La Noche del Eclipse Silencio
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Silencio

Silencio

Llevaban demasiado rato andando para llamarlo paseo. Aranda mantenía la mochila pegada al cuerpo y la cabeza baja, lo justo para no regalar la cara.

—Vas a terminar mareándome —dijo Ramón.

—Te estoy manteniendo vivo.

—No he venido a que me lleves de la mano.

—Ya, pero has venido a hacer preguntas a plena luz del día, con media ciudad a punto de entrar en pánico y con gente escuchando más de la cuenta —dijo Ramón, acelerando el paso.

—Pues contesta de una vez —confrontó Ramón, poniéndose a su altura

Aranda cruzó entre dos coches, se pegó a la persiana metálica de una farmacia y comprobó el reflejo del cristal tras ella antes de hablar.

—Tu hija publicó un artículo —dijo al fin.

—Eso ya lo sé.

—Entonces no me hagas perder tiempo con lo que ya sabes.

Esa respuesta obligó a Ramón hacer un esfuerzo para no estamparle contra la persiana. Se contuvo y simplemente le agarró de los hombros y le obligó a mirarlo.

—Tu nombre estaba en ese artículo y en lo que dejó Daniel cifrado. —Bajó la voz, pero no la dureza de sus palabras—: No estoy para que me sueltes migajas, quiero saber qué hacías tú metido ahí, con esas empresas, esos contratos y toda esa basura.

Aranda le miró a los ojos y luego desvió la mirada hacia la plaza. Aun sin terrazas ni el ritmo de siempre, la plaza de Chueca seguía en marcha a su manera.

—Aquello no era un fraude pequeño —afirmó sin apartar la vista de la plaza.

Ramón no dijo nada y esperó—. La verdad es que empezó pareciéndolo —siguió Aranda—.

Todo empezó con contratos de mantenimiento que no cuadraban: empresas que cambiaban de nombre y seguían facturando lo mismo, seguridad privada donde no hacía falta y gente cobrando dos veces por el mismo trabajo.

—Y tú estabas en medio. ¿Estabas metido?

—Yo vi una parte.

—¿Qué parte?

Aranda se volvió por fin hacia él.

—La suficiente para saber que aquello no era la chapuza de cuatro listos que querían sacarse un sobresueldo. Todo aquello era una estructura.

El policía sopesó la palabra «estructura».

—¿Y Daniel?

—Daniel fue más rápido que el resto. Unió cosas que deberían estar separadas: contratos, accesos indebidos y nombres prohibidos en esas actividades.

—¿Y también estaba involucrado el CNI?

Aranda no tardó ni medio segundo en responder:

—No repitas esas siglas en la calle.

—Contéstame.

El policía se acercó a la cara de Aranda y le espetó:

—Mi hijo está muerto.

—Y por eso tú sigues vivo, porque todavía no estás metido ni estás entendiendo dónde pones los pies.

—No me hables como si me estuvieras haciendo un favor —dijo, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.

—Apártate —le pidió Aranda, incómodo, mientras miraba alrededor.

Ramón tardó un segundo en quitarse, aunque finalmente lo hizo, porque aunque quisiera seguir presionándole, estaba empezando a costarle diferenciar entre prudencia y cansancio.

Siguieron andando, ya dentro de la plaza. Varias personas escuchaban una radio apoyada en la base de una farola. Una voz hablaba de mantener la calma y seguir instrucciones oficiales.

—¿Lo ves? —dijo Aranda, muy bajo—. Ya están ordenando.

—Tu problema es que llevas demasiado tiempo creyendo que decir poco te mantiene limpio —contestó Ramón, tragándose una blasfemia.

—Mi problema —replicó Aranda— es que tú aún crees que esto va de un único expediente.

Ramón se quedó clavado. A esas alturas ya sabía que aquello no iba únicamente del expediente de su hijo. Lo que seguía sin cuadrarle era por qué Daniel había terminado metido ahí hasta el cuello.

Se acercó otra vez, un poco más cerca que antes.

—¿Por qué él? —preguntó, más seco—. ¿Qué coño vieron en Daniel para meterlo en eso?

—Lo normal.

—No me jodas —dijo Ramón, mirándole como desde detrás de una mirilla.

—Daniel era demasiado bueno para desperdiciarlo en la policía científica. Tenía cabeza, sabía leer una sala, aguantaba la presión y siempre quería saber más. Ese fue su problema.

Al policía esa frase se le clavó donde más le dolía.

—Álvaro también tenía cabeza.

—Sí, pero no eran iguales: Ortega servía para diseñar el tablero y tu hijo para moverse en él.

Aquello también removió algo en Ramón, tal vez porque era la jodida verdad. De pronto vio a Daniel entero otra vez: brillante, pero incapaz de dar un paso atrás aunque algo le oliera mal.

—Le disteis una guerra que no era suya —murmuró Ramón.

—No. —Aranda lo corrigió sin dureza—. Se metió él porque quiso.

Ramón encajó el golpe en silencio porque sabía que Aranda tenía razón.

Bordearon la plaza. En un bar con la persiana a medio subir, varias personas escuchaban una radio sobre la barra.

Una mujer con delantal subió el volumen y fue entonces cuando Ramón la oyó: era la voz de Lucía en un fragmento distorsionado por la estática que bastó para que Ramón se girara por puro reflejo.

La reconocería donde fuera con esa manera de rematar las frases cuando estaba conteniéndose de decir algo más importante.

Aranda también la oyó.

—Joder —murmuró.

Ramón se tensó de golpe, bajando la mano instintivamente hacia la culata bajo la camisa. Sabía perfectamente lo que eso significaba.

—Tu hija se ha movido —dijo Aranda, andando aún más rápido.

—Eso ya lo sé.

—No, no lo sabes. —Aranda bajó la voz—. Si está saliendo por radio ahora, ya va tarde.

Ramón acortó la distancia de golpe, acorralándolo con su peso contra el lateral del bar.

—Explícate.

Aranda se zafó con un empujón nervioso.

—Significa que ha levantado la cabeza al mismo tiempo que tú. ¿De verdad crees que eso es buena idea y que no llamará la atención de nadie?

Ramón sintió un pinchazo de pura alarma, volvió a sonar la radio; esta vez era una voz «oficial» con una réplica y desautorizando el mensaje anterior. La voz pedía mantener la calma y evitar hacer caso a los rumores y a los mensajes no autorizados.

En la plaza empezaron a formarse pequeños corros y la gente ya se movía de otra manera.

Aranda miró a su alrededor demasiadas veces y el policía lo notó.

—Tienes miedo.

—Tú también deberías tenerlo —contestó Aranda tras una risa rota.

—¿Por qué?

Aranda bajó la voz hasta casi no mover los labios.

—Porque Daniel no se metió en una cloaca cualquiera. Se metió en una estructura diseñada para no existir sobre el papel y que siguiera funcionando igual.

—¿Qué tipo de estructura?

—Una que no necesita de un gobierno. Que no tiene una cara visible. —Tragó saliva, acelerando el ritmo—. Esa estructura se alimenta de la infraestructura del país: energía, seguridad, telecomunicaciones. Cambian los gobiernos, pero ellos siguen abajo, son intocables.

—Dime su nombre —le pidió Ramón, acercándose aún más.

Aranda se quedó quieto por primera vez en toda la mañana. Fue apenas un segundo, pero el policía vio el cambio en sus ojos: el cálculo de alguien que sabe que, en cuanto cruce esa línea, no habrá vuelta atrás.

La plaza seguía llena de ruido: una persiana golpeando un alféizar, un claxon absurdo, la voz de Lucía mezclada con la oficial.

Aranda por fin habló:

—El Eje…

La palabra salió en un tono muy bajo. Y justo después sonó algo seco. Ramón reconoció el disparo en la primera fracción de segundo. Fue un ruido sordo, como un golpe feo contra un metal y algo ajeno a la plaza, pero bastante importante para cambiarlo todo.

Aranda se calló de golpe.

No hubo gritos ni teatralidad, solo una pérdida repentina de aire, con la expresión apagándose y un paso torcido hacia atrás.

Ramón lo vio irse y lo agarró por puro reflejo antes de que se cayera del todo.

—¡Aranda!

El peso muerto le venció hacia abajo de golpe.

Tuvo que hincar una rodilla en el asfalto para no caerse con él.

Lo sentó como pudo, casi en mitad de la plaza, intentando sostenerle.

Fue entonces cuando notó el calor húmedo en sus manos: un borbotón oscuro le salía del costado alto de Aranda, manchándole la camisa y corriéndole hacia la cintura.

En dos segundos Ramón ya tenía sangre por todas partes.

A su alrededor, la gente tardó una fracción en entender qué estaba pasando. Primero hubo desconcierto, luego un murmullo, después el grito de una mujer.

Ramón no levantó la cabeza.

—Mírame. —Le sujetó la nuca con una mano, apretando con la otra donde salía la sangre—. Mírame, joder.

Aranda abrió la boca pero no tenía fuerzas para soltar ninguna palabra. Tenía los ojos abiertos, pero la gravedad de la herida le impedía fijarlos.

—¿Quién? —Ramón acercó la cara a sus labios—. ¿Quién está detrás? ¿Quién, Aranda?

Aranda intentó tragar, la respiración le llegaba a golpes.

—No… —sacó por fin.

—Habla.

Ramón apretó más la mano contra la herida. La sangre se le escurrió entre los dedos y le bajó hasta el antebrazo. Notó el olor a hierro, el calor y cómo el cuerpo se le venía encima por momentos.

—No… es una red… —consiguió decir Aranda. La sangre le burbujeó en los labios, ahogando la frase—. Es...

Los ojos se le desenfocaron de golpe y no hubo una última palabra, solo un borboteo sordo y húmedo en su boca.

Ramón acercó más la cara.

—¿Qué más? ¡Aranda!

Ya no hubo respuesta. Ramón se quedó inmóvil un segundo, sosteniendo el peso del cuerpo inerte en sus brazos y con la plaza alrededor rompiéndose en gritos y pasos apresurados.

Levantó la cabeza por instinto, tratando de buscar el destello o la silueta de algún tirador en algún portal o una azotea cercana.

En su lugar, solo vio gente moviéndose, alguien retrocediendo hacia otra parte y alguna que otra persona acercándose y señalándole con el dedo.

Se volvió a mirar las manos y comprobó que tenía demasiada sangre para poder disimularla.

Entonces su cerebro de policía tomó el mando de manera automática: tenía que salir de la plaza.

Quien hubiera apretado el gatillo podría seguir por allí y él era el único que había escuchado la última palabra de Aranda.

La plaza estalló por fin en pánico y se empezaron a producir más gritos, empujones y una marea de gente huyendo en todas direcciones. Esa sería su cobertura.

Ramón no se enderezó del todo y se mantuvo agachado, pegándose a un grupo aterrorizado que corría hacia una bocacalle. Mientras avanzaba a trompicones, se desabrochó la camisa manchada, se la quitó y la hizo un gurruño para ocultar la sangre.

A su espalda, el sonido de la radio del bar se iba perdiendo, con la voz de Lucía peleando contra la estática y la versión oficial. Ella no sabía nada de lo de Aranda y tampoco la magnitud del avispero al que acababa de darle una patada a la vista de todos.

Aceleró el paso por el callejón, perdiéndose en una ciudad sin semáforos ni electricidad.

El Eje acababa de cobrarse otra pieza. Y esta vez había sido en mitad de una plaza llena de gente. Tenía que encontrar a su hija antes de que ella fuera la siguiente.