La Noche del Eclipse El faro de Moncloa
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El faro de Moncloa

El faro de Moncloa

Dejaron atrás Plaza de España y subieron por Princesa con el calor pegado a la ropa. Al fondo, recortado contra el cielo despejado, se alzaba el Faro de Moncloa.

Al alcanzar la zona del Arco de la Victoria, la explanada del Faro se abrió ante ellos. La explanada era hormigón desnudo, sin apenas sombras. Un desastre táctico: demasiada visibilidad y demasiados ángulos muertos. Iban a estar expuestos y ambos lo sabían.

Mara revisó el perímetro sin molestarse en disimular. Sus ojos se movían con la experiencia de años de patrulla.

—No me gusta una mierda este sitio —murmuró.

—A mí tampoco —concedió Álvaro.

—Entonces, ¿por qué aquí?

Álvaro tardó un segundo en responder, manteniendo la vista fija en la base de la torre.

—Porque son sus reglas. Y porque no es su casa.

Mara asintió despacio.

—Lógico, si la vas a joder, mejor que sea en terreno neutral.

No tuvieron que esperar mucho. Natasha surgió detrás de una estructura de ventilación con la naturalidad de quien llevaba un rato observándolos.

Vestía ropa clara y funcional, y llevaba el pelo castaño recogido en una trenza ancha ladeada.

Apareció con paso firme y pisando casi sin hacer ruido.

Se detuvo a unos metros, sin ofrecerles confianza. Nada en ella parecía improvisado.

Nada más llegar, sus ojos se clavaron en Mara. Solo ese detalle bastó para tensar el ambiente entre los tres. Natasha la recorrió de arriba abajo. Luego, por fin, miró al informático.

—Vienes acompañado, Kolibrí.

—Está conmigo —dijo él, sin reaccionar al apodo.

Natasha inclinó milimétricamente la cabeza hacia Mara. —Policía.

Mara no parpadeó. Mantuvo el tipo resistiendo al instinto de llevar la mano a la placa o al arma.

—Se nota en cómo me miras —continuó Natasha, con voz monótona—. Primero evaluaste mis manos, luego buscaste algo en mi cintura y no has parado de localizar las salidas desde que habéis llegado.

Mara dio medio paso al frente, invadiendo su espacio.

—Y tú tienes pinta de saber exactamente por dónde correr.

Álvaro se interpuso entre ambas.

—Nat...

La hacker desvió lentamente la mirada hacia él y, aunque no había hostilidad en su rostro, tampoco mostraba nada de empatía.

—No he venido a discutir quién te vigila la espalda —dijo ella. Levantó la barbilla, señalando el mirador a sus espaldas—: ¿Os habéis fijado? Ha estado encendido toda la noche.

La frase cayó a plomo entre ellos. Mara entrecerró los ojos mientras miraba la plataforma acristalada.

—¿Toda la noche?

—Desde antes del amanecer, seguro —afirmó Natasha, sin dejar de escanear el entorno—. El mirador está a pleno rendimiento, sus balizas incluidas. Parece que alguien está queriendo dejar un mensaje.

Álvaro ya sabía, por lo poco que quedaba de DALIA, que había islas de energía. Pero ver el Faro encendido en una ciudad apagada era otra cosa. Un mensaje: «Nosotros tenemos el control».

Natasha sostuvo la mirada de la agente, evaluando el peso de la amenaza y, después, volvió la vista hacia Álvaro.

—Ahora dime por qué me has hecho salir hasta aquí.

—Porque necesitaba verte antes de que cerraras la puerta.

—La puerta sigue cerrada —dijo mirando de nuevo a la policía.

Mara no tardó en responder.

—Pues ya puedes decidir rápido si nos dejas pasar o nos mandas a la mierda.

—Ay, Kolibrí… ¿ahora hablan por ti?

—Álvaro, no entres en su juego —le advirtió Mara en voz baja, sin apartar los ojos de la hacker .

Álvaro miró a Natasha, luego a Mara y por último al gigante de hormigón y acero a su espalda.

—Mara, no nos queda alternativa —dictaminó él, endureciendo el tono—. La necesitamos y no tenemos tiempo para esto.

Natasha se cruzó de brazos. Le divertía la dinámica, aunque no hizo el menor amago de sonreír.

—Lo tomas o lo dejas.

Mara calculó los riesgos y evaluó la desesperación en los ojos de Álvaro.

—Voy con vosotros —concedió la inspectora—. Te acompaño y no entro a la cueva donde vayas a meterte. Pero, Álvaro, si una vez allí no has salido en treinta minutos, entro y me da igual lo que haya al otro lado de la puerta.

—Son solo negocios, inspectora —dijo Natasha, restándole importancia con un gesto frío.

—Nat —cortó Álvaro, más seco de lo habitual porque necesitaba reconducir aquello ya.

—Tú has venido a pedirme algo, no confundas las posiciones —intentó imponerse Natasha.

—Entonces escucha primero —replicó él, aguantando el envite—. Han entrado en mi casa y se lo han llevado todo.

Eso sí cambió algo en la cara de Natasha. La actitud de superioridad no desapareció, pero una sombra de auténtica alerta le cruzó los ojos.

—No vinieron a robar sin más —añadió Álvaro, bajando la voz—. Han ido directamente a la estructura y la han reventado.

Natasha bajó la vista un segundo, procesando la gravedad. Volvió a mirar el Faro, luego la explanada expuesta y los accesos lejanos. Ya no parecía tan segura de estar a la intemperie.

—Aquí no —dijo.

Se dio la vuelta sin pedirles confirmación.

—Vamos.

Mara caminó pegada a Álvaro y solo habló una vez, en un susurro.

—No me gusta.

—Ya lo sé.

—No me refiero a ella. Me refiero a que tú sepas moverte así en ese mundo como ella.

Álvaro no respondió. Tardaron veinte minutos en alcanzar el barrio de Vallehermoso. Se detuvieron en el perímetro del Parque de Santander y allí fue donde Natasha clavó los talones en el asfalto y se giró hacia Mara.

—Aquí es donde te quedas, policía.

Mara apretó los labios. Quiso protestar, pero su instinto le decía que el tiempo jugaba en su contra y discutir con aquella persona no les iba a devolver la ventaja. Después miró fijamente a Álvaro.

—Estaré bien —se adelantó él.

—Treinta minutos, Álvaro —le advirtió Mara en voz baja, agarrándole un segundo del brazo—. Y escúchame: no pagues un precio que no puedas asumir.

Natasha sonrió y enfiló hacia un edificio residencial.

Desde fuera, el inmueble era uno más del barrio: fachada cuidada de ladrillo, portal clásico con videoportero y silencio de zona acomodada.

Abrió la pesada puerta principal con una llave física y continuó sin articular palabra.

El vestíbulo estaba en penumbra. Sin electricidad y con los ascensores muertos, subieron a pie.

Sus pasos rebotaban contra el mármol antiguo.

Llegaron al tercer piso donde el descansillo era estrecho. Frente a ellos se alzaba una puerta blindada y pesada, sin mirilla y con una cámara inservible ahora mismo apuntando al centro del felpudo. La hacker metió la llave, pero antes de hacer girar el cilindro, se volvió hacia Álvaro.

—¿Estás seguro de que quieres entrar en esto, Kolibrí?

Álvaro sostuvo la mirada. El vacío absoluto que sentía tras la caída de DALIA era infinitamente peor que cualquier trampa que Natasha pudiera tenderle al otro lado de esa puerta.

—No he venido hasta aquí para darme media vuelta.

El cerrojo cedió con un chasquido metálico sordo y la puerta se abrió.

El piso no era como Álvaro se lo había imaginado.

Al principio y a la entrada, resultaba dolorosamente normal.

El recibidor conservaba un suelo de madera oscura y un espejo antiguo sobre un aparador clásico.

Parecía la casa de una viuda acomodada reconvertida en piso franco.

Pero a medida que avanzaban por el interior el espejismo se desvanecía.

El pasillo principal era largo y estaba bañado por la luz mortecina de unos leds de emergencia alimentados por algún generador auxiliar.

Las paredes perdían los tonos pastel de la entrada para dar paso a un gris aséptico y desnudo.

A partir de ese punto aquel lugar dejaba de ser un hogar.

Natasha caminó hasta el final del corredor.

Se detuvo ante una puerta que desentonaba por completo con la arquitectura del edificio: era una pesada plancha metálica y blindada.

Apoyó el pulgar en un panel biométrico casi invisible incrustado en el marco.

Incluso en una ciudad muerta y estrangulada por el apagón, la paranoia de Natasha seguía exigiendo credenciales.

La hoja de acero cedió y se abrió hacia un espacio mucho más oscuro y asfixiante: el taller.

No era una habitación: era un búnker de datos.

A Álvaro le recordó a su ático, pero sin ningún intento de resultar habitable.

Una mesa maciza dominaba el centro, rodeada de servidores inactivos y monitores apagados.

El cableado desaparecía bajo canaletas precisas.

En una esquina, dentro de un armario insonorizado, un generador ronroneaba alimentando una red aislada del resto del país.

Natasha dejó la mochila sobre la mesa y se giró.

—Ahora habla.

Álvaro no se sentó.

—Han entrado en mi casa y me han quitado todo —empezó él, yendo directo al grano.

—Eso ya lo dijiste. Lo que no sé es qué quieres porque ahora mismo todo está cerrado. Europa está aislada —le cortó Natasha—. París y Frankfurt no responden.

—Eso ya lo sé —replicó Álvaro—. Cualquiera que haya querido enrutar hacia fuera lo sabe. Lo que importa es que han ido directamente a por mi estructura.

Natasha ladeó la cabeza, procesando la información a toda velocidad.

—Sí… normal —murmuró ella, casi para sí misma—. Yo aun así sigo operando.

Álvaro la miró y, a pesar de la urgencia, las piezas encajaron en su cabeza. Las rutas de DALIA habían desaparecido, pero Natasha seguía funcionando.

—Me lo imaginaba. Usas otra infraestructura diferente a la europea o te estás enrutando por satélite.

Natasha no parpadeó. Se apoyó en el borde de la mesa con la media sonrisa de quien sabe que tiene las mejores cartas de la partida.

—Es posible, continúa.

Álvaro apretó la mano alrededor de la correa de su mochila.

—He venido a buscar lo que dejé contigo. Pero con la red en este estado, me será imposible levantarlo —continuó él—. Mi sistema así no puede respirar. Necesito tu vía de acceso, lo que sea que uses fuera del patrón. Quiero acceso a tus pasarelas rusas.

Natasha asimiló el envite sin perder la compostura y dejó que el peso de la petición cayera dentro de la habitación.

—¿Tan mal está la cosa, Kolibrí?

—Sí —respondió Álvaro, sintiendo el reloj de Mara corriendo en la calle.

—¿Y no puedes levantar tu sistema con lo que tienes en esa mochila?

Él negó lentamente con la cabeza.

—Con lo que tengo ahora no puedo levantarla. La han dejado ciega, incompleta y sin bloques de memoria críticos. Me han cortado de raíz cualquier posibilidad real. Por eso necesito la pieza que tú guardas.

Natasha lo observó con calma y frialdad. Debajo de la urgencia, seguía viendo al mismo hombre que años atrás le había entregado el código más valioso que había visto en su vida.

—Así que te lo han tocado de verdad —murmuró.

—No voy a poder levantarlo del todo sin lo que guardas tú — respondió tras una pausa.

—Vamos, que has venido más por obligación que por nostalgia —dijo Natasha con los ojos aún fijos en él.

—Eso es.

Aquello le arrancó a la hacker una sonrisa auténtica casi de respeto.

—Bien, me gusta la honestidad en el apocalipsis. —Se separó de la mesa, dio dos pasos lentos y volvió a quedarse quieta—. Dime claramente lo que necesitas de mí y sin rodeos, después decido si te doy tu disco o si te saco por donde has entrado.

—Necesito las dos cosas, la pieza que te dejé y tu acceso.

Natasha asintió muy despacio pero la sonrisa desapareció de golpe.

—Eso ya es otro precio, Kolibrí. Si quieres lo que guardo, y además pretendes que te abra una puerta trasera a Rusia... no me vas a poder pagar con tu cara de urgencia. El precio acaba de subir.

Álvaro sopesó las palabras de Mara en la calle: no pagues un precio que no puedas asumir. Y entonces supo que ahora venía el golpe.

—¿Qué quieres exactamente?

Natasha se tomó un segundo antes de hablar, lo justo para que el silencio hiciera su trabajo en los nervios del informático. Álvaro se quedó inmóvil. Esperaba dinero, criptomonedas o algo caro pero asumible, pero no lo que salió de la boca de Natasha.

—Quiero la llave fantasma.