Fuego cruzado
Fuego cruzado
Álvaro salió del portal de Natasha con la mochila pegada al pecho. Mara seguía frente al edificio, vigilando esquinas y ventanas. Al verlo, se separó del muro.
—¿Lo tienes?
—Lo necesario. Vámonos.
Mara se puso a su lado y le estudió la cara: pálido, cerrado, con el gesto de que aquello no había sido gratis.
—¿A qué precio?
—Al que había que pagar.
Mara no insistió. Doblaron una esquina en silencio.
—Vamos a Delicias —dijo Álvaro.
—¿Ahora?
—Lo hablé con Ramón. Si algo se torcía, iríamos allí.
—¿Y si Ramón no puede llegar?
—Llegará —dijo él, demasiado rápido.
—Ahora lo importante es que tenemos lo necesario y solo depende de nosotros.
Mara quería sacarle algo de todo aquello, pero no tenían tiempo para discutir.
Y entonces lo vieron casi de casualidad: un taxi aparcado en doble fila. El conductor estaba fuera, fumando junto a la puerta. Álvaro fue directo hacia él, pero el hombre negó con la cabeza antes siquiera de que abrieran la boca.
—No estoy de servicio.
Álvaro ya llevaba dos billetes de cincuenta en la mano.
—Vamos a Delicias. O lo más cerca que puedas.
El taxista miró primero el dinero y luego a sus posibles clientes.
—Al centro no bajo.
—No te he pedido el centro.
El hombre se sacó el cigarro de la boca despacio.
—Hoy no es día para trabajar ni para meter el coche en ningún sitio.
—Lo más cerca que puedas. Por favor —le pidió Álvaro con el dinero aún en la mano.
El taxista dudó lo justo, pero acabó aplastando el cigarro con la zapatilla y abrió la puerta del taxi. El interior olía a tabaco y ambientador de pino. Álvaro se sentó detrás del copiloto y Mara justo detrás del conductor. El hombre arrancó y enseguida empezó a hablar.
—Soy del barrio y no pensaba currar hoy —dijo, mirándolos por el retrovisor—. Tenéis cara de llevar una mañana movidita.
Ninguno respondió.
—¿Delicias, entonces?
—Sí —dijo Álvaro.
—A ver hasta dónde nos dejan… Llevo toda la mañana con la radio puesta —comentó el taxista—. Antes ha salido una periodista diciendo que no nos fiemos de los mensajes oficiales. Alicia Rey o algo así.
Mara acercó la cabeza hacia el respaldo.
—¿Lucía Rey?
—Esa. No tardaron ni un minuto en meter otro comunicado para desmentirla y fue cuando pensé que algo olía raro de verdad.
Álvaro cruzó con Mara una mirada tensa por el retrovisor mientras sacaba otra vez el walkie . Lo encendió y pulsó el botón de llamada.
—Ramón, si me recibes, contesta. Lucía se ha movido.
Nada. Solo el mismo ruido de antes. Mara lo miró en silencio un instante y dijo:
—Tiene que ir a por ella.
—Sí —afirmó él mientras guardaba el aparato.
Media hora después bajaban hacia el sur. El tráfico empeoraba y, cerca de la Glorieta de Cádiz antes de enfilar Legazpi, el taxista frenó por instinto.
—Ni de coña —dijo—. Ahí no meto el coche.
Los dejó junto al centro comercial Plaza Río 2, al otro lado del Manzanares, y Álvaro pagó sin regatear.
—No sé qué lleváis encima —dijo el taxista—, pero no tenéis pinta de salir a dar un paseo.
Ninguno respondió.
El taxi desapareció en cuanto pudo. Del otro lado del río, las naves de Matadero se alzaban bajo el sol.
Desde allí podían seguir a pie hasta Delicias.
Caminaron hacia el puente en silencio, con el calor subiendo del hormigón.
Al llegar a la pasarela, Mara notó esa sensación en la nuca.
Alguien les prestaba demasiada atención.
A mitad del puente, la policía miró hacia atrás por puro instinto profesional. Dos hombres entraron por la rampa sin prisa. Uno llevaba gorra clara; el otro, camiseta oscura, y los dos miraban demasiado.
—Álvaro.
Él ni siquiera giró la cabeza.
—Ya.
—¿Los has visto?
—Sí.
Siguieron andando varios pasos más antes de bajar del puente hacia la zona de Matadero. En cuanto tocaron suelo firme, Álvaro cambió de dirección sin avisar y tiró por un paso lateral más estrecho, entre vallas y arbolado bajo.
—¿Qué haces? —preguntó Mara.
—Comprobarlo.
Lo confirmaron al girar la segunda esquina: un tercer hombre apareció delante y les cortó la salida.
—Ahora sí —murmuró Álvaro.
A Mara le bastó un vistazo para saberlo: se habían abierto lo justo para cortarles el paso. No eran policías de paisano ni atracadores, pero venían a llevárselos antes de que aquello hiciera ruido.
El de delante avanzó primero, pero Mara se movió antes que Álvaro, cortándole la trayectoria con un paso seco, interponiéndose entre el agresor y la mochila. Pudo interceptarle el brazo justo en el momento exacto, metiéndole todo el peso del cuerpo y girándole la muñeca hasta obligarlo a caer.
—¡Corre! —le gritó a Álvaro.
Los otros dos entraron por los flancos. Uno fue directo a por Álvaro; el otro cerró sobre Mara y logró agarrarla del brazo. Ella respondió con hombro, codo y una patada corta a la rodilla, pero el tipo se le echó encima.
Álvaro la vio atrapada y dejó de pensar en protegerse.
Se lanzó contra el que le venía de frente con la mochila por delante.
El golpe fue torpe, pero bastó para mandarlo contra una valla.
Luego fue a por Mara. Ella clavó los pies y soltó un cabezazo hacia atrás.
No consiguió zafarse, pero abrió una rendija.
Álvaro metió el antebrazo en la garganta del agresor y lo apartó a la fuerza.
El tipo se revolvió y fue directo a por la mochila.
Álvaro giró el cuerpo para escudarla y encajó un golpe seco en el costado que le vació los pulmones.
Sintió que el suelo se le iba un segundo, pero aun así no soltó el paquete.
Cayó de lado contra el suelo duro, arrastrándose y protegiendo la mochila bajo el pecho. La frente le golpeó contra la acera y un chispazo blanco le cruzó la vista entera. Oyó a Mara gritar su nombre y, poco después, el sonido de gente parándose alrededor.
—¡Eh! ¡Dejadles en paz! —gritó alguien.
Los tres asaltantes vieron que aquello empezaba a complicarse y Mara aprovechó la duda. Se soltó con un tirón seco, le metió un rodillazo al que tenía más cerca y lo mandó hacia atrás. El otro seguía intentando levantarse junto a la valla, así que fue a por él para rematar la pelea.
Desde el suelo, Álvaro abrió la mochila con manos torpes y palpó el interior a ciegas comprobando que la caja, el módulo y la funda seguían en su sitio. Respiró mal y se obligó a incorporarse, sintiendo la sangre bajándole por el pómulo y con un ardor brutal en el costado.
El líder vio que aquello ya no valía el riesgo. Retrocedió dos pasos y se retiró sin conseguir su objetivo.
Álvaro se puso en pie con dificultad.
—Mara.
Ella soltó al hombre que tenía inmovilizado dejándolo marchar y se giró. Tenía el pelo pegado a la cara y la respiración agitada, pero seguía entera.
—¿Puedes seguir?
Álvaro se llevó una mano al costado y la apartó enseguida.
—Sí.
—No me mientas.
—He dicho que sí.
Álvaro podía moverse a duras penas, pero no podían quedarse allí.
Echaron a andar deprisa, cruzando hacia una calle más ancha donde la presencia de gente les diera algo de protección.
En cuanto llegaron a la concurrida Plaza de Legazpi, se permitió apoyarse contra una pared y Mara le revisó la cara.
—Estás sangrando bastante.
—No es nada.
El gesto de Mara decía todo lo contrario.
Álvaro se pasó el dorso de la mano por la ceja, mirando su propia sangre con indiferencia, y volvió a comprobar el cierre y el peso de la mochila.
Al verlo, Mara entendió mejor que nunca que lo que contenía la mochila era más importante que su propia integridad.
—¿Va todo bien ahí dentro?
—Sí.
La policía miró hacia el puente y hacia el lado del río donde acababan de dejar atrás el combate.
—No eran oportunistas. ¿Cómo nos han visto tan rápido?
—Nos tenían localizados o nos estaban esperando —respondió Álvaro mientras negaba con la cabeza.
Mara respiró hondo y Álvaro levantó la vista, pálido, con la ceja abierta, y miró el camino que aún les quedaba hasta Delicias.
—Ya saben que existimos. Nos han encontrado.