La Noche del Eclipse Altavoz
57%

Altavoz

Altavoz

Cuando el locutor cortó la señal, el chasquido del interruptor dejó un silencio que pesaba más que el calor.

Lucía se quedó con los cascos puestos, sintiendo el sudor en las sienes y la mano aún pegada al micro.

No se atrevió a mirar a nadie, en su cabeza solo rebotaba una pregunta: ¿quién coño estaba al otro lado y cómo habían entrado en su frecuencia?

El técnico de sonido bajó la palanca del máster, se quitó el auricular y la miró aterrado. En la sala de al lado alguien arrancó con un par de aplausos secos que murieron en cuanto los demás se giraron.

—Lucía, te has pasado tres pueblos —soltó una redactora al fondo, bajando la vista al teclado para no sostenerle la mirada.

—O se ha quedado corta —replicó una voz desde otro rincón, aunque nadie supo quién fue.

El locutor se arrancó los auriculares y se plantó frente a ella, invadiendo su espacio de mala manera.

—¿Tú eres consciente de la que acabas de liar?

Lucía se quitó los suyos despacio. Tenía el pelo pegado al cuello y la adrenalina todavía le martilleaba el pecho.

—Sí —mintió. Aunque en realidad, las consecuencias todavía no le habían llegado al cerebro.

—Ahora sí que nos hemos lucido —masculló el locutor, esta vez con una hostilidad que se podía cortar.

Lucía no le hizo ni caso, se levantó pegándole un empujón a la silla y salió del estudio sin mirar atrás.

Cruzó el pasillo de los estudios a zancadas y subió las escaleras que llevaban a la azotea de dos en dos.

Ahora lo que necesitaba era aire. Al empujar la puerta de la azotea, el bochorno de Madrid la recibió como una bofetada.

Se apoyó en la barandilla de metal y miró hacia abajo.

Desde allí arriba, el apagón no parecía una película de desastres; era algo mucho peor porque era real.

Vio a la poca gente que lograba comprar algo y salían de las tiendas abrazando las bolsas como si llevaran un tesoro, pero lo más raro era el sonido: el murmullo constante de miles de personas preguntando lo mismo y esperando una respuesta real que la radio seguía sin dar.

Madrid se había puesto nerviosa. Su mensaje había soltado la liebre y la respuesta del sistema solo había servido para confirmar que el edificio de la Gran Vía ya no era un sitio seguro para ella.

—Te han oído —dijo una voz a su espalda.

Era la redactora de antes, apoyada en el marco de la puerta con la cara descompuesta.

—¿El qué? —preguntó Lucía, sin volverse.

—Lo que has dicho y, sobre todo, han oído cómo te cortaban.

—Mejor —dijo, apretando las manos alrededor del metal de la barandilla.

—No sé si «mejor» es la palabra, Lucía; «suicida» me pega más.

Lucía bajó de nuevo al interior y en el pasillo el locutor principal la esperaba con los brazos cruzados, cerrándole el paso.

—Coge tus cosas y lárgate —le soltó de golpe. Luego bajó la voz y se acercó un poco—. Te van a estar buscando. Mira lo rápido que ha entrado la réplica del sistema. Hazme caso: sal por la puerta de atrás y no te pares hasta llegar a un lugar seguro.

Lucía agarró su bandolera del respaldo de la silla. Una becaria le rozó el brazo al pasar y le susurró un «has sido valiente» tan bajo que casi no se oyó. Lucía no se detuvo. Enfiló el pasillo hacia la salida de emergencia, allí empujó la barra antipánico y salió al callejón trasero.

Desde el callejón se dirigió hacia la calle principal y entonces lo sintió. Eran unos pasos detrás de ella distintos a los de un vecino con prisa. Imitaban su ritmo, ajustándose con una precisión que le puso los pelos de punta.

La buscaban. Bajó la barbilla, apretó la correa de la bolsa y se encogió sin dejar de andar. A su espalda, el sonido de las suelas contra el suelo aceleró de golpe.

Lo tenía claro, ya estaban aquí.