todo aquello: Daniel dándole vueltas al reloj con el pulgar mientras pensaba, tocando la tapa trasera una y otra vez.
Entonces las piernas le fallaron y cayó de rodillas contra la baldosa, con el impacto sordo de un cuerpo que se rinde y la certeza absoluta de que con ese gesto empezaba a salvarle la vida a la única persona que le importaba de verdad, condenándose a sí mismo a perderla para siempre.
Se cubrió el rostro con las manos y, por primera vez en años, el sistema «Álvaro Ortega» falló.