La Noche del Eclipse Interferencias
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Interferencias

Interferencias

Gran Vía seguía siendo Gran Vía, pero sin su ruido de siempre. Con los semáforos apagados, la gente cruzaba por instinto y los coches avanzaban a tirones. Las persianas bajadas reflejaban una luz sin brillo.

En el portal, intentó llamar pero el timbre no sonó, solo hizo un triste clic.

Golpeó varias veces con los nudillos. Esperó, y volvió a golpear.

La puerta se abrió lo justo para que apareciera una cara conocida.

Era Marcos López, un hombre de la emisora, de los que siempre iban con prisa y llevaban los auriculares al cuello.

Tenía los ojos rojos y la barba sin afeitar.

—Lucía… —dijo, sorprendido.

Marcos intentó cerrar, pero Lucía metió el pie en el hueco.

—Lucía, joder, quita el pie —siseó él—. Hay órdenes estrictas de que no entre nadie. Solo equipo de emergencia.

—¿Órdenes de quién? ¿De la cadena o del Gobierno?

—Órdenes de arriba. Son mensajes oficiales.

—¿Has visto algún papel? ¿Algo firmado? ¿Un sello de Interior?

—Lucía empujó la puerta con el hombro, obligando a Marcos a retroceder un palmo—.

Llevamos doce horas a oscuras, Marcos, los semáforos no van y las comisarías están aisladas.

¿Y me dices que alguien tiene línea directa con este edificio?

Marcos miró hacia la avenida, asustado por si los gritos atraían a la gente.

—No es el día, Lucía. La gente está al límite y si sembramos dudas en antena, nos queman la emisora.

—Si ese mensaje es mentira y vosotros lo estáis retransmitiendo como bueno, no estáis informando, le estáis haciendo el trabajo sucio a alguien. —Lucía no apartó la mirada—. Déjame pasar y oír la entrada de línea, solo treinta segundos.

Marcos tragó saliva y aflojó un poco los brazos. Retrocedió un paso y la dejó pasar al portal, cargado con el calor acumulado del edificio.

Subieron las ocho plantas por la escalera. En cada rellano se oía el zumbido del generador. En la planta del estudio había una mesa improvisada con botellas vacías, pilas, cables, una linterna y un paquete de galletas abierto. La emisora se había convertido en una trinchera.

Había poca gente: un técnico doblado sobre la mesa de mezclas, una chica con una libreta y un hombre mayor, con la camisa remangada, hablando al micro con una calma que no tenía el resto del edificio.

Lucía reconoció la cabina sin verla: el cristal, la luz roja encendida y una voz saliendo por un altavoz.

Y entonces lo oyó:

Atención. Mensaje oficial.

Se ruega a la población que mantenga la calma y permanezca en sus domicilios siempre que sea posible.

Eviten desplazamientos innecesarios. Eviten aglomeraciones.

Las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado están coordinando el dispositivo de control y asistencia.

Los servicios esenciales continúan operativos dentro de lo posible.

Repetimos: mantengan la calma.

Sigan únicamente indicaciones oficiales difundidas por radio.

Fin del comunicado.

No dijo nada y se quedó escuchando hasta el final. Observó el panorama con el técnico y el locutor impasibles: nadie reaccionaba y aceptaban el mensaje con resignación.

Cuando terminó la retransmisión, el locutor volvió a hablar con un tono normal, cercano, de «estamos con vosotros».

—… seguimos aquí. Si nos escucháis desde un transistor, compartidlo. Si tenéis vecinos mayores, subidles el volumen. Vamos a repetir el comunicado oficial en unos minutos…

Lucía miró a Marcos, el productor que la había dejado entrar.

—¿Lo ves? —susurró él, soltando el aire que llevaba reteniendo—. Al menos hay alguien hablando.

Lucía clavó la vista en el altavoz.

—¿Eso os entra en directo? —preguntó Lucía.

—¿Cómo dices?

—¿Os entra en directo o es una grabación y la ponéis cada cierto tiempo?

El técnico levantó la cabeza, con la cara cubierta de sudor.

—Nos entra por una frecuencia —dijo—. Lo captamos y lo lanzamos directamente.

—¿Qué frecuencia?

El técnico la miró de arriba abajo porque no le gustaba que una persona ajena se acercara a su mesa.

—¿Quién te ha dejado pasar?

—Yo misma. —La periodista no apartó la mirada—. Quiero verlo.

El hombre mayor de la cabina salió. Tenía la voz de radio, incluso hablando bajo.

—Lucía, ¿qué haces aquí?

Ella lo reconoció. Era uno de los que la entrevistaba los miércoles, el que llevaba el programa de «Madrid al filo».

—He venido porque eso que llamáis «oficial» está llenando la ciudad.

—Está calmando la ciudad —corrigió él.

—Está ordenando la ciudad —se apresuró a decir ella.

El locutor apretó la mandíbula.

—Lucía, estamos a oscuras y sin red. Este mensaje es lo único que está evitando que la gente se lance a las calles.

—La gente necesita verdad y esto no es más que un placebo.

El técnico hizo un gesto con la mano, cortando el choque antes de que creciera.

—Mirad, yo os enseño lo que entra y ya está, pero no me toquéis nada.

Lucía se acercó a la mesa. La pantalla era vieja, con brillo bajo para ahorrar energía. Había un dial y una lista de frecuencias anotadas a boli.

—¿Es esta?

—Sí. —El técnico señaló un punto—. Aquí.

La señal entraba con interferencias suaves y una estática rítmica. Y, encima, la voz era limpia, demasiado limpia para un país apagado y cayéndose a pedazos.

—Ponlo otra vez —pidió Lucía.

—¿Cómo?

—El comunicado. Pon el último bloque que quiero escucharlo otra vez.

El técnico torció el gesto.

—Ya lo vas a oír dentro de diez minutos.

—Ahora.

El locutor abrió la boca para protestar, pero Lucía habló antes.

—Solo necesito treinta segundos. Si es oficial, no pasa nada y os dejo en paz. Si no lo es, tenemos un problema.

El técnico soltó un «joder» por lo bajo y tocó dos botones. El audio del comunicado volvió a sonar:

Atención. Mensaje oficial…

Lucía cerró los ojos y contó las pausas. La voz subía siempre en el mismo punto y caía igual antes del «repetimos». Cerraba con la misma calma falsa.

—Otra vez —pidió.

El técnico bufó, pero obedeció.

Sonó idéntico, con la misma pausa, la misma caída y el mismo cierre.

Lucía abrió los ojos.

—¿Lo oís?

—Es el mismo mensaje —dijo el técnico.

—Exacto, es demasiado igual. ¿Desde cuándo un portavoz repite una crisis dos veces con la misma entonación?

El técnico apretó los labios y no contestó. Lucía giró hacia el locutor.

—¿Quién te ha dicho que esto es oficial?

El locutor bajó la mirada a la mesa, sopesando las consecuencias antes de contestar.

—Nos llegó anoche. Al principio desde otra emisora y luego por aquí. Nos dijeron que era lo que había que poner.

—¿Quién os lo dijo? —insistió ella.

—La orden vino de una llamada. —Lo soltó rápido y a la defensiva—. Y después la señal siguió ahí, repitiéndose una y otra vez. ¿Qué querías que hiciéramos? ¿Quedarnos callados?

Lucía apoyó ambas manos sobre la mesa de mezclas, invadiendo el espacio del técnico.

—Quiero que hagáis una cosa: que dejéis de llamarlo mensaje oficial hasta que sepáis de dónde sale.

—Lucía, en serio. Si la gente escucha que ni siquiera esto es fiable… —dijo el locutor, tenso.

—La gente ya sabe que nada es fiable. —Lucía bajó aún más la voz—. Lo que pasa es que necesita agarrarse a cualquier cosa, aunque sea mentira. Y alguien está usando eso para algo más que todavía no sabemos.

El técnico hundió las manos en los bolsillos y se puso a la defensiva.

—Podría ser un comunicado real de Moncloa. Una retransmisión de emergencia en bucle.

—Llevas años en la mesa de sonido —replicó Lucía, acercándose a la pantalla—. ¿Desde cuándo Moncloa manda un mensaje sin ruido de fondo, sin pausas humanas y con una compresión que ni siquiera respira? Este audio está prefabricado.

El técnico miró el indicador de volumen de la mesa. Los niveles verdes subían y bajaban con una precisión milimétrica. Y lo peor de todo, sabía que ella tenía razón.

—El enlace principal de fibra está muerto —admitió al fin el técnico—. Esto nos está entrando por la frecuencia de emergencia de onda media. Una señal limpia y con una potencia brutal que pisaba nuestra propia emisión, así que el director ordenó pincharla en directo para no perder a la audiencia.

—Entonces no estáis emitiendo, os están secuestrando la antena.

Un chasquido eléctrico cortó la discusión. El indicador de volumen volvió a saltar porque entraba otro bloque.

Atención. Mensaje oficial.

Se informa de que se está trabajando para restablecer la normalidad.

Permanezcan en espacios seguros. Mantengan la calma.

No difundan rumores. No difundan información no verificada.

Las autoridades comunicarán novedades por esta misma vía.

Repetimos: no difundan rumores.

Fin del comunicado.

Lucía se inclinó sobre la mesa, clavando la vista en el altavoz de monitoreo.

—«No difundan rumores» —repitió ella—. Ahí lo tenéis, es el bozal perfecto para controlar el relato.

La chica de la libreta levantó la vista, dudando.

—En una crisis de esta magnitud tiene lógica querer evitar los bulos.

—Tiene lógica si eres el Gobierno —la cortó Lucía—. Pero si eres quien ha provocado el apagón, es una maniobra brillante porque te aseguras el monopolio de la verdad. Alguien ha desconectado el país y ahora lo está dirigiendo por la radio.

El locutor veterano se frotó la cara, exhausto, buscando una excusa en el suelo del estudio antes de responder.

—La gente necesita instrucciones, Lucía. Necesita saber que el Estado sigue ahí. Si salimos ahora a decir que esto es una farsa, no habrá policía ni ejército para contenerlo y se extenderá la violencia en la calle por nuestra culpa.

—Si no decís nada, los están llevando como a un rebaño en silencio —sentenció ella.

—Si abro el micro y suelto una teoría de la conspiración, me hunden a mí y hunden a la cadena.

—Entonces no lo digas tú. No asumas el riesgo. —Lucía dio un paso hacia el cristal de la cabina insonorizada—. Ábreme un canal, me presento yo y si vienen a buscar a alguien, que sea a mí. Solo necesito un minuto.

El locutor la miró fijamente. Sabía cómo trabajaba: cuando mordía a su presa no la soltaba. Finalmente, se giró hacia el técnico y asintió.

—Un minuto, Lucía. Si veo que incitas al pánico, te corto el canal de golpe.

Lucía confirmó y entró en la cabina. El aire era más pesado dentro por el funcionamiento del generador.

Se puso frente al micro, viendo su propia cara reflejada en el cristal y se colocó los cascos.

El locutor le hizo un gesto con la mano, marcando el tiempo.

El técnico pulsó el interruptor para abrir la señal.

La luz roja se encendió y Lucía tomó aire.

—Buenos días. Soy Lucía Rey.

Escuchó su voz salir por el altavoz del estudio y supo que ya era tarde para echarse atrás.

—Si me escucháis los miércoles, ya conocéis mi voz. Entro en «Madrid al filo» para hablar de negocios turbios, empresas que juegan sucio y cosas que casi siempre se tapan.

Hizo una breve pausa, lo justo para que la calle la situara.

—No vengo a sembrar miedo. Vengo a pediros una cosa simple: que no os prestéis a obedecer a una voz que no podáis verificar.

El locutor la miraba inquieto desde el otro lado del cristal.

—Lo que está sonando como «mensaje oficial» no suena a directo. Suena a una grabación preparada. Un guion hecho para controlar el desorden y para que nadie levante la voz más de la cuenta.

Tragó saliva y continuó:

—Puede que me equivoque y ojalá sea así, pero en un país sin red y sin luz, la radio es poder. Y si la radio miente, les estamos entregando el país al que lo ha dejado a oscuras.

Esperó otro segundo antes de continuar y notó que se le aceleraba el pulso.

—Lo importante: proteged a los vuestros, evitad zonas conflictivas, compartid agua y desconfiad de cualquier mensaje que os mande callar. Porque si alguien os pide calma, puede ser normal, pero si os pide silencio, pensad mal.

Miró un momento al cristal y a la gente de la emisora que estaba detrás.

—Escuchad lo que os digo y con la cabeza fría: si esto no es Moncloa ni Casa Real… ¿quién está hablando por España?

El locutor hizo un gesto y el técnico cortó. La luz roja del estudio se apagó. Durante medio segundo, el estudio se quedó en un silencio eléctrico. Y entonces entró la interferencia.

Un chasquido seco apareció en el altavoz. Fue un soplido agresivo y la señal subió de golpe varios decibelios, para pisar cualquier otro ruido. El técnico se incorporó en la silla de un salto.

—¿Qué coño…?

Otro comunicado volvió a entrar, esta vez demasiado pronto y demasiado limpio.

Atención. Mensaje oficial.

No atiendan a intervenciones no autorizadas.

Repetimos: no atiendan a intervenciones no autorizadas.

Fin del comunicado.

Hubo un cruce de miradas entre el técnico y Lucía donde la negación se derrumbó: no era un bucle ciego porque alguien acababa de contestarle en directo.

La chica ya no anotaba nada y encendió la pantalla del móvil por puro reflejo. Lucía vio la cara aterrada de la joven, y luego buscó su propio reflejo en el cristal de la cabina. Una punzada de calor le subió por el cuello. Ya no importaba quién demonios estaba hablando por España.

Lo que importaba, y lo que acababa de quedar claro, es que la estaban escuchando.