Sombra
Sombra
Salieron del edificio por la misma puerta de emergencia por la que entraron.
Álvaro llevaba la mochila más apretada de lo normal, con los nudillos blancos alrededor del asa.
Mara caminaba a su lado con el cuerpo todavía en tensión.
La calle Ventura Rodríguez a esas horas tenía ya una fila de coches buscando aparcamiento. No hablaron durante la primera manzana.
Álvaro metió la mano en el bolsillo y sacó un viejo Nokia. Esperó a que arrancara y abrió la aplicación de mensajes. Tecleó algo rápido y se quedó quieto un segundo. Mara lo notó.
—¿Le estás escribiendo?
Álvaro apagó la pantalla sin enviar nada.
—Sí.
—¿Quién es?
No respondió.
—¿Quién es ella? —repitió Mara—. ¿De dónde sale? ¿Por qué ella? ¿Y por qué da la sensación de que solo escribirle ya te cuesta más que todo lo demás?
—¿Qué sensación? —preguntó Álvaro mirándola de lado.
—La de alguien que no quiere hacer algo y sabe que tiene que hacerlo igualmente.
El camino hacia ninguna parte continuaba. Cruzaron entre dos coches parados, con un conductor gritando por la ventanilla y otro contestándole desde la acera. A lo lejos, una radio soltaba otra vez la misma voz templada y la misma calma de mentira.
—¿Es una ex? —siguió preguntando Mara.
—No —contestó Álvaro tras un segundo de silencio.
—Pues vaya cara se te queda para no ser una ex.
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
Álvaro guardó el móvil otra vez.
—Es alguien de mi pasado.
—Eso no significa nada.
—Para mí sí.
***
La primera vez que la vio, Natasha no le preguntó quién era. No le importaba de dónde venía, si le mandaba alguien o cuánto tiempo pensaba quedarse. Lo miró una vez y le señaló en la pantalla que tenía delante lo qué estaba haciendo mal.
No se equivocó en nada.
Aquella noche trabajaron juntos sin presentaciones de verdad, sin confianza y sin perder tiempo en tonterías. Ella le corregía sin levantar la voz, Álvaro respondía igual. Ese día no se cayeron bien pero tampoco les importó a ninguno de los dos.
Lo importante era que se entendían.
Natasha no adornaba nada de lo que hacía: si algo servía, adelante y si no, se tiraba. No intentaba caer bien y tampoco hacía una sola pregunta más de la necesaria.
Álvaro, en esa época, todavía creía que vivir así era una forma de tener el control.
***
—La conocí trabajando —dijo al volver al presente.
—¿En qué?
—En cosas que dejé hace tiempo.
—¿Ilegales?
—No me pongas etiquetas como si eso fuera importante ahora.
Caminaron sin rumbo fijo, buscando por instinto el anonimato del centro. Mara se puso a su altura.
— Deep Web —dijo Mara como una constatación. Álvaro no contestó—. Vale, entonces sí estamos hablando de algo bastante serio.
—Sí.
—¿Y estabas muy metido?
—Lo suficiente —contestó sin mirarla.
—¿Y ella? —volvió a la carga Mara tras unos metros.
—Ella estaba ahí antes que yo.
—¿Y siguió ahí cuando tú saliste?
—Sí.
***
Hubo una época en la que Natasha era una de las pocas personas con las que Álvaro podía pasar diez horas seguidas y no sentirse obligado a fingir nada.
Trabajaban en silencio, cada uno a lo suyo, enlazando horas de cruce de datos, infiltración y limpieza de rastros. Entraban y salían de los servidores como si el resto del mundo, el mundo físico, no existiera.
Una madrugada, cuando ya llevaban demasiadas horas despiertos, Natasha le lanzó una botella de agua sin avisar. Álvaro la cogió por puro reflejo.
—Te estás hundiendo —dijo ella.
Él ni siquiera levantó la vista del portátil.
—No te he pedido opinión.
—Ya, pero la necesitas igual.
Álvaro continuó tecleando. Natasha se quedó callada un momento antes de volver a hablar.
—Si sigues así, al final no te va a quedar nadie cerca.
Álvaro no dijo nada, en el fondo sabía que tenía razón.
***
—¿Y por qué saliste? —preguntó Mara.
La pregunta fue tan directa que no le dejó margen para esquivarla.
Dejaron atrás la plaza y empezaron a subir hacia Gran Vía. En una esquina, un autobús se había quedado atravesado y la gente pasaba a su alrededor como podía. Álvaro se pasó la mano por la nuca.
—Porque no quería seguir viviendo así.
—Eso no se decide de un día para otro —le confrontó Mara, que no se conformaba fácilmente.
—No. No se decide de un día para otro. Se decide un poco cada vez, hasta que un día lo ves claro.
***
Lucía caminaba por Fuencarral con dos bolsas en la mano y una sonrisa que no tenía nada que ver con él.
Iba hablando con alguien y se iba riendo todo el trayecto.
El pelo le cayó hacia un lado y por un segundo pareció completamente fuera de peligro y fuera del alcance de todo.
Como si el mundo pudiera seguir siendo normal en esa esquina, a esa hora y en esa calle.
Álvaro la vio desde la acera de enfrente pero no cruzó.
Se quedó quieto mirándola y sin formar parte de aquel momento.
Y entendió de golpe algo que llevaba demasiado tiempo evitando: si él seguía en esa vida oscura, tarde o temprano todo terminaría salpicándole a ella, a Ramón o a cualquiera que se acercara demasiado.
Verla reír en aquella esquina y ajena al peligro le bastó para tomar la decisión. Volvió a su casa con las ideas claras y empezó a cortar de raíz.
Se agarró a DALIA. Era la primera vez en el último año que trabajaba en algo para que viera la luz, no para ocultarlo en la sombra.
***
—Por alguien —dijo al volver al presente.
—¿Por Lucía? —preguntó Mara mirándole fijamente.
—Por varias cosas —respondió Álvaro tras un segundo excesivamente largo.
El tono de la respuesta le valió a Mara para entenderlo todo.
Álvaro volvió a sacar el Nokia. Miró la pantalla, con la aplicación de mensajes abierta, la misma secuencia empezada y el mismo mensaje aún sin mandar.
—Si lo dejaste todo, ¿por qué sigue ella dentro?
—Porque hay gente que no sale de ahí, algunos porque no quieren y otros porque no pueden —contestó con la vista fija en el teléfono.
—¿Y ella sabía que te ibas?
—Sí.
—¿Y qué te dijo?
Álvaro se quedó callado unos metros.
—Nada raro.
—Eso no me dice mucho.
—Es que no hubo nada raro.
***
El día de la despedida Natasha y Álvaro no discutieron.
Ella estaba sentada en su mesa con una taza de café frío entre las manos.
Álvaro habló primero y le dijo que dejaba todo eso.
Que no iba a seguir aceptando trabajos, ni entrando y saliendo de aquella vida creyendo que le saldría gratis.
Que quería dedicarse por completo a otra cosa.
No dio demasiados detalles y Natasha lo escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, Álvaro sacó una pequeña caja envuelta en una funda gris y la dejó sobre la mesa, entre los dos.
—Quiero que guardes esto.
—¿Qué es? —preguntó con la vista fija en la mesa.
Álvaro negó con la cabeza.
—Cuanto menos sepas, mejor.
Ella sostuvo el silencio un momento y luego asintió.
—¿Quieres que lo proteja o que lo esconda?
—Las dos cosas.
Natasha cogió la caja y la guardó sin volver a preguntar. Álvaro se levantó.
—Espero no tener que reclamártelo nunca.
Ella lo miró desde la silla, tranquila y sin reprocharle nada.
—Entonces no vuelvas.
El tono fue frío y quirúrgico, muy de Natasha.
Y él, durante muchos años, cumplió su palabra.
***
La voz de Mara lo devolvió al presente.
—No os peleasteis.
Álvaro la miró, sorprendido.
—No.
—Se nota.
—¿Qué se nota?
—Que no hablas de ella con rabia, hablas como si fuera una parte de una vida que enterraste. —La frase le tocó más de lo que quería reconocer—. Y ahora vas a desenterrarla.
—Ahora no tengo elección —dijo bajando la vista al móvil.
Mara tenía razón en una cosa: pulsar «enviar» significaba desenterrar a unos fantasmas que le había costado mucho dejar atrás.
Al llegar a una esquina más abierta, Álvaro dejó de andar un segundo y miró la pantalla otra vez, con el pulgar inmóvil sobre ella.
Releyó el mensaje donde solo aparecía una clave alfanumérica que era la única forma de decirle «soy yo» sin dejar un rastro evidente y finalmente le dio a enviar.
Guardó el móvil y continuaron caminando.
—¿Confías en ella? —preguntó la policía.
—No —contestó sin pensarlo demasiado.
—Pues bonito plan.
—No he dicho que no vaya a responder.
Mara dejó escapar un suspiro cansado.
—Estás hecho polvo, Álvaro. Y no te lo digo para joderte —añadió—. Te lo digo porque se te nota.
Doblaron otra esquina y al cabo de unos minutos el viejo móvil vibró e hizo que Álvaro se detuviera en seco. Sacó el teléfono, miró la pantalla y solo había una línea escrita.
Faro de Moncloa. Diez minutos.
Eran solo cinco palabras, con esa eficiencia militar que parecía seguir teniendo Natasha. Mara leyó su cara antes que el mensaje.
—¿Qué ha dicho?
Álvaro levantó la vista despacio.
—Dónde. —¿Y?
Guardó el móvil.
—Faro de Moncloa.
Mara asintió, pero no dijo nada más. Álvaro se dio la vuelta, deshaciendo el camino andado, y reanudó la marcha. Ya no había vuelta atrás. Aquella era una puerta cerrada desde hacía años. Una puerta que había jurado no volver a tocar.
Y acababa de abrirla.