Vacío
Vacío
Entraron por la salida de emergencia del edificio, en contra del instinto más básico de supervivencia.
Álvaro cerró la puerta detrás de ellos con cuidado, evitando que cualquier ruido pudiese llamar una atención indeseada.
Mara ya estaba al inicio de la escalera mirando hacia arriba, con la barbilla levantada, escuchando y midiendo.
El ascensor era una caja muerta, con la pantalla negra y la puerta a medio cerrar.
—Escaleras —susurró Álvaro—. No queda otra.
En aquel silencio, todo sonaba demasiado: suelas, respiraciones, cualquier roce contra la pared. Mara fue delante un tramo mientras Álvaro la seguía revisando cada esquina. Subieron rápido, pisando con cuidado para no hacer excesivo ruido.
El calor se notó más pesado a partir del segundo descansillo. Mara se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Álvaro ni se inmutó, sus ojos escaneaban cada rellano antes de llegar y calculaba los puntos ciegos en cada rincón de la escalera.
En la planta del ático, todo estaba más quieto y más caliente con la alfombra del pasillo que amortiguaba sus pisadas pero también acumulaba el calor. Álvaro vio la puerta de su casa al fondo y sintió un pinchazo en el estómago.
Al acercarse comprobó que el marco de la puerta estaba dañado y la cerradura también. Se encontró con un arañazo en diagonal, limpio y rozando la cerradura.
—Han entrado —susurró Mara al llegar a su lado.
Álvaro no llegó a responder, sacó la llave y la metió por inercia. La cerradura cedió con un clic demasiado fácil. Nada comparado con las vueltas que solía dar él al cerrar. Abrió solo un palmo para mirar el interior.
El pasillo parecía la zona cero de un huracán.
Las persianas cortaban la luz de la calle y el piso parecía un búnker saqueado.
Cuando sus pupilas se adaptaron a la penumbra, el alcance del desastre tomó forma: los muebles estaban desplazados, todos los cajones abiertos y la ropa tirada por todas partes.
Habían vaciado las estanterías y dejado cables arrancados colgando.
La policía avanzó dos pasos y se quedó de piedra. Torció el gesto al confirmar que el nivel de destrucción no era el de un simple robo.
Álvaro no se detuvo. Cruzó el pasillo con una dirección clara y automática hacia el cuarto.
Abrió la puerta del vestidor, convertido desde hacía años en sala técnica.
Ahí el vacío se hizo mucho más específico.
El hueco donde estaba el rack era un rectángulo limpio en la pared.
Habían doblado los soportes y en el suelo se encontró con un tornillo suelto.
Se notaba la marca de polvo más clara donde se apoyaba la base.
Álvaro se agachó, recogió el tornillo y se lo guardó en el bolsillo. Era de lo poco que habían dejado.
—Se han llevado todo —dijo Mara.
Álvaro recorrió con la vista lo que quedaba: un cable arrancado, un adaptador de corriente aplastado y el router destrozado.
—No todo —murmuró Álvaro, escaneando los destrozos—. Los que han venido tenían claro lo que querían.
Mara se movió hacia el salón, apartando cosas con el pie para no hacer ruido. Había cristales por el suelo, pero el ventanal estaba entero. El cristal venía de algún marco de fotos o de algún objeto golpeado contra la pared.
La policía encontró el origen antes que Álvaro.
Era un marco de fotos grande, de esos de composición, que se encontraba boca abajo en el suelo.
No estaba roto, solo cubierto de polvo, con una esquina golpeada y una grieta vieja en el cristal.
Se agachó y lo levantó por los bordes y luego lo giró.
Las fotos eran de hacía unos años y en ellas aparecían dos chicos jóvenes ante un atril; en otra, Álvaro solo en el escenario; abajo, Daniel sonreía con el cuerpo echado hacia delante, como si hablara con alguien de la primera fila.
En el centro había una foto familiar con Ramón, serio, y Daniel, demasiado joven.
Lucía estaba apoyada en el hombro de Álvaro como si ese sitio fuera un refugio.
Y Álvaro mirándola de lado, con una sonrisa pequeña pero real.
Mara no dijo nada. Solo sostuvo el marco de fotos un segundo más de la cuenta.
Álvaro pasó por detrás, todavía en su ruta, y vio el marco por el rabillo del ojo. Lo reconoció, claro, y se detuvo medio segundo.
—Déjalo —dijo, con la voz más seca de lo normal.
Mara apoyó el marco sobre una mesa y le siguió hasta el despacho. Aquello estaba mucho peor. Allí el saqueo había sido quirúrgico: la torre no estaba, el cajón de los discos externos estaba vacío y en el suelo había marcas de algo pesado arrastrado.
—¿Qué tenías aquí? —preguntó.
Álvaro se arrodilló junto a una regleta arrancada de la pared y levantó un cable, lo siguió con la vista hasta el corte.
—Mi vida, Mara. Todo lo que no está en mi cabeza estaba en esos discos y servidores.
Ella empezó a mirar hacia la puerta cada pocos segundos.
—Nos van a oír —dijo.
—Si hay alguien queriendo escuchar, ya nos ha oído —respondió Álvaro.
Volvieron al cuarto técnico y Álvaro fue directo a un punto ciego que solo usaba para emergencias. Se arrodilló junto a una esquina del suelo, donde la tarima tenía una junta irregular. Ella se agachó a su lado, mirando para ver qué hacía.
—¿Qué es eso? —susurró.
Álvaro metió la uña en la junta y tiró sin aplicar fuerza.
La tablilla cedió un par de milímetros. Levantó la pieza y apareció un hueco estrecho abajo.
Dentro había un estuche pequeño y plano.
Lo sacó con extremo cuidado. El estuche estaba intacto, tenía polvo por fuera, pero estaba bien sellado.
Mara vio cómo se le tensaban los dedos alrededor del estuche.
—¿Y eso es…? —preguntó, sin terminar.
Álvaro abrió el estuche y dentro estaba el módulo de memoria, sin etiquetas ni número de serie. Lo miró un segundo y el mundo se le puso en una línea clara: era lo único.
—Es de Daniel —dijo.
—¿Qué? —preguntó Mara parpadeando.
—Lo extraje ayer del banco de memorias. Iba a meterlo con el resto, pero el instinto me hizo cambiar de opinión y lo aislé por si acaso —contestó Álvaro sin levantar la vista.
Mara entendió perfectamente lo cerca que habían estado de perderlo todo.
—¿Entonces aquí está...? —Buscó las palabras—. ¿Algo que dejó Daniel?
—Sí —dijo—. Pero cifrado. —Álvaro sopesó el recipiente. Pesaría apenas unos gramos, pero dentro estaba el testamento de Daniel—. Tiene que estar todo aquí, aunque no puedo abrirlo así.
—¿Así cómo? —preguntó Mara sin entender del todo.
—Sin «ella» al completo.
Mara siguió su mirada hasta el hueco vacío donde antes había estado el corazón del sistema. Entonces lo entendió.
—¿DALIA?
—Sí. Para abrir esto no me sirve la versión de bolsillo de Arganzuela.
Necesito el núcleo original. La DALIA que piensa y no la que solo obedece.
—Le dio un toque leve al estuche que guardaba del módulo—.
Para esto necesitamos a DALIA completa. Con todo: su núcleo de arranque, la capa ética y con capacidad real, no siendo una versión reducida.
Mara observó otra vez la casa destrozada con los cajones abiertos y el vacío de los huecos donde antes había máquinas.
—Pero eso ya no lo tienes —dijo—. Se lo han llevado todo.
Álvaro no respondió, porque era verdad y porque hasta hacía unos segundos él también había pensado exactamente eso.
Se incorporó despacio y salió al pasillo.
Mara se volvió hacia la mesa del salón y el marco seguía allí, apoyado con cuidado donde ella lo había dejado.
Álvaro también lo vio y se detuvo en seco.
Fue una micropausa y con eso la policía ya intuía que el cerebro de Álvaro acababa de cerrar un circuito.
—¿Qué pasa?
Álvaro dio un paso hacia el marco y miró la foto central: estaban Ramón, Daniel, Lucía y él. Lucía estaba apoyada en su hombro. Aquel día todavía no se había roto nada.
Luego su vista se fue a la grieta, no al cristal roto, sino a la fecha que arrastraba detrás.
Febrero de 2022
Fue el día de la discusión con Lucía y el final de su caída, el día en que tuvo la certeza de que todo podría desaparecer por una sola noche mala.
Poco después, Álvaro tomó una decisión: no confiarlo todo a una sola casa. No dejar que DALIA dependiera de un único lugar.
***
—Álvaro —dijo Mara, ceñuda.
—No —respondió él sin apartar la vista del marco. Mara esperó—. No se lo han llevado todo.
Ahora sí la miró y en sus ojos no había alivio sino una cosa peor: la confirmación de una antigua deuda que debería ser saldada.
—Cuando pasó aquello… —empezó señalando la foto— entendí que esto podía venirse abajo en cualquier momento.
Daba igual que fuera por un apagón, por un robo o por un error mío.
Tomé una decisión de mierda —continuó al ver que ella no decía nada—, de las que te hacen perder amigos y, aun así, pueden salvarte el cuello.
Saqué una parte crítica de DALIA de aquí.
Mara tardó un segundo en procesarlo.
—¿Qué parte?
—La que era necesaria sacar.
—¿Y dónde está? —preguntó Mara.
Él cerró los ojos y contuvo unos segundos la respiración.
—No es dónde, es con quién.
Ella se le quedó mirando. Ya estaba llegando sola a la conclusión, pero necesitaba oírlo de su boca. Álvaro cogió el estuche del módulo y se lo metió dentro de la mochila.
—Si quiero volver a levantarla de verdad, ponerla al cien por cien y abrir esto… —Tocó el lugar donde había guardado el módulo de Daniel—. Necesito recuperar lo que le dejé.
—¿A quién? —preguntó Mara tras contener la respiración un instante.
—Natasha —respondió Álvaro con un esfuerzo mayor que el que le había costado subir toda la escalera.
—Vale. Entonces no vamos a buscar a alguien que descifre eso.
—No. Vamos a buscar a alguien que me ayude a devolverle el pulso a DALIA.
Mara bajó la vista al lugar donde guardaba Álvaro el módulo.
—¿Y con eso bastará para abrir la memoria de Daniel?
—Para eso y para algo más importante.
—¿El qué?
—Para empezar a desmontarle el chiringuito a quien haya provocado todo esto.
La casa ya no tenía nada más que ofrecerles. Antes de salir, él miró una última vez el marco apoyado en la mesa. No lo cogió. Ya se llevaba lo que había venido a buscar.
Bajaron por la escalera sin hablar, con el módulo de Daniel pegado al cuerpo, el vacío del ático a la espalda y con un solo nombre empujando el siguiente movimiento.
Natasha.