Directiva
Directiva
En la inmensa sala de la planta cuarenta y dos, nadie levantaba la voz.
El silencio no era producto del miedo, sino de la eficiencia.
Las pantallas que cubrían la pared proyectaban un resplandor azulado sobre los rostros de los operadores, iluminando mapas de red y cuadros de incidencias en constante actualización.
El director de Análisis leyó el informe en un tono monocorde:
—La periodista ha saltado el cerco comunicativo. Ha utilizado una frecuencia de onda media en la sede de Gran Vía. La señal ha salido y hemos tenido que pisarla en directo.
El nombre de Lucía Rey apareció en la pantalla central, junto al bloque de audio grabado hacía unos minutos.
—Alcance de la fuga —solicitó Ugarte desde la cabecera de la mesa de corian.
—El índice de penetración es bajo debido a la limitación de receptores analógicos, pero el algoritmo detecta un repunte en la agitación urbana en los barrios periféricos. La narrativa del «confinamiento voluntario» se está agrietando en el centro.
Ugarte unió las yemas de los dedos. A él le bastaba con un mínimo porcentaje de pánico para justificar el siguiente paso de la reestructuración.
En una pantalla secundaria, una alerta en ámbar enlazó dos perfiles de riesgo en el barrio de Chueca.
Ramón Cifuentes.
Alfonso Aranda.
—Confirmación de proximidad —ordenó Ugarte, sin apartar la vista del mapa térmico.
—Aranda está en su ruta de contingencia. Cifuentes ha hecho contacto visual. Trazabilidad confirmada hace cuatro minutos.
—Aranda conoce la arquitectura completa —dijo Ugarte, con la frialdad de quien evalúa el desgaste de una pieza mecánica—.
Ya no es un activo seguro. Cifuentes es un policía fuera de su jurisdicción haciendo preguntas sobre su hijo muerto.
El cruce de ambas variables es una externalidad inaceptable para la operación de esta noche.
—Se giró hacia el director de Seguridad Física—.
Aísla ese nodo. Si Aranda intenta transferir información al policía, procedan a la depreciación del activo Aranda.
Nadie en la sala pestañeó ante la orden de asesinato. Solo se oyó el rápido tecleo de confirmación.
En la pantalla central, el mapa de España se cubrió con una nueva capa de datos técnicos. Los nodos de infraestructura crítica se tiñeron de rojo, señalando subestaciones al límite y redes de respaldo caídas. Sobre todo ello, apareció un título burocrático que llevaba meses esperando:
INCIDENTE COORDINADO SObrE INFRAESTRUCTURA CRÍTICA NACIONAL
Aquel rótulo cambiaba las reglas del juego. Era el pasaporte directo al estado de emergencia.
—Moncloa sigue pidiendo un encaje jurídico sólido para sacar al Ejército —informó el enlace institucional—. Y Zarzuela exige garantías de contención antes de emitir un comunicado de apoyo.
—Se las daremos —intervino Ugarte, levantándose y ajustándose el botón de la chaqueta—.
Hasta ahora, la narrativa era una «avería técnica».
Una avería genera quejas. Un sabotaje genera obediencia.
Necesito que los enlaces en Inteligencia filtren de inmediato que esto no es un fallo en cascada, sino una intrusión maliciosa y coordinada de origen externo.
—Eso requiere validación técnica oficial —objetó un operador.
—Ya la tienen —sentenció Ugarte—. Utilicen los informes preliminares del apagón.
Manipulen las firmas de ataque si es necesario.
En menos de una hora, quiero que el Consejo de Ministros esté convencido de que esto es una violación híbrida de la soberanía nacional.
El miedo a un enemigo invisible hará que firmen la cesión de competencias de seguridad antes del mediodía.
—¿Y qué hacemos con la periodista? —preguntó la directora de Comunicaciones—. Lucía Rey es un rostro público. Su intervención en la radio contradice la narrativa oficial que intentamos imponer.
Ugarte miró la ficha de Lucía. No había odio en su mirada, solo el cálculo de un riesgo reputacional.
—El activo Rey debe ser neutralizado antes de que encuentre un altavoz más grande.
Si se atrinchera en una zona céntrica, no quiero mártires.
No manden a un equipo de asalto que deje rastro.
—Hizo una pausa, evaluando la opción más limpia—.
Que la propia fricción de la ciudad se encargue de ella.
Si ocurre un accidente fatal en una zona sin semáforos, o se ve envuelta en un altercado callejero por suministros, será una triste estadística más de esta crisis. Háganlo parecer producto del caos.
Las pantallas devolvieron un parpadeo verde. Las órdenes estaban dadas: Moncloa recibiría su excusa, Aranda sería eliminado y Lucía pasaría a ser un daño colateral planificado.
Ugarte miró por última vez el mapa negro de Madrid. El apagón se había convertido en su mejor herramienta de gestión.