La Noche del Eclipse La Caza
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La Caza

La Caza

Lucía ni siquiera se giró para comprobar si su instinto le estaba engañando. El sonido de aquellas suelas golpeando el asfalto a varios metros de su espalda fue suficiente para que echara a correr con todas sus fuerzas.

La calle del Desengaño, estrecha y recalentada por el sol de la mañana, amplificaba el eco de la persecución.

El hombre que iba detrás era más rápido y ella sabía que en línea recta no tardaría en atraparla.

A pocos metros, un contenedor de basura desbordado invadía la acera.

Cuando lo alcanzó, frenó en seco clavando los pies y tiró del plástico duro con todo su peso hacia el centro del asfalto.

El tipo venía demasiado lanzado, chocó de frente contra el contenedor con un golpe sordo y tropezó hasta caer al suelo.

La periodista aprovechó esos segundos para doblar la esquina y meterse en una calle mucho más transitada.

Avanzó pegada a las fachadas y pasó junto a una farmacia donde una mujer golpeaba la puerta de cristal cerrada gritando por un ibuprofeno.

Desde dentro, la dependienta negaba aterrada tras un cartel de cartón: SOLO EFECTIVO.

En la calle Montera, dos hombres rodaban por el suelo, forcejeando por una caja de pilas mientras una radio en el bordillo pedía calma inútilmente.

Lucía sentía la amenaza a su espalda y, aunque no distinguía a nadie con claridad, tenía la sensación de que alguien ajustaba su velocidad a la de ella.

Aceleró el paso y desembocó en la Gran Vía, donde empezaron a verse los primeros actos de vandalismo.

Tres tipos trataban de reventar la persiana del Primark a golpes con una barra de acero, pero la locura se cortó de tajo cuando un imponente vehículo militar apareció delante del establecimiento.

De allí se bajaron cuatro soldados blindados con cascos y chalecos tácticos.

Uno de ellos descargó su porra contra una persiana metálica que sonó como un disparo provocando una estampida entre la gente.

La periodista fue arrastrada por la marea que la llevó a chocar contra un hombre y cayó de rodillas contra el asfalto hirviendo. El golpe contra el suelo hizo que el reloj de Daniel saliera despedido de su muñeca, rebotando varias veces hasta quedar bajo un coche mal aparcado.

La lógica le gritaba que corriera para salvarse pero su cuerpo reaccionó por libre.

Se tiró hacia el hueco, tanteó el asfalto sucio y agarró el metal de la correa con dos dedos justo en el instante en que alguien pasó demasiado cerca por detrás, rozándole la espalda.

Se puso en pie de un salto con el reloj apretado en el puño, clavándose la corona en la palma y sintiendo la sangre bajándole por la rodilla.

Echó a andar sin disimulo hacia una calle lateral.

Al entrar allí, volvió a tener la sensación de que la seguían, esta vez desde más cerca.

Aprovechó para mirar los reflejos en un escaparate sin trapa y por fin lo entendió.

No era un solo hombre, alguien paraba en una esquina y otro más arrancaba a andar en el cruce siguiente.

Parecía una red invisible que se empezaba a mostrar para acorralarla sin hacer ruido.

Se metió en el hueco de un portal, asomándose apenas un centímetro. Vio al mismo hombre de antes, y a otro distinto cerrando la posición más al fondo. Ya no era paranoia.

No la estaban siguiendo. La estaban cazando.