La Noche del Eclipse Delicias I - Refugio
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Delicias I - Refugio

Delicias I - Refugio

El barrio de Delicias era la misma ruina que ahogaba al resto de Madrid.

El asfalto estaba hirviendo, con las persianas a medio bajar y el eco de alguna radio colándose por las ventanas abiertas.

La gente deambulaba por las aceras arrastrando los pies, consumida por esa mezcla de agotamiento y mala leche.

Estaban en un tramo industrial y anónimo, perfecto para pasar desapercibido.

Ramón redujo la marcha y dejó que la moto rodara despacio frente a la fachada desconchada de una antigua fábrica. Barría el entorno con la mirada, recordando las instrucciones. La voz de Álvaro le volvió a la cabeza: busca un antiguo almacén, con una puerta de madera y una flor.

Lucía iba detrás, aferrada a su padre lo justo para no caerse, con la rodilla palpitando en cada bache. Sus ojos recorrían la calle, de un lado a otro, buscando cualquier detalle fuera de lugar.

De repente, Ramón clavó los frenos.

—Es por aquí.

Lucía desmontó y cuando su padre intentó bajar, el castigo de las últimas horas le cayó encima de golpe y tuvo que apoyarse en el asiento de cuero con la respiración pesada antes de poder erguir la espalda.

Avanzaron a pie hasta dar con el portal correcto.

Era una puerta de madera oscura y reseca sin placa ni buzón ni nada que llamara la atención.

Lucía habría pasado de largo, pero Ramón no.

Se acercó, entrecerró los ojos y señaló con la barbilla un trazo minúsculo en el marco, casi cubierto por el polvo y las capas de pintura vieja.

Un dibujo rápido y discreto de una dalia para que solo lo viera quien supiera exactamente dónde buscar.

—Es aquí. —Los ojos de Ramón se pararon en la moto y escanearon la acera y los alrededores—. No la podemos dejar delante.

—¿Una manzana más?

—Sí, o dos.

Volvieron a arrancar y avanzaron despacio hasta encajar la moto entre una furgoneta de reparto y unos contenedores de basura.

El calor pegaba mucho más fuerte a pie. Lucía caminaba con la camiseta pegada a la espalda por el sudor.

El peso del casco le había sobrecargado las cervicales y cada paso le mandaba un latigazo desde la rodilla hasta la ingle.

Aun así, al plantarse de nuevo frente a la puerta, notó el alivio de haber llegado a su destino.

Ramón sacó una llave metálica común y desgastada por el roce del bolsillo.

Lucía contuvo el aliento mientras la veía entrar en la cerradura.

El mecanismo ofreció un segundo de resistencia antes de ceder con un clic seco.

Los dos se congelaron, pegando la oreja a la madera para escuchar.

No se oía nada al otro lado. Ramón empujó la puerta.

La entrada daba a un descanso estrecho y a una escalera que se hundía en la oscuridad.

Un golpe de aire frío les pegó en la cara.

El policía cerró la puerta detrás de ellos y el ruido de la calle desapareció.

Lucía bajó el primer escalón a tientas notando las paredes lisas y el pasamanos metálico.

Su padre entendió al instante que aquello no lo había montado nadie en dos tardes.

Lucía tanteó la pared por inercia hasta dar con un interruptor.

—Lucía, no hay...

Un clac metálico cortó la frase de Ramón y los fluorescentes parpadearon y bañaron la escalera con una luz blanca y fría.

Los dos se quedaron inmóviles. El país entero llevaba horas a oscuras, asfixiándose sin energía, pero ahí abajo había corriente.

La periodista retiró la mano de golpe, como si el botón de plástico quemara.

—¿Cómo cojones...?

Ramón pasó por su lado, bajando los últimos peldaños con la tensión acumulada.

Cruzaron abajo una segunda puerta y el espacio se abrió ante ellos.

Por fuera podía pasar por un almacén o una oficina pero por dentro era otra cosa.

La luz desvelaba mesas de trabajo de acero inoxidable, varios monitores apagados y racks de equipos cubiertos con fundas gruesas.

En las paredes, había estanterías industriales que soportaban hileras simétricas de provisiones: garrafas de agua, raciones de comida enlatada, botiquines, bancos de baterías y herramientas.

Cada silla estaba alineada milimétricamente frente a su mesa y todo estaba demasiado ordenado.

Lucía giró sobre sí misma, asimilando la magnitud del lugar.

—Esto es demasiado para ser un refugio.

—Sí —corroboró Ramón, mientras paseaba la mirada por la sala.

—¿Tú sabías esto? —preguntó Lucía, agotada.

—Si lo hubiera sabido, no me habría quedado de piedra en la puerta.

Lucía dejó el casco sobre la mesa y se apoyó en el borde de acero. El cuerpo entero le exigía una tregua tras horas de correr, caer y pelear. Sus ojos iban de los monitores a los estantes repletos, recorriendo la zona con ropa, comida y baterías.

—¿Álvaro ha montado todo esto?

Ramón dudó un segundo.

—No lo sé.

El policía avanzó hacia el interior comprobando el resto del almacén, midiendo los puntos ciegos y deteniéndose ante una mesa central. Allí descansaba un botiquín, con dos paquetes de gasas y esparadrapo colocados con cuidado.

—Siéntate —ordenó al fin.

Lucía dudó, pero al mirarse la rodilla vio la sangre seca y sintió un temblor en las piernas que le hizo ceder.

Enganchó una silla con el pie y se dejó caer.

Ramón se sentó frente a ella, mucho más despacio, encajando el dolor de sus propias magulladuras.

Apoyó los antebrazos en los muslos, cerró los ojos y respiró hondo.

El zumbido de los fluorescentes llenaba el cuarto.

Ver luz allí abajo lo cambiaba todo, sin el ruido de la calle ni la urgencia de huir, hizo que el silencio entre ambos se volviera más denso.

Estaban a solas en un búnker que no entendían, pero que estaba preparado para ellos.

Lucía rompió la tensión.

—Todo esto... —Abarcó el lugar con un gesto tenso de la mano—. Todo esto es la puta mierda sobre la que yo llevaba años escribiendo y estuve tratando de contarte.

—Lucía... —dijo Ramón, levantando la vista.

—No —cortó ella en seco—. No me frenes ahora porque llevabas años exigiendo que me apartara y que lo dejara estar. Que si no sabía dónde me estaba metiendo, que estaba cruzando ciertas líneas. ¿Y ahora qué? ¿Resulta que tenía razón?

Ramón contuvo la tensión y la dejó soltarlo todo.

—El apagón, las persecuciones, esos hombres… Es lo que intentaba contarte. Y por esto nos peleamos. Por esto me apartaste y me trataste como si estuviera loca.

—No te aparté por eso.

—¿Ah, no?

—No.

—Pues disimulabas muy bien —dijo Lucía, echándose hacia atrás en la silla con una risa amarga.

—Te aparté para evitar que acabaras como tu hermano.

—¿Qué tiene que ver Daniel con esto? —preguntó Lucía, después de varios segundos durante los que procesó la frase de su padre.

Ramón bajó la vista hacia sus propias manos. Los restos de sangre ajena seguían incrustados en los pliegues de sus nudillos.

—Hasta esta mañana, creía que nada —dijo con los ojos ensombrecidos—. Ahora sé que estuve ciego y hoy he visto y entendido cosas que lo cambian todo.

Lucía abrió la boca para exigir más información, pero se contuvo. La expresión de su padre la frenó en seco. En el rostro de Ramón, el hombre que nunca se quebraba, asomaba un miedo que Lucía no le había visto nunca al hablar de Daniel.

—Papá...

—Ahora no —dijo con la voz quebrada.

Lucía sacó el reloj de la bandolera tratando de pensar en otra cosa, liberando la rabia acumulada y se lo volvió a colocar en la muñeca.

—Siempre haces lo mismo.

—Esta vez estoy aquí contigo.

Arriba, al otro lado de la escalera, sonó un chasquido y los dos giraron la cabeza al unísono. Fue un rasgueo metálico, breve y preciso, y luego pasó a ser una pausa tensa.

Cuando Lucía se incorporó de un salto Ramón ya estaba de pie. Sus miradas se clavaron en la escalera, con el zumbido eléctrico del búnker de fondo. El cilindro de la cerradura giró. Alguien estaba forzando la entrada desde la calle.

Lucía sintió cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba, sin embargo su padre no retrocedió. Algo en su expresión cambió y habló con una certeza absoluta, sin apartar la vista de la escalera.

—Es él.