Contacto
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Dentro de la capilla hacía fresco, lo justo para notar el contraste con un Madrid que llevaba doce horas asfixiándose a oscuras.
A Ramón siempre le había parecido un lugar desconcertante.
La capilla Cachito de Cielo, abierta permanentemente, era un espacio que no entendía de días, de noches ni de apagones nacionales.
Por fuera era de una sobriedad aplastante; por dentro, los tonos azules y blancos intentaban imitar un cielo perpetuo.
Los primeros rayos de sol de la mañana se colaban por las vidrieras, mezclándose con la luz temblorosa de las velas y levantando sombras en los laterales.
En los bancos había poca gente y la mayoría no tenía cara de estar allí por devoción.
Aranda no se había detenido a mirar. Seguía avanzando hacia el lateral izquierdo de la capilla, como si no le sorprendiera que alguien hubiera entrado detrás de él. Se detuvo junto a la imagen de la Inmaculada Concepción, se persignó con rapidez y dejó una moneda en una bandeja.
Ramón fue directo.
—Aranda.
El otro se giró despacio, lo miró de arriba abajo desde la gorra pasando por la cara cansada y la camisa empapada.
—Sabía que acabarías viniendo —dijo.
—Pues ya estoy aquí.
Aranda echó un vistazo rápido a los bancos y a la puerta.
—Aquí no.
Ramón ya venía tenso de la calle y aquello le sentó como una patada.
—No me hagas perder el tiempo.
—Y tú no me hagas perder la mañana. —Aranda bajó la voz—. Aquí no.
El policía se acercó un paso más, no había ido hasta allí para ponerse a jugar a los códigos secretos.
—Tu nombre salió en un artículo de Lucía —dijo—. Y estaba también en documentación cifrada de Daniel. —Aranda no se movió, pero se le notó el cambio en los ojos—. El artículo era sobre fraudes en empresas y contratos con varias energéticas. Quiero saber qué pintas tú en todo eso.
Aranda lo observó unos segundos sin responder. Después miró hacia la puerta principal. Luego a la mujer del rosario. Luego otra vez a Ramón.
—¿Cómo sabes eso?
—Mis hijos por separado tenían información tuya. Yo ya no estoy para coincidencias, y menos con la ciudad a oscuras.
—Esa información no te ha llegado ahora por casualidad —murmuró Aranda, incómodo.
Ramón no dijo nada y lo vio atar cabos en silencio: los artículos de Lucía, los archivos cifrados de Daniel. Él en esa capilla y a esa hora justo el día después del apagón…
—Eso te lo ha sacado tu otro hijo —espetó con fastidio.
—¿Hablas de Álvaro? ¿Por qué lo metes en todo esto? — preguntó el policía con cara de perro de presa.
—Porque nadie más tendría acceso a la información confidencial que pudiera guardar Daniel y porque… a él también quisieron reclutarlo.
—¿También? —inquirió Ramón tras un segundo de duda.
—Sí. Para lo mismo que a Daniel. Para el CNI.
Ramón se quedó quieto, con la mirada fija en Aranda y la cabeza llena de ruido. Daniel. CNI. Sintió un latigazo frío por la espalda al atar el último cabo. Si Daniel estuvo ahí dentro, entonces su muerte podía dejar de ser un accidente para convertirse en una ejecución.
—No me jodas, Aranda.
Aranda no respondió enseguida, tenía la vista clavada en él, esperando su reacción.
—No te estoy jodiendo —dijo al final—. Te estoy diciendo lo mínimo para que entiendas por qué no podemos hablar aquí.
—Habla. —No.
—No me voy a mover de aquí hasta que me digas qué tenía que ver Daniel contigo, con esas empresas y con toda esta mierda.
—Te lo voy a decir —respondió—. Pero no aquí, encerrados y con media calle sabiendo ya que has entrado detrás de mí.
—Empieza a hablar —ordenó Ramón con un tono aún más duro.
Aranda lo miró de frente.
—Primera regla: nada de radios. Si llevas una, aunque sea un walkie , lo apagas ya.
—Está apagado.
—Segunda: sin nombres. —Antes de que Ramón pudiera hablar, Aranda levantó la mano con el número tres—. Tercera: no vamos a ir a ningún sitio concreto ni por calles vacías. Si hablamos, será con gente alrededor.
Ramón soltó una risa seca.
—Ahora me pones reglas.
—Ahora intento que no nos entierren hoy mismo.
Ramón lo empujó un poco hacia el lateral más oscuro, fuera del eje de los bancos. Nadie alzó la cabeza. Se levantó ligeramente la camisa con la otra mano y dejó que Aranda viera lo justo: la culata del arma en la cintura.
Aranda soltó el aire despacio. No parecía asustado por el arma, pero sí cansado de que las cosas hubieran llegado hasta ese punto.
—Si me enseñas eso en la calle, nos van a matar a los dos.
—Entonces no me obligues a volver a hacerlo.
Durante dos segundos ninguno se movió. Aranda fue el primero en bajar la tensión del cuerpo.
—Guárdala —pidió—. Hablaré. Pero te mueves conmigo y haces lo que te diga.
El policía tardó una fracción de segundo de más en obedecer. Luego volvió a bajar la camisa y retiró la mano.
—Una frase —dijo antes de salir.
Aranda miró hacia el altar, luego hacia la puerta principal y por último al pasillo lateral.
—Tu hijo no estaba husmeando en un fraude menor —dijo al fin—. Tocó una red entera: eran empresas pantalla, muchos contratos de mantenimiento de energéticas, accesos a sitios imposibles y mucha seguridad.
Ramón lo miró sin pestañear.
—¿Y tú dónde estabas?
Aranda se pasó una mano por la cara.
—Lo vi venir cuando ya era tarde. Me cortaron el acceso antes de poder avisarle. —Se recolocó la mochila en el hombro y señaló con la barbilla hacia el pasillo lateral—. Salimos por detrás.
—¿Quién más sabe que estoy aquí? —preguntó Ramón sin moverse del sitio.
—Más gente de la que te conviene y menos de la que me gustaría —respondió con cansancio.
Aquello era una mierda de respuesta, pero era una respuesta.
Ramón lo dejó pasar por delante. Aranda abrió la puerta lateral.
Al otro lado había un patio pequeño, cerrado, con dos macetas secas y un grifo oxidado.
Desde allí llegaba el eco de la calle amortiguado por los muros: un silencio antinatural roto por el sonido lejano de alguna sirena.
Se detuvo un momento en el callejón y escuchó la calle antes de asomarse. Luego habló sin girarse del todo.
—Hablemos en otra parte. —Ramón no apartó los ojos de él y Aranda bajó la voz—: No sabes de Daniel ni la mitad de lo que crees.