La Noche del Eclipse Planes
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En el búnker de crisis de Moncloa la luz tenía un color enfermizo, y a cada tirón del motor vibraban los vasos de plástico alineados en una bandeja. En la sala se bebía café por la necesidad de mantenerse despiertos mientras el país seguía apagado.

El presidente tenía la camisa arremangada y el nudo de la corbata aflojado.

En la mesa, había un mapa impreso de España marcado con rotulador: varios puntos rojos, con círculos y flechas.

Al lado, una radio de banda civil capturaba frases sueltas: «...

sin luz... autopista... saqueos...»; «... dicen que viene el ejército...».

Los presentes no eran muchos, pero los que estaban eran importantes.

El ministro de Interior y el de Defensa, un general de ojeras enormes y mirada pétrea, de los que no aceptan un no por respuesta, un director técnico de comunicaciones con la camisa sudada e Iván Llerena, con su chaqueta impecable y el cuello abierto.

Llevaba diez minutos intentando que una línea segura hiciera lo que debería: sonar.

De vez en cuando se rascaba la muñeca movido por la ansiedad.

—Zarzuela, por fin. —La voz de Iván salió por el altavoz con un crujido metálico—. Tenemos enlace.

El presidente se inclinó hacia el micrófono con la vista clavada en el aparato en el centro de la mesa.

—Majestad, le pongo en altavoz con el Comité de Situación.

A través del crujido estático del altavoz, llegó el sonido lejano y rítmico de otro generador diésel. En algún lugar de Zarzuela, el motor de emergencia también estaba librando su propia batalla.

—Aquí estamos —respondió una voz cansada al otro lado de la línea—. ¿Qué sabemos?

En Moncloa, el director técnico pasaba una hoja por encima de otra, moviendo los folios con nerviosismo.

—Lo que sabemos de verdad es poco —dijo—.

De red eléctrica: ha sido una caída masiva y hay una recuperación parcial en islas.

De telecomunicaciones: funcionamiento intermitente y sin la red principal estable.

Del satélite: que se encuentra saturado.

La mayoría de zonas operan con radios locales sin problemas, pero…

—tragó saliva— el relato se está escribiendo solo.

—¿Qué relato? —preguntaron desde Zarzuela.

Iván Llerena, que llevaba una noche sin dormir y aun así seguía oliendo a colonia, soltó lo que nadie quería decir:

—Que el Estado ha desaparecido.

Nadie replicó en la sala y durante unos segundos el único sonido fue el resoplido irregular del generador.

El altavoz devolvió más segundos de silencio.

Una pausa demasiado limpia y exacta para ser un fallo de cobertura.

La Casa Real padecía desde siempre una alergia al caos institucional.

Sabían perfectamente a qué clase de oportunistas atraía el vacío de poder.

—La gente necesita ver —dijo la voz de Zarzuela—. Ver que hay un mando, aunque sea simbólico.

En Moncloa, el general juntó las manos sobre la mesa.

—Ver también puede ser un problema —murmuró—. Si nos ven débiles, se pueden organizar y una vez organizados… —se detuvo— es cuando aparecen los oportunistas.

El presidente clavó la vista en el mapa impreso, observando el país que se desangraba con las marcas de rotulador rojo.

—Quiero un mensaje a media mañana —dijo—. Uno claro sin mentiras pero sin abrir demasiadas puertas.

Llerena reaccionó al instante.

—Necesitamos un canal fiable y estable y sin TV ni internet…

—Radio —dijo el técnico—. Hay que funcionar con la radio nacional, nuestros repetidores propios y los generadores. Podemos…

—¿Podemos? —repitió el presidente.

—Podemos intentarlo —dijo el técnico, bajando la mirada.

El altavoz escupió un chasquido sordo. El sonido metálico de un picaporte pesado abriéndose y cerrándose al otro lado de la línea. En Zarzuela, el coronel Laredo entró sin anunciarse al despacho del rey.

La voz de Zarzuela se endureció un punto, adoptando un tono más hermético.

—Hay otra cosa —dijo—. Mis equipos reciben… inquietud, y no solo de la calle.

En Moncloa, el general no necesitó traducción.

—Los altos mandos están nerviosos —continuó—. Hay unidades preguntando quién manda, esperando órdenes que no llegan. Si no se sienten respaldados, se pueden inventar o encontrar un respaldo en otro sitio.

En el borde de la mesa, los nudillos del presidente palidecieron al apretar un bolígrafo de plástico hasta hacerlo crujir. Trató de tragar saliva y obligar a su mano a aflojarse.

—Quiero presencia en los puntos críticos —dijo—. Hay que evitar la histeria colectiva y que los cuerpos de seguridad no aparezcan en televisión cuando vuelva la luz y todo lo demás. Pero ahora necesitamos tener presencia en las calles.

—Eso ya es un despliegue —advirtió el ministro del Interior—. Si mandamos patrullas, mañana pedirán más. Y cuando se acostumbren…

—¿Qué alternativa tenemos? —intervino el general—. Porque la alternativa es que ese sitio lo ocupen otros.

En Zarzuela, la voz no contestó de inmediato. Cuando lo hizo, tenía esa calma que solo es posible cuando uno ha visto demasiadas crisis y ha aprendido que el pánico es contagioso.

—No repitamos la fotografía de febrero del 81 —dijo—. No le demos al país una imagen que luego no pueda olvidar, pero tampoco dejemos espacios vacíos.

Iván levantó un dedo, casi temblando.

—Si sacamos a la Guardia Civil y a la UME… la gente lo filtrará igual. Y si lo filtran sin ningún relato, el relato lo pone Twitter y lo pone la calle.

—No hay Twitter —le confrontó el técnico con una sonrisa amarga.

—Si no es internet, serán las emisoras de radio y el boca a boca —respondió Iván—. Y el pánico viaja más rápido que cualquier fibra óptica.

El presidente se inclinó hacia el altavoz:

—Majestad, necesitamos coordinar. Si la Casa Real habla hoy, nos podría dar ese margen.

Un silencio corto. A través del crujido del enlace, en Zarzuela alguien respiró despacio.

—La Corona no va a esconderse —dijo la voz desde el altavoz—, pero tampoco va a improvisar.

El ministro del Interior deslizó una carpeta azul oscuro sobre la mesa, una carpeta sin título pero con una banda roja en el lomo.

—Esto ya no se arregla con órdenes rutinarias —indicó—. Si en las próximas horas no recuperamos el control operativo, vamos a entrar en los protocolos de continuidad.

—Medidas extraordinarias —remató el general, sin dramatizar—. Un mando único.

El técnico de comunicaciones, que llevaba toda la noche escuchando el zumbido de los fallos, levantó la vista al fin.

—Y cerrar el grifo de información —añadió—. Porque ahora mismo lo poco que circula… nos está haciendo daño.

Iván abrió la boca para protestar, pero el presidente lo frenó con una mirada.

—Tener menos transparencia es el precio —dijo el presidente—. Y lo vamos a pagar si hace falta.

En Zarzuela, la voz al otro lado del altavoz se volvió más baja.

—No me preocupa la crítica. Me preocupa crear un precedente.

El presidente miró el reloj. 08:36.

—Quiero un refuerzo en los perímetros. Un mensaje por radio con un punto de unidad institucional pero nada de detalles que no podamos sostener.

—Y… —empezó Llerena, con cuidado— ¿qué hacemos con los rumores?

El presidente se quedó un segundo quieto, todavía se oía el generador y a lo lejos el ruido de un helicóptero.

—Los rumores se combaten con presencia —afirmó—. Y estableciendo límites.

En Zarzuela, la voz respondió sin titubear:

—Entonces pongamos límites antes de que alguien los ponga por nosotros.

El general se inclinó sobre el mapa y hundió la yema del dedo en Madrid.

—Hay otra cosa. Si la red no vuelve hoy… mañana amaneceremos con otro país. Y con otra cadena de mando.