Rescate
Rescate
Ramón supo enseguida que algo había salido mal.
Al separarse de Álvaro, el plan era claro: habían localizado una señal, la dieron por buena y él fue a por ella.
Ramón tiró por su lado porque, en ese momento, parecía lo lógico.
Durante un rato se aferró a esa idea: si la señal era de Lucía, el chico ya estaría con ella.
Pero cuanto más se adentraba en el centro, menos encajaban las piezas. Si Álvaro la hubiera encontrado, su hija no estaría hablando en la radio sobre una conspiración.
Recuperó la moto donde la había dejado, encajonada entre dos coches, y montó con el cuerpo protestando.
La rodilla le soltó un latigazo al apoyar el peso.
La sangre de Aranda seguía ahí, seca y tirante sobre la piel y la camiseta interior.
Se había quitado la camisa para salir de Chueca sin llamar demasiado la atención, pero la sangre no se va tan fácil.
Dio contacto y el rugido del motor le despejó un poco la cabeza. Probó con el walkie para hablar con Álvaro, pero no hubo respuesta. No tenía radio ni apoyo, solo una hija perdida en una ciudad enorme que acababa de levantar la voz delante de todo el país.
Se dirigió hacia Gran Vía y allí la avenida estaba peor que por la mañana: hacía más calor, había más uniformes y la gente estaba más histérica. Ramón sorteó a un par de coches cruzados mientras varios peatones invadían la calzada como si el asfalto ya no tuviera dueño.
Estaba buscando a Lucía intentando razonar como ella.
Después del mensaje en la radio, no podía ir a su casa ya que eso era regalarles un blanco fácil.
Si Lucía seguía pensando con algo de claridad, buscaría una puerta conocida que aguantara el golpe mejor que ella.
Y entonces lo vio claro: Mara. Mara era policía y de las pocas personas a las que Lucía acudiría, porque sobre el papel era la única salida lógica.
A la altura de Callao un coche patrulla cortaba un cruce y un municipal echaba atrás a la gente. Ramón levantó la visera, ocultó con el brazo como pudo la sangre seca de la camiseta y enseñó la placa lo justo para provocarle una vacilación al agente y que le dejara continuar.
La ciudad ya no hablaba solo del apagón. Que si ha sido un hackeo . Que si en Francia tienen luz. Que si la periodista ha dicho que no nos fiemos. Que la han desmentido al minuto. Cada fragmento llegaba a medias, pero todos apuntaban a lo mismo: pánico y alguien empujándolo.
Frenó un momento detrás de un grupo que cortaba la calzada mientras el ruido del motor bajó lo suficiente para escuchar a una mujer con una radio pegada al pecho:
—La están buscando.
—¿A quién? —preguntó Ramón girando la cabeza hacia ella.
—A la periodista de la radio —respondió la mujer, extrañada de que alguien no lo supiera a esas alturas.
Ramón salió disparado sin preguntar nada más.
Fue tirando por callejuelas del barrio de Fuencarral, leyendo la ciudad como lo hacía años atrás, cuando además de la placa también tenía una emisora en condiciones y alguien al otro lado.
A su alrededor, encontró un grupo demasiado quieto en una esquina, una persiana recién abollada, un contenedor que había sido arrastrado fuera de su sitio y una bocacalle que se despejó de forma rara, como si alguien acabara de pasar corriendo por allí.
En uno de esos tramos vio a Lucía salir del hueco de un portal con la bandolera cruzada, la rodilla derecha manchada de sangre seca y guardando algo en el bolso.
Se la veía respirar mal y parecía buscar otro lugar para esconderse.
Detrás de ella, y a muy poca distancia, avanzaban dos hombres con ropa oscura y la mirada fija.
Ramón no se lo pensó dos veces y abrió gas. La moto irrumpió en la calle con un rugido demasiado alto para ese tramo. El primero de los hombres se giró tarde y Ramón le plantó la rueda delante, obligándolo a apartarse y haciéndolo dudar un segundo. Lucía giró la cabeza, aturdida.
—¡Lucía! —gritó Ramón.
Ella parpadeó, incrédula.
—¿Papá?
El hombre más cercano alargó la mano hacia ella.
Ramón dejó caer la moto de lado sin importarle el destrozo, embistió sin pensar al tipo antes de que la tocara y lo sacó de su trayectoria con un empujón brutal.
A Ramón ya le costaba respirar y la rodilla le falló al apoyar mal, pero siguió adelante.
—¡Ven aquí!
Lucía dio un paso hacia él, todavía seguía con el susto en el cuerpo, pero el segundo hombre intentó cortarle el paso. Ramón le metió el antebrazo al cuello y agarró a su hija por la muñeca antes de que el otro se recuperara.
Cogió la moto, Lucía montó y salieron de la escena lo más rápido posible. Dos calles más adelante se metieron por el acceso a un aparcamiento lo bastante profundo para quitarles de la vista y dejar de ser un blanco fácil.
Lucía se bajó de la moto y soltó bruscamente:
—¿Qué coño haces aquí?
Ramón apoyó una mano en la pared de ladrillo tratando de recuperar el aliento.
—Ir a por ti. ¿Qué te parece?
Ella lo miró de arriba abajo: la sangre, la camiseta, las manos y la cara castigada.
—¿Eso es tuyo?
—No —respondió su padre, mirándose las manos manchadas.
—¿Qué ha pasado?
Él tragó saliva con dificultad antes de hablar.
—He estado con Aranda del CNI, lo recordarás de tus artículos. Me contó lo suficiente para entender muchas cosas pero luego lo callaron.
La expresión de Lucía cambió.
—¿Está muerto?
Ramón asintió y con eso bastó. El ruido de la calle llenó el silencio. Entonces Ramón preguntó lo que le quemaba por dentro desde hacía rato.
—¿Dónde está Álvaro?
—¿Qué? —preguntó Lucía, arrugando la frente.
—Tenía que haber llegado hasta ti esta mañana, encontramos una señal que creíamos que eras tú y fue a buscarte.
—Pues no ha aparecido —dijo Lucía tensa.
—Y eso es lo que no me gusta —afirmó su padre, mirándola fijamente.
Lucía bajó la vista y volvió a levantarla, con algo más que rabia en los ojos.
—Papá, Álvaro no es como piensas.
Ramón reconoció ese tono al instante y apretó los labios.
—El Álvaro que yo he visto hoy sí.
—No sabes de qué hablas —dijo ella, perdiendo firmeza en la respuesta.
—No sé qué pasó entre vosotros, pero sé reconocer a alguien que estaba decidido a encontrarte. Si no ha llegado hasta aquí, es que algo se ha torcido.
—Sabes, fui a buscarte a tu casa y no estabas.
Vi todo lo que tenías en la mesa. —Ramón encajó el golpe en silencio—.
Todas esas notas, papá. Los nombres: Daniel.
Voz. Toboganes. DAIA - Álvaro. —Lucía lo miró por fin de frente—.
Y mis artículos que tenías guardados, llenos de anotaciones y el artículo de Aranda…
Papá… —dijo casi sin aire—, ¿tú sabías todo esto?
—No. No todo —negó Ramón tras un silencio de un segundo.
—Pues parecía que sí —le confrontó Lucía.
—Estaba intentando entenderlo antes de que nos explotara en la cara —dijo él, con un tono más seco de lo que quería.
—La nota de DAIA - Álvaro… —dijo ella entonces y su padre dejó pasar la frase—. Me rayé mucho. No sabía qué coño significaba nada de aquello.
Ramón iba a replicar pero afuera sonó una carrera corta, el sonido de un golpe metálico y después otra vez la maldita radio pidiendo calma. Decidió dejar la conversación ahí. Se montó en la moto, se limpió la mano en el pantalón y le tendió el casco a su hija.
—Nos vamos.
—¿Adónde? —dudó ella antes de agarrarlo.
—A Delicias.
—¿Qué hay en Delicias?
—Pronto saldremos de dudas. O eso espero. —Se pasó la lengua por los labios resecos—. Y si no, al menos un sitio donde dejar de correr.
Lucía abrió la boca para discutirlo pero escuchó el ruido de la calle, vio a su padre manchado de sangre por todas partes y prefirió no insistir. Ramón esperó a que su hija se pusiera el casco. Cuando por fin estaban en marcha, sentenció:
—Vamos a Delicias. No hay otra.