La Noche del Eclipse La llave fantasma
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La llave fantasma

La llave fantasma

El frío de Budapest se pegaba a los cristales y afuera nevaba sobre el Danubio. Dentro del piso franco olía a procesadores calientes y a vodka.

Natasha estaba sentada en el alféizar, con un vaso apoyado en la rodilla.

—Qué bonito sería desaparecer, Kolibrí. Reiniciar del todo. Cambiar de nombre y borrar el pasado sin que nadie pudiera encontrarte.

Álvaro siguió tecleando, pero sus dedos se detuvieron apenas un instante. En la pantalla, una línea quedó parpadeando sin respuesta.

Ella no dijo nada más. Solo se quedó mirando a un hombre que acababa de imaginar el algoritmo de la desaparición.

***

El frío de Budapest se deshizo bajo el calor de Madrid, pero la idea seguía allí, entre los dos: la llave fantasma.

Natasha no repitió esas palabras. En mitad del taller esperaba quieta a que Álvaro decidiera si seguía allí o daba media vuelta.

Él no se movió.

—No puedo —contestó Álvaro.

—Entonces no hay trato —sentenció ella sin alterar un solo músculo de la cara.

El generador ronroneaba detrás del armario insonorizado. En cualquier otro momento habría servido para ordenar la cabeza pero ahora solo le marcaba el tiempo que estaba perdiendo.

Álvaro apoyó una mano en la mesa y bajó la vista un instante.

—Sabes que no puedo dártela así como así.

—Y tú sabes que no puedo darte lo mío gratis.

—No es tan simple.

—No he dicho que lo sea.

Natasha se separó de la mesa, caminó un par de pasos a su alrededor y volvió para quedarse de nuevo frente a él. Su voz sonó de nuevo neutra e incisiva como un bisturí.

—Me estás pidiendo dos cosas, Kolibrí. Lo que me dejaste y mi acceso. —Lo miró directamente a los ojos—. La primera parte es tuya, pero si te doy la segunda, yo también me voy a exponer.

Álvaro se pasó una mano por la barbilla.

—Ya estás dentro aunque no lo quieras.

—No del todo porque todavía puedo echarte de aquí, cerrar esta puerta y seguir operando sin tu desastre encima.

Él encajó el golpe porque sabía que tenía razón. Natasha aguardó en silencio.

—La llave fantasma no es una llave como tal, no abre nada realmente —dijo al final.

—Entonces explícame bien cómo funciona.

Álvaro tardó unos segundos en responder porque estaba haciendo memoria del protocolo que había creado. Realmente había cosas que hubiera preferido no volver a poner en voz alta.

—Es una salida de nivel raíz. Borra lo que hay detrás y permite empezar como una persona nueva. Solo se puede ejecutar una vez, un solo uso.

—Eso es lo que busco.

—Pero la llave en sí no te vale de nada sola porque únicamente es una parte de un sistema más complejo.

—Me sirve como garantía.

—No si no está completa, Nat.

Natasha apoyó las dos manos en el borde de la mesa.

—Me estás pidiendo que te abra una infraestructura que llevo años manteniendo fuera del radar.

Voy a sacar de un escondite algo que me pediste que guardara sin hacer preguntas.

Si eso me convierte en objetivo de la misma gente que te ha vaciado la casa, quiero una salida real antes de que todo vuelva a encenderse.

No alzó la voz ni un punto más de lo necesario.

—Quiero desaparecer, Kolibrí. Que esta ciudad y las anteriores dejen de existir en mi pasaporte. Quiero volver a Rusia sin mirar por encima del hombro el resto de mi vida. Con esa llave puedo comprar mi libertad.

Álvaro le sostuvo la mirada y reconoció en ella una necesidad tan cruda y real como la suya.

—Aunque quisiera no puedo dártela al completo ahora mismo —dijo.

—Explícate.

—La llave fantasma tiene dos mitades: una física y una lógica. La física autoriza el protocolo. La lógica solo puede ejecutarla DALIA, pero únicamente con su versión completa —explicó, apoyando aún más el peso de su cuerpo sobre la mesa.

—O sea que, aunque me dieras algo hoy, no podría usarlo todavía. Dependemos de tu criatura.

Álvaro se tensó al escuchar la palabra «criatura», pero lo dejó pasar.

—Exacto.

—Pero sí podría obligarte a terminar el trabajo.

Álvaro no lo negó.

—Bien. Entonces al menos ya estamos hablando de lo mismo —confirmó Natasha.

Se volvió hacia uno de los armarios metálicos del fondo, introdujo un código en el candado digital y sacó un estuche plano de metal cepillado.

—Si acepto este trato, me llevo dos riesgos: abrirte mi vía rusa y devolverte lo que guardo. A cambio me das una mitad ciega y una promesa hasta que tu sistema vuelva al cien por cien. Y después del ataque de hoy, ni siquiera sé si eso será posible.

—¿Qué sabes del ataque? —preguntó Álvaro.

—Hace un tiempo me contrataron para entrar en un sistema supuestamente infranqueable. Parecía sencillo, pero acabó siendo un reto. Ahora me encajan las piezas: el exploit que abrí fue la misma grieta que usaron para masacrar a tu criatura.

Álvaro asimiló el golpe sin parpadear después de la confesión de Natasha. Si había una persona en el mundo que podía haberlo hecho, era ella. Aun así, un levísimo cambio asomó en el gesto y en sus labios.

—No sé por qué sonríes. De nada te servirá levantarla de nuevo y ponerla al 100 % si te vuelven a tumbar. Y ahí no tendrás más posibilidades —dijo Natasha alzando una ceja.

La leve sonrisa de Álvaro desapareció y la sustituyó por una frialdad absoluta que le endureció las facciones.

—Explícalo —inquirió Natasha.

Álvaro tardó un segundo en contestar.

—A DALIA la tumbaron casi por completo, pero la arquitectura está pensada para caer aprendiendo. Los que entraron creyeron que bastaba con verla caer. No miraron más allá. Cuando vuelva a levantarse, ya habrá visto la mano que quiso matarla y sabrá cómo defenderse.

Natasha lo observó con más atención.

—Así que esto no va solo de reconstruir.

—No.

—Va de devolverla más difícil de tocar.

—Si llegamos a tiempo, sí.

La hacker lo evaluó en silencio, buscando en sus ojos la frontera exacta entre la genialidad y la locura.

—Bien —dijo al final—. Ahora sí estamos hablando de algo serio.

Abrió la caja. Dentro descansaba una unidad pequeña envuelta en una funda gris, sin marcas. Álvaro la reconoció al instante sin necesidad de acercarse, pero no hizo el amago de tocarla.

—Sigue intacta —dijo Natasha.

—¿Por qué no preguntaste? ¿Nunca la intentaste abrir o ejecutar? ¿No tuviste curiosidad?

—No lo hice porque tú no ibas a dar algo así a cualquiera. No tenía claro lo que podría desatar si la hubiera intentado abrir.

Álvaro alargó la mano y rozó la funda apenas con los dedos. Solo ese gesto ya le cambió la respiración. Natasha volvió a cerrar la caja y la apartó hacia sí.

—Todavía no, Kolibrí.

Álvaro levantó la vista.

—Nat, por favor.

—Todavía no —repitió ella—. Primero mi parte.

Él abrió la mochila y rebuscó en un bolsillo interior escondido de donde sacó una funda rígida con protección militar. Dentro había un pequeño dispositivo negro, mucho más pesado de lo que podía parecer, sin marcas ni pilotos con luz. Lo dejó sobre la mesa, entre los dos.

Natasha no lo tocó aún.

—¿Es esto?

—Esta es la parte física.

—¿Y qué más necesito?

Álvaro dejó la mano sobre el dispositivo

—Cuando consiga levantar DALIA al 100 %, esto será lo que necesites cuando quieras iniciar el protocolo.

Ella lo estudió en silencio.

—¿Puedo confiar en que no me estás dando una carcasa vacía?

—Si quisiera engañarte, no habría venido —respondió Álvaro levantando la vista hacia ella.

Natasha chasqueó la lengua imperceptiblemente. Era un salto de fe, estaba haciendo demasiadas concesiones tácticas a cambio de una promesa en el aire, pero le tenía que valer por ahora.

Se dio la vuelta, retiró una chapa lateral del servidor principal y conectó un cable directo a un puerto físico oculto. Cuando activó el terminal aislado, la pantalla tardó unos segundos en despertar, arrancando desde un sistema operativo que no dejaba huella en los registros.

La pantalla mostró una ruta cifrada, con varios nodos fuera de Europa y una cadena de confirmaciones que no se parecían a nada de una red normal, pero Álvaro entendió lo suficiente.

—Con eso me basta.

—A ti te basta con casi cualquier cosa que respire hoy —dijo ella—. A mí me va a dejar demasiado expuesta.

—Nat, he venido porque no me queda otra.

Natasha soltó una risa breve sin humor.

—Eso no me consuela.

La cadena terminó de levantarse y ella apartó las manos del teclado.

—Si ejecutas las rutinas que ya conoces, podrás acceder, subir y expandir a DALIA. No te devuelve lo que te han quitado, pero le abre una pasarela limpia para respirar. El resto tendrás que hacerlo tú.

—Es mucho mejor de lo que esperaba —asintió Álvaro.

Natasha se separó del terminal y empujó la caja gris hacia él.

—Y esto es lo otro.

Álvaro la abrió y guardó la unidad con el cuidado de quien no quiere ni pensar en dejarla caer.

—No pensaba volver a por ello nunca —dijo en voz baja.

—Yo tampoco pensaba que fueras a volver.

Un silencio agotado cayó entre los dos. Álvaro cerró la mochila y se la recolocó en su espalda, notando el peso del dispositivo nuevo en el interior.

—Gracias, Nat.

Lo dijo despacio, como quien memoriza una dirección y una amenaza al mismo tiempo, y salió sin volverse ni una vez.

Natasha no respondió, solo esperó a que la puerta se cerrara y murmuró:

—Si me mientes, te encontraré.